Difference between revisions of "Lu Xun Complete Works/es/Yao"

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| '''Traducción''' || Claude / Martin Woesler
 
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== ¿Qué hacer? ==
 
== ¿Qué hacer? ==
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Estos últimos días, Vasili Petriakov (华西理·彼得略也夫) había perdido toda esperanza en el porvenir. Estaba abatido y desanimado, como si viviera sumido en una niebla espesa.
 
Estos últimos días, Vasili Petriakov (华西理·彼得略也夫) había perdido toda esperanza en el porvenir. Estaba abatido y desanimado, como si viviera sumido en una niebla espesa.
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Un día de aquella primavera en que la Revolución de Marzo llegaba a su fin, su madre dijo con tono amenazante: "Esperad, esperad, demonios. Los camaradas acabarán matándose entre sí."
 
Un día de aquella primavera en que la Revolución de Marzo llegaba a su fin, su madre dijo con tono amenazante: "Esperad, esperad, demonios. Los camaradas acabarán matándose entre sí."
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¡Ah, cómo se había reído Vasili entonces! "Mamá, no entiendes... ¿Cómo va a haber una escisión ahora?"
 
¡Ah, cómo se había reído Vasili entonces! "Mamá, no entiendes... ¿Cómo va a haber una escisión ahora?"
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"Así es, no entiendo", dijo la madre. "La madre ya está vieja y chocha, no entiende nada. Solo vosotros sois tan terriblemente listos... Pero esperad y veréis..."
 
"Así es, no entiendo", dijo la madre. "La madre ya está vieja y chocha, no entiende nada. Solo vosotros sois tan terriblemente listos... Pero esperad y veréis..."
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Ahora las palabras de la madre se habían cumplido. Todos comenzaron a matarse entre sí. Iván (伊凡) se unió al Ejército Blanco, mientras que viejos amigos entre los obreros —como Agon (亚庚)— se alistaron en el Ejército Rojo. La unidad se había roto. Hermanos del mismo espíritu y las mismas circunstancias se separaron para combatir unos contra otros. Era un terror que aún no se tenía la fuerza de comprender.
 
Ahora las palabras de la madre se habían cumplido. Todos comenzaron a matarse entre sí. Iván (伊凡) se unió al Ejército Blanco, mientras que viejos amigos entre los obreros —como Agon (亚庚)— se alistaron en el Ejército Rojo. La unidad se había roto. Hermanos del mismo espíritu y las mismas circunstancias se separaron para combatir unos contra otros. Era un terror que aún no se tenía la fuerza de comprender.
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Iván se fue. Aquel día, después de despedirlo, Vasili permaneció largo rato de pie en la calle, escuchando el sonido lejano de los disparos. La niebla que ascendía del suelo reptaba como humo denso a ras del suelo, se infiltraba en el cuerpo y hacía tiritar. Los obreros se formaban en columnas, con fusiles al hombro y cartucheras en la cintura, marchando con pasos resonantes, todos vestidos con ropas sucias y harapientas. Probablemente llevaban adrede sus peores prendas para no estropear las mejores.
 
Iván se fue. Aquel día, después de despedirlo, Vasili permaneció largo rato de pie en la calle, escuchando el sonido lejano de los disparos. La niebla que ascendía del suelo reptaba como humo denso a ras del suelo, se infiltraba en el cuerpo y hacía tiritar. Los obreros se formaban en columnas, con fusiles al hombro y cartucheras en la cintura, marchando con pasos resonantes, todos vestidos con ropas sucias y harapientas. Probablemente llevaban adrede sus peores prendas para no estropear las mejores.
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Le parecía que aquella chusma de desarrapados se armaba para destruir las calles y la civilización. Hablaban a gritos y maldecían a placer. Un obrero alto, con una barba rala y rojiza y las mejillas hundidas, marchó con el primer destacamento: Lubontija (卢邦提哈), conocido en toda Presnia como borracho y ladrón, despreciado incluso entre los obreros. Sin embargo, ahora llevaba el fusil con aire altanero. Vasili no pudo evitar un pensamiento burlón: "Hasta tipos como ese van..."
 
Le parecía que aquella chusma de desarrapados se armaba para destruir las calles y la civilización. Hablaban a gritos y maldecían a placer. Un obrero alto, con una barba rala y rojiza y las mejillas hundidas, marchó con el primer destacamento: Lubontija (卢邦提哈), conocido en toda Presnia como borracho y ladrón, despreciado incluso entre los obreros. Sin embargo, ahora llevaba el fusil con aire altanero. Vasili no pudo evitar un pensamiento burlón: "Hasta tipos como ese van..."
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Pero junto a Lubontija marchaban también Mirónov (米罗诺夫) y Sivkov (锡夫珂夫), hombres honestos, fiables y bien considerados. Mirónov se acercó: "Camarada Petriakov, ¿por qué no vienes con nosotros? ¡Vamos a combatir a la burguesía!" Lleno de vigor, mostró sus dientes blancos en una sonrisa. "No, yo no voy", respondió Vasili con desgana. "¿No estás de acuerdo? No pasa nada, cada cual tiene su opinión", dijo Mirónov conciliadoramente. "Pero, ¿tienes algún periódico nuevo? No el nuestro, no el bolchevique, sino el vuestro." Vasili le entregó en silencio el ejemplar del día anterior de El Trabajo. "Muchas gracias. En nuestro periódico publican todo tipo de cosas, pero la verdad nunca queda clara..." Se lo metió en el bolsillo, y sus manos grandes y ásperas arrugaron rápidamente el papel. "Entonces, adiós. Quién sabe qué nos deparará el futuro." Se rio, volvió a mostrar sus dientes blanquísimos y salió corriendo tras sus camaradas.
 
Pero junto a Lubontija marchaban también Mirónov (米罗诺夫) y Sivkov (锡夫珂夫), hombres honestos, fiables y bien considerados. Mirónov se acercó: "Camarada Petriakov, ¿por qué no vienes con nosotros? ¡Vamos a combatir a la burguesía!" Lleno de vigor, mostró sus dientes blancos en una sonrisa. "No, yo no voy", respondió Vasili con desgana. "¿No estás de acuerdo? No pasa nada, cada cual tiene su opinión", dijo Mirónov conciliadoramente. "Pero, ¿tienes algún periódico nuevo? No el nuestro, no el bolchevique, sino el vuestro." Vasili le entregó en silencio el ejemplar del día anterior de El Trabajo. "Muchas gracias. En nuestro periódico publican todo tipo de cosas, pero la verdad nunca queda clara..." Se lo metió en el bolsillo, y sus manos grandes y ásperas arrugaron rápidamente el papel. "Entonces, adiós. Quién sabe qué nos deparará el futuro." Se rio, volvió a mostrar sus dientes blanquísimos y salió corriendo tras sus camaradas.
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Los obreros seguían pasando. Cantaban, hablaban a voces, gritaban, como si la guerra civil les hubiera otorgado la libertad de decir cualquier cosa sin consecuencia alguna. Hasta los aprendices de dieciséis y diecisiete años iban. Sabios y necios, Lubontijas y Mirónov, todos marcharon. Los combates arreciaban, los disparos resonaban sin cesar.
 
Los obreros seguían pasando. Cantaban, hablaban a voces, gritaban, como si la guerra civil les hubiera otorgado la libertad de decir cualquier cosa sin consecuencia alguna. Hasta los aprendices de dieciséis y diecisiete años iban. Sabios y necios, Lubontijas y Mirónov, todos marcharon. Los combates arreciaban, los disparos resonaban sin cesar.
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En cada esquina de la Gran Presnia (巴理夏耶·普列思那) se congregaban multitudes. Frente a las tiendas se formaban largas colas para comprar víveres, y los destacamentos del Ejército Rojo se perdían entre ellas. Vasili regresó a casa. Su madre acudió a la puerta, con el rostro sombrío. "¿Se fue?" "Se fue." La madre bajó la cabeza sin decir nada. Vasili encorvó la espalda y se alejó de la puerta, convertido de pronto en una figura pequeña y desolada. "Hoy volverá a llorar todo el día", pensó suspirando.
 
En cada esquina de la Gran Presnia (巴理夏耶·普列思那) se congregaban multitudes. Frente a las tiendas se formaban largas colas para comprar víveres, y los destacamentos del Ejército Rojo se perdían entre ellas. Vasili regresó a casa. Su madre acudió a la puerta, con el rostro sombrío. "¿Se fue?" "Se fue." La madre bajó la cabeza sin decir nada. Vasili encorvó la espalda y se alejó de la puerta, convertido de pronto en una figura pequeña y desolada. "Hoy volverá a llorar todo el día", pensó suspirando.
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Varvara (华尔华拉) corrió hasta la puerta, con los ojos hundidos en una sola noche: "¿Has visto a Agon?" "No fui lejos. Solo acompañé a mi hermano..." "¿Entonces él también se fue?" "Sí..." Ella miró hacia la calle: "Voy a buscarlo. Lo arrastraré a casa. Maldito chiquillo, no me deja dormir por las noches..." Rompió a sollozar. "Agonmoshka (亚庚谟式加), pobrecito... ¡Dios mío, dónde estará!"
 
Varvara (华尔华拉) corrió hasta la puerta, con los ojos hundidos en una sola noche: "¿Has visto a Agon?" "No fui lejos. Solo acompañé a mi hermano..." "¿Entonces él también se fue?" "Sí..." Ella miró hacia la calle: "Voy a buscarlo. Lo arrastraré a casa. Maldito chiquillo, no me deja dormir por las noches..." Rompió a sollozar. "Agonmoshka (亚庚谟式加), pobrecito... ¡Dios mío, dónde estará!"
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"No llores, no le habrá pasado nada", consoló Vasili sin convicción. Una hora después, tres personas partieron: Espares (耶司排司), la tejedora y Vasili, desde Presnia hacia la calle Sadovaya. La tejedora corría de grupo en grupo de obreros armados: "Un muchacho de dieciséis años, abrigo rojizo, gorra gris, ¿lo han visto?" En todas partes la misma respuesta: "¿Cómo vamos a saberlo?" Ella explicaba entre lágrimas: "Es mi único hijo, todavía es un niño, temo que pierda la vida."
 
"No llores, no le habrá pasado nada", consoló Vasili sin convicción. Una hora después, tres personas partieron: Espares (耶司排司), la tejedora y Vasili, desde Presnia hacia la calle Sadovaya. La tejedora corría de grupo en grupo de obreros armados: "Un muchacho de dieciséis años, abrigo rojizo, gorra gris, ¿lo han visto?" En todas partes la misma respuesta: "¿Cómo vamos a saberlo?" Ella explicaba entre lágrimas: "Es mi único hijo, todavía es un niño, temo que pierda la vida."
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En las zonas acordonadas, los soldados gritaban: "¡Media vuelta! ¡Aquí disparan!" En el bulevar Novinski, de repente: "¡Manos arriba!" Un soldado con la cara picada de viruelas descubrió a un oficial entre la multitud. Bajo su abrigo: uniforme, sable y pistola. "¡Entregue la pistola!" El oficial se resistió, y en ese instante sonó un disparo. El oficial cayó, la sangre le brotaba de la cabeza. La multitud huyó presa del pánico. La tejedora corrió jadeando junto con Vasili hasta el Jardín Zoológico.
 
En las zonas acordonadas, los soldados gritaban: "¡Media vuelta! ¡Aquí disparan!" En el bulevar Novinski, de repente: "¡Manos arriba!" Un soldado con la cara picada de viruelas descubrió a un oficial entre la multitud. Bajo su abrigo: uniforme, sable y pistola. "¡Entregue la pistola!" El oficial se resistió, y en ese instante sonó un disparo. El oficial cayó, la sangre le brotaba de la cabeza. La multitud huyó presa del pánico. La tejedora corrió jadeando junto con Vasili hasta el Jardín Zoológico.
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== Sobre el extremismo cultural (文化偏至论) ==
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Malpighi y otros investigaron los principios de los órganos finos, pero la industria permaneció inalterada, el transporte sin desarrollar y la minería sin progreso alguno; solo la mecánica produjo los primeros relojes rudimentarios. A mediados del siglo XVIII, científicos destacados surgieron en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Los avances en química, biología y geología eran brillantemente evidentes, pero qué beneficio reportaron a la sociedad era aún difícil de juzgar para los comentaristas. Tras una larga fermentación, las ventajas prácticas se hicieron finalmente patentes, y hacia finales de aquel mismo siglo, sus efectos se manifestaron de pronto con gran fuerza: equipos y materiales industriales, el cultivo y la propagación de plantas, la ganadería y la mejora de animales, todo se benefició de los frutos de la ciencia. La llamada civilización material del siglo XIX germinó en aquel momento. Poderosas olas se levantaron y el espíritu también se revitalizó; las costumbres de la nación se renovaron por completo. Sin embargo, los eminentes científicos no dejaban que esto les perturbara; como se ha dicho, consideraban el conocimiento de la verdad como su único objetivo, expandían los horizontes de su mente, desbrozaban los yermos del mundo académico y dedicaban cuerpo, mente, tiempo y energía a la exploración diaria de las grandes leyes de la naturaleza. Los científicos ilustres de aquella era eran todos así: Herschel y Laplace en astronomía, Young y Fresnel en óptica, Oersted en mecánica, Lamarck en biología, de Candolle en botánica, Werner en mineralogía, Hutton en geología, Watt en ingeniería mecánica. Si se examinan sus fines, la utilidad práctica estaba lejos de sus mentes. Y sin embargo, se inventó la lámpara de seguridad, se creó la máquina de vapor y se revitalizó la minería. Pero la atención de la sociedad se fijó únicamente en estos resultados, elogiando los logros inmediatos mientras permanecía indiferente a los propios científicos. En ningún lugar es mayor la confusión entre causa y efecto.
 
Malpighi y otros investigaron los principios de los órganos finos, pero la industria permaneció inalterada, el transporte sin desarrollar y la minería sin progreso alguno; solo la mecánica produjo los primeros relojes rudimentarios. A mediados del siglo XVIII, científicos destacados surgieron en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Los avances en química, biología y geología eran brillantemente evidentes, pero qué beneficio reportaron a la sociedad era aún difícil de juzgar para los comentaristas. Tras una larga fermentación, las ventajas prácticas se hicieron finalmente patentes, y hacia finales de aquel mismo siglo, sus efectos se manifestaron de pronto con gran fuerza: equipos y materiales industriales, el cultivo y la propagación de plantas, la ganadería y la mejora de animales, todo se benefició de los frutos de la ciencia. La llamada civilización material del siglo XIX germinó en aquel momento. Poderosas olas se levantaron y el espíritu también se revitalizó; las costumbres de la nación se renovaron por completo. Sin embargo, los eminentes científicos no dejaban que esto les perturbara; como se ha dicho, consideraban el conocimiento de la verdad como su único objetivo, expandían los horizontes de su mente, desbrozaban los yermos del mundo académico y dedicaban cuerpo, mente, tiempo y energía a la exploración diaria de las grandes leyes de la naturaleza. Los científicos ilustres de aquella era eran todos así: Herschel y Laplace en astronomía, Young y Fresnel en óptica, Oersted en mecánica, Lamarck en biología, de Candolle en botánica, Werner en mineralogía, Hutton en geología, Watt en ingeniería mecánica. Si se examinan sus fines, la utilidad práctica estaba lejos de sus mentes. Y sin embargo, se inventó la lámpara de seguridad, se creó la máquina de vapor y se revitalizó la minería. Pero la atención de la sociedad se fijó únicamente en estos resultados, elogiando los logros inmediatos mientras permanecía indiferente a los propios científicos. En ningún lugar es mayor la confusión entre causa y efecto.
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Por consiguiente, aquellos que se estremecen ante la fortaleza de otras naciones y tiemblan de miedo, que hablan a diario de promover la industria y fortalecer el ejército, pueden parecer despiertos por fuera, pero en realidad están meramente deslumbrados por los fenómenos de superficie sin haber captado su verdadera esencia. Lo que más impresiona de la llegada de los europeos son dos cosas, pero estas no son la raíz, sino meramente flores y hojas. Si se buscan los orígenes, son insondablemente profundos, y un estudio parcial no logra nada por sí solo.
 
Por consiguiente, aquellos que se estremecen ante la fortaleza de otras naciones y tiemblan de miedo, que hablan a diario de promover la industria y fortalecer el ejército, pueden parecer despiertos por fuera, pero en realidad están meramente deslumbrados por los fenómenos de superficie sin haber captado su verdadera esencia. Lo que más impresiona de la llegada de los europeos son dos cosas, pero estas no son la raíz, sino meramente flores y hojas. Si se buscan los orígenes, son insondablemente profundos, y un estudio parcial no logra nada por sí solo.
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Tyndall dijo: Quienes solo miran las cosas externas o se dejan engañar por sentimientos políticos creyendo que todo depende del pensamiento político... la historia imparcial demuestra lo contrario. Que Francia exista hoy no tiene otra causa que la superioridad de su ciencia sobre las demás naciones. En 1792, cuando toda Europa se agitaba y atacaba a Francia con las armas, cuando los ejércitos de la coalición acechaban desde fuera y la discordia reinaba por dentro, cuando los arsenales estaban vacíos y muchos soldados habían caído, cuando las tropas exhaustas no podían hacer frente a enemigos frescos y faltaban provisiones para los defensores, los militares contemplaban sus espadas y el cielo, los políticos lloraban ante el futuro, impotentes y llenos de rencor, aguardando al destino. ¿Pero quién galvanizó entonces a la nación? ¿Quién aterrorizó a los enemigos exteriores? La respuesta: la ciencia. Los científicos de aquella época desplegaron todas sus fuerzas e inteligencia; donde faltaban soldados, las invenciones llenaron el vacío; donde faltaban armas, lo mismo.
 
Tyndall dijo: Quienes solo miran las cosas externas o se dejan engañar por sentimientos políticos creyendo que todo depende del pensamiento político... la historia imparcial demuestra lo contrario. Que Francia exista hoy no tiene otra causa que la superioridad de su ciencia sobre las demás naciones. En 1792, cuando toda Europa se agitaba y atacaba a Francia con las armas, cuando los ejércitos de la coalición acechaban desde fuera y la discordia reinaba por dentro, cuando los arsenales estaban vacíos y muchos soldados habían caído, cuando las tropas exhaustas no podían hacer frente a enemigos frescos y faltaban provisiones para los defensores, los militares contemplaban sus espadas y el cielo, los políticos lloraban ante el futuro, impotentes y llenos de rencor, aguardando al destino. ¿Pero quién galvanizó entonces a la nación? ¿Quién aterrorizó a los enemigos exteriores? La respuesta: la ciencia. Los científicos de aquella época desplegaron todas sus fuerzas e inteligencia; donde faltaban soldados, las invenciones llenaron el vacío; donde faltaban armas, lo mismo.
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En conclusión: las necesidades espirituales de la humanidad requieren no solo un Newton sino también un Shakespeare; no solo un Bohr sino también un Rafael; junto a Kant, un Beethoven; junto a Darwin, un Carlyle. Todo esto sirve para desarrollar plenamente la naturaleza humana, impidiendo que se vuelva unilateral, y así realizar la civilización del presente. ¡Tal es la enseñanza de la historia cultural humana!
 
En conclusión: las necesidades espirituales de la humanidad requieren no solo un Newton sino también un Shakespeare; no solo un Bohr sino también un Rafael; junto a Kant, un Beethoven; junto a Darwin, un Carlyle. Todo esto sirve para desarrollar plenamente la naturaleza humana, impidiendo que se vuelva unilateral, y así realizar la civilización del presente. ¡Tal es la enseñanza de la historia cultural humana!
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(Escrito en 1907.)
 
(Escrito en 1907.)
  
== Sobre el extremismo cultural (文化偏至论) ==
 
  
China lleva largo tiempo siendo conocida en todo el mundo por su arrogancia. Los críticos más mordaces la llamaban obstinada y profetizaban que se aferraría a sus restos hasta su destrucción. En tiempos más recientes, quienes habían oído algo del nuevo saber sintieron vergüenza y pensaron con resolución en el cambio. Lo que no concordaba con la razón occidental no se decía; lo que no seguía los métodos occidentales no se practicaba. Atacaban las cosas antiguas con todas sus fuerzas, diciendo que querían eliminar los errores del pasado y alcanzar riqueza y poder.
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El comienzo de un siglo se cuenta a partir del nacimiento de Jesús; tras cien años, se forma un período. Los grandes acontecimientos que surgen pertenecen a ese siglo. Esto sigue la costumbre establecida y sirve como división, sin significado más profundo. Pues los asuntos humanos son continuos y profundamente arraigados, como el agua corriente que debe brotar de su fuente, o como las plantas que germinan de sus raíces. La aparición y desaparición repentinas sin razón no pueden existir. Si se rastrean las conexiones de principio a fin, están en su mayoría inseparablemente ligadas. Lo que se llama la característica de la civilización de un siglo es meramente la puesta de relieve de los puntos más sobresalientes.
 
El comienzo de un siglo se cuenta a partir del nacimiento de Jesús; tras cien años, se forma un período. Los grandes acontecimientos que surgen pertenecen a ese siglo. Esto sigue la costumbre establecida y sirve como división, sin significado más profundo. Pues los asuntos humanos son continuos y profundamente arraigados, como el agua corriente que debe brotar de su fuente, o como las plantas que germinan de sus raíces. La aparición y desaparición repentinas sin razón no pueden existir. Si se rastrean las conexiones de principio a fin, están en su mayoría inseparablemente ligadas. Lo que se llama la característica de la civilización de un siglo es meramente la puesta de relieve de los puntos más sobresalientes.
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Examinando los hechos históricos, una historia común del continente solo surgió después de que Roma unificara Europa. Entonces el Papa, ejerciendo su poder, controló toda Europa, sometiendo a las naciones como si formaran una sola sociedad, y casi extinguiendo la libertad de pensamiento. Mentes brillantes y excepcionales que descubrían nuevas teorías y albergaban nuevas ideas fueron silenciadas por los decretos eclesiásticos. Sin embargo, el pueblo, como una gran ola, se fortaleció cuanto más se le reprimió, y comenzó a buscar la liberación de las ataduras de la religión. En Inglaterra y Alemania, muchos estaban descontentos. Martín Lutero se alzó en Alemania y declaró que el fundamento de la religión residía en la fe, mientras que las ceremonias y las leyes no eran sino esplendor externo. Atacó a la vieja Iglesia y la derribó. Lo que creó fue la abolición de la jerarquía, sustituyendo al Papa y a los obispos por pastores que vivían en medio de la sociedad, sin diferencia alguna con la gente común.
 
Examinando los hechos históricos, una historia común del continente solo surgió después de que Roma unificara Europa. Entonces el Papa, ejerciendo su poder, controló toda Europa, sometiendo a las naciones como si formaran una sola sociedad, y casi extinguiendo la libertad de pensamiento. Mentes brillantes y excepcionales que descubrían nuevas teorías y albergaban nuevas ideas fueron silenciadas por los decretos eclesiásticos. Sin embargo, el pueblo, como una gran ola, se fortaleció cuanto más se le reprimió, y comenzó a buscar la liberación de las ataduras de la religión. En Inglaterra y Alemania, muchos estaban descontentos. Martín Lutero se alzó en Alemania y declaró que el fundamento de la religión residía en la fe, mientras que las ceremonias y las leyes no eran sino esplendor externo. Atacó a la vieja Iglesia y la derribó. Lo que creó fue la abolición de la jerarquía, sustituyendo al Papa y a los obispos por pastores que vivían en medio de la sociedad, sin diferencia alguna con la gente común.
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La rueda comenzó a girar y los temblores se extendieron por toda Europa. La reforma afectó no solo a la religión sino también a otros asuntos humanos: la separación y unión de naciones, las causas de las guerras y las grandes convulsiones que siguieron. Con la relajación de las ataduras y la libertad de pensamiento, la sociedad adquirió en todas partes un nuevo aspecto. Así llegaron los descubrimientos metafísicos y las invenciones físicas. Tras la reforma religiosa, la búsqueda inevitable del cambio político le siguió.
 
La rueda comenzó a girar y los temblores se extendieron por toda Europa. La reforma afectó no solo a la religión sino también a otros asuntos humanos: la separación y unión de naciones, las causas de las guerras y las grandes convulsiones que siguieron. Con la relajación de las ataduras y la libertad de pensamiento, la sociedad adquirió en todas partes un nuevo aspecto. Así llegaron los descubrimientos metafísicos y las invenciones físicas. Tras la reforma religiosa, la búsqueda inevitable del cambio político le siguió.
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La revolución apareció primero en Inglaterra, luego en América, y finalmente estalló a gran escala en Francia, barriendo las distinciones de clase y nivelando los rangos. El poder político fue confiado al pueblo, y las ideas de igualdad, libertad y democracia social impregnaron los corazones y las mentes. Esta corriente perdura hasta hoy: todos los derechos en la sociedad, la política y la economía deben pertenecer al público, y las costumbres, hábitos, moral, religión, gusto y lengua deben eliminar las diferencias entre alto y bajo, sabio e ignorante, para alcanzar la igualdad completa. Lo idéntico es correcto; lo único es erróneo. Que la mayoría gobierne el mundo y suprima lo singular: esta es una de las grandes corrientes del siglo XIX, que se prolonga hasta el presente.
 
La revolución apareció primero en Inglaterra, luego en América, y finalmente estalló a gran escala en Francia, barriendo las distinciones de clase y nivelando los rangos. El poder político fue confiado al pueblo, y las ideas de igualdad, libertad y democracia social impregnaron los corazones y las mentes. Esta corriente perdura hasta hoy: todos los derechos en la sociedad, la política y la economía deben pertenecer al público, y las costumbres, hábitos, moral, religión, gusto y lengua deben eliminar las diferencias entre alto y bajo, sabio e ignorante, para alcanzar la igualdad completa. Lo idéntico es correcto; lo único es erróneo. Que la mayoría gobierne el mundo y suprima lo singular: esta es una de las grandes corrientes del siglo XIX, que se prolonga hasta el presente.
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A la par de esto se encuentra el progreso de la civilización material. Cuando la vieja religión era poderosa, los eruditos generalmente debían guardar silencio. Tras la caída del poder eclesiástico y la liberación del pensamiento, todas las ciencias florecieron. Para el siglo XIX, los logros de la civilización material superaban orgullosamente las realizaciones de los dos mil años anteriores. El algodón, el hierro, la piedra y el carbón se producían en cantidades multiplicadas; el vapor y la electricidad obedecían a las órdenes. La situación del mundo cambió radicalmente y los negocios de la gente se hicieron más provechosos.
 
A la par de esto se encuentra el progreso de la civilización material. Cuando la vieja religión era poderosa, los eruditos generalmente debían guardar silencio. Tras la caída del poder eclesiástico y la liberación del pensamiento, todas las ciencias florecieron. Para el siglo XIX, los logros de la civilización material superaban orgullosamente las realizaciones de los dos mil años anteriores. El algodón, el hierro, la piedra y el carbón se producían en cantidades multiplicadas; el vapor y la electricidad obedecían a las órdenes. La situación del mundo cambió radicalmente y los negocios de la gente se hicieron más provechosos.
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Sin embargo, el pensador alemán Nietzsche (尼佉), hablando por boca de Zaratustra (察罗图斯德罗), proclamó: He ido demasiado lejos, solo y sin compañeros. Mirando hacia atrás al mundo de hoy, veo naciones civilizadas y sociedades abigarradas. Pero esta sociedad no tiene una creencia firme; las masas no poseen naturaleza creativa en lo que respecta al conocimiento. ¿Puede perdurar una nación así? Lo único que cabe esperar son los descendientes. Esta es su visión profunda, su reconocimiento de la falsedad y la unilateralidad de la civilización moderna; al no encontrar esperanza en los hombres del presente, se vio obligado a pensar en el futuro.
 
Sin embargo, el pensador alemán Nietzsche (尼佉), hablando por boca de Zaratustra (察罗图斯德罗), proclamó: He ido demasiado lejos, solo y sin compañeros. Mirando hacia atrás al mundo de hoy, veo naciones civilizadas y sociedades abigarradas. Pero esta sociedad no tiene una creencia firme; las masas no poseen naturaleza creativa en lo que respecta al conocimiento. ¿Puede perdurar una nación así? Lo único que cabe esperar son los descendientes. Esta es su visión profunda, su reconocimiento de la falsedad y la unilateralidad de la civilización moderna; al no encontrar esperanza en los hombres del presente, se vio obligado a pensar en el futuro.
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El individualismo surgió igualmente como reacción contra lo convencional. Stirner (斯契纳尔) propugnó un individualismo extremo: el verdadero progreso está bajo los pies de uno mismo. El hombre debe desarrollar su propia naturaleza y desprenderse del dominio del mundo de las ideas. Esta naturaleza propia es el creador. Solo este yo es originalmente libre.
 
El individualismo surgió igualmente como reacción contra lo convencional. Stirner (斯契纳尔) propugnó un individualismo extremo: el verdadero progreso está bajo los pies de uno mismo. El hombre debe desarrollar su propia naturaleza y desprenderse del dominio del mundo de las ideas. Esta naturaleza propia es el creador. Solo este yo es originalmente libre.
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Schopenhauer (勖宾霍尔), orgulloso y testarudo de carácter, al contemplar a las masas ciegas e incultas que llenaban el mundo, las consideró iguales a los animales más viles, y valoró más aún al genio individual. El filósofo danés Kierkegaard (契开迦尔) proclamó con vehemencia que solo el desarrollo de la individualidad constituía la moral suprema. Luego apareció Henrik Ibsen (显理伊勃生) en el mundo literario, con talento extraordinario y penetrante visión; fue considerado el intérprete de Kierkegaard. Sus obras tendían a oponerse a la democracia social, atacando sin piedad toda costumbre, creencia o moral que fuera fruto de la falsedad o del extremismo. En su obra "Un enemigo del pueblo", describió cómo un hombre que defiende la verdad sin adular al vulgo no es tolerado por la sociedad, mientras los astutos se erigen en líderes de los necios y oprimen a las minorías en nombre de la mayoría.
 
Schopenhauer (勖宾霍尔), orgulloso y testarudo de carácter, al contemplar a las masas ciegas e incultas que llenaban el mundo, las consideró iguales a los animales más viles, y valoró más aún al genio individual. El filósofo danés Kierkegaard (契开迦尔) proclamó con vehemencia que solo el desarrollo de la individualidad constituía la moral suprema. Luego apareció Henrik Ibsen (显理伊勃生) en el mundo literario, con talento extraordinario y penetrante visión; fue considerado el intérprete de Kierkegaard. Sus obras tendían a oponerse a la democracia social, atacando sin piedad toda costumbre, creencia o moral que fuera fruto de la falsedad o del extremismo. En su obra "Un enemigo del pueblo", describió cómo un hombre que defiende la verdad sin adular al vulgo no es tolerado por la sociedad, mientras los astutos se erigen en líderes de los necios y oprimen a las minorías en nombre de la mayoría.
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En cuanto a Nietzsche, fue el más grandioso de los individualistas extremos: depositaba toda su esperanza en los grandes hombres y los genios, mientras que despreciaba con repugnancia a las masas ignorantes. Su doctrina del superhombre sacudió el pensamiento europeo.
 
En cuanto a Nietzsche, fue el más grandioso de los individualistas extremos: depositaba toda su esperanza en los grandes hombres y los genios, mientras que despreciaba con repugnancia a las masas ignorantes. Su doctrina del superhombre sacudió el pensamiento europeo.
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Visto así, quienes cantan loas al gobierno de la mayoría y lo veneran como algo sagrado, solo ven un aspecto luminoso y desconocen el resto. Un Sócrates y los griegos lo envenenaron; un Jesucristo y los judíos lo crucificaron. Los comentaristas posteriores reconocen unánimemente el error, pero en su momento simplemente siguieron la voluntad de la mayoría.
 
Visto así, quienes cantan loas al gobierno de la mayoría y lo veneran como algo sagrado, solo ven un aspecto luminoso y desconocen el resto. Un Sócrates y los griegos lo envenenaron; un Jesucristo y los judíos lo crucificaron. Los comentaristas posteriores reconocen unánimemente el error, pero en su momento simplemente siguieron la voluntad de la mayoría.
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En conclusión: si se pretende sobrevivir entre las naciones y competir con ellas, lo primero es formar al ser humano. Una vez formado el ser humano, todo lo demás se logra. Y el camino para ello pasa por respetar la individualidad y cultivar el espíritu. De no ser así, la decadencia no tardará ni una generación. China, en el pasado, ya privilegiaba lo material y rechazaba a los genios; al recibir las presiones externas, se encontró incapaz de subsistir. Y los mediocres de poca monta, con sus proclamas altisonantes, vinieron a aplastar aún más al pueblo con lo material y a oprimirlo con la mayoría numérica, arrebatándole toda individualidad. Los males del pasado eran desequilibrios internos; los de hoy son epidemias nuevas importadas desde fuera. Ambos males atacan juntos, y la declinación de China se acelera por ello. ¡Ay, al pensar en lo que viene, uno solo puede suspirar!
 
En conclusión: si se pretende sobrevivir entre las naciones y competir con ellas, lo primero es formar al ser humano. Una vez formado el ser humano, todo lo demás se logra. Y el camino para ello pasa por respetar la individualidad y cultivar el espíritu. De no ser así, la decadencia no tardará ni una generación. China, en el pasado, ya privilegiaba lo material y rechazaba a los genios; al recibir las presiones externas, se encontró incapaz de subsistir. Y los mediocres de poca monta, con sus proclamas altisonantes, vinieron a aplastar aún más al pueblo con lo material y a oprimirlo con la mayoría numérica, arrebatándole toda individualidad. Los males del pasado eran desequilibrios internos; los de hoy son epidemias nuevas importadas desde fuera. Ambos males atacan juntos, y la declinación de China se acelera por ello. ¡Ay, al pensar en lo que viene, uno solo puede suspirar!
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(Escrito en 1907.)
 
(Escrito en 1907.)
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En cuanto al antimaterialismo, surgió, como el individualismo, como resistencia contra las convenciones. Pues la tendencia materialista, arraigada en la realidad, impregnó el corazón humano durante un largo período. En el siglo XIX se convirtió en una corriente poderosa, ganando terreno sólido y extendiéndose a la generación siguiente, como si fuera el único fundamento de la vida sin el cual nada pudiera existir. Sin embargo, considérese lo siguiente: incluso si la civilización material es verdaderamente la base esencial de la vida real, su veneración excesiva y su orientación unilateral, que descuida todos los demás aspectos, debe conducir inevitablemente a la pérdida del espíritu de la civilización por esta misma parcialidad, primero mediante el agotamiento, finalmente mediante la destrucción. Los logros espirituales acumulados durante siglos perecerían en menos de cien años. Hacia finales del siglo XIX, estos males se hicieron cada vez más evidentes: todas las cosas se materializaron, el espíritu se oscureció día a día, el gusto y las aspiraciones cayeron en la mediocridad.
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Entonces aparecieron los defensores de un nuevo idealismo, ora glorificando lo subjetivo, ora enfatizando la fuerza de voluntad, para corregir la corriente de los tiempos con una fuerza semejante al rayo y al trueno que sacudió a las masas. Incluso otros críticos y eruditos, originalmente inclinados hacia la paz, reconocieron en el materialismo extremo una amenaza para la vida espiritual y comprendieron que el ascenso del subjetivismo y de la voluntad era más importante que el arca en el diluvio.
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Vista Europa desde esta perspectiva, la civilización del siglo XIX superó sin duda a los tiempos anteriores y al Oriente. Sin embargo, puesto que nació de la reforma y se fundó en la resistencia, el desarrollo unilateral era inevitable. Al final, las desventajas se revelaron por sí solas. Entonces surgió una nueva escuela de pensamiento, que contradecía el origen, y con sentimiento apasionado y acción audaz creó una gran ola de limpieza y purificación. Sus resultados futuros son difíciles de predecir, pero como remedio contra los viejos males y puente hacia una nueva vida, sus efectos perdurarán durante mucho tiempo.
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(Escrito en 1907.)
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== Antes de que existan los genios (未有天才之前) ==
 
== Antes de que existan los genios (未有天才之前) ==
 
—— Conferencia del 17 de enero de 1924 en la Escuela Secundaria Adjunta a la Universidad Normal de Pekín
 
—— Conferencia del 17 de enero de 1924 en la Escuela Secundaria Adjunta a la Universidad Normal de Pekín
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Yo mismo siento que mi conferencia no puede resultar de provecho ni de interés para ustedes, pues realmente no sé nada, pero he aplazado y dado largas demasiado tiempo, así que al final no he tenido más remedio que venir a decir unas palabras.
 
Yo mismo siento que mi conferencia no puede resultar de provecho ni de interés para ustedes, pues realmente no sé nada, pero he aplazado y dado largas demasiado tiempo, así que al final no he tenido más remedio que venir a decir unas palabras.
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Observo que entre los muchos clamores que se alzan en el mundo de las letras, la exigencia de que surjan genios es bastante poderosa. Esto demuestra manifiestamente dos cosas: primera, que en China actualmente no hay un solo genio; segunda, que la gente siente hastío por el arte presente. ¿Existen realmente los genios? Quizá los haya, pero ni nosotros ni nadie los ha visto. Si nos atenemos a lo que hemos visto y oído, podemos afirmar que no existen; y no solo los genios, sino también las masas que permiten que los genios crezcan.
 
Observo que entre los muchos clamores que se alzan en el mundo de las letras, la exigencia de que surjan genios es bastante poderosa. Esto demuestra manifiestamente dos cosas: primera, que en China actualmente no hay un solo genio; segunda, que la gente siente hastío por el arte presente. ¿Existen realmente los genios? Quizá los haya, pero ni nosotros ni nadie los ha visto. Si nos atenemos a lo que hemos visto y oído, podemos afirmar que no existen; y no solo los genios, sino también las masas que permiten que los genios crezcan.
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El genio no es un monstruo nacido y criado espontáneamente en la selva profunda; es producido y criado por las masas capaces de hacer crecer al genio. Sin tales masas, no hay genio. En una ocasión Napoleón cruzó los Alpes y dijo: "¡Soy más alto que los Alpes!" ¡Qué heroico! Pero no olvidemos que detrás de él marchaban muchos soldados. Sin soldados, habría sido capturado o rechazado por el enemigo del otro lado, y sus acciones y palabras habrían dejado de ser heroicas para caer en la categoría de la locura. Por eso creo que, antes de exigir que surjan genios, debemos exigir masas capaces de nutrirlos. Es como si uno quiere árboles grandes y flores hermosas: primero necesita buena tierra. Sin tierra, no hay flores ni árboles; la tierra es en realidad más importante que las flores y los árboles. Las flores y los árboles necesitan tierra, igual que Napoleón necesitaba buenos soldados.
 
El genio no es un monstruo nacido y criado espontáneamente en la selva profunda; es producido y criado por las masas capaces de hacer crecer al genio. Sin tales masas, no hay genio. En una ocasión Napoleón cruzó los Alpes y dijo: "¡Soy más alto que los Alpes!" ¡Qué heroico! Pero no olvidemos que detrás de él marchaban muchos soldados. Sin soldados, habría sido capturado o rechazado por el enemigo del otro lado, y sus acciones y palabras habrían dejado de ser heroicas para caer en la categoría de la locura. Por eso creo que, antes de exigir que surjan genios, debemos exigir masas capaces de nutrirlos. Es como si uno quiere árboles grandes y flores hermosas: primero necesita buena tierra. Sin tierra, no hay flores ni árboles; la tierra es en realidad más importante que las flores y los árboles. Las flores y los árboles necesitan tierra, igual que Napoleón necesitaba buenos soldados.
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Sin embargo, las tendencias actuales de la sociedad, por un lado exigen genios, y por otro quieren destruirlos, e incluso desean barrer la tierra que los prepara. Permítanme señalar algunos ejemplos:
 
Sin embargo, las tendencias actuales de la sociedad, por un lado exigen genios, y por otro quieren destruirlos, e incluso desean barrer la tierra que los prepara. Permítanme señalar algunos ejemplos:
  
Uno es la "ordenación de la herencia nacional". Desde que llegó a China el nuevo pensamiento, un grupo de viejos, y también algunos jóvenes, se pusieron a hablar aterrados de la herencia nacional, diciendo: "China posee muchas cosas buenas que no se han organizado ni preservado, y en cambio se busca lo nuevo, como un hijo indigno que abandona la herencia de sus ancestros." Invocar a los ancestros es sin duda muy solemne, pero yo nunca creeré que no se pueda confeccionar una chaqueta nueva antes de haber lavado y doblado la vieja.
 
  
Otro es la "adoración de la creación". En apariencia parece concordar con la demanda de genios, pero en realidad no es así. Su espíritu contiene un fuerte elemento de rechazo a las ideas extranjeras, de modo que también puede aislar a China de las corrientes mundiales.
 
  
Luego está la crítica malintencionada. Los críticos maliciosos cabalgan sobre los brotes tiernos, y esto es sin duda muy satisfactorio para ellos; pero los que sufren son los brotes: los brotes normales y los brotes geniales. Lo inmaduro frente a lo maduro es como el niño frente al anciano, y no entraña vergüenza alguna.
 
  
En resumen, creo que la mayoría de los aquí presentes desean que surjan genios. Pero la situación es esta: no solo es difícil que nazcan genios, sino que es difícil incluso tener la tierra que los nutra. Lo que es de esperar es que cada uno se haga tierra: ampliar el espíritu, acoger las nuevas corrientes, librarse de los viejos moldes, y ser capaz de apreciar y comprender al genio que surgirá en el futuro.
 
  
La tierra comparada con el genio es sin duda insignificante, pero no por ello deja de requerir un esfuerzo arduo y constante; sin embargo, la cosa está en nuestras manos, lo cual es más seguro que esperar pasivamente a un genio otorgado por el cielo. Este es el aspecto grandioso de la tierra y también la razón de su gran esperanza.
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En primer lugar, "ordenar la herencia nacional". Desde que el nuevo pensamiento llegó a China, algunos caballeros mayores e incluso jóvenes comenzaron alarmados a hablar del patrimonio nacional. Pero para los jóvenes existe un saber vivo y un arte nuevo. Si alguien ondea esta bandera y convoca a todos, equivale a aislar a China del mundo para siempre.
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En segundo lugar, el "culto a la originalidad". La gente se ha cansado de oír los nombres de Tolstói, Turguénev y Dostoievski, pero ¿cuántas de sus obras se han traducido al chino? La mirada, prisionera dentro de las fronteras nacionales, no soporta oír hablar de Piotr y Iván, sino que exige Zhang San y Li Si, y así aparecen los autores nativos, cuyos escritos pueden ser elegantes pero cuyo pensamiento va a la zaga de las traducciones.
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¡Unas masas así son polvo, no tierra; en ellas no crecerán ni bellas flores ni árboles frondosos!
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Y luego está la crítica maliciosa. Apenas aparece una obra, ya muelen la tinta y pronuncian un veredicto altanero: "¡Ay, qué inmaduro! ¡China necesita genios!" Pero incluso un genio, al nacer, llora igual que un niño cualquiera.
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La tierra no merece mencionarse al lado del genio, pero no es fácil de crear para quien no posea una perseverancia de hierro. Sin embargo, la cosa está en manos humanas, y eso es más fiable que esperar a un genio enviado del cielo. En eso reside la grandeza de la tierra, y en eso reside también la gran esperanza.
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== Otra vez sobre el derrumbe de la Pagoda Leifeng (再论雷峰塔的倒掉) ==
 
== Otra vez sobre el derrumbe de la Pagoda Leifeng (再论雷峰塔的倒掉) ==
  
He oído decir que la Pagoda Leifeng de Hangzhou (杭州) se ha derrumbado, pero no sé exactamente cuándo. Lo que recuerdo es que durante muchos años me impresionaba su aspecto decrépito, feo, que se levantaba a orillas del Lago del Oeste como un viejo miserable que se mantiene precariamente en pie. Había escrito un artículo sobre el tema del derrumbe de la Pagoda Leifeng, y la conclusión era que me alegraba; ahora se ha derrumbado de verdad, y aunque sigo sin sentir tristeza, tampoco salto de alegría particularmente: simplemente siento que se ha eliminado algo que debía eliminarse.
 
  
La Pagoda Leifeng, según la leyenda, contenía debajo a la Serpiente Blanca (白蛇). Una vez sepultada la Serpiente Blanca, la pagoda debía mantenerse en pie para siempre. Pero resulta que el monje Fahai (法海) que la encerró no tuvo verdadero poder; no pudo impedir que la pagoda se desmoronara. Una pagoda erigida con la fuerza de la opresión acaba desplomándose por su propia naturaleza.
 
  
La lección es clara: toda estructura construida para oprimir un espíritu libre está condenada a derrumbarse. Quienes se alegran del derrumbe de la pagoda no son nihilistas sino personas que detestan la opresión. Y quienes lamentan su caída no necesariamente aman la belleza del paisaje; muchos simplemente añoran el poder de confinar y subyugar.
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Por una carta del señor Chongxuan, supe que los campesinos, supersticiosos, creían que los ladrillos de la Pagoda Leifeng de Hangzhou les traerían buena suerte. Así que uno excavaba aquí y otro allá, hasta que la pagoda finalmente se derrumbó. Un viajero suspiraba una y otra vez: "¡De las Diez Vistas del Lago del Oeste, ahora falta una!"
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Esta noticia me alegró un poco, aunque alegrarse de la desgracia ajena no es propio de un caballero; pero como no soy caballero, no puedo hacer nada al respecto.
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Muchos de nosotros los chinos —declaro solemnemente que no incluyo a los cuatrocientos millones de compatriotas en su totalidad— padecemos una especie de "enfermedad de las diez vistas", al menos de las "ocho vistas", cuya agravación probablemente data de la dinastía Qing. Basta abrir cualquier gaceta comarcal para encontrar que tal comarca tiene diez o ocho vistas panorámicas, del tipo "Luna lejana sobre la aldea", "Campana clara del templo sombrío", "Aguas prístinas del estanque antiguo", y similares. Además, el germen en forma de "diez" parece haberse infiltrado ya en la sangre y propagado por todo el cuerpo; su fuerza hace tiempo que no le va a la zaga al germen de la exclamación "¡" que lamenta la perdición del país. Los dulces vienen en "diez variedades", los platos se sirven en "diez cuencos", la música se toca en "diez rondas", Yama tiene "diez palacios", las medicinas vienen en "tónico perfecto de las diez completitudes", en el juego de los dedos hay "mano de fortuna completa". Hasta los crímenes o las fechorías de una persona se enumeran casi siempre en diez, como si al llegar a nueve uno se resistiera a detenerse. ¡Ahora, de las Diez Vistas del Lago del Oeste, falta una! "En la administración del reino hay nueve principios constantes": los nueve principios son cosa antigua, pero las nueve vistas resultan bastante insólitas. Por eso precisamente son una acupuntura contra la enfermedad de las diez vistas, o al menos pueden hacer que el enfermo sienta algo fuera de lo común y sepa que su querida y vieja enfermedad ha perdido repentinamente una décima parte.
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Pero hay tristeza aún dentro de esto.
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En realidad, esta destrucción inevitable es también en vano. La satisfacción no es más que autoengaño ocioso. Los refinados, los devotos y los tradicionalistas no cejarán hasta reconstruir con mil artimañas la décima vista que falta.
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Sin destrucción no hay nueva construcción, eso es cierto en general; pero que haya destrucción no implica necesariamente que haya nueva construcción. Rousseau, Stirner, Nietzsche, Tolstói, Ibsen, si empleamos la expresión de Brandes, son "destructores de vías". En realidad, no solo destruyen, sino que barren: avanzan dando grandes voces, arrasan las viejas vías que estorban el paso, ya enteras o en fragmentos, sin pretender arrancar un trozo de hierro viejo o un ladrillo antiguo para llevárselo a casa y venderlo en la chatarería. En China escasean esta clase de personas; si las hubiera, las ahogaría la saliva del populacho. Confucio fue ciertamente grande: viviendo en una época en que las fuerzas de la brujería y los espíritus eran poderosísimas, se negó obstinadamente a hablar de fantasmas y dioses; pero lamentablemente era demasiado astuto. "Sacrificar como si estuvieran presentes, sacrificar a los dioses como si estuvieran presentes": con solo dos caracteres "como si", al modo habitual de sus Anales de Primavera y Otoño, insinuó con fina y mordaz ironía algo que nadie acertó a descifrar en el acto, pues no se veía su oposición interior. Estaba dispuesto a jurar ante Zilu, pero no a declarar la guerra a los fantasmas y dioses, porque una declaración de guerra significaría conflicto, y es fácil caer en el pecado de insultar a otros —aunque solo se insulte a fantasmas—.
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Confucio era un viejo señor que conocía profundamente los usos del mundo. Probablemente tenía razones más hondas, aparte de la cuestión de su retrato impreso, para no convertirse en un destructor abierto y declarado. Por eso solo callaba y jamás insultaba, y así se convirtió solemnemente en el santo de China, pues su Dao era tan grande que todo lo abarcaba. De lo contrario, quizá quien se venerara hoy en los templos no llevaría el apellido Kong.
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Pero todo esto es mero teatro: la tragedia destruye ante el espectador lo valioso de la vida humana; la comedia le desgarra ante los ojos lo que carece de valor. La sátira no es más que una rama simplificada de la comedia. Pero tanto lo trágico como lo cómico son enemigos de la enfermedad de las diez vistas, porque ambos son destructivos, aunque destruyen aspectos diferentes. Mientras China padezca la enfermedad de las diez vistas, no solo no producirá locos como Rousseau, sino que tampoco producirá un solo autor trágico, cómico o poeta satírico. Solo habrá personajes de comedia o personajes que no son ni de comedia ni de tragedia, sobreviviendo en sus diez vistas de imitación mutua, cada uno aquejado de la enfermedad de las diez vistas.
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Sin embargo, una vida de perfecto estancamiento es algo rarísimo en el mundo. Así pues, los destructores acabaron llegando: pero no como precursores dotados de conciencia, sino como bandidos violentos o bárbaros extranjeros. Los hunos ya habían llegado al centro de China, los cinco bárbaros también, y los mongoles igualmente. El compatriota Zhang Xianzhong mataba gente como quien corta hierba, y los soldados manchúes con una sola flecha se colaban entre los matorrales y morían. Alguien comentó sobre China: si no hubiera habido invasiones bárbaras que trajeran sangre fresca, quién sabe hasta qué punto se habría corrompido por sí sola. Esto es, naturalmente, una broma cruel y despiadada, pero si uno repasa la historia, teme no poder evitar que le corra el sudor por la espalda. Llegaban los invasores de fuera: una sacudida momentánea, y al final se los invitaba a ser los amos, y bajo sus hachas y espadas se remendaban las viejas costumbres. Llegaban los insurrectos de dentro: otra sacudida momentánea, y al final se los hacía amos también, o se adoraba a otro amo, y entre los propios escombros se remendaban las viejas costumbres. Si luego se hojeaba la gaceta comarcal, se veía que después de cada guerra y cada fuego, lo que se añadía eran los nombres de numerosas mujeres virtuosas y mártires. Mirando las guerras recientes, habrá que volver a celebrar a gran escala la castidad y la virtud, ¿verdad? ¿Y los varones, adónde se fueron todos?
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Esta destrucción al modo de bandidos solo deja un campo de escombros, y nada tiene que ver con la construcción.
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Pero en tiempos de paz, cuando se están remendando las viejas costumbres y no hay bandidos, ¿no hay destrucción alguna en el país? Tampoco es así: en tales tiempos opera constantemente una destrucción al modo de lacayos.
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La extracción de ladrillos de la Pagoda Leifeng no es más que un pequeño ejemplo muy reciente. Los budas de piedra de Longmen, en su mayoría, tienen los miembros mutilados; los libros de las bibliotecas hay que vigilar para que no les arranquen las ilustraciones; cualquier bien público o sin dueño, si es difícil de mover, difícilmente permanece intacto. Pero la causa de esta destrucción no es el afán de barrer del reformador, ni el afán de saquear o simplemente destruir del bandido, sino que por el más ínfimo interés inmediato, se inflige en secreto un daño a una cosa grande e íntegra. Al ser mucha la gente, el daño es naturalmente enorme, y tras la ruina, es difícil saber quién fue el verdadero culpable. Como cuando se derrumbó la Pagoda Leifeng: solo sabemos que fue por la superstición de los campesinos. La pagoda, que era de todos, se perdió; lo que obtuvo cada campesino no fue más que un ladrillo, y ese ladrillo acabará siendo guardado por otro egoísta, hasta su completa desaparición. Si en tiempos de paz y abundancia el brote de la enfermedad de las diez vistas hace que se reconstruya una nueva Pagoda Leifeng, ¿acaso no se puede imaginar su destino futuro? Si los campesinos siguen siendo tales campesinos y las viejas costumbres siguen siendo las mismas.
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Esta destrucción al modo de lacayos tampoco deja más que un campo de escombros, y nada tiene que ver con la construcción.
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¡Y no son solo los campesinos con la Pagoda Leifeng! Los lacayos que día a día socavan los cimientos de la República de China, ¡quién sabe cuántos hay ahora mismo!
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Un campo de escombros no es todavía lo más triste; lo triste es remendar las viejas costumbres sobre un campo de escombros. Necesitamos destructores reformadores, porque en su interior hay una luz ideal. Debemos distinguirlo del bandido y del lacayo; debemos vigilar que no caigamos nosotros mismos en estas dos categorías. La distinción no es difícil: basta observar a los demás y examinarse a uno mismo. Quien en sus palabras, actos o pensamientos muestre indicios de querer apropiarse de algo, es un bandido; quien muestre indicios de querer sacar alguna pequeña ventaja inmediata, es un lacayo, sin importar cuán vistosa y hermosa sea la bandera que enarbole delante.
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(6 de febrero de 1925.)
 
(6 de febrero de 1925.)
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== Charla ociosa a finales de primavera (春末闲谈) ==
 
== Charla ociosa a finales de primavera (春末闲谈) ==
  
En mi tierra natal, el clima primaveral es bastante tardío. Las hierbas comienzan a crecer en los bordes de los campos, los niños empiezan a buscar raíces comestibles, y entonces suele verse una pequeña avispa volando cerca del suelo. La avispa tiene un cuerpo delgado, esbelto, y vuela en zigzag cerca de las paredes de barro. Cuando encuentra una araña pequeña, la pica y la paraliza, pero no la mata. Luego carga con la araña paralizada hasta su nido, pone un huevo sobre ella, sella la entrada y se marcha. Cuando la larva eclosiona, la araña paralizada sigue viva, sirviendo como alimento fresco.
 
  
Este es el método más perfecto de dominación: no matar al dominado, sino paralizarlo justo lo suficiente para que sirva a los fines del dominante. Los antiguos gobernantes aprendieron bien esta lección. No exterminaban al pueblo, sino que le quitaban la capacidad de resistir, manteniéndolo justo lo suficientemente vivo para ser de utilidad.
 
  
Los pensadores chinos idearon igualmente métodos refinados: los ritos, la música, la benevolencia y la rectitud sirvieron como instrumentos para paralizar el espíritu del pueblo. A quienes se atrevían a pensar por sí mismos se les decía: "Esto no está de acuerdo con los ritos", o "Es contrario a la virtud de los antiguos". Así, el pueblo quedaba tan paralizado como la araña en el nido de la avispa, vivo pero incapaz de moverse.
 
  
Sin embargo, el hombre no es una araña. Por muy perfecto que sea el método de paralización, siempre surge alguien que se rebela. Esta es la diferencia fundamental: la avispa puede garantizar la sumisión permanente de la araña, pero ningún gobernante ha logrado garantizar la sumisión permanente del pueblo.
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En Pekín era finales de primavera; quizá por mi impaciencia, ya sentía el verano. Entonces recordé de pronto las avispas de cintura delgada de mi tierra natal. Por aquella época debía de ser pleno verano. Las moscas verdes se apiñaban en las cuerdas de los toldos, y las avispas negras como el hierro revoloteaban entre los morales o cerca de las telarañas en las esquinas de los muros, llevándose a veces una oruga verde, arrastrando a veces una araña. La oruga o la araña al principio resistían y no querían irse, pero al final les faltaban las fuerzas y eran transportadas por el aire, como si viajaran en aeroplano.
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Los ancianos de la generación anterior me instruyeron: esa avispa de cintura delgada es la llamada guoluo de los libros, pura hembra sin macho, que necesita atrapar orugas como hijos adoptivos. Encerraba a la pequeña oruga en su nido y luego, día y noche, golpeaba desde fuera entonando: "Sé como yo, sé como yo." Al cabo de un número de días —ya no recuerdo cuántos, quizá cuarenta y nueve, siete veces siete—, la oruga se convertía también en avispa de cintura delgada. Por eso dice el Libro de las Odas: "La oruga tiene descendencia; la guoluo la carga consigo." La oruga es el pequeño gusano verde del moral. ¿Y la araña? De ella no dijeron nada. Recuerdo que algunos filólogos habían propuesto una teoría diferente, sosteniendo que la avispa en realidad puede poner sus propios huevos, y que atrapa orugas para rellenar el nido como alimento de las larvas que eclosionen. Pero los ancianos que yo conocí no aceptaban esta explicación y seguían diciendo que las llevaba como hijas adoptivas. Para conservar una bonita anécdota entre cielo y tierra, mejor era que así fuera. En los largos días de verano, sin nada que hacer, espantando el calor bajo la sombra de los árboles, al ver a los dos insectos —uno tirando, otro resistiendo—, era como contemplar a una madre cariñosa educando a su hija, llena de buenas intenciones, mientras la oruga, retorciéndose en su resistencia, parecía una chiquilla tonta que no sabe lo que le conviene.
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Pero al fin y al cabo, esos extranjeros bárbaros son odiosos: insisten en hablar de ciencia. La ciencia nos ha dado muchas sorpresas, pero también ha arruinado muchos de nuestros buenos sueños. Desde que el gran entomólogo francés Fabre observó con detenimiento, la historia de alimentar a las larvas quedó confirmada. Además, esta avispa de cintura delgada no solo es una asesina común, sino una asesina particularmente cruel y, al mismo tiempo, una anatomista de extraordinario saber y habilidad técnica. Conoce la estructura nerviosa de la oruga y su función: con su prodigioso aguijón venenoso, aplica un solo pinchazo en el ganglio nervioso motor, y la oruga queda paralizada en un estado de ni viva ni muerta. Solo entonces deposita su huevo sobre ella y la sella en el nido. La oruga, como no está muerta, no se mueve; pero como tampoco está viva, no se pudre. Así, cuando las crías eclosionan, el alimento sigue tan fresco como el día en que fue capturado.
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Hace tres años, me encontré con el ruso E, un hombre de nervios hipersensibles. Un día exclamó de pronto con preocupación: ¿No inventarán algún día los científicos del futuro un fármaco prodigioso que, inyectado en alguien, lo convierta gustosamente para siempre en una máquina de trabajo y de guerra? En aquel momento yo también fruncí el ceño, suspiré e hice como que compartía su preocupación para demostrar que "nuestras opiniones coincidían en lo fundamental"; sin sospechar que los santos reyes, sabios ministros, santos y sabios y discípulos de santos y sabios de nuestra nación habían tenido ya desde hacía mucho este ideal de un mundo dorado. ¿No dice acaso: "Solo el soberano dispensa la felicidad, solo el soberano ejerce la autoridad, solo el soberano goza de los manjares selectos"? ¿No dice: "El hombre superior trabaja con la mente, el hombre inferior trabaja con el cuerpo"? ¿No dice: "El gobernado alimenta a otros, el gobernante es alimentado por otros"? Lamentablemente, aunque la teoría era ya excelente, nunca se inventó un método perfecto. Para someterse a la autoridad hay que estar no-vivo; para ofrecer manjares selectos hay que estar no-muerto. Para ser gobernado hay que estar no-vivo; para mantener a los gobernantes hay que estar no-muerto. La humanidad ascendió a la más espiritual de las criaturas, lo cual es sin duda motivo de felicitación; pero al carecer del aguijón venenoso de la avispa de cintura delgada, los santos reyes, sabios ministros, sabios y sabios, hasta los ricos, eruditos y educadores actuales, se encuentran en un aprieto. Lo que depare el futuro no se sabe, pero en cuanto al pasado, los gobernantes, pese a haber aplicado con todas sus fuerzas toda clase de técnicas de adormecimiento, no pudieron alcanzar nunca una eficacia plena ni competir con la guoluo. Tomemos solo el ejemplo de los emperadores: resultó inevitable que cambiaran constantemente de apellido y de dinastía, sin que existiera jamás un "reinado eterno del Dao que dure diez mil años"; que las Veinticuatro Historias lleguen a veinticuatro es una triste prueba de hierro.
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Ahora bien, parece que se abre un capítulo diferente: ha surgido en el mundo una especie de estudiantes en el extranjero pertenecientes a la llamada "clase intelectual especial", que como resultado de sus investigaciones en el laboratorio afirman que el subdesarrollo de la medicina es beneficioso para la mejora de la raza, que la situación de la mujer china es perfectamente igualitaria, que todas las razones ya están en orden y todos los estados de cosas son satisfactorios. La preocupación de E quizá no carezca de motivos; sin embargo, Rusia no tiene de qué inquietarse, porque allí no tienen, como en nuestra China, las llamadas "circunstancias nacionales especiales" ni la llamada "clase intelectual especial".
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Pero me temo que este tipo de trabajo tampoco logrará ser plenamente eficaz, al igual que en la antigüedad, pues es realmente mucho más difícil que lo que hace la avispa de cintura delgada. A ella le basta con que la oruga no se mueva, por lo que un solo pinchazo en el ganglio nervioso motor basta para el éxito. Pero nuestro trabajo exige que el sujeto pueda moverse pero no sienta: hay que anestesiar completamente el centro nervioso de la percepción. Sin embargo, en cuanto se pierde la percepción, el movimiento pierde también su guía y ya no puede ofrecer manjares selectos para que los disfruten los de arriba, desde la "cúspide" hasta la "clase intelectual especial". Por ahora, aparte del método de las escrituras sagradas y las tradiciones de los conservadores, del principio de encerrarse en el laboratorio de los eruditos, de la ley de no-hablar-de-política-nacional de los literatos y los dueños de puestos de té, y del precepto de no-mirar-no-oír-no-hablar-no-moverse de los educadores, realmente no existe un método mejor, más completo ni más exento de inconvenientes. Incluso los descubrimientos especiales de los estudiantes que regresan del extranjero no han logrado superar el marco de los sabios del pasado.
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Entonces, ¿hay que recurrir una vez más al dicho "cuando los ritos se pierden en la corte, búsquense en el campo"? Los bárbaros —a los que ahora, ya que queremos imitarlos, llamaremos cortésmente "extranjeros"—, ¿tienen allá mejores métodos? Lamentablemente, tampoco. Lo que tienen no pasa de prohibir las reuniones y prohibir hablar, lo cual no difiere mucho de lo nuestro en China. De esto se deduce que el Dao supremo y la sabiduría excelsa son iguales en todos los corazones humanos, sin distinción entre chinos y bárbaros.
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Así pues, nuestro Creador —suponiendo que en el cielo exista realmente semejante "Amo"— es digno de odio: primero, por no haber separado eternamente a "gobernantes" y "gobernados"; segundo, por no haber dado a los gobernantes un aguijón venenoso como el de la avispa de cintura delgada; tercero, por no haber hecho a los gobernados de tal forma que, incluso con la cabeza cortada —esa que alberga el centro del pensamiento—, pudieran seguir moviéndose y trabajando. Si se obtuviera una sola de estas tres cosas, la posición de los ricos sería estable para siempre, el dominio se ejercería sin esfuerzo y el mundo alcanzaría la paz.
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Si no hubiera cabeza y sin embargo se pudiera seguir sirviendo y haciendo la guerra, ¡qué clarificador sería el panorama del mundo! Ya no haría falta usar gorras ni condecoraciones para distinguir a ricos de pobres: con solo mirar si hay cabeza o no, se sabría quién es amo y quién esclavo, quién funcionario y quién pueblo, quién superior y quién inferior, quién noble y quién plebeyo. Y además ya no se armarían líos con revoluciones, repúblicas, asambleas y demás. Solo en telegramas se ahorrarían muchísimos.
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Los antiguos, al fin y al cabo, eran inteligentes, y al parecer ya habían pensado en algo así. En el Clásico de las Montañas y los Mares se registra un monstruo llamado "Xingtian". Había perdido su cabeza pensante, pero seguía viviendo, "con los pezones por ojos y el ombligo por boca" —detalle muy bien pensado, pues de otro modo, ¿cómo vería, cómo comería?—. Es realmente un modelo digno de ser tomado como maestro. Si todos nuestros ciudadanos fueran así, ¡cuán seguros y felices estarían los ricos! Pero Xingtian además "empuñaba escudo y hacha y danzaba", lo que indica que ni muerto aceptaba resignarse, y no se parecía en nada al ciudadano ideal mío, diseñado exclusivamente para la comodidad de los ricos. Tao Yuanming también escribió un verso: "Xingtian danza con escudo y hacha; su espíritu feroz permanece siempre." Si hasta ese viejo ermitaño aparentemente desapegado dice algo así, queda claro que incluso sin cabeza se puede conservar un espíritu feroz, y la paz del mundo de los ricos temo que no llegará tan pronto. Pero con tantos ciudadanos de la "clase intelectual especial", quizá haya esperanza de una excepción; además, cuando la civilización espiritual asciende demasiado, la cabeza espiritual se adelanta a volar, y la cuestión de si hay o no cabeza material resulta un problema menor.
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(22 de abril de 1925.)
 
(22 de abril de 1925.)
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== Recuerdos dispersos (杂忆) ==
 
== Recuerdos dispersos (杂忆) ==
  
En China hay un viejo dicho: "El que habla de asuntos ajenos es un vagabundo; el que critica al gobierno es un rebelde." Este principio ha regido durante milenios. El pueblo aprende a callar, a no ver, a no oír. Y si por casualidad ve u oye algo, aprende a fingir que no ha visto ni oído nada.
 
  
Los que osan hablar son cada vez menos. Los que quedan se dividen en dos clases: unos hablan para adular al poder, y otros hablan para criticarlo. Los aduladores prosperan; los críticos perecen. Con el tiempo, solo quedan los aduladores, y el silencio de los demás se convierte en el sonido dominante de la sociedad.
 
  
Pero el silencio no es paz. Debajo del silencio hierve la indignación, la frustración, el resentimiento. Un día, todo esto estalla. Los que habían guardado silencio durante tanto tiempo hablan todos a la vez, y nadie puede ya acallarlos.
 
  
La historia de China es una historia de silencios interrumpidos por explosiones. Y cada explosión es seguida por un nuevo silencio, impuesto por un nuevo poder. Quienes no aprenden esta lección están condenados a repetirla.
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Esta noticia me alegró un poco, aunque sé perfectamente que regodearse con las desgracias ajenas no es propio de un caballero; pero como no soy caballero, no puedo hacer nada por aparentarlo.
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Muchos de nosotros los chinos —declaro aquí solemnemente: sin incluir a los cuatrocientos millones de compatriotas en su totalidad— padecemos una "enfermedad de las diez vistas", al menos de las "ocho vistas", cuya agravación probablemente se remonta a la dinastía Qing. Basta abrir cualquier gaceta comarcal para hallar que esa comarca tiene diez u ocho vistas, como "Luna lejana sobre la aldea", "Campana clara del templo sombrío", "Aguas prístinas del estanque antiguo". Además, el germen en forma de "diez" parece haberse infiltrado en la sangre y propagado por todo el cuerpo. Los dulces vienen en "diez variedades", los platos en "diez cuencos", la música en "diez rondas", Yama tiene "diez palacios", las medicinas en "tónico perfecto de las diez completitudes". Hasta los crímenes de una persona se enumeran casi siempre en diez artículos, como si al llegar a nueve no se pudiera parar. ¡Ahora de las Diez Vistas del Lago del Oeste falta una! Las nueve vistas resultan insólitas, y por eso son como una acupuntura contra la enfermedad de las diez, que al menos hará sentir al enfermo algo fuera de lo común, y que sepa que su querida y vieja enfermedad ha perdido una décima parte.
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Pero hay tristeza dentro de esto.
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En realidad, esta destrucción inevitable es también en vano. La satisfacción no es más que autoengaño ocioso. Los refinados, los devotos y los tradicionalistas no cejarán hasta reconstruir con mil artimañas la décima vista.
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Sin destrucción no hay nueva construcción, eso es cierto en general; pero que haya destrucción no significa que haya nueva construcción. Rousseau, Stirner, Nietzsche, Tolstói, Ibsen —si utilizamos la expresión de Brandes— son "destructores de vías". No solo destruyen sino que barren; avanzan a grandes voces, y arrasan las viejas vías que estorban, ya enteras o en fragmentos, sin pretender arrancar un trozo de hierro viejo para llevárselo a casa y venderlo a la chatarrera. China tiene pocos de esta clase; si los hubiera, los ahogaría la saliva de las masas. Confucio fue ciertamente grande: nacido en una era donde las fuerzas de la hechicería eran poderosísimas, rehusó hablar de fantasmas y dioses; pero era demasiado astuto. "Sacrificar como si estuvieran presentes": con esos dos "como si" insinuó una ironía fina, de modo que nadie supo ver su oposición interior. Estaba dispuesto a jurar ante Zilu, mas no a declarar la guerra a los fantasmas y dioses, porque declararla significaría conflicto.
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Confucio conocía profundamente los usos del mundo; probablemente tenía razones ocultas para no convertirse en un destructor declarado, y por eso solo callaba y jamás insultaba. Así se convirtió en el santo de China, pues su Dao era tan grande que todo lo abarcaba. De lo contrario, el apellido venerado en los templos quizá no sería Kong.
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Pero todo esto es mero teatro. La tragedia destruye lo valioso de la vida humana ante el espectador; la comedia desgarra lo que carece de valor. La sátira es solo una rama simplificada de la comedia. Tanto lo trágico como lo cómico son enemigos de la enfermedad de las diez vistas, pues ambos son destructivos. Mientras China siga enferma de las diez vistas, no solo no producirá locos como Rousseau, sino que tampoco producirá un solo autor trágico, cómico, ni poeta satírico.
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Sin embargo, una vida de perfecto estancamiento es rarísima en el mundo. Así pues, los destructores acabaron por llegar: pero no como precursores conscientes, sino como bandidos violentos o bárbaros extranjeros. Los hunos llegaron al centro de China, los cinco bárbaros también, los mongoles igualmente. El compatriota Zhang Xianzhong mataba como quien corta hierba. Alguien comentó: si no hubiera habido invasiones bárbaras que trajeran sangre fresca, quién sabe cuánto se habría corrompido China por sí sola. Cuando llegaban invasores de fuera, la sacudida era momentánea; al final se los acababa invitando como amos, y bajo sus hachas se remendaban las viejas costumbres. Cuando llegaban insurrectos de dentro, lo mismo.
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La destrucción al modo de bandidos solo deja escombros, y nada tiene que ver con la construcción.
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Los ladrillos de la Pagoda Leifeng son un ejemplo menor y reciente. Los budas de piedra de Longmen tienen la mayoría de los miembros mutilados; en las bibliotecas hay que vigilar para que no arranquen las ilustraciones. La destrucción al modo de lacayos tampoco deja más que escombros.
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Un campo de escombros no es lo más triste; remendar las viejas costumbres sobre un campo de escombros, eso sí es triste. Necesitamos destructores reformadores, porque en su interior arde la luz de un ideal.
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(6 de febrero de 1925.)
 
(6 de febrero de 1925.)
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== Sobre abrir los ojos (论睁了眼看) ==
 
== Sobre abrir los ojos (论睁了眼看) ==
  
Las pequeñas tragedias del "Sueño del pabellón rojo" son sucesos cotidianos en la sociedad, y el autor fue comparativamente audaz para retratarlas con fidelidad, con resultados nada mediocres. Sin importar si la fortuna de la familia Jia renace y orquídea y osmanto florecen juntos: hasta el propio Baoyu se hizo monje con un gran manto de fieltro escarlata. Monjes hay muchos, ¿pero cuántos llevan un manto tan magníficamente amplio? Sin duda ha llegado "más allá de lo sagrado y por encima de lo mundano". En cuanto a los demás personajes, sus destinos estaban escritos desde mucho antes en los registros, y su final no era sino una conclusión: el fin del problema, no su comienzo. Aunque los lectores pudieran sentir cierta incomodidad, a la postre nada podían hacer. Pero los continuadores y adaptadores posteriores hicieron resucitar a los muertos o concertaron nuevos matrimonios en el otro mundo, y no descansaron hasta que "héroe y heroína estuvieron reunidos en el escenario", pues la adicción al autoengaño y la impostura era demasiado grande.
 
  
"Hacer el bien trae bendiciones": este viejo adagio ya fue puesto en duda por algunos durante el período de las Seis Dinastías, cuando los epitafios rezaban: "Acumular buenas obras sin recibir recompensa es en última instancia engañarse a uno mismo." Pero los necios posteriores volvieron a encubrir esto.
 
  
Los chinos nunca se han atrevido a mirar de frente las diversas caras de la vida; disimulan y engañan. De ahí nace también una literatura de disimulo y engaño, que conduce a los chinos cada vez más adentro del pantano del disimulo y el engaño, hasta que ya ni ellos mismos se dan cuenta. El mundo cambia cada día. Ya es hora de que nuestros escritores se quiten las máscaras, examinen la vida humana con sinceridad, profundidad y audacia, y escriban su sangre y su carne; debería existir desde hace mucho un campo literario enteramente nuevo, debería haber desde hace mucho algunos pioneros feroces y audaces.
 
  
Sin pioneros que rompan con todos los pensamientos y métodos tradicionales, China no tendrá una nueva literatura verdadera.
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Las pequeñas tragedias de Sueño en el pabellón rojo son sucesos cotidianos en la sociedad, y el autor fue lo bastante valiente para retratarlos fielmente, con resultados nada mediocres. Da igual que la familia Jia recupere su fortuna y que orquídeas y osmanthus florezcan juntos: el propio Baoyu se hizo monje con un gran manto de fieltro escarlata. Monjes hay muchos, pero ¿cuántos llevan un manto tan espléndidamente amplio? Sin duda ha alcanzado "lo que está más allá de lo sagrado y por encima de lo mundano". En cuanto a los demás personajes, sus destinos estaban predeterminados en los registros desde hacía mucho, y su final no fue sino una conclusión: el fin del problema, no su comienzo. Aunque los lectores sintieran cierta inquietud, no podían hacer nada al respecto. Sin embargo, los continuadores posteriores hicieron que los muertos resucitaran o arreglaron nuevos matrimonios en el más allá, y no descansaron hasta que "el héroe y la heroína se reunieron en el escenario" — porque la adicción al autoengaño y al fraude era demasiado grande.
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"Hacer el bien trae bendiciones": este viejo adagio ya fue puesto en duda por algunos en la época de las Seis Dinastías, cuando las inscripciones funerarias decían: "Acumular virtudes sin recibir recompensa es en última instancia engañarse a uno mismo." Pero los necios posteriores lo encubrieron de nuevo.
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Los chinos jamás se han atrevido a mirar de frente las diversas facetas de la vida: disimulan y engañan. De ahí nace también una literatura de disimulo y engaño que arrastra a los chinos cada vez más hondo en el pantano del disimulo y el engaño, hasta que ya ni ellos mismos se dan cuenta. El mundo cambia a diario. Ya es hora de que nuestros escritores se quiten las máscaras, examinen con sinceridad, profundidad y audacia la vida humana, y escriban su sangre y su carne. Debería haber hace tiempo un campo literario enteramente nuevo, debería haber hace tiempo unos cuantos pioneros feroces y arrolladores.
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Sin pioneros que rompan todos los pensamientos y métodos tradicionales, China no tendrá una verdadera literatura nueva.
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(22 de julio de 1925.)
 
(22 de julio de 1925.)
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== La medicina (药) ==
 
== La medicina (药) ==
  
I
 
  
En la segunda mitad de una noche de otoño, la luna se había puesto y el sol aún no había salido; solo quedaba una franja de cielo azul oscuro. Salvo las criaturas de la noche, todo dormía. El viejo Shuan, de la familia Hua, se incorporó de pronto, encendió un fósforo y prendió la lámpara cubierta de grasa. Las dos habitaciones de la casa de té se llenaron de una luz pálida y azulada.
 
  
"Padre del pequeño Shuan, ¿ya te vas?" Se oyó la voz de una anciana. Desde la pequeña habitación interior llegó un acceso de tos.
 
  
"Mmm." El viejo Shuan escuchó, respondió y se abotonó la chaqueta. Extendió la mano: "Dámelo."
 
  
La señora Hua rebuscó largo rato bajo la almohada y sacó un paquete de monedas de plata que le entregó al viejo Shuan. Él lo tomó temblando, se lo metió en el bolsillo y lo apretó dos veces por fuera. Luego encendió el farol, apagó la lámpara y entró en la habitación del fondo. Adentro algo crujió, seguido de un acceso de tos. El viejo Shuan esperó a que cesara y llamó en voz baja: "Pequeño Shuan... no te levantes. ¿La tienda? Tu madre se encargará."
 
  
Cuando el viejo Shuan dejó de oír a su hijo, supuso que se había vuelto a dormir. Salió por la puerta y llegó a la calle. La calle estaba sumida en la oscuridad y completamente desierta; solo un camino gris blanquecino se distinguía con claridad. La luz del farol caía sobre sus dos pies, uno delante del otro. De vez en cuando se cruzaba con algún perro, pero ninguno ladraba. El aire era mucho más frío que adentro; sin embargo, el viejo Shuan se sentía vigorizado, como si de pronto hubiera rejuvenecido, dotado de poderes sobrenaturales y de la capacidad de dar vida. Sus zancadas eran extraordinariamente amplias y altas, y el camino se hacía cada vez más nítido, el cielo cada vez más claro.
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=== Primera parte ===
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En la segunda mitad de una noche de otoño, la luna se había puesto y el sol aún no había salido; solo quedaba un trecho de cielo azul oscuro. Salvo las criaturas nocturnas, todo dormía. El viejo Hua se incorporó de pronto, encendió una cerilla y prendió el candil cubierto de grasa. Las dos habitaciones de la casa de se llenaron de una luz azul blanquecina.
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Absorto por completo en su caminar, el viejo Shuan se sobresaltó de repente: a lo lejos vio una encrucijada en forma de T que se extendía claramente ante él. Retrocedió unos pasos, encontró una tienda con la puerta cerrada, se deslizó bajo el alero y se quedó apoyado contra la puerta. Después de un buen rato, empezó a sentir frío.
 
  
"Hum, el viejo."
 
  
"Parece muy contento..."
 
  
El viejo Shuan se sobresaltó de nuevo. Al abrir los ojos, varias personas habían pasado frente a él. Una se volvió a mirarlo: sus rasgos no eran muy claros, pero su mirada era como la de un hambriento ante la comida, un destello de codicia en los ojos. El viejo Shuan miró su farol: se había apagado. Se palpó el bolsillo: el bulto duro seguía allí. Alzando la vista en ambas direcciones, vio numerosas figuras extrañas, de dos en dos y de tres en tres, vagando como fantasmas; pero al mirar con más atención, no pudo distinguir nada más extraordinario.
 
  
Al poco rato, aparecieron unos soldados caminando hacia allá; los grandes círculos blancos en el pecho y la espalda de sus uniformes eran visibles incluso desde lejos, y en los que pasaban cerca también se distinguían los ribetes rojo oscuro de sus guerreras. Un golpeteo de pies, y en un abrir y cerrar de ojos una gran multitud había pasado en tropel. Los grupos dispersos de personas se fundieron de pronto en una sola masa y se lanzaron hacia adelante como una marea; al llegar a la boca de la encrucijada en T, se detuvieron en seco y se agruparon en semicírculo.
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"Padre de Shuan, ¿ya te vas?" —la voz de una anciana. Del cuartito contiguo llegó un acceso de tos.
  
El viejo Shuan también miró en aquella dirección, pero solo pudo ver un muro de espaldas; todos los cuellos se estiraban largos, como si fueran patos agarrados por una mano invisible y jalados hacia arriba. Tras un instante de silencio, pareció oírse un sonido, y la multitud se agitó de nuevo; con un rugido retrocedieron, dispersándose hasta donde estaba el viejo Shuan, casi derribándolo.
 
  
"¡Eh! ¡La plata en una mano, la mercancía en la otra!" Un hombre vestido enteramente de negro se plantó frente al viejo Shuan; sus ojos cortaban como dos cuchillos, haciendo que el viejo Shuan se encogiera a la mitad de su tamaño. Una mano grande se extendía hacia él; la otra sostenía un mantou de un rojo brillante, del que aún goteaba el rojo, gota a gota.
 
  
El viejo Shuan buscó apresuradamente las monedas de plata e intentó, temblando, entregárselas, pero no se atrevía a tomar lo que el hombre le ofrecía. El hombre se impacientó y gritó: "¡¿De qué tienes miedo?! ¡¿Por qué no lo tomas?!" El viejo Shuan todavía vacilaba; el hombre de negro le arrebató el farol, arrancó la pantalla de papel, envolvió el mantou con ella y se lo metió al viejo Shuan en las manos. Con una mano agarró las monedas de plata, las apretó, se dio la vuelta y se marchó murmurando: "Viejo imbécil..."
 
  
"¿Para quién es esa medicina?" Al viejo Shuan le pareció oír que alguien se lo preguntaba, pero no respondió. Todo su ser estaba ahora concentrado en el paquete; lo sostenía como si acunara a un hijo único nacido tras diez generaciones: todo lo demás había dejado de importar. Pretendía trasplantar la nueva vida contenida en aquel paquete a su hogar y cosechar una gran felicidad. El sol también salió; ante él se abría un camino ancho que conducía directamente a su casa. A sus espaldas, el sol iluminaba los caracteres dorados y desvaídos del letrero ruinoso en la cabecera de la encrucijada: "Antiguo □ Pabellón □."
 
  
II
 
  
Cuando el viejo Shuan llegó a casa, la tienda estaba ya limpia y ordenada; hilera tras hilera de mesas de té relucían lisas y brillantes. Pero no había clientes: solo el pequeño Shuan, sentado a una mesa del fondo, comiendo. Gruesas gotas de sudor le rodaban por la frente, su chaqueta acolchada se le pegaba a la espalda y los dos omóplatos sobresalían marcadamente, formando un ocho en relieve. Al ver a su hijo en ese estado, el viejo Shuan no pudo evitar fruncir el ceño que acababa de relajar. Su mujer salió apresuradamente de la cocina, con los ojos muy abiertos y los labios temblándole ligeramente.
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"Hmm." El viejo Hua escuchaba y respondía a la vez, mientras se vestía. Extendió la mano: "Dámelo."
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La señora Hua rebuscó largo rato bajo la almohada, sacó un paquete de monedas de plata y se lo entregó al viejo Hua. Él lo tomó, lo guardó temblando en el bolsillo de la chaqueta y lo apretó dos veces más por fuera. Después encendió el farol, apagó el candil y se dirigió a la habitación interior. Dentro se oía un crujir, seguido de un acceso de tos. El viejo Hua esperó a que se calmara y llamó en voz baja: "Pequeño Shuan... no te levantes... ¿La tienda? Tu madre se encargará."
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Cuando el viejo Hua oyó que su hijo ya no hablaba, supuso que se había dormido tranquilo y salió. La calle estaba sumida en la oscuridad y completamente vacía; solo se distinguía con claridad un camino gris blanquecino. La luz del farol iluminaba sus pies, uno tras otro, avanzando. De vez en cuando se cruzaba con algún perro, pero ninguno ladró. El aire era mucho más frío que dentro de la casa; sin embargo, el viejo Hua se sentía animoso, como si de pronto hubiera rejuvenecido, dotado del poder sobrenatural de dar la vida, y sus pasos eran extraordinariamente largos y altos. El camino se hacía cada vez más claro y el cielo cada vez más luminoso.
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El viejo Hua caminaba concentrado cuando se sobresaltó de pronto: a lo lejos distinguió una intersección en forma de T, tendida claramente de través ante él. Retrocedió unos pasos, encontró una tienda cerrada, se deslizó bajo el alero y se apoyó contra la puerta. Al cabo de un rato, sintió frío por todo el cuerpo.
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"Hmf, viejo." — "Muy contento..."
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El viejo Hua se sobresaltó de nuevo. Al abrir los ojos, vio que varias personas habían pasado por delante de él. Una se volvió a mirarlo: su rostro no se distinguía bien, pero parecía un hambriento que ve comida: en sus ojos brilló un destello de avidez. El viejo Hua miró su farol: se había apagado. Palpó el bolsillo de la chaqueta: duro, todavía ahí. Alzó la cabeza y miró alrededor: mucha gente extraña, en grupos de dos y tres, vagando como fantasmas. Al mirar con más atención, no pudo discernir nada inusual.
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Poco después vio a unos soldados; en su ropa, por delante y por detrás, un gran círculo blanco, visible incluso desde lejos. En los que pasaban de cerca, también se distinguía el ribete rojo oscuro del uniforme. Resonaron pasos y, en un abrir y cerrar de ojos, un gran tropel de gente pasó a empujones. Los grupos dispersos se fundieron de pronto en una masa y se lanzaron hacia adelante como una marea; al llegar a la intersección en T, se detuvieron bruscamente y formaron un semicírculo.
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El viejo Hua también miró en aquella dirección, pero solo vio una pared de espaldas; todos los cuellos se estiraban, como patos sujetos por una mano invisible que los levantara. Se hizo el silencio; luego pareció oírse un sonido, y la multitud se agitó; con un rugido, todos retrocedieron, hasta donde estaba el viejo Hua, casi derribándolo.
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"¡Eh! ¡Dinero por mercancía!" Un hombre vestido todo de negro se plantó ante el viejo Hua, con los ojos como dos cuchillos. El viejo Hua se encogió hasta la mitad. El hombre extendió una mano grande; en la otra sostenía un mantou de un rojo vivo, del que seguían goteando gotas rojas.
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El viejo Hua buscó las monedas de plata a toda prisa, quiso entregárselas temblando, pero no se atrevía a coger aquello. El hombre se impacientó y gritó: "¿De qué tienes miedo? ¿Por qué no lo coges?" El viejo Hua seguía vacilando; el hombre de negro le arrebató el farol, arrancó la cubierta de papel, envolvió el mantou y se lo metió al viejo Hua en las manos; con la otra mano agarró las monedas de plata, las apretó, se dio la vuelta y se fue. "Este viejo chocho..." murmuró.
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"¿Para quién es este remedio?" El viejo Hua también creyó oír que alguien le preguntaba, pero no respondió. Todo su espíritu estaba ahora concentrado en el paquete, como si abrazara a un hijo único nacido tras diez generaciones. Todo lo demás había dejado de importar. Ahora quería trasplantar esta nueva vida contenida en el paquete a su hogar y cosechar mucha felicidad. El sol también había salido; ante él se extendía un camino ancho que conducía directamente a su casa, y detrás, la luz iluminaba los cuatro caracteres dorados y apagados "Gu-Ting" del letrero roto de la intersección en T.
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=== Segunda parte ===
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Cuando el viejo Hua llegó a casa, la tienda ya estaba limpia y arreglada, una fila tras otra de mesas de té, relucientes y pulidas. Pero no había clientes; solo el pequeño Shuan sentado a una mesa del fondo, comiendo. Gruesas gotas de sudor le rodaban por la frente, la chaqueta forrada se le pegaba a la espalda y los dos omóplatos sobresalían como un carácter "ocho" en relieve. El viejo Hua, al ver esto, no pudo evitar fruncir de nuevo el entrecejo que acababa de distender. Su mujer salió apresuradamente de la cocina, con los ojos muy abiertos y los labios ligeramente temblorosos.
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"¿Lo conseguiste?"
 
"¿Lo conseguiste?"
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"Sí."
 
"Sí."
  
Los dos entraron juntos en la cocina y deliberaron un rato. Luego la señora Hua salió y regresó poco después con una vieja hoja de loto, que extendió sobre la mesa. El viejo Shuan abrió la pantalla del farol y volvió a envolver el mantou rojo en la hoja de loto. El pequeño Shuan había terminado de comer; su madre dijo apresuradamente:
 
  
"Pequeño Shuan, quédate sentado, no vengas aquí."
 
  
Mientras ella se ocupaba del fuego, el viejo Shuan metió en el fogón el paquete verde esmeralda y el farol roto rojo y blanco. Cuando pasó una llamarada roja y negra, un perfume extraño se extendió por toda la tienda.
 
  
"Mmm, ¡qué rico huele! ¿Qué pastelito están comiendo?" Este era el Jorobado Quinto, que pasaba todos los días en la casa de té, siempre el primero en llegar y el último en irse. Se había deslizado hasta la mesa del rincón junto a la calle, se sentó y preguntó, pero nadie le respondió. "¿Gachas de arroz frito?" Tampoco hubo respuesta. El viejo Shuan salió apresuradamente y le sirvió té.
 
  
"¡Pequeño Shuan, entra!" La señora Hua llamó al pequeño Shuan a la habitación interior, donde habían colocado un taburete en el centro. Él se sentó. Su madre trajo un plato con algo redondo y negro como el azabache y dijo en voz baja:
 
  
"Come esto, y te curarás."
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Los dos entraron juntos en la cocina y deliberaron un rato; la señora Hua salió y no tardó en volver con una vieja hoja de loto, que extendió sobre la mesa. El viejo Hua también abrió la cubierta del farol y envolvió de nuevo el mantou rojo con la hoja de loto. El pequeño Shuan había terminado de comer; su madre dijo apresuradamente:
  
El pequeño Shuan tomó aquella cosa negra, la contempló un rato — como si sostuviera su propia vida en las manos — y sintió algo indescriptiblemente extraño. Con sumo cuidado la partió en dos; de la corteza carbonizada brotó un chorro de vapor blanco, y cuando el vapor se disipó, aparecieron dos mitades de un mantou blanco de trigo. Al poco rato, todo estaba en su estómago, aunque había olvidado por completo a qué sabía; ante él solo quedaba un plato vacío. A su lado estaban su padre por un lado y su madre por el otro; las miradas de ambos parecían querer inyectar algo en su cuerpo y al mismo tiempo extraer algo de él. El corazón le empezó a latir con fuerza; se apretó las manos contra el pecho, y otro acceso de tos lo sacudió.
 
  
"Duerme un poco, y te sentirás mejor."
 
  
El pequeño Shuan obedeció a su madre y se durmió tosiendo. La señora Hua esperó a que su respiración se calmara, y luego lo cubrió con delicadeza con la colcha acolchada llena de remiendos.
 
  
III
 
  
La tienda estaba llena de gente, y el viejo Shuan andaba muy atareado, cargando la gran tetera de cobre y sirviendo té a los clientes una y otra vez; las ojeras le rodeaban ambos ojos en un cerco oscuro.
 
  
"Viejo Shuan, ¿no te sientes bien? ¿Estás enfermo?" dijo un hombre de barba entrecana.
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"Pequeño Shuan, quédate ahí sentado, no vengas aquí."
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Mientras avivaba el fuego del fogón, el viejo Hua metió el paquete verde y el farol roto de rojo y blanco juntos en el fogón. Cuando pasó una llamarada roja y negra, un extraño aroma se extendió por toda la tienda.
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"¡Qué bien huele! ¿Qué dulces estáis comiendo?" Era el joven Cinco Jorobado, que acababa de llegar. Este hombre se pasaba todos los días en la casa de té, llegaba el primero y se iba el último; en ese momento se coló hasta la mesa del rincón que daba a la calle, se sentó y preguntó, pero nadie le respondió. "¿Gachas de arroz tostado?" Siguió sin respuesta. El viejo Hua salió a toda prisa y le sirvió el té.
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"¡Pequeño Shuan, ven adentro!" La señora Hua llamó a Shuan al cuarto interior, donde colocó un taburete en medio. Shuan se sentó. Su madre le trajo un platillo con unas bolas negras y dijo en voz baja:
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"Cómetelo... y te pondrás bien."
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Shuan cogió aquella cosa negra y la miró un rato, como si sostuviera su propia vida; sentía en el corazón una extrañeza indecible. Con sumo cuidado la abrió: de la corteza quemada brotó un chorro de vapor blanco; al disiparse, aparecieron dos mitades de un mantou de harina blanca. No pasó mucho tiempo antes de que todo hubiera ido a parar al estómago, pero no recordaba a qué sabía; ante él quedó solo un plato vacío. A su lado, de un lado estaba su padre, del otro su madre, y las miradas de ambos parecían querer inyectar algo dentro de él y a la vez extraer algo; no pudo evitar que le latiera el corazón, se apretó el pecho y le vino otro acceso de tos.
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"Duerme un rato... y te pondrás bien."
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Shuan, obedeciendo a su madre, se acostó tosiendo. La señora Hua esperó a que su respiración se calmara; entonces le cubrió suavemente con una colcha de retales.
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=== Tercera parte ===
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La tienda estaba llena de gente, y el viejo Hua no paraba, yendo y viniendo con la gran tetera de cobre para servir el té a los clientes; sus cuencas oculares estaban rodeadas de círculos negros.
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"Viejo Hua, ¿estás un poco indispuesto? ¿Estás enfermo?" dijo un hombre de barba entrecana.
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"No."
 
"No."
  
"¡No! Si hasta sonríes, no parece que estés..." El de barba entrecana retiró sus propias palabras.
 
  
"El viejo Shuan no para de trabajar. Si su hijo..." El Jorobado Quinto no había terminado de hablar cuando irrumpió un hombre de cara abotargada, vestido con una casaca negra de tela, con los botones desabrochados, atada descuidadamente a la cintura con un ancho fajín negro. Nada más entrar, le gritó al viejo Shuan:
 
  
"¿Ya se lo comió? ¿Ya se curó? ¡Viejo Shuan, tienes una suerte! ¡Menuda suerte la tuya! Si no fuera porque yo tengo buenas fuentes de información..."
 
  
El viejo Shuan, con la tetera en una mano y la otra respetuosamente caída, escuchaba con una sonrisa. Todos los presentes escuchaban con la misma deferencia. La señora Hua, también con ojeras, trajo sonriente la taza y las hojas de té, añadió una aceituna, y el viejo Shuan fue a servirle agua caliente.
 
  
"¡Esto cura seguro! Es algo fuera de lo común. Piénsalo: lo agarraron calentito, y calentito se lo comió." El de cara abotargada no dejaba de vociferar.
 
  
"De veras, sin la bondad del tío Kang (康大叔), ¿cómo habría sido posible?..." La señora Hua también le dio las gracias con gratitud.
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"¡No! Pues te veo sonriente, no parece que..." El hombre de barba entrecana retiró sus propias palabras.
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"El viejo Hua solo está ocupado. Si su hijo..." El joven Cinco Jorobado no había terminado la frase cuando irrumpió un hombre de rostro carnoso y brutal, con una chaqueta de tela negra desabrochada y ceñida de cualquier manera con un ancho cinturón negro. Nada más entrar, gritó al viejo Hua:
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"¿Se lo ha comido? ¿Se ha curado? Viejo Hua, ¡tienes una suerte! Tienes suerte de que yo tenga buenos contactos..."
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El viejo Hua, con la tetera en una mano y la otra respetuosamente caída, escuchaba con una sonrisa. Todos los presentes escuchaban también con respeto. La señora Hua, también con ojeras oscuras, salió sonriente a servir el tazón de té con hojas, añadió una aceituna, y el viejo Hua le echó agua caliente.
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"¡Este es garantizado! Es algo fuera de lo común. Piénsalo: cogido caliente, comido caliente." El hombre de cara brutal no dejaba de gritar.
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"De verdad, si no fuera por la bondad del tío Kang, cómo habríamos podido..." La señora Hua también le daba las gracias con gratitud.
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"¡Garantizado, garantizado! Comido así, caliente. Un mantou de sangre humana como este cura cualquier tisis."
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La señora Hua, al oír la palabra "tisis", cambió ligeramente de color, como si se molestara; pero al instante volvió a poner una sonrisa y se alejó esquivándose. El tío Kang, sin embargo, no se dio cuenta y siguió gritando a voz en cuello, y dentro, el pequeño Shuan, que dormía, también se unió tosiendo.
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"Así que tu pequeño Shuan ha tenido tanta suerte. Esta enfermedad se curará sin duda; no es de extrañar que el viejo Hua sonría todo el día." El hombre de barba entrecana habló mientras se acercaba al tío Kang y le preguntó en voz baja: "Tío Kang, dicen que hoy han ejecutado a un preso que es el hijo de la familia Xia. ¿De quién es hijo? ¿Qué hizo?"
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"¿De quién? ¡Del hijo de la tía Cuatro Xia, nada menos! ¡Ese mocoso!" El tío Kang, al ver que todos aguzaban los oídos, se puso más contento; los bloques de carne de su cara se hincharon y habló aún más fuerte: "Ese chiquillo no quería vivir, pues que no viviera. De este trato yo no he sacado nada; hasta la ropa que le quitaron se la llevó el vigilante Ojosrojos Ah Yi. El primero en tener suerte es nuestro tío Shuan; el segundo, el tío Tres Xia, que se embolsó veinticinco taeles de plata reluciente, sin gastar un centavo."
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El pequeño Shuan salió lentamente del cuartito, con las manos en el pecho, tosiendo sin parar; fue a la cocina, se sirvió un cuenco de arroz frío, le echó agua caliente, se sentó y comió. La señora Hua lo siguió y le preguntó en voz baja: "Pequeño Shuan, ¿estás mejor? ¿Sigues con hambre?"
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"¡Garantizado, garantizado!" El tío Kang echó una mirada a Shuan y volvió la cara hacia los presentes: "El tío Tres Xia es un tipo listo; si no hubiera denunciado al muchacho a las autoridades, a toda su familia le habrían cortado la cabeza. ¿Y ahora qué? ¡Plata! Ese mocoso tampoco era nada bueno: estando en la cárcel, todavía quería convencer al carcelero de que se rebelara."
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"¡Vaya! Eso ya es demasiado." Un joven de poco más de veinte años, sentado en la fila de atrás, mostró una expresión de indignación.
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"¿Sabéis lo que pasó? Ojosrojos Ah Yi fue a sonsacarle, y el muchacho se puso a hablar con él. Dijo: 'Este imperio Qing es de todos nosotros.' ¿Os parece que eso lo dice un ser humano? Ojosrojos ya sabía que en su casa solo tenía una madre vieja, pero no se esperaba que fuera tan pobre que no se le pudiera exprimir ni una gota; ya estaba reventando de rabia. Y encima el muchacho va y le rasca la cabeza al tigre; así que le dio dos bofetadas."
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"El hermano Yi tiene un buen puño; esas dos le habrán bastado para aprender." El jorobado del rincón se animó de repente.
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"A ese descarado no le asustan los golpes; encima dice que hay que tener compasión."
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"¡Compasión de qué, si se pega a esa clase de gente!" dijo el hombre de barba entrecana.
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El tío Kang mostró una expresión de desprecio y dijo con una risa fría: "No has entendido bien lo que dije. Mirad su actitud: ¡dice que hay que tener compasión de Ah Yi!"
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Las miradas de los presentes se quedaron de pronto algo rígidas; la conversación se detuvo. El pequeño Shuan ya había terminado de comer, chorreando sudor por todo el cuerpo, y le salía vapor de la cabeza.
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"¡Compadecerse de Ah Yi! Delirios, está completamente loco", dijo el hombre de barba entrecana como si de pronto lo comprendiera.
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"Loco", repitió el joven de veintitantos años.
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Los parroquianos de la tienda volvieron a animarse y charlaron entre risas. El pequeño Shuan, aprovechando el bullicio, se puso a toser desesperadamente; el tío Kang se acercó, le dio una palmada en el hombro y dijo:
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"¡Garantizado! Pequeño Shuan, no tosas así. ¡Garantizado!"
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"Loco", asintió el Cinco Jorobado moviendo la cabeza.
  
"¡Cura seguro, cura seguro! Un mantou de sangre humana así de calentito cura cualquier tisis."
 
  
La señora Hua, al oír la palabra "tisis", cambió un poco de color, como si le molestara; pero enseguida volvió a componer una sonrisa y se apartó discretamente. El tío Kang, sin embargo, no se dio cuenta y siguió vociferando a pleno pulmón, hasta que el pequeño Shuan, que dormía en la habitación interior, se puso a toser también.
 
  
"¡Así que tu pequeño Shuan ha tenido semejante suerte! Con esto, la enfermedad se curará sin falta; no es raro que el viejo Shuan ande sonriendo todo el día." El de barba entrecana se acercó al tío Kang y preguntó en voz baja y servil: "Tío Kang, ¿es cierto que al condenado de hoy, al hijo de la familia Xia (夏), lo han... ajusticiado? ¿De quién era hijo? ¿Qué había hecho exactamente?"
 
  
"¿De quién? ¡Del hijo de la cuarta señora Xia! ¡Ese chiquillo!" El tío Kang, viendo que todos aguzaban el oído, se puso aún más contento; los pliegues de su cara abotargada se hincharon aún más, y alzó más la voz: "¡Ese mocoso no quería vivir, pues que no viva! Yo no he sacado ningún provecho esta vez; hasta la ropa que le quitaron se la quedó el tal Aji (阿义), el Ojos Rojos que cuida la cárcel. Lo primero fue la suerte de nuestro tío Shuan; lo segundo, que el tío tercero Xia cobró veinticinco taeles de plata blanca, todo para su bolsillo, sin gastar un céntimo."
 
  
El pequeño Shuan salió lentamente de la habitación, con las manos apretadas contra el pecho, tosiendo sin parar; se acercó al fogón, se sirvió un cuenco de arroz frío, le echó agua caliente y se sentó a comer. La señora Hua lo siguió y le preguntó suavemente: "Pequeño Shuan, ¿te sientes mejor? ¿Solo tienes hambre?"
 
  
"¡Cura seguro, cura seguro!" El tío Kang le echó un vistazo al pequeño Shuan, volvió la cara hacia los demás y siguió: "El tío tercero Xia fue bien listo; si no hubiera denunciado primero, toda su familia habría sido ejecutada. ¡Y ahora? ¡Plata! Ese mocoso era incorregible: estando en la cárcel, todavía trataba de convencer al carcelero de que se rebelara."
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=== Cuarta parte ===
  
"¡Caramba, eso ya es demasiado!" dijo un hombre de unos veinte años sentado en la fila de atrás, visiblemente indignado.
 
  
"Hay que saber que el Ojos Rojos Aji fue a sonsacarle información, y el prisionero le habló como si nada. Dijo: '¡Este imperio de la gran dinastía Qing es de todos nosotros!' ¿Se puede decir algo así? El Ojos Rojos ya sabía que en su casa solo tenía una vieja madre, pero no esperaba que fuera tan pobre que no se le pudiera exprimir ni una gota. Ya estaba furioso, y el prisionero todavía le rascaba la cabeza al tigre: ¡le dio dos bofetadas!"
 
  
"El hermano Yi tiene buena mano para los puñetazos; esos dos golpes le habrán dado su merecido", dijo de pronto el Jorobado del rincón, entusiasmado.
 
  
"Ese desgraciado no le tiene miedo a los golpes, y encima dijo '¡Qué lástima, qué lástima!'"
 
  
"¿Lástima de qué?" preguntó el de barba entrecana. "Un tipo así, ¿qué lástima merece?"
 
  
El tío Kang mostró un gesto de desprecio y dijo con sorna: "No has entendido lo que dije: por su cara, quería decir que le daba lástima el Ojos Rojos Aji."
+
El terreno fuera de la Puerta Occidental, al pie de la muralla, era terreno público. Por el centro serpentaba un sendero estrecho y torcido, hollado por los pies de quienes preferían el atajo, pero que se había convertido en una frontera natural. A la izquierda del sendero yacían los ejecutados y los muertos en prisión; a la derecha, las fosas comunes de los pobres. A ambos lados, las tumbas se apilaban capa sobre capa, como los mantou en una celebración de cumpleaños en una casa rica.
  
Las miradas de los presentes se volvieron de pronto algo rígidas; la conversación se detuvo. El pequeño Shuan había terminado de comer, cubierto de sudor, con vapor saliéndole de la cabeza.
 
  
"¡Lástima de Aji! ¡Delirios, estaba completamente loco!" dijo el de barba entrecana, como si de pronto lo comprendiera todo.
 
  
"Loco perdido", confirmó el hombre de veintitantos.
 
  
Los parroquianos de la tienda recobraron la animación y volvieron a hablar y reír. El pequeño Shuan, aprovechando la bulla, tosía con todas sus fuerzas. El tío Kang se acercó, le dio unas palmadas en el hombro y dijo:
 
  
"¡Cura seguro! Pequeño Shuan, no tosas así. ¡Cura seguro!"
 
  
"Loco", sentenció el Jorobado Quinto, asintiendo con la cabeza.
+
Aquel año, la fiesta de Qingming fue excepcionalmente fría. Los sauces apenas habían brotado yemas del tamaño de medio grano de arroz. Poco después del amanecer, la señora Hua ya había dispuesto cuatro platillos de comida y un cuenco de arroz ante una tumba fresca en el lado derecho, y llorado. Tras quemar papel moneda, se sentó abatida en el suelo, como si esperara algo, aunque ella misma no habría sabido decir qué.
  
IV
 
  
El terreno fuera de la Puerta del Oeste, al pie de la muralla, era tierra comunal. Por el medio serpenteaba un sendero estrecho y tortuoso, abierto por las suelas de quienes tomaban atajos, pero que se había convertido en una frontera natural. A la izquierda del sendero yacían enterrados los ejecutados y los que habían muerto en prisión; a la derecha se extendían las fosas de los pobres. Ambos lados se apilaban capa sobre capa, como los mantou amontonados en el banquete de cumpleaños de un rico.
 
  
La fiesta de Qingming aquel año fue extraordinariamente fría; los sauces apenas habían sacado brotes del tamaño de medio grano de arroz. Poco después del amanecer, la señora Hua ya estaba arrodillada ante una tumba reciente en el lado derecho, habiendo dispuesto cuatro platos de comida y un cuenco de arroz, y había llorado un buen rato. Después de quemar papel moneda, se quedó sentada en el suelo, aturdida, como si esperara algo, pero no habría sabido decir qué. Se levantó una brisa ligera que agitó su cabello corto, notablemente más blanco que el año anterior.
 
  
Por el sendero llegó otra mujer, también con el pelo medio canoso, vestida con harapos. Llevaba una vieja cesta redonda de laca roja de la que pendía un rosario de lingotes de papel, y se detenía a descansar cada pocos pasos. Al notar de pronto a la señora Hua sentada en el suelo mirándola, vaciló; en su rostro de palidez cadavérica apareció una expresión de vergüenza. Pero finalmente se armó de valor, caminó hasta una tumba del lado izquierdo y depositó su cesta.
 
  
Aquella tumba y la del pequeño Shuan estaban alineadas, separadas solo por el estrecho sendero. La señora Hua la observó disponer cuatro platos y un cuenco de arroz, llorar de pie y quemar lingotes de papel. Pensó para sus adentros: "En esa tumba también reposa un hijo." La anciana miró a su alrededor un rato, y de pronto le empezaron a temblar las manos y los pies; retrocedió unos pasos tambaleándose y se quedó con la mirada perdida en el vacío.
 
  
La señora Hua, temiendo que pudiera perder la razón de pena, no pudo evitar levantarse, cruzar el sendero y decirle con suavidad: "No se aflija así, abuela. Vámonos a casa."
+
En el sendero apareció otra mujer, también de pelo medio cano, con ropas harapientas, llevando un viejo cesto lacado de rojo del que pendía una ristra de lingotes de papel. Daba tres pasos y descansaba uno. Cuando de pronto vio a la señora Hua sentada en el suelo, vaciló, y en su rostro ceniciento apareció algo parecido a la vergüenza; pero al final se armó de valor y fue a la tumba del lado izquierdo, donde depositó su cesto.
  
La mujer asintió con la cabeza, los ojos aún fijos en lo alto, y balbuceó en voz baja: "Mira... mira eso, ¿qué es?"
 
  
La señora Hua siguió la dirección de su dedo y miró la tumba de enfrente: la hierba sobre el montículo aún no había cubierto del todo el suelo, dejando manchas de tierra amarilla al descubierto, un espectáculo bastante feo. Pero al mirar con más atención hacia la cima, ella también se sobresaltó: se distinguía con claridad una corona de flores rojas y blancas que rodeaba la punta del montículo.
 
  
Los ojos de ambas llevaban años siendo présbitas, y sin embargo podían distinguir con claridad las flores rojas y blancas. No eran muchas; estaban dispuestas en un círculo ordenado, no muy vigorosas, pero regulares. La señora Hua miró rápidamente la tumba de su hijo y las demás: en ellas solo florecían unas pocas flores verdosas pálidas, resistentes al frío, dispersas aquí y allá. Sintió de pronto una punzada de vacío e insuficiencia que no quiso examinar. La anciana se acercó unos pasos más, observó con atención y murmuró para sí misma: "No tienen raíces, no crecieron solas aquí. ¿Quién vendría a este lugar? Los niños no vendrían a jugar; los parientes dejaron de venir hace mucho. ¿Qué significa esto?" Pensó y pensó, y de pronto las lágrimas le corrieron de nuevo y exclamó en voz alta:
 
  
"¡Yu'er, te hicieron daño, pero no puedes olvidarlo, te parte el corazón! ¿Hoy has querido darme una señal, para que yo lo sepa?" Miró a su alrededor y solo vio un cuervo posado en un árbol sin hojas. Continuó: "Ya entiendo. — Yu'er, esos desgraciados te traicionaron, pero algún día tendrán su castigo: el Cielo lo sabe. Cierra los ojos y descansa en paz. — Si de verdad estás aquí y oyes mis palabras — haz que este cuervo vuele hasta la cima de tu tumba, para que yo pueda verlo."
 
  
La brisa hacía rato que había cesado; la hierba muerta se erguía rígida como alambres de cobre. Un sonido trémulo vibró en el aire, haciéndose cada vez más tenue, tenue, hasta desaparecer, y todo alrededor reinó un silencio de muerte. Las dos mujeres permanecían de pie entre la hierba muerta, con los rostros alzados hacia el cuervo. El cuervo, posado también entre las ramas desnudas y rectas, con la cabeza hundida, se mantenía inmóvil como si fuera de hierro.
 
  
Pasó largo rato; los visitantes de las tumbas fueron haciéndose poco a poco más numerosos, unos cuantos viejos y jóvenes moviéndose entre los montículos de tierra.
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Esta tumba estaba alineada con la del pequeño Shuan, separada solo por el estrecho sendero. La señora Hua la vio colocar cuatro platillos de comida y un cuenco de arroz, quedarse de pie llorando y quemar lingotes de papel, y pensó en silencio: "En esa tumba también yace un hijo." La anciana miró alrededor; de pronto le empezaron a temblar las manos y los pies, retrocedió tambaleándose unos pasos y se quedó mirando con los ojos desorbitados.
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La señora Hua temió que pudiera perder la razón de pena, se levantó, cruzó el sendero y dijo en voz baja: "Querida señora, no llore más. Vayamos a casa."
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La mujer asintió pero siguió mirando hacia arriba, susurrando: "Mire... mire, ¿qué es eso?"
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La señora Hua siguió la dirección de su dedo y vio la tumba ante ella. La hierba sobre la tumba no se había cerrado del todo, dejando ver manchas de tierra amarilla desnuda que tenían un aspecto desagradable. Mirando con más atención, también ella se sobresaltó: se distinguía con claridad una corona de flores rojas y blancas rodeando la cúspide redondeada de la tumba.
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Ambas eran présbitas desde hacía muchos años, pero estas flores rojas y blancas las veían con claridad. No eran muchas, dispuestas en un círculo, no muy vigorosas pero ordenadas. La señora Hua miró rápidamente la tumba de su hijo y las demás: solo unas pocas florecitas azul blanquecinas, indiferentes al frío, florecían aquí y allá; de pronto sintió en su corazón una sensación de insuficiencia y vacío. La anciana se acercó unos pasos más, lo examinó todo con detenimiento y habló para sí misma: "Estas no tienen raíces, no crecieron solas. ¿Quién viene aquí? Los niños no vendrían a jugar; los parientes dejaron de venir hace tiempo. ¿Qué significa esto?" Pensó y pensó, y las lágrimas volvieron a correr, y exclamó en voz alta:
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"¡Yu-er, todos te han hecho una injusticia, no puedes olvidarlo, tu corazón pesa demasiado, y hoy muestras esta señal para que yo lo sepa! Si de verdad estás aquí y oyes mis palabras, haz que ese cuervo vuele a la cima de tu tumba y muéstramelo."
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La brisa ligera había cesado hacía rato; la hierba seca se erguía rígida y recta como alambre de cobre. Una voz temblorosa se fue apagando en el aire hasta desvanecerse; alrededor reinaba un silencio de muerte. Las dos mujeres se quedaron de pie entre la hierba marchita, mirando al cuervo; el cuervo estaba posado entre las ramas rectas, con la cabeza encogida, inmóvil como si fuera de hierro fundido.
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Pasó mucho tiempo; poco a poco fueron llegando más visitantes a las tumbas, algunos viejos, algunos jóvenes, apareciendo y desapareciendo entre los montículos de tierra.
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La señora Hua sintió como si le hubieran quitado un peso de encima y quiso irse. Consoló a la otra: "Vayámonos a casa."
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La anciana suspiró, recogió sin ganas la comida, vaciló otro momento y finalmente se alejó despacio, murmurando para sí: "¿Qué significará todo esto?..."
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Apenas habían dado veinte o treinta pasos cuando de pronto oyeron a sus espaldas un fuerte "¡Croac!" Ambas se sobresaltaron y se volvieron: el cuervo desplegó las alas, se encogió un instante y salió volando como una flecha hacia el cielo lejano.
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La señora Hua, sin saber bien por qué, sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima, y pensó en marcharse. Dijo con tono alentador: "Vámonos a casa."
 
  
La anciana suspiró, recogió sin ganas su comida, vaciló otro instante, y al fin se alejó lentamente, murmurando para sí: "¿Qué significará?..."
 
  
No habían dado más de veinte o treinta pasos cuando detrás de ellas resonó de pronto un fuerte graznido: "¡Cra!" Las dos se estremecieron y volvieron la cabeza: el cuervo había desplegado las alas, se había lanzado al aire y volaba recto hacia el cielo lejano, veloz como una flecha.
 
  
 
(Abril de 1919.)
 
(Abril de 1919.)
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== Mañana (明天) ==
 
== Mañana (明天) ==
  
"No se oye nada... ¿qué le pasa al pequeñín?"
 
  
El viejo Gong (老拱), el de la nariz roja, sostenía en la mano un cuenco de vino amarillo y, mientras hablaba, señaló con un gesto hacia la casa de al lado. Awu el Piel Azul (蓝皮阿五) dejó su cuenco y le dio una fuerte palmada en la espalda, mascullando: "Tú... tú otra vez con tus cavilaciones..."
 
  
La ciudad de Lu (鲁镇) siempre había sido un lugar tranquilo, con algunas viejas costumbres aún vigentes: antes de la primera ronda nocturna, todos cerraban sus puertas y se iban a dormir. En lo más profundo de la noche, solo dos hogares permanecían despiertos: uno era la Taberna Xianheng (咸亨酒店), donde unos cuantos compañeros de bebida se sentaban alrededor del mostrador; el otro era la casa de al lado, el hogar de la Esposa del Cuarto Shan (单四嫂子), quien, desde que había enviudado dos años atrás, tenía que sostenerse enteramente con sus propias manos hilando algodón para mantenerse a sí misma y a su hijo de tres años.
 
  
[La traducción completa de "Mañana" ya figura en la versión actual de la página ES y se mantiene íntegra aquí.]
 
  
La Esposa del Cuarto Shan dormía desde hacía rato; el viejo Gong y sus compañeros se habían ido; la Taberna Xianheng había cerrado sus puertas. Y así la ciudad de Lu cayó en un silencio completo. Solo la noche oscura, queriendo convertirse en mañana, seguía precipitándose a través de aquel silencio; y unos cuantos perros gimoteaban en la oscuridad.
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"Ni un ruido... ¿qué le pasa al pequeño?"
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El viejo Gong, nariz roja, sostenía un cuenco de vino de arroz amarillo mientras hablaba, señalando con la barbilla hacia la pared medianera. Piel Azul Ah Wu dejó su cuenco de vino y le dio un manotazo con toda su fuerza en la espalda al viejo Gong, farfullando confusamente:
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"Tú... tú tú estás otra vez pensando en eso..."
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El hecho era que el pueblo de Lu era un lugar tranquilo donde aún se conservaban viejas costumbres: antes de la primera vela, todos cerraban la puerta y se iban a dormir. A altas horas de la noche solo velaban dos casas: una era la taberna Xianheng, donde unos cuantos compañeros de bebida se sentaban en torno al mostrador bebiendo y comiendo alegremente; la otra era la casa contigua de la cuarta cuñada Shan, que desde que enviudó hacía dos años tenía que hilar algodón con sus propias manos para mantenerse a sí misma y a su hijo de tres años, y por eso también se acostaba tarde.
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Estos últimos días, en efecto, no se había oído el ruido de la rueca. Pero como solo dos casas estaban despiertas a esas horas, el viejo Gong y los suyos eran los únicos que oían si había ruido o silencio en casa de la cuñada Shan.
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El viejo Gong había recibido el golpe y parecía complacido; tomó un gran trago de vino y se puso a tararear una cancioncilla.
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En ese momento, la cuñada Shan estaba sentada en el borde de la cama sosteniendo a su Bao'er. La rueca se erguía en silencio sobre el suelo. A la luz mortecina del candil, el rostro de Bao'er era rojizo con un tinte azulado. La cuñada Shan calculaba mentalmente: ya había consultado el oráculo divino, ya había hecho un voto, ya había probado remedios caseros; si nada funcionaba, no le quedaba más que ir a ver al doctor He. Pero quizá Bao'er estaba más liviano de día y más grave de noche, y mañana, al salir el sol, bajaría la fiebre y se calmaría la respiración sibilante: eso era algo que les pasaba a menudo a los enfermos.
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La cuñada Shan era una mujer ruda y torpe que no comprendía lo temible de la palabra "pero": muchas cosas malas se vuelven buenas gracias a ella, pero muchas buenas también se echan a perder por su culpa. Las noches de verano son cortas; poco después de que el viejo Gong y los suyos terminaran de tararear su canción, el este comenzó a clarear; pronto la luz plateada del alba se filtró por las rendijas de la ventana.
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La cuñada Shan esperaba el amanecer, pero no le resultaba tan fácil como a los demás: le parecía extraordinariamente lento; cada respiración de Bao'er parecía durar más de un año. Ahora por fin había claridad; la luz del día dominó a la del candil: vio que las aletas de la nariz de Bao'er se abrían y cerraban como un abanico.
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La cuñada Shan supo que las cosas no iban bien, exclamó "¡ay!" para sus adentros y se decidió: solo le quedaba un camino, ir a ver al doctor He. Aunque era una mujer ruda, sabía tomar decisiones. Se puso en pie, sacó del arcón de madera los trece pequeños dólares de plata y los ciento ochenta monedas de cobre que había ahorrado día a día, se los metió todos en el bolsillo, cerró con llave y salió corriendo con Bao'er en brazos hacia la casa del doctor He.
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Aún era temprano, pero en casa de los He ya había cuatro pacientes esperando. Sacó cuatro monedas de diez centavos, compró su número, y le tocó el quinto turno. El doctor He le puso dos dedos en el pulso, con uñas de más de cuatro pulgadas de largo. La cuñada Shan se maravilló en secreto y calculó: Bao'er tendría que salvarse. Pero no podía evitar la ansiedad y, apurada, preguntó:
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"Doctor... ¿qué enfermedad tiene mi Bao'er?"
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"Tiene obstruido el jiao medio."
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"¿No es grave? Él..."
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"Primero tome dos recetas."
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"No puede respirar, las aletas de la nariz se le mueven como abanicos."
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"Eso es fuego que domina al metal..."
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El doctor He pronunció media frase y cerró los ojos; la cuñada Shan ya no se atrevió a seguir preguntando. Un hombre de unos treinta y tantos años, sentado frente al doctor He, acabó de escribir una receta y señaló unos caracteres en una esquina del papel:
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"El primer ingrediente, las píldoras Baoying de rescate vital, solo se consiguen en la farmacia antigua Jishi de la familia Jia."
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La cuñada Shan tomó la receta y caminó pensando. Aunque era mujer ruda, sabía que la casa de los He, la farmacia Jishi y su propia casa formaban un triángulo; lo más práctico era comprar la medicina de camino a casa. Así que corrió directamente a la farmacia Jishi. El dependiente, también con largas uñas, examinó despacio la receta y envolvió despacio la medicina. La cuñada Shan esperaba con Bao'er en brazos; de pronto Bao'er levantó su manita y tiró con fuerza de un mechón de pelo suelto de ella. Era algo que jamás había hecho; la cuñada Shan se quedó paralizada de espanto.
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El sol ya había salido hacía rato. La cuñada Shan iba con el niño en brazos y el paquete de medicina, y cuanto más caminaba más pesado le parecía todo; el niño no paraba de forcejear y el camino se hacía interminable. Sin poder más, se sentó en el umbral de una mansión al borde del camino a descansar un poco; la ropa se le fue enfriando sobre la piel, y solo entonces se dio cuenta de que estaba empapada en sudor. Bao'er parecía haberse dormido. Cuando se levantó y siguió caminando despacio, tampoco podía sostenerse, y de pronto oyó junto al oído:
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"¡Cuñada Shan, deja que te lleve al niño!" Parecía la voz de Piel Azul Ah Wu.
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Alzó la vista y, efectivamente, era Piel Azul Ah Wu, que la seguía con ojos soñolientos.
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En ese momento, la cuñada Shan habría deseado que bajara del cielo un general celestial para echarle una mano, pero no habría querido que fuera Ah Wu. Sin embargo, Ah Wu tenía un poco de caballero andante en él y, por más que ella se negara, insistía en ayudar. Tras un tira y afloja, al fin obtuvo permiso. Extendió los brazos y los deslizó entre el pecho de la cuñada Shan y el niño, llevándose al pequeño. La cuñada Shan sintió una corriente caliente en el pecho que al instante le subió a la cara y a las orejas.
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Los dos caminaron a dos pies y medio de distancia el uno del otro. Ah Wu dijo unas cosas, pero la cuñada Shan casi no contestó. Al poco rato, Ah Wu le devolvió al niño, diciendo que era la hora de una comida que había pactado con unos amigos el día anterior. La cuñada Shan tomó al niño. Por suerte ya no quedaba mucho; desde lejos vio a la tía Wang Nueve sentada en la calle frente a su casa, y esta le habló desde lejos:
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"Cuñada Shan, ¿qué le pasa al niño? ¿Lo ha visto un doctor?"
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"Sí, lo he llevado. Tía Wang Nueve, usted tiene experiencia y ha visto mucho. ¿Por qué no le echa un vistazo?"
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"Mmm..."
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"¿Y qué...?"
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"Mmm..." La tía Wang Nueve lo examinó con atención, asintió dos veces y meneó la cabeza dos veces.
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Bao'er tomó la medicina; ya era la tarde. La cuñada Shan lo observaba con atención: parecía haberse calmado bastante. Por la tarde, de pronto abrió los ojos y llamó "¡Mamá!", y volvió a cerrar los ojos como si se hubiera dormido. Durmió un rato; en la frente y en la punta de la nariz le brotaron gotitas de sudor, una a una. La cuñada Shan lo tocó suavemente: el sudor era pegajoso como cola; se palpó el pecho apresuradamente y no pudo contener los sollozos.
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La respiración de Bao'er pasó de calmada a inexistente, y los sollozos de la cuñada Shan se convirtieron en alaridos. Para entonces se habían congregado varios grupos de personas: dentro de la puerta, la tía Wang Nueve, Piel Azul Ah Wu y los de su calaña; fuera, el dueño de la taberna Xianheng y el viejo Gong nariz roja. La tía Wang Nueve dio las órdenes: quemó una ristra de papel moneda y, empeñando dos bancos y cinco prendas de ropa, pidió prestados dos dólares de plata para la cuñada Shan, para dar de comer a los que ayudaban.
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El primer problema fue el ataúd. A la cuñada Shan le quedaban unos pendientes de plata y una horquilla de plata bañada en oro; se los entregó al dueño de la taberna Xianheng para que sirviera de garante, y así comprar un ataúd, mitad al contado mitad al fiado. Piel Azul Ah Wu también alargó la mano, muy dispuesto a ofrecerse voluntario; pero la tía Wang Nueve no lo dejó, y solo le asignó la tarea de cargar el ataúd al día siguiente. Ah Wu maldijo "vieja bestia" y se quedó plantado con los labios fruncidos. El dueño de la taberna se marchó; por la noche regresó diciendo que el ataúd habría que hacerlo a medida y no estaría listo hasta pasada la medianoche.
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Cuando el dueño volvió, los que ayudaban ya habían comido; como en el pueblo de Lu aún se conservaban viejas costumbres, antes de la primera vela todos se habían ido a dormir. Solo Ah Wu seguía apoyado en el mostrador de la taberna Xianheng, bebiendo, y el viejo Gong tarareando.
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En ese momento, la cuñada Shan estaba sentada en el borde de la cama llorando; Bao'er yacía en la cama; la rueca se erguía silenciosa sobre el suelo. Después de mucho rato, las lágrimas de la cuñada Shan se agotaron; abrió mucho los ojos y miró alrededor: todo le parecía imposible. Calculó mentalmente: no es más que un sueño, todo esto es un sueño. Mañana, al despertarse, estaré bien acostada en la cama, y Bao'er dormirá tranquilo a mi lado. Él también despertará, dirá "mamá" y se irá a jugar lleno de vida.
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La canción del viejo Gong se había silenciado hacía rato; la taberna Xianheng también había apagado las luces. La cuñada Shan tenía los ojos abiertos de par en par, sin poder creer lo que había ocurrido. Los gallos cantaron; en el este fue clareando poco a poco; la luz plateada del alba se filtró por las rendijas de la ventana.
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La luz plateada del alba se fue tiñendo de rojo, y los rayos del sol iluminaron el caballete del tejado. La cuñada Shan, con los ojos abiertos, se quedó sentada como aturdida; al oír que llamaban a la puerta se sobresaltó y corrió a abrir. En la puerta había un desconocido con algo a la espalda; detrás estaba la tía Wang Nueve.
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Ah, habían traído el ataúd.
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Por la tarde, el ataúd fue por fin cerrado: la cuñada Shan lloraba un rato y miraba otro, resistiéndose a cerrarlo. Por suerte la tía Wang Nueve perdió la paciencia, se lanzó furiosa hacia adelante, la apartó de un tirón, y entre todos cerraron la tapa como pudieron.
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Pero la cuñada Shan había atendido a su Bao'er con todo su corazón, sin omisión alguna. El día anterior había quemado una ristra de papel moneda; por la mañana quemó cuarenta y nueve rollos del Gran Sutra de la Compasión. Al amortajarlo, le puso su ropa más nueva; sus juguetes favoritos —un muñeco de barro, dos cuenquitos de madera, dos botellitas de cristal— los colocó todos junto a la almohada. La tía Wang Nueve, contando con los dedos y meditando con cuidado, tampoco pudo encontrar la menor omisión.
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Aquel día, Piel Azul Ah Wu no apareció en todo el día; el dueño de la taberna Xianheng contrató para la cuñada Shan a dos porteadores, a doscientas diez monedas de cobre cada uno, para llevar el ataúd al cementerio público. La tía Wang Nueve también le ayudó a cocinar, y todos los que habían echado una mano o abierto la boca comieron. El sol fue tomando color de ponerse; los que habían comido también mostraron aspecto de querer irse a casa, y al final todos se fueron.
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La cuñada Shan sintió algo de vértigo; descansó un rato y, sorprendentemente, se encontró un poco más tranquila. Pero enseguida se sintió muy rara: le había ocurrido algo que jamás le había pasado en la vida, algo que no parecía posible, y sin embargo había sucedido. Cuanto más pensaba más extraño le parecía, y percibió otra cosa rara: la casa estaba de pronto demasiado silenciosa.
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Se puso en pie, encendió el candil; la casa parecía más silenciosa aún. Fue aturdida a cerrar la puerta, volvió y se sentó en el borde de la cama. La rueca seguía erguida en silencio en el suelo. Se serenó y miró a su alrededor: no solo la casa era demasiado silenciosa, sino también demasiado grande, y demasiado vacía. La casa demasiado grande la envolvía por los cuatro costados; la vacuidad demasiado grande la aplastaba por los cuatro costados, sin dejarla respirar.
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Ahora sabía que su Bao'er estaba verdaderamente muerto. No quería ver la casa; apagó el candil y se acostó. Lloró y pensó: pensó en aquel tiempo en que ella hilaba algodón y Bao'er se sentaba a su lado comiendo habas de anís, mirándola con sus ojitos negros durante un rato, y luego decía: "Mamá... papá vendía wonton, cuando sea mayor yo también venderé wonton, venderé mucho mucho dinero... y te lo daré todo." En aquel tiempo, hasta el algodón que hilaba parecía tener sentido pulgada a pulgada, pulgada a pulgada estaba vivo. Pero, ¿y ahora? En cuanto al presente, la cuñada Shan no acertaba a pensar en nada. Ya lo dije antes: era una mujer ruda. ¿Qué podía pensar? Solo sentía que la casa era demasiado silenciosa, demasiado grande, demasiado vacía.
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Pero aunque era ruda, la cuñada Shan sabía que los muertos no resucitan y que a su Bao'er no volvería a verlo. Suspiró y dijo para sí: "Bao'er, deberías seguir aquí. Ven a verme en sueños." Entonces cerró los ojos, queriendo dormirse cuanto antes para encontrarse con su Bao'er; su respiración penosa atravesaba el silencio, la vastedad y el vacío, y ella misma la oía con claridad.
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La cuñada Shan acabó por hundirse en un sueño nebuloso; toda la casa quedó en silencio. Para entonces la cancioncilla del viejo Gong nariz roja ya se había acabado hacía rato; salió tambaleándose de la taberna Xianheng, y con voz aguda entonó:
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"¡Ay, amor mío! Pobrecita de ti, tan sola y abandonada..."
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Piel Azul Ah Wu le agarró del hombro y los dos se fueron riendo y empujándose, torcidos y trastabillando.
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La cuñada Shan ya dormía hacía rato, el viejo Gong y los suyos se habían ido, y la taberna Xianheng también había cerrado sus puertas. El pueblo de Lu quedó sumido en un silencio total. Solo la noche oscura, tratando de convertirse en mañana, seguía corriendo a través de aquel silencio; y unos cuantos perros, ocultos en la oscuridad, aullaban quedamente.
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(Junio de 1920.)
 
(Junio de 1920.)
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== Mi amor perdido (我的失恋) ==
 
== Mi amor perdido (我的失恋) ==
—— Imitación de un cierto poeta
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—— Poema satírico a la antigua usanza
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Mi amada vive en la ladera del monte;
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quise ir a buscarla, pero el monte era demasiado alto,
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bajé la cabeza impotente y las lágrimas mojaron mi túnica.
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Mi amada me regaló un pañuelo de cien mariposas;
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¿qué le di yo a cambio? Un búho.
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Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso;
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no sé por qué, pero se me encoge el corazón.
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Mi amada vive en el bullicio de la ciudad;
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quise ir a buscarla, pero la gente se apiñaba,
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alcé la cabeza impotente y las lágrimas me mojaron las orejas.
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Mi amada me regaló un cuadro de dos golondrinas;
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¿qué le di yo a cambio? Calabaza confitada.
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Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso;
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no sé por qué, pero me confundo.
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Mi amada vive junto al río;
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quise ir a buscarla, pero el río era demasiado profundo,
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ladeé la cabeza impotente y las lágrimas mojaron mi solapa.
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Mi amada me regaló una cadena de reloj de oro;
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¿qué le di yo a cambio? Un sudorífico.
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Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso;
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no sé por qué, pero sufro una crisis de nervios.
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Mi amada vive en una mansión;
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quise ir a buscarla, pero no tengo automóvil,
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meneé la cabeza impotente y las lágrimas caían como lino.
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Mi amada me regaló una rosa;
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¿qué le di yo a cambio? Una serpiente coral.
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Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso;
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no sé por qué... ¡que haga lo que quiera!
  
Mi amada me regaló cien mariposas,
 
y yo no supe qué hacer con ellas.
 
Pensando en mi amada, las contemplé toda la noche,
 
y al alba descubrí que eran polillas.
 
  
Mi amada me regaló un par de zapatos bordados,
 
y yo no supe en qué pies ponérmelos.
 
Pensando en mi amada, me probé los zapatos,
 
y descubrí que eran demasiado pequeños.
 
  
Mi amada me regaló un gato de porcelana,
 
con unos ojos que brillaban como los suyos.
 
Pensando en mi amada, acaricié al gato,
 
y el gato me arañó la mano.
 
  
Desde entonces no quiero regalos de mi amada.
 
Lo que me da siempre trae algún infortunio.
 
Si ella me quisiera de veras,
 
se daría a sí misma y no mandaría sustitutos.
 
  
(3 de octubre de 1924.)
 
  
 
== Venganza (segunda parte) (复仇·其二) ==
 
== Venganza (segunda parte) (复仇·其二) ==
  
Debido a que este Hijo del Hombre les había hablado con la verdad que debían oír, la multitud se volvió contra él. Lo denunciaron, lo juzgaron y lo condenaron. Le pusieron una corona de espinas en la cabeza, le colocaron un manto púrpura sobre los hombros, y se mofaron de él: "¡Salve, Rey de los judíos!"
 
  
Lo llevaron a un lugar llamado Gólgota, que significa "Lugar de la Calavera", y lo crucificaron. A ambos lados crucificaron a dos ladrones. Los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza: "¡Tú que destruyes el Templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo!"
 
  
Él sentía un dolor inmenso, un dolor que penetraba hasta el tuétano. Pero más terrible que el dolor físico era otro sufrimiento: la compasión que sentía por quienes lo crucificaban. Ellos no sabían lo que hacían. Eran más dignos de lástima que él, clavado en la cruz. Porque él al menos conocía la verdad, mientras que ellos vivían en la ignorancia, y su ignorancia era su condena eterna.
 
  
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."
 
  
Y en medio de la agonía, se vengó. Su venganza fue la compasión. Al compadecerlos, los venció. Al perdonarlos, los condenó a cargar con la culpa por los siglos de los siglos. No había venganza más completa ni más terrible.
 
  
La cruz se irguió en lo alto, y en su agonía, sonrió, como si ya supiera que desde aquella cruz nacería un imperio que duraría dos mil años.
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Puesto que todo era así, le clavaron las manos y los pies en la cruz y lo erigieron. Él no se resistió. No pudo resistir.
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La cruz fue levantada. Él estaba suspendido en ella.
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Entonces sintió dolor. El dolor del hierro clavado le atravesó la médula y le recorrió todo el cuerpo; sintió un placentero martirio.
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En el dolor, suspiró:
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"Elí, Elí, ¿lama sabactani?" (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)
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Las voces se elevaron desde abajo: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz."
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"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!"
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Espinas le coronaban la cabeza; su sangre goteaba al suelo; soldados dividían sus ropas. La multitud contemplaba el espectáculo. Dos ladrones colgados junto a él: uno lo insultó, el otro pidió memoria.
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Cuando dio su último aliento, el cielo se oscureció. La tierra tembló. Las rocas se partieron. Y el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo.
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(20 de diciembre de 1924.)
 
  
 
== La bendición (祝福) ==
 
== La bendición (祝福) ==
  
La atmósfera del Año Nuevo en la ciudad de Lu se hacía más espesa día tras día. Al anochecer, desde la ventana se divisaban ya los fuegos artificiales que estallaban en el cielo, y se oían los petardos uno tras otro. El aire olía a pólvora y a aceite de incienso. Yo había regresado de fuera hacía poco y me hospedaba en la casa de mi cuarto tío, el señor Lu Si (鲁四老爷).
 
  
Allí volví a encontrar a la tía Xianglin (祥林嫂). La reconocí apenas la vi, aunque su aspecto había cambiado terriblemente. Tenía el pelo completamente blanco, la cara pálida y demacrada como si estuviera tallada en madera, y apenas quedaba expresión alguna en ella. Solo sus ojos, que de vez en cuando se movían, indicaban que era un ser vivo. Cargaba una cesta de bambú al hombro; en la otra mano llevaba un bastón de bambú, más alto que ella: era manifiestamente una mendiga.
 
  
Me reconoció y me llamó: "Usted ha vuelto..."
 
  
"Sí."
 
  
"Eso está bien. Usted es una persona instruida, ha viajado, tiene conocimientos. Quiero preguntarle una cosa." Sus ojos apagados se iluminaron de pronto.
 
  
Yo no esperaba aquello. Me quedé algo desconcertado y asentí.
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El día de la víspera de Año Nuevo, según el calendario lunar, sonaban por todas partes las explosiones de los petardos de despedida del año viejo. Yo aproveché que las nubes del crepúsculo iban cubriendo todo el pueblo de Lu para volver a casa del cuarto tío. Aunque lo llamaba "tío", en realidad era de la generación anterior, y había que llamarle "cuarto tío"; era un neoclasicista que suspiraba por los tiempos pasados.
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En ese momento no tenía mucho que hacer. Al día siguiente sería el día de la bendición, para la cual había que preparar la ceremonia. Debían comprarse incienso y velas, el cerdo debía sacrificarse, el pollo debía desplumarse, y la esposa del cuarto tío llevaba todo el día muy atareada.
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Cuando oscureció, me quedé sentado solo. La lámpara de aceite arrojaba una débil luz, que hacía más densa aún la densa oscuridad del cuarto.
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Fui al encuentro de ella cuando salía a buscar leña; su cara era cenicienta y demacrada, los ojos ya no tenían la viveza de antes. Los cabellos eran blancos, los labios secos, la expresión vacía. Era Xianglin Sao.
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Ella me vio, no mostró señal alguna particular, solo movió los labios sin color: "Ah... usted ha venido también."
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Le dije que sí. "Eso está bien", dijo. "Justamente quería preguntarle algo. Usted es persona instruida, ha viajado y ha visto mucho. Quería preguntarle una cosa..." Sus ojos mate se encendieron un poco.
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No esperaba semejante pregunta de su parte y me quedé perplejo.
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"Es que... después de que uno muere, ¿existe o no existe el alma?"
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Me sobresalté. Sus ojos me miraban fijamente. Un escalofrío me recorrió la espalda. Su pregunta era mucho más inquietante que un examen imprevisto en la escuela. Me sentía extraordinariamente incómodo. En cuanto a la existencia o no del alma, yo mismo nunca lo había tenido claro. ¿Qué podía contestarle? En ese instante brevísimo pensé que en aquel pueblo la gente creía en fantasmas, y ella sin duda también, de modo que quizá era mejor decirle que sí existían, aunque eso podría avivar su miedo. Vacilé un rato y al fin dije:
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"Quizá... creo que sí."
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"Entonces, ¿también existe el infierno?"
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"¡Ah! ¿El infierno?" Me quedé muy desconcertado; solo pude farfullar: "¿El infierno? Pues... según la lógica, también debería existir. Pero no necesariamente... ¿Quién se fija en eso?"
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"Entonces, ¿los miembros de una familia se ven después de morir?"
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"Ah, si se ven o no..." Comprendí que estaba completamente perdido; por mucho que hubiera leído, no sabía dar una respuesta clara. Al final balbuceé: "Eso... no lo tengo claro... La verdad, si existen o no, tampoco estoy seguro."
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"Es esto", dijo ella, acercándose un paso. "Después de que una persona muere, ¿existe el alma o no?"
 
  
Me quedé perplejo. La pregunta me tomó por sorpresa y no supe qué responder. Al ver mi indecisión, continuó con premura: "Entonces, ¿existe el infierno?"
 
  
"Pues... el infierno..." balbuceé. "Quizá sí, quizá no... es difícil de decir."
 
  
"¿Y los miembros de una familia muerta pueden reunirse después?"
 
  
"Reunirse..." Me sentía cada vez más incómodo. "Pues la verdad es que no lo ."
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Aproveché que ya no me seguía preguntando, me escabullí a paso ligero y corrí de vuelta a la casa del cuarto tío, con un gran desasosiego en el corazón. Me dije: mi respuesta podría ser peligrosa para ella. Probablemente porque en la bendición de los demás, sentía su propia soledad. Pero ¿tendrían esas palabras otro sentido? ¿O acaso presentía algo? Si hubiera otro sentido, y a causa de ello ocurriera algo, entonces mi respuesta debería cargar con cierta responsabilidad... Pero después me reí de mí mismo, pensando que un encuentro casual no tiene profundidad alguna, que me empeñaba en leer demasiado entre líneas. No era de extrañar que los educadores dijeran que yo padecía de nervios. Además, bien claramente había dicho "no lo tengo claro", lo cual invalidaba toda mi respuesta. Aunque pasara algo, conmigo no tenía nada que ver.
  
Ella no dijo más, dio media vuelta y se fue arrastrando los pies. A la mañana siguiente, cuando le pregunté por ella a la sirvienta, me enteré de que la tía Xianglin había muerto durante la noche. Había muerto de frío y hambre en la calle, la víspera del Año Nuevo, mientras todos preparaban la gran celebración de la bendición.
 
  
Su historia era trágica: viuda dos veces, perdió a su único hijo devorado por un lobo. La sociedad la rechazó por considerarla de mal agüero. El señor Lu Si la despidió porque una viuda que se había casado dos veces era "impura" y no podía tocar las ofrendas del Año Nuevo. Sin trabajo, sin familia, sin esperanza, se hundió lentamente en la miseria y la demencia.
 
  
Yo permanecí en mi habitación, oyendo los petardos que estallaban para recibir el Año Nuevo, preguntándome qué respuesta debería haberle dado. ¿Había alma? ¿Había infierno? ¿Podría reunirse con su hijo? Y caí en la cuenta de que cualquier respuesta habría sido cruel. Si le decía que sí, le daba esperanza de reunirse con su hijo pero también la amenaza de ser castigada por sus "pecados" de haberse casado dos veces. Si le decía que no, le quitaba toda esperanza.
 
  
No hay respuesta buena para los que sufren en un mundo injusto.
 
  
(7 de febrero de 1924.)
 
  
 
== En la taberna (在酒楼上) ==
 
== En la taberna (在酒楼上) ==
  
Había vuelto a S., una ciudad que había dejado hacía más de diez años. Nevaba. Entré en la Taberna Yilou, me senté junto a la ventana del piso de arriba y pedí una jarra de vino caliente y unos platos de cocina.
 
  
El lugar estaba casi vacío. Yo era el único cliente del piso superior. Mientras miraba la nieve caer sobre los ciruelos del patio de abajo, oí pasos en la escalera. Alcé la vista y vi a un hombre que me resultaba familiar y al mismo tiempo extraño: estaba muy delgado, demacrado, con la barba descuidada. Era Lü Weifu (吕纬甫).
 
  
Nos saludamos con la torpeza de los viejos conocidos que han cambiado demasiado. Nos sentamos a la misma mesa y bebimos juntos. Poco a poco, el vino fue soltando las lenguas.
 
  
Lü Weifu me contó que había regresado a S. por dos encargos: primero, trasladar la tumba de su hermanito menor, que había muerto a los tres años; segundo, comprar unas flores de terciopelo para la hija de una vecina, la señora Changfu. Años atrás, cuando Lü Weifu era estudiante, la señora Changfu le regalaba helados hechos en casa, y su hija Ashun le pedía siempre flores de terciopelo.
 
  
"La tumba estaba vacía", me dijo. "Ni huesos quedaban. La tierra se lo había tragado todo en tantos años." Tomó un trago de vino. "Y las flores de terciopelo... las compré, pero cuando fui a entregarlas, descubrí que Ashun ya había muerto el año pasado."
 
  
Guardó silencio un momento, y luego dijo con amargura: "Ahora doy clases en una escuela rural. Enseño a los alumnos cosas en las que no creo. Les hago leer los clásicos confucianos, sabiendo que son obsoletos. ¿No es una farsa? Pero hay que comer."
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Él también me preguntó qué había sido de mí; le di un resumen mientras llamaba al camarero para que trajera una taza y palillos, y le invité a que bebiera de mi vino mientras pedía dos jin más. Mientras tanto, pedimos platos: antes solíamos ser completamente desinhibidos, pero ahora nos poníamos corteses y ceremonias, y al final no quedaba claro quién había pedido qué, así que del menú oral del camarero escogimos cuatro platos: habas con anís, carne en gelatina, tofu frito y pescado seco.
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"Cuando volví por primera vez al pueblo de Lu, ni yo mismo había pensado que fuera así", dijo él después de tomar cuatro o cinco tragos de vino. "Lo que quería realmente era llevarle flores a la tumba de mi hermano menor, Shuncheng. Ya sabes que Shuncheng era mi hermano menor, el que murió a los tres años. Yo no le conocí nunca la cara, pero al acordarme de él siempre sentía una pena insoportable, y ahora que estaba de vuelta quería visitarlo. Pero al llegar a casa descubrí que la tumba ya no estaba: había crecido trigo sobre ella. Ni rastro. Entonces estuve buscando y buscando, y al final la encontré, o más bien, donde la encontré ya no era la tumba, sino un pedacito de tierra cultivada. No había ni un montículo."
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Mientras contaba esto, miraba por la ventana y bebía lentamente. Por la ventana veíamos una hilera de tejados cubiertos de nieve, y más allá, un cielo gris plomizo. El viento soplaba y ya no nevaba.
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"En realidad, eso no importa demasiado; basta con que yo lo recuerde en mi corazón. Debo reconocer que mi venida a Lu ha sido un fracaso. Pero hice otra cosa: Ah Shun, la hija de la vecina, tenía una enfermedad mortal. Me pidieron que consiguiera unas flores rojas de terciopelo, diciendo que las necesitaba para un medicamento. Ahora bien, aquí no crecen esas flores; solo se encuentran en el sur. Como yo volvía del sur, me pidieron que les trajera unas cuantas. ¿Y qué quieres que haga? Se las conseguí, y con eso salvaron a la niña — o más bien, ella se salvó sola; las flores probablemente no tenían nada que ver."
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Suspiró, sirvió más vino y siguió bebiendo.
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"¿Y tus ideales? ¿Qué fue de las convicciones que tenías cuando eras joven?", le pregunté.
 
  
Él sonrió con tristeza: "Los ideales son como los pétalos de las flores en la nieve: hermosos un instante, pero la nieve los sepulta."
 
  
Seguimos bebiendo hasta que el vino se acabó. La nieve seguía cayendo. Nos despedimos. Lo vi alejarse por la calle nevada, arrastrando los pies, con los hombros encorvados bajo el peso de algo invisible.
 
  
(16 de febrero de 1924.)
 
  
 
== Una familia feliz (幸福的家庭) ==
 
== Una familia feliz (幸福的家庭) ==
  
Un escritor se sienta ante su escritorio e intenta imaginar una familia feliz para su próximo relato. Necesita el dinero que le pagará la revista, así que la familia debe ser lo bastante feliz como para satisfacer a los lectores.
 
  
La familia feliz vive... ¿dónde? No puede vivir en China, decide, porque en China no hay familias verdaderamente felices. Quizá en algún lugar lejano, idílico, donde no existan la pobreza ni la injusticia.
 
  
Mientras tanto, su propia esposa entra y le reclama dinero para el carbón, para el arroz, para el aceite. Los niños lloran. La casera viene a cobrar el alquiler atrasado. El escritor intenta volver a su historia de la familia feliz, pero la realidad no deja de interrumpirlo.
 
  
Al final, no escribe nada. La familia feliz permanece sin nacer, ahogada por la infelicidad real del escritor.
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Su pluma se detuvo al instante; alzó la cabeza, con los ojos clavados en el techo, meditando sobre dónde ubicar a esta "familia feliz". Pensó: "¿Pekín? No, demasiado asfixiante, hasta el aire está muerto. Si uno construyera un muro alto alrededor de la familia, ¿acaso se cortaría también el aire? ¡Imposible! Jiangsu, Zhejiang, todos los días temen que estalle una guerra; de Fujian ni hablemos. ¿Sichuan, Cantón? Están en plena batalla. ¿Shandong, Henan? Ay, allí secuestran gente; si secuestraran a uno, la familia dejaría de ser feliz. Shanghai y Tianjin, las concesiones tienen alquileres carísimos... ¿En el extranjero? Ridículo. Yunnan y Guizhou, no sé cómo están, pero las comunicaciones son malísimas..." Pensó y pensó, no encontró buen lugar, y estuvo a punto de designarlo como A; pero reflexionó: "Hoy en día, no poca gente se opone a usar letras occidentales para sustituir nombres de personas y lugares, diciendo que disminuye el interés del lector. En mi envío de esta vez, más vale no usarlas, por seguridad. Entonces, ¿dónde? Hunan también está en guerra; Dalian sigue con alquileres caros; Chahar, Jilin, Heilongjiang, dicen que hay bandidos a caballo, ¡tampoco sirve!" Pensó y pensó de nuevo, sin encontrar buen lugar, y al final decidió que el lugar donde vivía esta "familia feliz" se llamaría A.
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Un escritor se sienta ante su escritorio e intenta imaginar una familia feliz para su próximo relato. Necesita el dinero que le pagará la revista, así que la familia debe ser lo bastante feliz como para satisfacer a los lectores. Mientras tanto, su propia esposa entra y le reclama dinero para el carbón, para el arroz, para el aceite. Los niños lloran. La casera viene a cobrar el alquiler atrasado. El escritor intenta volver a su historia de la familia feliz, pero la realidad no deja de interrumpirlo. Al final, no escribe nada. La familia feliz permanece sin nacer, ahogada por la infelicidad real del escritor.
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(16 de febrero de 1924.)
 
(16 de febrero de 1924.)
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== El jabón (肥皂) ==
 
== El jabón (肥皂) ==
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Siming (四铭) volvió a casa con una pastilla de jabón fragante. Su esposa, la señora Siming, lo miró con sospecha. No era habitual que su marido comprara jabón, y menos aún jabón perfumado.
 
Siming (四铭) volvió a casa con una pastilla de jabón fragante. Su esposa, la señora Siming, lo miró con sospecha. No era habitual que su marido comprara jabón, y menos aún jabón perfumado.
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Siming empezó a contar, con aires de indignación moral, lo que había visto en la calle: una joven mendiga, sucia y harapienta, que acompañaba a su abuela ciega, pidiendo limosna y pregonando la piedad filial de la muchacha. Unos gamberros se habían burlado de ella: "Si le dieran un buen baño con jabón, estaría muy guapa."
 
Siming empezó a contar, con aires de indignación moral, lo que había visto en la calle: una joven mendiga, sucia y harapienta, que acompañaba a su abuela ciega, pidiendo limosna y pregonando la piedad filial de la muchacha. Unos gamberros se habían burlado de ella: "Si le dieran un buen baño con jabón, estaría muy guapa."
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Siming expresó su indignación ante la grosería de aquellos pilluelos. Pero su esposa le preguntó con mordacidad: "¿Y es por eso que has comprado el jabón?"
 
Siming expresó su indignación ante la grosería de aquellos pilluelos. Pero su esposa le preguntó con mordacidad: "¿Y es por eso que has comprado el jabón?"
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Siming se ruborizó y tartamudeó una justificación. El jabón, dijo, era para ella, para su esposa. Pero la señora Siming ya había comprendido: su marido, bajo el disfraz de la indignación moral, había sido perturbado por la misma idea lasciva que los gamberros. El jabón era la prueba de su culpa inconsciente.
 
Siming se ruborizó y tartamudeó una justificación. El jabón, dijo, era para ella, para su esposa. Pero la señora Siming ya había comprendido: su marido, bajo el disfraz de la indignación moral, había sido perturbado por la misma idea lasciva que los gamberros. El jabón era la prueba de su culpa inconsciente.
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"Estaba yo practicando el puño de los ocho trigramas..." Se volvió de inmediato hacia Siming, se plantó bien recto, lo miró, y con la mirada le preguntó qué quería.
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Siming no se atrevió a hablar del asunto del jabón directamente. Pero empezó un largo discurso sobre la decadencia moral de los tiempos modernos, sobre cómo la piedad filial se estaba perdiendo, y sobre la necesidad de restaurar los valores confucianos. Todo el discurso, sin embargo, giraba en torno a la muchacha del jabón.
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La hipocresía del moralista quedaba así al descubierto por una simple pastilla de jabón.
 
La hipocresía del moralista quedaba así al descubierto por una simple pastilla de jabón.
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(18 de marzo de 1924.)
 
(18 de marzo de 1924.)
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== La lámpara eterna (长明灯) ==
 
== La lámpara eterna (长明灯) ==
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En el templo de Jizhaoming (吉兆明), situado en la aldea del mismo nombre, ardía una lámpara que según la tradición no se había apagado en cientos de años. Un día, un hombre al que todos llamaban Loco (疯子) declaró que quería apagarla.
 
En el templo de Jizhaoming (吉兆明), situado en la aldea del mismo nombre, ardía una lámpara que según la tradición no se había apagado en cientos de años. Un día, un hombre al que todos llamaban Loco (疯子) declaró que quería apagarla.
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Los ancianos de la aldea quedaron aterrados. La lámpara era sagrada. Si se apagaba, decían, caerían terribles desgracias sobre la aldea. Intentaron razonar con el Loco, pero él insistía: la lámpara no era más que una lámpara, y mantenerla encendida era superstición pura.
 
Los ancianos de la aldea quedaron aterrados. La lámpara era sagrada. Si se apagaba, decían, caerían terribles desgracias sobre la aldea. Intentaron razonar con el Loco, pero él insistía: la lámpara no era más que una lámpara, y mantenerla encendida era superstición pura.
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Los aldeanos trataron de detenerlo por todos los medios: primero con argumentos, luego con sobornos, después con amenazas. Al final, lo encerraron. Pero el Loco, desde su encierro, seguía gritando: "¡Apagadla! ¡Apagad esa lámpara!"
 
Los aldeanos trataron de detenerlo por todos los medios: primero con argumentos, luego con sobornos, después con amenazas. Al final, lo encerraron. Pero el Loco, desde su encierro, seguía gritando: "¡Apagadla! ¡Apagad esa lámpara!"
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Se sentía sin sitio donde estar, así que apagó la vela y salió al patio. Paseaba de un lado a otro; al descuidarse, la gallina y los pollitos se pusieron a piar, y él enseguida alivianó los pasos y se alejó. Pasó mucho rato; la lámpara del salón se trasladó al dormitorio. Vio el suelo bañado en luz de luna, como cubierto de gasa blanca sin costuras; la luna, como un disco de jade, aparecía entre nubes blancas, sin una sola falta visible.
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"Todos los días espero que se ponga bien", dijo el cuarto señor después de un breve silencio solemne, hablando despacio. "Pero no se pone bien. No es que no se ponga bien: es que él no quiere ponerse bien. No hay nada que hacer; tal como dice este caballero, mejor encerrarlo, para que no haga daño, para que no deshonre a su padre; quizá así sería mejor, y se haría justicia a su padre..."
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La lámpara seguía ardiendo. Los aldeanos seguían temiendo. Y el Loco seguía encerrado, insistiendo en la verdad que nadie quería oír.
 
La lámpara seguía ardiendo. Los aldeanos seguían temiendo. Y el Loco seguía encerrado, insistiendo en la verdad que nadie quería oír.
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(22 de marzo de 1924.)
 
(22 de marzo de 1924.)
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== Un espectáculo público (示众) ==
 
== Un espectáculo público (示众) ==
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Era mediodía de un día de verano, un calor sofocante. En una calle de Pekín, un preso fue exhibido públicamente, atado a un poste en la parte trasera de un carro abierto, con un cartel colgado del cuello que indicaba su crimen. Un guardia armado se sentaba a su lado.
 
Era mediodía de un día de verano, un calor sofocante. En una calle de Pekín, un preso fue exhibido públicamente, atado a un poste en la parte trasera de un carro abierto, con un cartel colgado del cuello que indicaba su crimen. Un guardia armado se sentaba a su lado.
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Y la gente se congregó para mirar. Llegaron de todas las direcciones: los ociosos, los curiosos, los que pasaban por allí. Cada uno miraba al preso, y al mismo tiempo miraba a los demás espectadores. Una mujer con un niño en brazos se empinaba para ver mejor. Un estudiante se detenía con gesto de superioridad. Un vendedor ambulante aprovechaba para pregonar sus mercancías.
 
Y la gente se congregó para mirar. Llegaron de todas las direcciones: los ociosos, los curiosos, los que pasaban por allí. Cada uno miraba al preso, y al mismo tiempo miraba a los demás espectadores. Una mujer con un niño en brazos se empinaba para ver mejor. Un estudiante se detenía con gesto de superioridad. Un vendedor ambulante aprovechaba para pregonar sus mercancías.
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Nadie sentía compasión. Nadie sentía indignación. Solo curiosidad, la curiosidad vacía de quien mira un espectáculo sin significado alguno. El preso era un objeto, no una persona. Su sufrimiento era entretenimiento.
 
Nadie sentía compasión. Nadie sentía indignación. Solo curiosidad, la curiosidad vacía de quien mira un espectáculo sin significado alguno. El preso era un objeto, no una persona. Su sufrimiento era entretenimiento.
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Y cuando el carro se alejó, la multitud se dispersó, tan silenciosa y rápidamente como se había congregado. Cada uno volvió a lo suyo, como si nada hubiera ocurrido.
 
Y cuando el carro se alejó, la multitud se dispersó, tan silenciosa y rápidamente como se había congregado. Cada uno volvió a lo suyo, como si nada hubiera ocurrido.
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(1 de marzo de 1925.)
 
(1 de marzo de 1925.)
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== El maestro Gao (高老夫子) ==
 
== El maestro Gao (高老夫子) ==
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Gao Erchu (高尔础), que se hacía llamar "Gao el Erudito" (高老夫子), era un hombre que se pavoneaba de su supuesta erudición clásica. Cuando le ofrecieron un puesto como profesor en una escuela femenina, aceptó con entusiasmo: no por vocación pedagógica, sino porque le resultaba halagador enseñar a jovencitas.
 
Gao Erchu (高尔础), que se hacía llamar "Gao el Erudito" (高老夫子), era un hombre que se pavoneaba de su supuesta erudición clásica. Cuando le ofrecieron un puesto como profesor en una escuela femenina, aceptó con entusiasmo: no por vocación pedagógica, sino porque le resultaba halagador enseñar a jovencitas.
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Sin embargo, cuando llegó el día de su primera clase, descubrió que las alumnas lo miraban con indiferencia o incluso con diversión. No entendían su pedantería. No se dejaban impresionar por sus citas de los clásicos. Algunas bostezaban abiertamente.
 
Sin embargo, cuando llegó el día de su primera clase, descubrió que las alumnas lo miraban con indiferencia o incluso con diversión. No entendían su pedantería. No se dejaban impresionar por sus citas de los clásicos. Algunas bostezaban abiertamente.
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Gao, acostumbrado a la deferencia de los ignorantes, se sintió humillado. Abandonó la clase en medio de la lección, regresó a su estudio y se sentó a jugar al mahjong con sus amigotes de siempre, entre nubes de humo de opio. Allí se sentía seguro, allí nadie cuestionaba su falsa erudición.
 
Gao, acostumbrado a la deferencia de los ignorantes, se sintió humillado. Abandonó la clase en medio de la lección, regresó a su estudio y se sentó a jugar al mahjong con sus amigotes de siempre, entre nubes de humo de opio. Allí se sentía seguro, allí nadie cuestionaba su falsa erudición.
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La educación de las mujeres seguiría su camino sin el maestro Gao.
 
La educación de las mujeres seguiría su camino sin el maestro Gao.
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La directora de la Escuela Femenina de Virtudes Superiores, señora He Wan Shuzhen, saludó cortésmente con una invitación formal.
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(18 de marzo de 1925.)
 
(18 de marzo de 1925.)
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== El solitario (孤独者) ==
 
== El solitario (孤独者) ==
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Wei Lianshu (魏连殳) era un hombre extraño. En su juventud fue un idealista ardiente, un reformador que creía en la ciencia, en la democracia, en el progreso. Atacaba las convenciones sociales, desafiaba a los ancianos, escandalizaba a su aldea natal.
 
Wei Lianshu (魏连殳) era un hombre extraño. En su juventud fue un idealista ardiente, un reformador que creía en la ciencia, en la democracia, en el progreso. Atacaba las convenciones sociales, desafiaba a los ancianos, escandalizaba a su aldea natal.
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Cuando murió su abuela, la única persona que lo quería, Lianshu lloró como un animal herido. Los aldeanos, que lo despreciaban, acudieron al funeral esperando verlo humillado. Pero él los desafió incluso en el duelo: en lugar de seguir los ritos tradicionales, aulló como un lobo sobre la tumba.
 
Cuando murió su abuela, la única persona que lo quería, Lianshu lloró como un animal herido. Los aldeanos, que lo despreciaban, acudieron al funeral esperando verlo humillado. Pero él los desafió incluso en el duelo: en lugar de seguir los ritos tradicionales, aulló como un lobo sobre la tumba.
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El jefe del clan, los parientes cercanos, los familiares por parte de la madre de su abuela, los curiosos, se habían reunido todos en una sala, calculando que con la llegada de Lianshu ya debería ser hora de colocar el cuerpo en el ataúd. El ataúd y las ropas funerarias ya estaban preparados, así que no había nada que planificar. Su primer gran problema era cómo tratar a este "nieto portador del incienso", pues anticipaban que querría cambiar todos los ritos funerarios con nuevas ocurrencias. Tras deliberar, acordaron tres grandes condiciones que debía cumplir: primera, vestir de blanco; segunda, hacer las reverencias de rodillas; tercera, pedir a monjes budistas y taoístas que oficiaran los ritos. En resumen: todo exactamente como siempre.
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Después del funeral, Lianshu se hundió gradualmente. Perdió su trabajo. Perdió sus amigos. Perdió su fe en los ideales. Empezó a buscar cualquier empleo para sobrevivir. Finalmente, aceptó un puesto como asesor de un militar, precisamente el tipo de persona que siempre había despreciado.
 
Después del funeral, Lianshu se hundió gradualmente. Perdió su trabajo. Perdió sus amigos. Perdió su fe en los ideales. Empezó a buscar cualquier empleo para sobrevivir. Finalmente, aceptó un puesto como asesor de un militar, precisamente el tipo de persona que siempre había despreciado.
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Cuando fui a visitarlo, lo encontré rodeado de lujo: buena comida, criados, ropa fina. Pero sus ojos estaban muertos. "Ya ves", me dijo con una sonrisa amarga, "me he convertido exactamente en lo que siempre desprecié."
 
Cuando fui a visitarlo, lo encontré rodeado de lujo: buena comida, criados, ropa fina. Pero sus ojos estaban muertos. "Ya ves", me dijo con una sonrisa amarga, "me he convertido exactamente en lo que siempre desprecié."
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"Ni siquiera quiere ya comer mis cosas", dijo él en voz baja, como burlándose.
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Poco después murió. En su funeral, los que más lo habían rechazado acudieron a llorar hipócritamente. Y los niños de la aldea, los únicos que lo habían querido sinceramente porque les regalaba cacahuetes, jugaban alegremente ajenos al drama de los adultos.
 
Poco después murió. En su funeral, los que más lo habían rechazado acudieron a llorar hipócritamente. Y los niños de la aldea, los únicos que lo habían querido sinceramente porque les regalaba cacahuetes, jugaban alegremente ajenos al drama de los adultos.
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(17 de octubre de 1925.)
 
(17 de octubre de 1925.)
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== Lamento por el pasado (伤逝) ==
 
== Lamento por el pasado (伤逝) ==
 
—— Apuntes de Juansheng (涓生)
 
—— Apuntes de Juansheng (涓生)
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Si pudiera, quisiera escribir mi arrepentimiento y mi tristeza, por Zijun (子君) y por mí mismo.
 
Si pudiera, quisiera escribir mi arrepentimiento y mi tristeza, por Zijun (子君) y por mí mismo.
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La habitación ruinosa de la residencia gremial, olvidada en un rincón apartado, estaba así de silenciosa y vacía. El tiempo pasaba tan rápido; hacía ya un año entero que amaba a Zijun, y me había apoyado en ella para escapar de este silencio y este vacío. Y las cosas no pudieron ser más inoportunas: al regresar, la única habitación libre era precisamente esta. Las mismas ventanas rotas, el mismo árbol de sófora medio seco y la vieja glicinia al otro lado de la ventana, la misma mesa cuadrada frente a la ventana, las mismas paredes deterioradas, la misma cama de tablas contra la pared.
 
La habitación ruinosa de la residencia gremial, olvidada en un rincón apartado, estaba así de silenciosa y vacía. El tiempo pasaba tan rápido; hacía ya un año entero que amaba a Zijun, y me había apoyado en ella para escapar de este silencio y este vacío. Y las cosas no pudieron ser más inoportunas: al regresar, la única habitación libre era precisamente esta. Las mismas ventanas rotas, el mismo árbol de sófora medio seco y la vieja glicinia al otro lado de la ventana, la misma mesa cuadrada frente a la ventana, las mismas paredes deterioradas, la misma cama de tablas contra la pared.
  
"¡Yo soy dueña de mí misma! ¡Nadie tiene derecho a interferir!" Estas fueron las palabras que Zijun pronunció con claridad, decisión y calma después de medio año de trato, cuando hablamos de su tío en Pekín y de su padre en su tierra natal. Esas palabras sacudieron mi alma.
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"¡Yo soy dueña de mí misma! ¡Nadie tiene derecho a interferir!" Estas fueron las palabras que Zijun pronunció con claridad, decisión y calma después de medio año de trato, cuando hablamos de su tío en Pekín y de su padre en su tierra natal. Esas palabras sacudieron mi alma. Entonces yo ya le había dicho todo sobre mis opiniones, mi pasado, mis defectos, con muy pocas reservas; y ella lo había comprendido todo. Estas frases resonaron en mis oídos durante muchos días, y con una alegría indecible supe que la mujer china no era tan irremediable como decían los pesimistas, y que pronto habría de verse una aurora espléndida.
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Al despedirla en la puerta, como de costumbre nos separaban una docena de pasos; como de costumbre, la cara del viejo de bigotes de bagre se pegaba al cristal sucio de su ventana, hasta aplastarse la nariz en una pequeña superficie plana; al salir al patio exterior, como de costumbre estaba la cara del criadito en la ventana reluciente, con una capa más gruesa de crema facial. Ella caminó sin mirar a los lados, orgullosa, sin verlos; yo regresé orgulloso.
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Nos mudamos a una casita en el callejón Jizhao, una vivienda humilde pero nuestra. Ella vendió su único anillo de oro y sus pendientes para amueblarla. Al principio la felicidad fue inmensa. Pero con el tiempo, la rutina devoró el amor. Ella se dedicaba enteramente a cocinar, a alimentar a los pollos y al perro Asui. Yo, atrapado en mi trabajo de copista, empecé a sentirme asfixiado.
 
Nos mudamos a una casita en el callejón Jizhao, una vivienda humilde pero nuestra. Ella vendió su único anillo de oro y sus pendientes para amueblarla. Al principio la felicidad fue inmensa. Pero con el tiempo, la rutina devoró el amor. Ella se dedicaba enteramente a cocinar, a alimentar a los pollos y al perro Asui. Yo, atrapado en mi trabajo de copista, empecé a sentirme asfixiado.
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Ya no recuerdo con claridad cómo le manifesté mi amor puro y apasionado. No solo ahora; incluso entonces, al rato de suceder, se había vuelto borroso; al rememorarlo por la noche, solo quedaban fragmentos. Un mes o dos después de vivir juntos, hasta esos fragmentos se disolvieron en sombras inaprensibles de sueño. Solo recuerdo que en las dos semanas anteriores había estudiado detenidamente la actitud para declararme, el orden de las frases, y las posibles consecuencias de un rechazo. Pero en el momento todo resultó inútil: presa de la turbación, involuntariamente usé un método que había visto en el cine. Al recordarlo después, me avergoncé mucho; pero en la memoria solo queda este momento para siempre, como una lámpara solitaria en un cuarto oscuro, iluminándome mientras, con lágrimas en los ojos, le tomaba la mano y me arrodillaba...
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No solo lo mío; tampoco las palabras y gestos de Zijun los percibí con claridad en aquel momento. Solo sé que ella me aceptó. Pero me parece recordar vagamente que se le puso la cara lívida, y luego fue enrojeciendo poco a poco —un carmesí que no había visto antes ni volví a ver—; en sus ojos infantiles brillaba una mezcla de alegría y pena teñida de sorpresa y duda; aunque evitaba mi mirada, parecía querer escapar volando por la ventana. Pero yo sabía que me había aceptado.
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Ella, en cambio, lo recordaba todo: mis palabras, las podía recitar como si las hubiera aprendido de memoria; mis gestos, como si tuviera ante sus ojos una película invisible, los describía con viveza y detalle, incluido naturalmente aquel fugaz e indigno gesto cinematográfico. En las noches, cuando todo era silencio, era hora de repasar juntos; a menudo me interrogaba, me ponía a prueba, me mandaba repetir las palabras de entonces; pero siempre era ella quien debía completar, quien debía corregir, como a un estudiante de última categoría.
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Perdí mi empleo. La pobreza nos aplastó. Los pollos fueron vendidos, el perro Asui fue abandonado. Zijun, que había sacrificado todo por seguirme, se apagó como una vela en el viento. Al final, le dije la verdad más cruel: "Ya no te amo."
 
Perdí mi empleo. La pobreza nos aplastó. Los pollos fueron vendidos, el perro Asui fue abandonado. Zijun, que había sacrificado todo por seguirme, se apagó como una vela en el viento. Al final, le dije la verdad más cruel: "Ya no te amo."
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Ella regresó a la casa de su padre. Poco después me enteré de que había muerto. No supe de qué: quizá de frío, quizá de hambre, quizá de dolor.
 
Ella regresó a la casa de su padre. Poco después me enteré de que había muerto. No supe de qué: quizá de frío, quizá de hambre, quizá de dolor.
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Y ahora estoy de nuevo en esta habitación, solo con mi arrepentimiento. Quisiera poder decirle: "No era verdad lo que dije. Sí te amaba. Te amé siempre." Pero ya es tarde. Solo me queda caminar hacia adelante, cargando con el peso de mi remordimiento, abriéndome paso entre la oscuridad, mientras llevo conmigo la memoria de Zijun, su valentía, su amor, su sacrificio.
 
Y ahora estoy de nuevo en esta habitación, solo con mi arrepentimiento. Quisiera poder decirle: "No era verdad lo que dije. Sí te amaba. Te amé siempre." Pero ya es tarde. Solo me queda caminar hacia adelante, cargando con el peso de mi remordimiento, abriéndome paso entre la oscuridad, mientras llevo conmigo la memoria de Zijun, su valentía, su amor, su sacrificio.
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¡El vacío, el vacío! Aunque avance, aunque trabaje, aunque viva, nunca podré llenar este vacío.
 
¡El vacío, el vacío! Aunque avance, aunque trabaje, aunque viva, nunca podré llenar este vacío.
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La primavera tardía del año pasado fue la época más feliz y también la más atareada. Mi corazón se había apaciguado, pero otra parte de mí, junto con el cuerpo, se había puesto en movimiento. Por fin caminábamos juntos por la calle, habíamos ido unas cuantas veces al parque; lo que más hacíamos era buscar alojamiento. Sentía que en la calle encontraba a cada paso miradas inquisidoras, burlonas, obscenas y despectivas; al menor descuido, todo mi cuerpo se encogía, y tenía que apelar al instante a mi orgullo y mi rebeldía para sostenerme. Ella, en cambio, era intrépida; de todo esto no se preocupaba en absoluto, y avanzaba tranquila y lentamente, serena como si atravesara un lugar desierto.
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Buscar alojamiento no era nada fácil: la mayoría de las veces nos rechazaban con pretextos, y en algunos pocos casos éramos nosotros quienes no lo encontrábamos adecuado. Al principio fuimos muy exigentes —o más que exigentes, porque los sitios no parecían apropiados para vivir—; después, lo único que pedíamos era que nos aceptaran. Vimos más de veinte sitios, y al fin encontramos uno que servía provisionalmente: dos habitaciones orientadas al sur en una casita del callejón Jizhao. El propietario era un funcionario menor, pero un hombre razonable, que vivía en la casa principal y las habitaciones laterales. Solo tenía esposa y una hija de menos de un año, y empleaba a una sirvienta del campo; mientras la niña no llorara, todo era extraordinariamente tranquilo y apacible.
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Nuestros muebles eran sencillísimos, pero ya se habían llevado la mayor parte de los fondos que yo había reunido; Zijun vendió además su único anillo de oro y sus pendientes. Intenté disuadirla, pero ella insistió, y no insistí más; sabía que si no le dejaba aportar algo, no viviría a gusto.
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Con su tío, ella ya se había peleado hacía tiempo, hasta el punto de que él, furioso, dejó de reconocerla como sobrina. Yo también, poco a poco, rompí con varios amigos que creían aconsejarme pero en realidad temían por mí, o quizá me envidiaban. Con todo, aquello resultó muy tranquilo. Cada día, al terminar el trabajo, aunque ya oscurecía y el cochero se obstinaba en ir despacio, al fin había un rato en que estábamos juntos. Primero nos mirábamos en silencio, luego hablábamos con libertad e intimidad, y después volvíamos al silencio. Ambos bajábamos la cabeza, pensativos, aunque en realidad no pensábamos en nada. Yo también, poco a poco, la fui leyendo entera —su cuerpo y su alma—; en tres semanas creí comprenderla mejor, descubriendo velos que antes creía comprender pero que ahora veía como verdadera distancia.
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(Concluido el 17 de octubre de 1925.)
 
(Concluido el 17 de octubre de 1925.)
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Revision as of 13:23, 9 April 2026

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La medicina
Autor Lu Xun (鲁迅)
Título La medicina
Título original
Colección Grito de guerra (呐喊)
Primera publicación 1919
Traducción Claude / Martin Woesler




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¿Qué hacer?

Estos últimos días, Vasili Petriakov (华西理·彼得略也夫) había perdido toda esperanza en el porvenir. Estaba abatido y desanimado, como si viviera sumido en una niebla espesa.




Un día de aquella primavera en que la Revolución de Marzo llegaba a su fin, su madre dijo con tono amenazante: "Esperad, esperad, demonios. Los camaradas acabarán matándose entre sí."




¡Ah, cómo se había reído Vasili entonces! "Mamá, no entiendes... ¿Cómo va a haber una escisión ahora?"




"Así es, no entiendo", dijo la madre. "La madre ya está vieja y chocha, no entiende nada. Solo vosotros sois tan terriblemente listos... Pero esperad y veréis..."




Ahora las palabras de la madre se habían cumplido. Todos comenzaron a matarse entre sí. Iván (伊凡) se unió al Ejército Blanco, mientras que viejos amigos entre los obreros —como Agon (亚庚)— se alistaron en el Ejército Rojo. La unidad se había roto. Hermanos del mismo espíritu y las mismas circunstancias se separaron para combatir unos contra otros. Era un terror que aún no se tenía la fuerza de comprender.




Iván se fue. Aquel día, después de despedirlo, Vasili permaneció largo rato de pie en la calle, escuchando el sonido lejano de los disparos. La niebla que ascendía del suelo reptaba como humo denso a ras del suelo, se infiltraba en el cuerpo y hacía tiritar. Los obreros se formaban en columnas, con fusiles al hombro y cartucheras en la cintura, marchando con pasos resonantes, todos vestidos con ropas sucias y harapientas. Probablemente llevaban adrede sus peores prendas para no estropear las mejores.




Le parecía que aquella chusma de desarrapados se armaba para destruir las calles y la civilización. Hablaban a gritos y maldecían a placer. Un obrero alto, con una barba rala y rojiza y las mejillas hundidas, marchó con el primer destacamento: Lubontija (卢邦提哈), conocido en toda Presnia como borracho y ladrón, despreciado incluso entre los obreros. Sin embargo, ahora llevaba el fusil con aire altanero. Vasili no pudo evitar un pensamiento burlón: "Hasta tipos como ese van..."




Pero junto a Lubontija marchaban también Mirónov (米罗诺夫) y Sivkov (锡夫珂夫), hombres honestos, fiables y bien considerados. Mirónov se acercó: "Camarada Petriakov, ¿por qué no vienes con nosotros? ¡Vamos a combatir a la burguesía!" Lleno de vigor, mostró sus dientes blancos en una sonrisa. "No, yo no voy", respondió Vasili con desgana. "¿No estás de acuerdo? No pasa nada, cada cual tiene su opinión", dijo Mirónov conciliadoramente. "Pero, ¿tienes algún periódico nuevo? No el nuestro, no el bolchevique, sino el vuestro." Vasili le entregó en silencio el ejemplar del día anterior de El Trabajo. "Muchas gracias. En nuestro periódico publican todo tipo de cosas, pero la verdad nunca queda clara..." Se lo metió en el bolsillo, y sus manos grandes y ásperas arrugaron rápidamente el papel. "Entonces, adiós. Quién sabe qué nos deparará el futuro." Se rio, volvió a mostrar sus dientes blanquísimos y salió corriendo tras sus camaradas.




Los obreros seguían pasando. Cantaban, hablaban a voces, gritaban, como si la guerra civil les hubiera otorgado la libertad de decir cualquier cosa sin consecuencia alguna. Hasta los aprendices de dieciséis y diecisiete años iban. Sabios y necios, Lubontijas y Mirónov, todos marcharon. Los combates arreciaban, los disparos resonaban sin cesar.




En cada esquina de la Gran Presnia (巴理夏耶·普列思那) se congregaban multitudes. Frente a las tiendas se formaban largas colas para comprar víveres, y los destacamentos del Ejército Rojo se perdían entre ellas. Vasili regresó a casa. Su madre acudió a la puerta, con el rostro sombrío. "¿Se fue?" "Se fue." La madre bajó la cabeza sin decir nada. Vasili encorvó la espalda y se alejó de la puerta, convertido de pronto en una figura pequeña y desolada. "Hoy volverá a llorar todo el día", pensó suspirando.




Varvara (华尔华拉) corrió hasta la puerta, con los ojos hundidos en una sola noche: "¿Has visto a Agon?" "No fui lejos. Solo acompañé a mi hermano..." "¿Entonces él también se fue?" "Sí..." Ella miró hacia la calle: "Voy a buscarlo. Lo arrastraré a casa. Maldito chiquillo, no me deja dormir por las noches..." Rompió a sollozar. "Agonmoshka (亚庚谟式加), pobrecito... ¡Dios mío, dónde estará!"




"No llores, no le habrá pasado nada", consoló Vasili sin convicción. Una hora después, tres personas partieron: Espares (耶司排司), la tejedora y Vasili, desde Presnia hacia la calle Sadovaya. La tejedora corría de grupo en grupo de obreros armados: "Un muchacho de dieciséis años, abrigo rojizo, gorra gris, ¿lo han visto?" En todas partes la misma respuesta: "¿Cómo vamos a saberlo?" Ella explicaba entre lágrimas: "Es mi único hijo, todavía es un niño, temo que pierda la vida."




En las zonas acordonadas, los soldados gritaban: "¡Media vuelta! ¡Aquí disparan!" En el bulevar Novinski, de repente: "¡Manos arriba!" Un soldado con la cara picada de viruelas descubrió a un oficial entre la multitud. Bajo su abrigo: uniforme, sable y pistola. "¡Entregue la pistola!" El oficial se resistió, y en ese instante sonó un disparo. El oficial cayó, la sangre le brotaba de la cabeza. La multitud huyó presa del pánico. La tejedora corrió jadeando junto con Vasili hasta el Jardín Zoológico.




Sobre el extremismo cultural (文化偏至论)

Malpighi y otros investigaron los principios de los órganos finos, pero la industria permaneció inalterada, el transporte sin desarrollar y la minería sin progreso alguno; solo la mecánica produjo los primeros relojes rudimentarios. A mediados del siglo XVIII, científicos destacados surgieron en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Los avances en química, biología y geología eran brillantemente evidentes, pero qué beneficio reportaron a la sociedad era aún difícil de juzgar para los comentaristas. Tras una larga fermentación, las ventajas prácticas se hicieron finalmente patentes, y hacia finales de aquel mismo siglo, sus efectos se manifestaron de pronto con gran fuerza: equipos y materiales industriales, el cultivo y la propagación de plantas, la ganadería y la mejora de animales, todo se benefició de los frutos de la ciencia. La llamada civilización material del siglo XIX germinó en aquel momento. Poderosas olas se levantaron y el espíritu también se revitalizó; las costumbres de la nación se renovaron por completo. Sin embargo, los eminentes científicos no dejaban que esto les perturbara; como se ha dicho, consideraban el conocimiento de la verdad como su único objetivo, expandían los horizontes de su mente, desbrozaban los yermos del mundo académico y dedicaban cuerpo, mente, tiempo y energía a la exploración diaria de las grandes leyes de la naturaleza. Los científicos ilustres de aquella era eran todos así: Herschel y Laplace en astronomía, Young y Fresnel en óptica, Oersted en mecánica, Lamarck en biología, de Candolle en botánica, Werner en mineralogía, Hutton en geología, Watt en ingeniería mecánica. Si se examinan sus fines, la utilidad práctica estaba lejos de sus mentes. Y sin embargo, se inventó la lámpara de seguridad, se creó la máquina de vapor y se revitalizó la minería. Pero la atención de la sociedad se fijó únicamente en estos resultados, elogiando los logros inmediatos mientras permanecía indiferente a los propios científicos. En ningún lugar es mayor la confusión entre causa y efecto.




Por consiguiente, aquellos que se estremecen ante la fortaleza de otras naciones y tiemblan de miedo, que hablan a diario de promover la industria y fortalecer el ejército, pueden parecer despiertos por fuera, pero en realidad están meramente deslumbrados por los fenómenos de superficie sin haber captado su verdadera esencia. Lo que más impresiona de la llegada de los europeos son dos cosas, pero estas no son la raíz, sino meramente flores y hojas. Si se buscan los orígenes, son insondablemente profundos, y un estudio parcial no logra nada por sí solo.




Tyndall dijo: Quienes solo miran las cosas externas o se dejan engañar por sentimientos políticos creyendo que todo depende del pensamiento político... la historia imparcial demuestra lo contrario. Que Francia exista hoy no tiene otra causa que la superioridad de su ciencia sobre las demás naciones. En 1792, cuando toda Europa se agitaba y atacaba a Francia con las armas, cuando los ejércitos de la coalición acechaban desde fuera y la discordia reinaba por dentro, cuando los arsenales estaban vacíos y muchos soldados habían caído, cuando las tropas exhaustas no podían hacer frente a enemigos frescos y faltaban provisiones para los defensores, los militares contemplaban sus espadas y el cielo, los políticos lloraban ante el futuro, impotentes y llenos de rencor, aguardando al destino. ¿Pero quién galvanizó entonces a la nación? ¿Quién aterrorizó a los enemigos exteriores? La respuesta: la ciencia. Los científicos de aquella época desplegaron todas sus fuerzas e inteligencia; donde faltaban soldados, las invenciones llenaron el vacío; donde faltaban armas, lo mismo.




En conclusión: las necesidades espirituales de la humanidad requieren no solo un Newton sino también un Shakespeare; no solo un Bohr sino también un Rafael; junto a Kant, un Beethoven; junto a Darwin, un Carlyle. Todo esto sirve para desarrollar plenamente la naturaleza humana, impidiendo que se vuelva unilateral, y así realizar la civilización del presente. ¡Tal es la enseñanza de la historia cultural humana!




(Escrito en 1907.)




El comienzo de un siglo se cuenta a partir del nacimiento de Jesús; tras cien años, se forma un período. Los grandes acontecimientos que surgen pertenecen a ese siglo. Esto sigue la costumbre establecida y sirve como división, sin significado más profundo. Pues los asuntos humanos son continuos y profundamente arraigados, como el agua corriente que debe brotar de su fuente, o como las plantas que germinan de sus raíces. La aparición y desaparición repentinas sin razón no pueden existir. Si se rastrean las conexiones de principio a fin, están en su mayoría inseparablemente ligadas. Lo que se llama la característica de la civilización de un siglo es meramente la puesta de relieve de los puntos más sobresalientes.




Examinando los hechos históricos, una historia común del continente solo surgió después de que Roma unificara Europa. Entonces el Papa, ejerciendo su poder, controló toda Europa, sometiendo a las naciones como si formaran una sola sociedad, y casi extinguiendo la libertad de pensamiento. Mentes brillantes y excepcionales que descubrían nuevas teorías y albergaban nuevas ideas fueron silenciadas por los decretos eclesiásticos. Sin embargo, el pueblo, como una gran ola, se fortaleció cuanto más se le reprimió, y comenzó a buscar la liberación de las ataduras de la religión. En Inglaterra y Alemania, muchos estaban descontentos. Martín Lutero se alzó en Alemania y declaró que el fundamento de la religión residía en la fe, mientras que las ceremonias y las leyes no eran sino esplendor externo. Atacó a la vieja Iglesia y la derribó. Lo que creó fue la abolición de la jerarquía, sustituyendo al Papa y a los obispos por pastores que vivían en medio de la sociedad, sin diferencia alguna con la gente común.




La rueda comenzó a girar y los temblores se extendieron por toda Europa. La reforma afectó no solo a la religión sino también a otros asuntos humanos: la separación y unión de naciones, las causas de las guerras y las grandes convulsiones que siguieron. Con la relajación de las ataduras y la libertad de pensamiento, la sociedad adquirió en todas partes un nuevo aspecto. Así llegaron los descubrimientos metafísicos y las invenciones físicas. Tras la reforma religiosa, la búsqueda inevitable del cambio político le siguió.




La revolución apareció primero en Inglaterra, luego en América, y finalmente estalló a gran escala en Francia, barriendo las distinciones de clase y nivelando los rangos. El poder político fue confiado al pueblo, y las ideas de igualdad, libertad y democracia social impregnaron los corazones y las mentes. Esta corriente perdura hasta hoy: todos los derechos en la sociedad, la política y la economía deben pertenecer al público, y las costumbres, hábitos, moral, religión, gusto y lengua deben eliminar las diferencias entre alto y bajo, sabio e ignorante, para alcanzar la igualdad completa. Lo idéntico es correcto; lo único es erróneo. Que la mayoría gobierne el mundo y suprima lo singular: esta es una de las grandes corrientes del siglo XIX, que se prolonga hasta el presente.




A la par de esto se encuentra el progreso de la civilización material. Cuando la vieja religión era poderosa, los eruditos generalmente debían guardar silencio. Tras la caída del poder eclesiástico y la liberación del pensamiento, todas las ciencias florecieron. Para el siglo XIX, los logros de la civilización material superaban orgullosamente las realizaciones de los dos mil años anteriores. El algodón, el hierro, la piedra y el carbón se producían en cantidades multiplicadas; el vapor y la electricidad obedecían a las órdenes. La situación del mundo cambió radicalmente y los negocios de la gente se hicieron más provechosos.




Sin embargo, el pensador alemán Nietzsche (尼佉), hablando por boca de Zaratustra (察罗图斯德罗), proclamó: He ido demasiado lejos, solo y sin compañeros. Mirando hacia atrás al mundo de hoy, veo naciones civilizadas y sociedades abigarradas. Pero esta sociedad no tiene una creencia firme; las masas no poseen naturaleza creativa en lo que respecta al conocimiento. ¿Puede perdurar una nación así? Lo único que cabe esperar son los descendientes. Esta es su visión profunda, su reconocimiento de la falsedad y la unilateralidad de la civilización moderna; al no encontrar esperanza en los hombres del presente, se vio obligado a pensar en el futuro.




El individualismo surgió igualmente como reacción contra lo convencional. Stirner (斯契纳尔) propugnó un individualismo extremo: el verdadero progreso está bajo los pies de uno mismo. El hombre debe desarrollar su propia naturaleza y desprenderse del dominio del mundo de las ideas. Esta naturaleza propia es el creador. Solo este yo es originalmente libre.




Schopenhauer (勖宾霍尔), orgulloso y testarudo de carácter, al contemplar a las masas ciegas e incultas que llenaban el mundo, las consideró iguales a los animales más viles, y valoró más aún al genio individual. El filósofo danés Kierkegaard (契开迦尔) proclamó con vehemencia que solo el desarrollo de la individualidad constituía la moral suprema. Luego apareció Henrik Ibsen (显理伊勃生) en el mundo literario, con talento extraordinario y penetrante visión; fue considerado el intérprete de Kierkegaard. Sus obras tendían a oponerse a la democracia social, atacando sin piedad toda costumbre, creencia o moral que fuera fruto de la falsedad o del extremismo. En su obra "Un enemigo del pueblo", describió cómo un hombre que defiende la verdad sin adular al vulgo no es tolerado por la sociedad, mientras los astutos se erigen en líderes de los necios y oprimen a las minorías en nombre de la mayoría.




En cuanto a Nietzsche, fue el más grandioso de los individualistas extremos: depositaba toda su esperanza en los grandes hombres y los genios, mientras que despreciaba con repugnancia a las masas ignorantes. Su doctrina del superhombre sacudió el pensamiento europeo.




Visto así, quienes cantan loas al gobierno de la mayoría y lo veneran como algo sagrado, solo ven un aspecto luminoso y desconocen el resto. Un Sócrates y los griegos lo envenenaron; un Jesucristo y los judíos lo crucificaron. Los comentaristas posteriores reconocen unánimemente el error, pero en su momento simplemente siguieron la voluntad de la mayoría.




En conclusión: si se pretende sobrevivir entre las naciones y competir con ellas, lo primero es formar al ser humano. Una vez formado el ser humano, todo lo demás se logra. Y el camino para ello pasa por respetar la individualidad y cultivar el espíritu. De no ser así, la decadencia no tardará ni una generación. China, en el pasado, ya privilegiaba lo material y rechazaba a los genios; al recibir las presiones externas, se encontró incapaz de subsistir. Y los mediocres de poca monta, con sus proclamas altisonantes, vinieron a aplastar aún más al pueblo con lo material y a oprimirlo con la mayoría numérica, arrebatándole toda individualidad. Los males del pasado eran desequilibrios internos; los de hoy son epidemias nuevas importadas desde fuera. Ambos males atacan juntos, y la declinación de China se acelera por ello. ¡Ay, al pensar en lo que viene, uno solo puede suspirar!




(Escrito en 1907.)




En cuanto al antimaterialismo, surgió, como el individualismo, como resistencia contra las convenciones. Pues la tendencia materialista, arraigada en la realidad, impregnó el corazón humano durante un largo período. En el siglo XIX se convirtió en una corriente poderosa, ganando terreno sólido y extendiéndose a la generación siguiente, como si fuera el único fundamento de la vida sin el cual nada pudiera existir. Sin embargo, considérese lo siguiente: incluso si la civilización material es verdaderamente la base esencial de la vida real, su veneración excesiva y su orientación unilateral, que descuida todos los demás aspectos, debe conducir inevitablemente a la pérdida del espíritu de la civilización por esta misma parcialidad, primero mediante el agotamiento, finalmente mediante la destrucción. Los logros espirituales acumulados durante siglos perecerían en menos de cien años. Hacia finales del siglo XIX, estos males se hicieron cada vez más evidentes: todas las cosas se materializaron, el espíritu se oscureció día a día, el gusto y las aspiraciones cayeron en la mediocridad.




Entonces aparecieron los defensores de un nuevo idealismo, ora glorificando lo subjetivo, ora enfatizando la fuerza de voluntad, para corregir la corriente de los tiempos con una fuerza semejante al rayo y al trueno que sacudió a las masas. Incluso otros críticos y eruditos, originalmente inclinados hacia la paz, reconocieron en el materialismo extremo una amenaza para la vida espiritual y comprendieron que el ascenso del subjetivismo y de la voluntad era más importante que el arca en el diluvio.




Vista Europa desde esta perspectiva, la civilización del siglo XIX superó sin duda a los tiempos anteriores y al Oriente. Sin embargo, puesto que nació de la reforma y se fundó en la resistencia, el desarrollo unilateral era inevitable. Al final, las desventajas se revelaron por sí solas. Entonces surgió una nueva escuela de pensamiento, que contradecía el origen, y con sentimiento apasionado y acción audaz creó una gran ola de limpieza y purificación. Sus resultados futuros son difíciles de predecir, pero como remedio contra los viejos males y puente hacia una nueva vida, sus efectos perdurarán durante mucho tiempo.




(Escrito en 1907.)




Antes de que existan los genios (未有天才之前)

—— Conferencia del 17 de enero de 1924 en la Escuela Secundaria Adjunta a la Universidad Normal de Pekín




Yo mismo siento que mi conferencia no puede resultar de provecho ni de interés para ustedes, pues realmente no sé nada, pero he aplazado y dado largas demasiado tiempo, así que al final no he tenido más remedio que venir a decir unas palabras.




Observo que entre los muchos clamores que se alzan en el mundo de las letras, la exigencia de que surjan genios es bastante poderosa. Esto demuestra manifiestamente dos cosas: primera, que en China actualmente no hay un solo genio; segunda, que la gente siente hastío por el arte presente. ¿Existen realmente los genios? Quizá los haya, pero ni nosotros ni nadie los ha visto. Si nos atenemos a lo que hemos visto y oído, podemos afirmar que no existen; y no solo los genios, sino también las masas que permiten que los genios crezcan.




El genio no es un monstruo nacido y criado espontáneamente en la selva profunda; es producido y criado por las masas capaces de hacer crecer al genio. Sin tales masas, no hay genio. En una ocasión Napoleón cruzó los Alpes y dijo: "¡Soy más alto que los Alpes!" ¡Qué heroico! Pero no olvidemos que detrás de él marchaban muchos soldados. Sin soldados, habría sido capturado o rechazado por el enemigo del otro lado, y sus acciones y palabras habrían dejado de ser heroicas para caer en la categoría de la locura. Por eso creo que, antes de exigir que surjan genios, debemos exigir masas capaces de nutrirlos. Es como si uno quiere árboles grandes y flores hermosas: primero necesita buena tierra. Sin tierra, no hay flores ni árboles; la tierra es en realidad más importante que las flores y los árboles. Las flores y los árboles necesitan tierra, igual que Napoleón necesitaba buenos soldados.




Sin embargo, las tendencias actuales de la sociedad, por un lado exigen genios, y por otro quieren destruirlos, e incluso desean barrer la tierra que los prepara. Permítanme señalar algunos ejemplos:




En primer lugar, "ordenar la herencia nacional". Desde que el nuevo pensamiento llegó a China, algunos caballeros mayores e incluso jóvenes comenzaron alarmados a hablar del patrimonio nacional. Pero para los jóvenes existe un saber vivo y un arte nuevo. Si alguien ondea esta bandera y convoca a todos, equivale a aislar a China del mundo para siempre.




En segundo lugar, el "culto a la originalidad". La gente se ha cansado de oír los nombres de Tolstói, Turguénev y Dostoievski, pero ¿cuántas de sus obras se han traducido al chino? La mirada, prisionera dentro de las fronteras nacionales, no soporta oír hablar de Piotr y Iván, sino que exige Zhang San y Li Si, y así aparecen los autores nativos, cuyos escritos pueden ser elegantes pero cuyo pensamiento va a la zaga de las traducciones.




¡Unas masas así son polvo, no tierra; en ellas no crecerán ni bellas flores ni árboles frondosos!




Y luego está la crítica maliciosa. Apenas aparece una obra, ya muelen la tinta y pronuncian un veredicto altanero: "¡Ay, qué inmaduro! ¡China necesita genios!" Pero incluso un genio, al nacer, llora igual que un niño cualquiera.




La tierra no merece mencionarse al lado del genio, pero no es fácil de crear para quien no posea una perseverancia de hierro. Sin embargo, la cosa está en manos humanas, y eso es más fiable que esperar a un genio enviado del cielo. En eso reside la grandeza de la tierra, y en eso reside también la gran esperanza.




Otra vez sobre el derrumbe de la Pagoda Leifeng (再论雷峰塔的倒掉)

Por una carta del señor Chongxuan, supe que los campesinos, supersticiosos, creían que los ladrillos de la Pagoda Leifeng de Hangzhou les traerían buena suerte. Así que uno excavaba aquí y otro allá, hasta que la pagoda finalmente se derrumbó. Un viajero suspiraba una y otra vez: "¡De las Diez Vistas del Lago del Oeste, ahora falta una!"




Esta noticia me alegró un poco, aunque alegrarse de la desgracia ajena no es propio de un caballero; pero como no soy caballero, no puedo hacer nada al respecto.




Muchos de nosotros los chinos —declaro solemnemente que no incluyo a los cuatrocientos millones de compatriotas en su totalidad— padecemos una especie de "enfermedad de las diez vistas", al menos de las "ocho vistas", cuya agravación probablemente data de la dinastía Qing. Basta abrir cualquier gaceta comarcal para encontrar que tal comarca tiene diez o ocho vistas panorámicas, del tipo "Luna lejana sobre la aldea", "Campana clara del templo sombrío", "Aguas prístinas del estanque antiguo", y similares. Además, el germen en forma de "diez" parece haberse infiltrado ya en la sangre y propagado por todo el cuerpo; su fuerza hace tiempo que no le va a la zaga al germen de la exclamación "¡" que lamenta la perdición del país. Los dulces vienen en "diez variedades", los platos se sirven en "diez cuencos", la música se toca en "diez rondas", Yama tiene "diez palacios", las medicinas vienen en "tónico perfecto de las diez completitudes", en el juego de los dedos hay "mano de fortuna completa". Hasta los crímenes o las fechorías de una persona se enumeran casi siempre en diez, como si al llegar a nueve uno se resistiera a detenerse. ¡Ahora, de las Diez Vistas del Lago del Oeste, falta una! "En la administración del reino hay nueve principios constantes": los nueve principios son cosa antigua, pero las nueve vistas resultan bastante insólitas. Por eso precisamente son una acupuntura contra la enfermedad de las diez vistas, o al menos pueden hacer que el enfermo sienta algo fuera de lo común y sepa que su querida y vieja enfermedad ha perdido repentinamente una décima parte.




Pero hay tristeza aún dentro de esto.




En realidad, esta destrucción inevitable es también en vano. La satisfacción no es más que autoengaño ocioso. Los refinados, los devotos y los tradicionalistas no cejarán hasta reconstruir con mil artimañas la décima vista que falta.




Sin destrucción no hay nueva construcción, eso es cierto en general; pero que haya destrucción no implica necesariamente que haya nueva construcción. Rousseau, Stirner, Nietzsche, Tolstói, Ibsen, si empleamos la expresión de Brandes, son "destructores de vías". En realidad, no solo destruyen, sino que barren: avanzan dando grandes voces, arrasan las viejas vías que estorban el paso, ya enteras o en fragmentos, sin pretender arrancar un trozo de hierro viejo o un ladrillo antiguo para llevárselo a casa y venderlo en la chatarería. En China escasean esta clase de personas; si las hubiera, las ahogaría la saliva del populacho. Confucio fue ciertamente grande: viviendo en una época en que las fuerzas de la brujería y los espíritus eran poderosísimas, se negó obstinadamente a hablar de fantasmas y dioses; pero lamentablemente era demasiado astuto. "Sacrificar como si estuvieran presentes, sacrificar a los dioses como si estuvieran presentes": con solo dos caracteres "como si", al modo habitual de sus Anales de Primavera y Otoño, insinuó con fina y mordaz ironía algo que nadie acertó a descifrar en el acto, pues no se veía su oposición interior. Estaba dispuesto a jurar ante Zilu, pero no a declarar la guerra a los fantasmas y dioses, porque una declaración de guerra significaría conflicto, y es fácil caer en el pecado de insultar a otros —aunque solo se insulte a fantasmas—.




Confucio era un viejo señor que conocía profundamente los usos del mundo. Probablemente tenía razones más hondas, aparte de la cuestión de su retrato impreso, para no convertirse en un destructor abierto y declarado. Por eso solo callaba y jamás insultaba, y así se convirtió solemnemente en el santo de China, pues su Dao era tan grande que todo lo abarcaba. De lo contrario, quizá quien se venerara hoy en los templos no llevaría el apellido Kong.




Pero todo esto es mero teatro: la tragedia destruye ante el espectador lo valioso de la vida humana; la comedia le desgarra ante los ojos lo que carece de valor. La sátira no es más que una rama simplificada de la comedia. Pero tanto lo trágico como lo cómico son enemigos de la enfermedad de las diez vistas, porque ambos son destructivos, aunque destruyen aspectos diferentes. Mientras China padezca la enfermedad de las diez vistas, no solo no producirá locos como Rousseau, sino que tampoco producirá un solo autor trágico, cómico o poeta satírico. Solo habrá personajes de comedia o personajes que no son ni de comedia ni de tragedia, sobreviviendo en sus diez vistas de imitación mutua, cada uno aquejado de la enfermedad de las diez vistas.




Sin embargo, una vida de perfecto estancamiento es algo rarísimo en el mundo. Así pues, los destructores acabaron llegando: pero no como precursores dotados de conciencia, sino como bandidos violentos o bárbaros extranjeros. Los hunos ya habían llegado al centro de China, los cinco bárbaros también, y los mongoles igualmente. El compatriota Zhang Xianzhong mataba gente como quien corta hierba, y los soldados manchúes con una sola flecha se colaban entre los matorrales y morían. Alguien comentó sobre China: si no hubiera habido invasiones bárbaras que trajeran sangre fresca, quién sabe hasta qué punto se habría corrompido por sí sola. Esto es, naturalmente, una broma cruel y despiadada, pero si uno repasa la historia, teme no poder evitar que le corra el sudor por la espalda. Llegaban los invasores de fuera: una sacudida momentánea, y al final se los invitaba a ser los amos, y bajo sus hachas y espadas se remendaban las viejas costumbres. Llegaban los insurrectos de dentro: otra sacudida momentánea, y al final se los hacía amos también, o se adoraba a otro amo, y entre los propios escombros se remendaban las viejas costumbres. Si luego se hojeaba la gaceta comarcal, se veía que después de cada guerra y cada fuego, lo que se añadía eran los nombres de numerosas mujeres virtuosas y mártires. Mirando las guerras recientes, habrá que volver a celebrar a gran escala la castidad y la virtud, ¿verdad? ¿Y los varones, adónde se fueron todos?




Esta destrucción al modo de bandidos solo deja un campo de escombros, y nada tiene que ver con la construcción.




Pero en tiempos de paz, cuando se están remendando las viejas costumbres y no hay bandidos, ¿no hay destrucción alguna en el país? Tampoco es así: en tales tiempos opera constantemente una destrucción al modo de lacayos.




La extracción de ladrillos de la Pagoda Leifeng no es más que un pequeño ejemplo muy reciente. Los budas de piedra de Longmen, en su mayoría, tienen los miembros mutilados; los libros de las bibliotecas hay que vigilar para que no les arranquen las ilustraciones; cualquier bien público o sin dueño, si es difícil de mover, difícilmente permanece intacto. Pero la causa de esta destrucción no es el afán de barrer del reformador, ni el afán de saquear o simplemente destruir del bandido, sino que por el más ínfimo interés inmediato, se inflige en secreto un daño a una cosa grande e íntegra. Al ser mucha la gente, el daño es naturalmente enorme, y tras la ruina, es difícil saber quién fue el verdadero culpable. Como cuando se derrumbó la Pagoda Leifeng: solo sabemos que fue por la superstición de los campesinos. La pagoda, que era de todos, se perdió; lo que obtuvo cada campesino no fue más que un ladrillo, y ese ladrillo acabará siendo guardado por otro egoísta, hasta su completa desaparición. Si en tiempos de paz y abundancia el brote de la enfermedad de las diez vistas hace que se reconstruya una nueva Pagoda Leifeng, ¿acaso no se puede imaginar su destino futuro? Si los campesinos siguen siendo tales campesinos y las viejas costumbres siguen siendo las mismas.




Esta destrucción al modo de lacayos tampoco deja más que un campo de escombros, y nada tiene que ver con la construcción.




¡Y no son solo los campesinos con la Pagoda Leifeng! Los lacayos que día a día socavan los cimientos de la República de China, ¡quién sabe cuántos hay ahora mismo!




Un campo de escombros no es todavía lo más triste; lo triste es remendar las viejas costumbres sobre un campo de escombros. Necesitamos destructores reformadores, porque en su interior hay una luz ideal. Debemos distinguirlo del bandido y del lacayo; debemos vigilar que no caigamos nosotros mismos en estas dos categorías. La distinción no es difícil: basta observar a los demás y examinarse a uno mismo. Quien en sus palabras, actos o pensamientos muestre indicios de querer apropiarse de algo, es un bandido; quien muestre indicios de querer sacar alguna pequeña ventaja inmediata, es un lacayo, sin importar cuán vistosa y hermosa sea la bandera que enarbole delante.




(6 de febrero de 1925.)




Charla ociosa a finales de primavera (春末闲谈)

En Pekín era finales de primavera; quizá por mi impaciencia, ya sentía el verano. Entonces recordé de pronto las avispas de cintura delgada de mi tierra natal. Por aquella época debía de ser pleno verano. Las moscas verdes se apiñaban en las cuerdas de los toldos, y las avispas negras como el hierro revoloteaban entre los morales o cerca de las telarañas en las esquinas de los muros, llevándose a veces una oruga verde, arrastrando a veces una araña. La oruga o la araña al principio resistían y no querían irse, pero al final les faltaban las fuerzas y eran transportadas por el aire, como si viajaran en aeroplano.




Los ancianos de la generación anterior me instruyeron: esa avispa de cintura delgada es la llamada guoluo de los libros, pura hembra sin macho, que necesita atrapar orugas como hijos adoptivos. Encerraba a la pequeña oruga en su nido y luego, día y noche, golpeaba desde fuera entonando: "Sé como yo, sé como yo." Al cabo de un número de días —ya no recuerdo cuántos, quizá cuarenta y nueve, siete veces siete—, la oruga se convertía también en avispa de cintura delgada. Por eso dice el Libro de las Odas: "La oruga tiene descendencia; la guoluo la carga consigo." La oruga es el pequeño gusano verde del moral. ¿Y la araña? De ella no dijeron nada. Recuerdo que algunos filólogos habían propuesto una teoría diferente, sosteniendo que la avispa en realidad puede poner sus propios huevos, y que atrapa orugas para rellenar el nido como alimento de las larvas que eclosionen. Pero los ancianos que yo conocí no aceptaban esta explicación y seguían diciendo que las llevaba como hijas adoptivas. Para conservar una bonita anécdota entre cielo y tierra, mejor era que así fuera. En los largos días de verano, sin nada que hacer, espantando el calor bajo la sombra de los árboles, al ver a los dos insectos —uno tirando, otro resistiendo—, era como contemplar a una madre cariñosa educando a su hija, llena de buenas intenciones, mientras la oruga, retorciéndose en su resistencia, parecía una chiquilla tonta que no sabe lo que le conviene.




Pero al fin y al cabo, esos extranjeros bárbaros son odiosos: insisten en hablar de ciencia. La ciencia nos ha dado muchas sorpresas, pero también ha arruinado muchos de nuestros buenos sueños. Desde que el gran entomólogo francés Fabre observó con detenimiento, la historia de alimentar a las larvas quedó confirmada. Además, esta avispa de cintura delgada no solo es una asesina común, sino una asesina particularmente cruel y, al mismo tiempo, una anatomista de extraordinario saber y habilidad técnica. Conoce la estructura nerviosa de la oruga y su función: con su prodigioso aguijón venenoso, aplica un solo pinchazo en el ganglio nervioso motor, y la oruga queda paralizada en un estado de ni viva ni muerta. Solo entonces deposita su huevo sobre ella y la sella en el nido. La oruga, como no está muerta, no se mueve; pero como tampoco está viva, no se pudre. Así, cuando las crías eclosionan, el alimento sigue tan fresco como el día en que fue capturado.




Hace tres años, me encontré con el ruso E, un hombre de nervios hipersensibles. Un día exclamó de pronto con preocupación: ¿No inventarán algún día los científicos del futuro un fármaco prodigioso que, inyectado en alguien, lo convierta gustosamente para siempre en una máquina de trabajo y de guerra? En aquel momento yo también fruncí el ceño, suspiré e hice como que compartía su preocupación para demostrar que "nuestras opiniones coincidían en lo fundamental"; sin sospechar que los santos reyes, sabios ministros, santos y sabios y discípulos de santos y sabios de nuestra nación habían tenido ya desde hacía mucho este ideal de un mundo dorado. ¿No dice acaso: "Solo el soberano dispensa la felicidad, solo el soberano ejerce la autoridad, solo el soberano goza de los manjares selectos"? ¿No dice: "El hombre superior trabaja con la mente, el hombre inferior trabaja con el cuerpo"? ¿No dice: "El gobernado alimenta a otros, el gobernante es alimentado por otros"? Lamentablemente, aunque la teoría era ya excelente, nunca se inventó un método perfecto. Para someterse a la autoridad hay que estar no-vivo; para ofrecer manjares selectos hay que estar no-muerto. Para ser gobernado hay que estar no-vivo; para mantener a los gobernantes hay que estar no-muerto. La humanidad ascendió a la más espiritual de las criaturas, lo cual es sin duda motivo de felicitación; pero al carecer del aguijón venenoso de la avispa de cintura delgada, los santos reyes, sabios ministros, sabios y sabios, hasta los ricos, eruditos y educadores actuales, se encuentran en un aprieto. Lo que depare el futuro no se sabe, pero en cuanto al pasado, los gobernantes, pese a haber aplicado con todas sus fuerzas toda clase de técnicas de adormecimiento, no pudieron alcanzar nunca una eficacia plena ni competir con la guoluo. Tomemos solo el ejemplo de los emperadores: resultó inevitable que cambiaran constantemente de apellido y de dinastía, sin que existiera jamás un "reinado eterno del Dao que dure diez mil años"; que las Veinticuatro Historias lleguen a veinticuatro es una triste prueba de hierro.




Ahora bien, parece que se abre un capítulo diferente: ha surgido en el mundo una especie de estudiantes en el extranjero pertenecientes a la llamada "clase intelectual especial", que como resultado de sus investigaciones en el laboratorio afirman que el subdesarrollo de la medicina es beneficioso para la mejora de la raza, que la situación de la mujer china es perfectamente igualitaria, que todas las razones ya están en orden y todos los estados de cosas son satisfactorios. La preocupación de E quizá no carezca de motivos; sin embargo, Rusia no tiene de qué inquietarse, porque allí no tienen, como en nuestra China, las llamadas "circunstancias nacionales especiales" ni la llamada "clase intelectual especial".




Pero me temo que este tipo de trabajo tampoco logrará ser plenamente eficaz, al igual que en la antigüedad, pues es realmente mucho más difícil que lo que hace la avispa de cintura delgada. A ella le basta con que la oruga no se mueva, por lo que un solo pinchazo en el ganglio nervioso motor basta para el éxito. Pero nuestro trabajo exige que el sujeto pueda moverse pero no sienta: hay que anestesiar completamente el centro nervioso de la percepción. Sin embargo, en cuanto se pierde la percepción, el movimiento pierde también su guía y ya no puede ofrecer manjares selectos para que los disfruten los de arriba, desde la "cúspide" hasta la "clase intelectual especial". Por ahora, aparte del método de las escrituras sagradas y las tradiciones de los conservadores, del principio de encerrarse en el laboratorio de los eruditos, de la ley de no-hablar-de-política-nacional de los literatos y los dueños de puestos de té, y del precepto de no-mirar-no-oír-no-hablar-no-moverse de los educadores, realmente no existe un método mejor, más completo ni más exento de inconvenientes. Incluso los descubrimientos especiales de los estudiantes que regresan del extranjero no han logrado superar el marco de los sabios del pasado.




Entonces, ¿hay que recurrir una vez más al dicho "cuando los ritos se pierden en la corte, búsquense en el campo"? Los bárbaros —a los que ahora, ya que queremos imitarlos, llamaremos cortésmente "extranjeros"—, ¿tienen allá mejores métodos? Lamentablemente, tampoco. Lo que tienen no pasa de prohibir las reuniones y prohibir hablar, lo cual no difiere mucho de lo nuestro en China. De esto se deduce que el Dao supremo y la sabiduría excelsa son iguales en todos los corazones humanos, sin distinción entre chinos y bárbaros.




Así pues, nuestro Creador —suponiendo que en el cielo exista realmente semejante "Amo"— es digno de odio: primero, por no haber separado eternamente a "gobernantes" y "gobernados"; segundo, por no haber dado a los gobernantes un aguijón venenoso como el de la avispa de cintura delgada; tercero, por no haber hecho a los gobernados de tal forma que, incluso con la cabeza cortada —esa que alberga el centro del pensamiento—, pudieran seguir moviéndose y trabajando. Si se obtuviera una sola de estas tres cosas, la posición de los ricos sería estable para siempre, el dominio se ejercería sin esfuerzo y el mundo alcanzaría la paz.




Si no hubiera cabeza y sin embargo se pudiera seguir sirviendo y haciendo la guerra, ¡qué clarificador sería el panorama del mundo! Ya no haría falta usar gorras ni condecoraciones para distinguir a ricos de pobres: con solo mirar si hay cabeza o no, se sabría quién es amo y quién esclavo, quién funcionario y quién pueblo, quién superior y quién inferior, quién noble y quién plebeyo. Y además ya no se armarían líos con revoluciones, repúblicas, asambleas y demás. Solo en telegramas se ahorrarían muchísimos.




Los antiguos, al fin y al cabo, eran inteligentes, y al parecer ya habían pensado en algo así. En el Clásico de las Montañas y los Mares se registra un monstruo llamado "Xingtian". Había perdido su cabeza pensante, pero seguía viviendo, "con los pezones por ojos y el ombligo por boca" —detalle muy bien pensado, pues de otro modo, ¿cómo vería, cómo comería?—. Es realmente un modelo digno de ser tomado como maestro. Si todos nuestros ciudadanos fueran así, ¡cuán seguros y felices estarían los ricos! Pero Xingtian además "empuñaba escudo y hacha y danzaba", lo que indica que ni muerto aceptaba resignarse, y no se parecía en nada al ciudadano ideal mío, diseñado exclusivamente para la comodidad de los ricos. Tao Yuanming también escribió un verso: "Xingtian danza con escudo y hacha; su espíritu feroz permanece siempre." Si hasta ese viejo ermitaño aparentemente desapegado dice algo así, queda claro que incluso sin cabeza se puede conservar un espíritu feroz, y la paz del mundo de los ricos temo que no llegará tan pronto. Pero con tantos ciudadanos de la "clase intelectual especial", quizá haya esperanza de una excepción; además, cuando la civilización espiritual asciende demasiado, la cabeza espiritual se adelanta a volar, y la cuestión de si hay o no cabeza material resulta un problema menor.




(22 de abril de 1925.)




Recuerdos dispersos (杂忆)

Esta noticia me alegró un poco, aunque sé perfectamente que regodearse con las desgracias ajenas no es propio de un caballero; pero como no soy caballero, no puedo hacer nada por aparentarlo.




Muchos de nosotros los chinos —declaro aquí solemnemente: sin incluir a los cuatrocientos millones de compatriotas en su totalidad— padecemos una "enfermedad de las diez vistas", al menos de las "ocho vistas", cuya agravación probablemente se remonta a la dinastía Qing. Basta abrir cualquier gaceta comarcal para hallar que esa comarca tiene diez u ocho vistas, como "Luna lejana sobre la aldea", "Campana clara del templo sombrío", "Aguas prístinas del estanque antiguo". Además, el germen en forma de "diez" parece haberse infiltrado en la sangre y propagado por todo el cuerpo. Los dulces vienen en "diez variedades", los platos en "diez cuencos", la música en "diez rondas", Yama tiene "diez palacios", las medicinas en "tónico perfecto de las diez completitudes". Hasta los crímenes de una persona se enumeran casi siempre en diez artículos, como si al llegar a nueve no se pudiera parar. ¡Ahora de las Diez Vistas del Lago del Oeste falta una! Las nueve vistas resultan insólitas, y por eso son como una acupuntura contra la enfermedad de las diez, que al menos hará sentir al enfermo algo fuera de lo común, y que sepa que su querida y vieja enfermedad ha perdido una décima parte.




Pero hay tristeza dentro de esto.




En realidad, esta destrucción inevitable es también en vano. La satisfacción no es más que autoengaño ocioso. Los refinados, los devotos y los tradicionalistas no cejarán hasta reconstruir con mil artimañas la décima vista.




Sin destrucción no hay nueva construcción, eso es cierto en general; pero que haya destrucción no significa que haya nueva construcción. Rousseau, Stirner, Nietzsche, Tolstói, Ibsen —si utilizamos la expresión de Brandes— son "destructores de vías". No solo destruyen sino que barren; avanzan a grandes voces, y arrasan las viejas vías que estorban, ya enteras o en fragmentos, sin pretender arrancar un trozo de hierro viejo para llevárselo a casa y venderlo a la chatarrera. China tiene pocos de esta clase; si los hubiera, los ahogaría la saliva de las masas. Confucio fue ciertamente grande: nacido en una era donde las fuerzas de la hechicería eran poderosísimas, rehusó hablar de fantasmas y dioses; pero era demasiado astuto. "Sacrificar como si estuvieran presentes": con esos dos "como si" insinuó una ironía fina, de modo que nadie supo ver su oposición interior. Estaba dispuesto a jurar ante Zilu, mas no a declarar la guerra a los fantasmas y dioses, porque declararla significaría conflicto.




Confucio conocía profundamente los usos del mundo; probablemente tenía razones ocultas para no convertirse en un destructor declarado, y por eso solo callaba y jamás insultaba. Así se convirtió en el santo de China, pues su Dao era tan grande que todo lo abarcaba. De lo contrario, el apellido venerado en los templos quizá no sería Kong.




Pero todo esto es mero teatro. La tragedia destruye lo valioso de la vida humana ante el espectador; la comedia desgarra lo que carece de valor. La sátira es solo una rama simplificada de la comedia. Tanto lo trágico como lo cómico son enemigos de la enfermedad de las diez vistas, pues ambos son destructivos. Mientras China siga enferma de las diez vistas, no solo no producirá locos como Rousseau, sino que tampoco producirá un solo autor trágico, cómico, ni poeta satírico.




Sin embargo, una vida de perfecto estancamiento es rarísima en el mundo. Así pues, los destructores acabaron por llegar: pero no como precursores conscientes, sino como bandidos violentos o bárbaros extranjeros. Los hunos llegaron al centro de China, los cinco bárbaros también, los mongoles igualmente. El compatriota Zhang Xianzhong mataba como quien corta hierba. Alguien comentó: si no hubiera habido invasiones bárbaras que trajeran sangre fresca, quién sabe cuánto se habría corrompido China por sí sola. Cuando llegaban invasores de fuera, la sacudida era momentánea; al final se los acababa invitando como amos, y bajo sus hachas se remendaban las viejas costumbres. Cuando llegaban insurrectos de dentro, lo mismo.




La destrucción al modo de bandidos solo deja escombros, y nada tiene que ver con la construcción.




Los ladrillos de la Pagoda Leifeng son un ejemplo menor y reciente. Los budas de piedra de Longmen tienen la mayoría de los miembros mutilados; en las bibliotecas hay que vigilar para que no arranquen las ilustraciones. La destrucción al modo de lacayos tampoco deja más que escombros.




Un campo de escombros no es lo más triste; remendar las viejas costumbres sobre un campo de escombros, eso sí es triste. Necesitamos destructores reformadores, porque en su interior arde la luz de un ideal.




(6 de febrero de 1925.)




Sobre abrir los ojos (论睁了眼看)

Las pequeñas tragedias de Sueño en el pabellón rojo son sucesos cotidianos en la sociedad, y el autor fue lo bastante valiente para retratarlos fielmente, con resultados nada mediocres. Da igual que la familia Jia recupere su fortuna y que orquídeas y osmanthus florezcan juntos: el propio Baoyu se hizo monje con un gran manto de fieltro escarlata. Monjes hay muchos, pero ¿cuántos llevan un manto tan espléndidamente amplio? Sin duda ha alcanzado "lo que está más allá de lo sagrado y por encima de lo mundano". En cuanto a los demás personajes, sus destinos estaban predeterminados en los registros desde hacía mucho, y su final no fue sino una conclusión: el fin del problema, no su comienzo. Aunque los lectores sintieran cierta inquietud, no podían hacer nada al respecto. Sin embargo, los continuadores posteriores hicieron que los muertos resucitaran o arreglaron nuevos matrimonios en el más allá, y no descansaron hasta que "el héroe y la heroína se reunieron en el escenario" — porque la adicción al autoengaño y al fraude era demasiado grande.




"Hacer el bien trae bendiciones": este viejo adagio ya fue puesto en duda por algunos en la época de las Seis Dinastías, cuando las inscripciones funerarias decían: "Acumular virtudes sin recibir recompensa es en última instancia engañarse a uno mismo." Pero los necios posteriores lo encubrieron de nuevo.




Los chinos jamás se han atrevido a mirar de frente las diversas facetas de la vida: disimulan y engañan. De ahí nace también una literatura de disimulo y engaño que arrastra a los chinos cada vez más hondo en el pantano del disimulo y el engaño, hasta que ya ni ellos mismos se dan cuenta. El mundo cambia a diario. Ya es hora de que nuestros escritores se quiten las máscaras, examinen con sinceridad, profundidad y audacia la vida humana, y escriban su sangre y su carne. Debería haber hace tiempo un campo literario enteramente nuevo, debería haber hace tiempo unos cuantos pioneros feroces y arrolladores.




Sin pioneros que rompan todos los pensamientos y métodos tradicionales, China no tendrá una verdadera literatura nueva.




(22 de julio de 1925.)




La medicina (药)

Primera parte

En la segunda mitad de una noche de otoño, la luna se había puesto y el sol aún no había salido; solo quedaba un trecho de cielo azul oscuro. Salvo las criaturas nocturnas, todo dormía. El viejo Hua se incorporó de pronto, encendió una cerilla y prendió el candil cubierto de grasa. Las dos habitaciones de la casa de té se llenaron de una luz azul blanquecina.




"Padre de Shuan, ¿ya te vas?" —la voz de una anciana. Del cuartito contiguo llegó un acceso de tos.




"Hmm." El viejo Hua escuchaba y respondía a la vez, mientras se vestía. Extendió la mano: "Dámelo."




La señora Hua rebuscó largo rato bajo la almohada, sacó un paquete de monedas de plata y se lo entregó al viejo Hua. Él lo tomó, lo guardó temblando en el bolsillo de la chaqueta y lo apretó dos veces más por fuera. Después encendió el farol, apagó el candil y se dirigió a la habitación interior. Dentro se oía un crujir, seguido de un acceso de tos. El viejo Hua esperó a que se calmara y llamó en voz baja: "Pequeño Shuan... no te levantes... ¿La tienda? Tu madre se encargará."




Cuando el viejo Hua oyó que su hijo ya no hablaba, supuso que se había dormido tranquilo y salió. La calle estaba sumida en la oscuridad y completamente vacía; solo se distinguía con claridad un camino gris blanquecino. La luz del farol iluminaba sus pies, uno tras otro, avanzando. De vez en cuando se cruzaba con algún perro, pero ninguno ladró. El aire era mucho más frío que dentro de la casa; sin embargo, el viejo Hua se sentía animoso, como si de pronto hubiera rejuvenecido, dotado del poder sobrenatural de dar la vida, y sus pasos eran extraordinariamente largos y altos. El camino se hacía cada vez más claro y el cielo cada vez más luminoso.




El viejo Hua caminaba concentrado cuando se sobresaltó de pronto: a lo lejos distinguió una intersección en forma de T, tendida claramente de través ante él. Retrocedió unos pasos, encontró una tienda cerrada, se deslizó bajo el alero y se apoyó contra la puerta. Al cabo de un rato, sintió frío por todo el cuerpo.




"Hmf, viejo." — "Muy contento..."




El viejo Hua se sobresaltó de nuevo. Al abrir los ojos, vio que varias personas habían pasado por delante de él. Una se volvió a mirarlo: su rostro no se distinguía bien, pero parecía un hambriento que ve comida: en sus ojos brilló un destello de avidez. El viejo Hua miró su farol: se había apagado. Palpó el bolsillo de la chaqueta: duro, todavía ahí. Alzó la cabeza y miró alrededor: mucha gente extraña, en grupos de dos y tres, vagando como fantasmas. Al mirar con más atención, no pudo discernir nada inusual.




Poco después vio a unos soldados; en su ropa, por delante y por detrás, un gran círculo blanco, visible incluso desde lejos. En los que pasaban de cerca, también se distinguía el ribete rojo oscuro del uniforme. Resonaron pasos y, en un abrir y cerrar de ojos, un gran tropel de gente pasó a empujones. Los grupos dispersos se fundieron de pronto en una masa y se lanzaron hacia adelante como una marea; al llegar a la intersección en T, se detuvieron bruscamente y formaron un semicírculo.




El viejo Hua también miró en aquella dirección, pero solo vio una pared de espaldas; todos los cuellos se estiraban, como patos sujetos por una mano invisible que los levantara. Se hizo el silencio; luego pareció oírse un sonido, y la multitud se agitó; con un rugido, todos retrocedieron, hasta donde estaba el viejo Hua, casi derribándolo.




"¡Eh! ¡Dinero por mercancía!" Un hombre vestido todo de negro se plantó ante el viejo Hua, con los ojos como dos cuchillos. El viejo Hua se encogió hasta la mitad. El hombre extendió una mano grande; en la otra sostenía un mantou de un rojo vivo, del que seguían goteando gotas rojas.




El viejo Hua buscó las monedas de plata a toda prisa, quiso entregárselas temblando, pero no se atrevía a coger aquello. El hombre se impacientó y gritó: "¿De qué tienes miedo? ¿Por qué no lo coges?" El viejo Hua seguía vacilando; el hombre de negro le arrebató el farol, arrancó la cubierta de papel, envolvió el mantou y se lo metió al viejo Hua en las manos; con la otra mano agarró las monedas de plata, las apretó, se dio la vuelta y se fue. "Este viejo chocho..." murmuró.




"¿Para quién es este remedio?" El viejo Hua también creyó oír que alguien le preguntaba, pero no respondió. Todo su espíritu estaba ahora concentrado en el paquete, como si abrazara a un hijo único nacido tras diez generaciones. Todo lo demás había dejado de importar. Ahora quería trasplantar esta nueva vida contenida en el paquete a su hogar y cosechar mucha felicidad. El sol también había salido; ante él se extendía un camino ancho que conducía directamente a su casa, y detrás, la luz iluminaba los cuatro caracteres dorados y apagados "Gu-Ting" del letrero roto de la intersección en T.




Segunda parte

Cuando el viejo Hua llegó a casa, la tienda ya estaba limpia y arreglada, una fila tras otra de mesas de té, relucientes y pulidas. Pero no había clientes; solo el pequeño Shuan sentado a una mesa del fondo, comiendo. Gruesas gotas de sudor le rodaban por la frente, la chaqueta forrada se le pegaba a la espalda y los dos omóplatos sobresalían como un carácter "ocho" en relieve. El viejo Hua, al ver esto, no pudo evitar fruncir de nuevo el entrecejo que acababa de distender. Su mujer salió apresuradamente de la cocina, con los ojos muy abiertos y los labios ligeramente temblorosos.




"¿Lo conseguiste?"




"Sí."




Los dos entraron juntos en la cocina y deliberaron un rato; la señora Hua salió y no tardó en volver con una vieja hoja de loto, que extendió sobre la mesa. El viejo Hua también abrió la cubierta del farol y envolvió de nuevo el mantou rojo con la hoja de loto. El pequeño Shuan había terminado de comer; su madre dijo apresuradamente:




"Pequeño Shuan, quédate ahí sentado, no vengas aquí."




Mientras avivaba el fuego del fogón, el viejo Hua metió el paquete verde y el farol roto de rojo y blanco juntos en el fogón. Cuando pasó una llamarada roja y negra, un extraño aroma se extendió por toda la tienda.




"¡Qué bien huele! ¿Qué dulces estáis comiendo?" Era el joven Cinco Jorobado, que acababa de llegar. Este hombre se pasaba todos los días en la casa de té, llegaba el primero y se iba el último; en ese momento se coló hasta la mesa del rincón que daba a la calle, se sentó y preguntó, pero nadie le respondió. "¿Gachas de arroz tostado?" Siguió sin respuesta. El viejo Hua salió a toda prisa y le sirvió el té.




"¡Pequeño Shuan, ven adentro!" La señora Hua llamó a Shuan al cuarto interior, donde colocó un taburete en medio. Shuan se sentó. Su madre le trajo un platillo con unas bolas negras y dijo en voz baja:




"Cómetelo... y te pondrás bien."




Shuan cogió aquella cosa negra y la miró un rato, como si sostuviera su propia vida; sentía en el corazón una extrañeza indecible. Con sumo cuidado la abrió: de la corteza quemada brotó un chorro de vapor blanco; al disiparse, aparecieron dos mitades de un mantou de harina blanca. No pasó mucho tiempo antes de que todo hubiera ido a parar al estómago, pero no recordaba a qué sabía; ante él quedó solo un plato vacío. A su lado, de un lado estaba su padre, del otro su madre, y las miradas de ambos parecían querer inyectar algo dentro de él y a la vez extraer algo; no pudo evitar que le latiera el corazón, se apretó el pecho y le vino otro acceso de tos.




"Duerme un rato... y te pondrás bien."




Shuan, obedeciendo a su madre, se acostó tosiendo. La señora Hua esperó a que su respiración se calmara; entonces le cubrió suavemente con una colcha de retales.




Tercera parte

La tienda estaba llena de gente, y el viejo Hua no paraba, yendo y viniendo con la gran tetera de cobre para servir el té a los clientes; sus cuencas oculares estaban rodeadas de círculos negros.




"Viejo Hua, ¿estás un poco indispuesto? ¿Estás enfermo?" dijo un hombre de barba entrecana.




"No."




"¡No! Pues te veo sonriente, no parece que..." El hombre de barba entrecana retiró sus propias palabras.




"El viejo Hua solo está ocupado. Si su hijo..." El joven Cinco Jorobado no había terminado la frase cuando irrumpió un hombre de rostro carnoso y brutal, con una chaqueta de tela negra desabrochada y ceñida de cualquier manera con un ancho cinturón negro. Nada más entrar, gritó al viejo Hua:




"¿Se lo ha comido? ¿Se ha curado? Viejo Hua, ¡tienes una suerte! Tienes suerte de que yo tenga buenos contactos..."




El viejo Hua, con la tetera en una mano y la otra respetuosamente caída, escuchaba con una sonrisa. Todos los presentes escuchaban también con respeto. La señora Hua, también con ojeras oscuras, salió sonriente a servir el tazón de té con hojas, añadió una aceituna, y el viejo Hua le echó agua caliente.




"¡Este es garantizado! Es algo fuera de lo común. Piénsalo: cogido caliente, comido caliente." El hombre de cara brutal no dejaba de gritar.




"De verdad, si no fuera por la bondad del tío Kang, cómo habríamos podido..." La señora Hua también le daba las gracias con gratitud.




"¡Garantizado, garantizado! Comido así, caliente. Un mantou de sangre humana como este cura cualquier tisis."




La señora Hua, al oír la palabra "tisis", cambió ligeramente de color, como si se molestara; pero al instante volvió a poner una sonrisa y se alejó esquivándose. El tío Kang, sin embargo, no se dio cuenta y siguió gritando a voz en cuello, y dentro, el pequeño Shuan, que dormía, también se unió tosiendo.




"Así que tu pequeño Shuan ha tenido tanta suerte. Esta enfermedad se curará sin duda; no es de extrañar que el viejo Hua sonría todo el día." El hombre de barba entrecana habló mientras se acercaba al tío Kang y le preguntó en voz baja: "Tío Kang, dicen que hoy han ejecutado a un preso que es el hijo de la familia Xia. ¿De quién es hijo? ¿Qué hizo?"




"¿De quién? ¡Del hijo de la tía Cuatro Xia, nada menos! ¡Ese mocoso!" El tío Kang, al ver que todos aguzaban los oídos, se puso más contento; los bloques de carne de su cara se hincharon y habló aún más fuerte: "Ese chiquillo no quería vivir, pues que no viviera. De este trato yo no he sacado nada; hasta la ropa que le quitaron se la llevó el vigilante Ojosrojos Ah Yi. El primero en tener suerte es nuestro tío Shuan; el segundo, el tío Tres Xia, que se embolsó veinticinco taeles de plata reluciente, sin gastar un centavo."




El pequeño Shuan salió lentamente del cuartito, con las manos en el pecho, tosiendo sin parar; fue a la cocina, se sirvió un cuenco de arroz frío, le echó agua caliente, se sentó y comió. La señora Hua lo siguió y le preguntó en voz baja: "Pequeño Shuan, ¿estás mejor? ¿Sigues con hambre?"




"¡Garantizado, garantizado!" El tío Kang echó una mirada a Shuan y volvió la cara hacia los presentes: "El tío Tres Xia es un tipo listo; si no hubiera denunciado al muchacho a las autoridades, a toda su familia le habrían cortado la cabeza. ¿Y ahora qué? ¡Plata! Ese mocoso tampoco era nada bueno: estando en la cárcel, todavía quería convencer al carcelero de que se rebelara."




"¡Vaya! Eso ya es demasiado." Un joven de poco más de veinte años, sentado en la fila de atrás, mostró una expresión de indignación.




"¿Sabéis lo que pasó? Ojosrojos Ah Yi fue a sonsacarle, y el muchacho se puso a hablar con él. Dijo: 'Este imperio Qing es de todos nosotros.' ¿Os parece que eso lo dice un ser humano? Ojosrojos ya sabía que en su casa solo tenía una madre vieja, pero no se esperaba que fuera tan pobre que no se le pudiera exprimir ni una gota; ya estaba reventando de rabia. Y encima el muchacho va y le rasca la cabeza al tigre; así que le dio dos bofetadas."




"El hermano Yi tiene un buen puño; esas dos le habrán bastado para aprender." El jorobado del rincón se animó de repente.




"A ese descarado no le asustan los golpes; encima dice que hay que tener compasión."




"¡Compasión de qué, si se pega a esa clase de gente!" dijo el hombre de barba entrecana.




El tío Kang mostró una expresión de desprecio y dijo con una risa fría: "No has entendido bien lo que dije. Mirad su actitud: ¡dice que hay que tener compasión de Ah Yi!"




Las miradas de los presentes se quedaron de pronto algo rígidas; la conversación se detuvo. El pequeño Shuan ya había terminado de comer, chorreando sudor por todo el cuerpo, y le salía vapor de la cabeza.




"¡Compadecerse de Ah Yi! Delirios, está completamente loco", dijo el hombre de barba entrecana como si de pronto lo comprendiera.




"Loco", repitió el joven de veintitantos años.




Los parroquianos de la tienda volvieron a animarse y charlaron entre risas. El pequeño Shuan, aprovechando el bullicio, se puso a toser desesperadamente; el tío Kang se acercó, le dio una palmada en el hombro y dijo:




"¡Garantizado! Pequeño Shuan, no tosas así. ¡Garantizado!"




"Loco", asintió el Cinco Jorobado moviendo la cabeza.




Cuarta parte

El terreno fuera de la Puerta Occidental, al pie de la muralla, era terreno público. Por el centro serpentaba un sendero estrecho y torcido, hollado por los pies de quienes preferían el atajo, pero que se había convertido en una frontera natural. A la izquierda del sendero yacían los ejecutados y los muertos en prisión; a la derecha, las fosas comunes de los pobres. A ambos lados, las tumbas se apilaban capa sobre capa, como los mantou en una celebración de cumpleaños en una casa rica.




Aquel año, la fiesta de Qingming fue excepcionalmente fría. Los sauces apenas habían brotado yemas del tamaño de medio grano de arroz. Poco después del amanecer, la señora Hua ya había dispuesto cuatro platillos de comida y un cuenco de arroz ante una tumba fresca en el lado derecho, y llorado. Tras quemar papel moneda, se sentó abatida en el suelo, como si esperara algo, aunque ella misma no habría sabido decir qué.




En el sendero apareció otra mujer, también de pelo medio cano, con ropas harapientas, llevando un viejo cesto lacado de rojo del que pendía una ristra de lingotes de papel. Daba tres pasos y descansaba uno. Cuando de pronto vio a la señora Hua sentada en el suelo, vaciló, y en su rostro ceniciento apareció algo parecido a la vergüenza; pero al final se armó de valor y fue a la tumba del lado izquierdo, donde depositó su cesto.




Esta tumba estaba alineada con la del pequeño Shuan, separada solo por el estrecho sendero. La señora Hua la vio colocar cuatro platillos de comida y un cuenco de arroz, quedarse de pie llorando y quemar lingotes de papel, y pensó en silencio: "En esa tumba también yace un hijo." La anciana miró alrededor; de pronto le empezaron a temblar las manos y los pies, retrocedió tambaleándose unos pasos y se quedó mirando con los ojos desorbitados.




La señora Hua temió que pudiera perder la razón de pena, se levantó, cruzó el sendero y dijo en voz baja: "Querida señora, no llore más. Vayamos a casa."




La mujer asintió pero siguió mirando hacia arriba, susurrando: "Mire... mire, ¿qué es eso?"




La señora Hua siguió la dirección de su dedo y vio la tumba ante ella. La hierba sobre la tumba no se había cerrado del todo, dejando ver manchas de tierra amarilla desnuda que tenían un aspecto desagradable. Mirando con más atención, también ella se sobresaltó: se distinguía con claridad una corona de flores rojas y blancas rodeando la cúspide redondeada de la tumba.




Ambas eran présbitas desde hacía muchos años, pero estas flores rojas y blancas las veían con claridad. No eran muchas, dispuestas en un círculo, no muy vigorosas pero ordenadas. La señora Hua miró rápidamente la tumba de su hijo y las demás: solo unas pocas florecitas azul blanquecinas, indiferentes al frío, florecían aquí y allá; de pronto sintió en su corazón una sensación de insuficiencia y vacío. La anciana se acercó unos pasos más, lo examinó todo con detenimiento y habló para sí misma: "Estas no tienen raíces, no crecieron solas. ¿Quién viene aquí? Los niños no vendrían a jugar; los parientes dejaron de venir hace tiempo. ¿Qué significa esto?" Pensó y pensó, y las lágrimas volvieron a correr, y exclamó en voz alta:




"¡Yu-er, todos te han hecho una injusticia, no puedes olvidarlo, tu corazón pesa demasiado, y hoy muestras esta señal para que yo lo sepa! Si de verdad estás aquí y oyes mis palabras, haz que ese cuervo vuele a la cima de tu tumba y muéstramelo."




La brisa ligera había cesado hacía rato; la hierba seca se erguía rígida y recta como alambre de cobre. Una voz temblorosa se fue apagando en el aire hasta desvanecerse; alrededor reinaba un silencio de muerte. Las dos mujeres se quedaron de pie entre la hierba marchita, mirando al cuervo; el cuervo estaba posado entre las ramas rectas, con la cabeza encogida, inmóvil como si fuera de hierro fundido.




Pasó mucho tiempo; poco a poco fueron llegando más visitantes a las tumbas, algunos viejos, algunos jóvenes, apareciendo y desapareciendo entre los montículos de tierra.




La señora Hua sintió como si le hubieran quitado un peso de encima y quiso irse. Consoló a la otra: "Vayámonos a casa."




La anciana suspiró, recogió sin ganas la comida, vaciló otro momento y finalmente se alejó despacio, murmurando para sí: "¿Qué significará todo esto?..."




Apenas habían dado veinte o treinta pasos cuando de pronto oyeron a sus espaldas un fuerte "¡Croac!" Ambas se sobresaltaron y se volvieron: el cuervo desplegó las alas, se encogió un instante y salió volando como una flecha hacia el cielo lejano.




(Abril de 1919.)




Mañana (明天)

"Ni un ruido... ¿qué le pasa al pequeño?"




El viejo Gong, nariz roja, sostenía un cuenco de vino de arroz amarillo mientras hablaba, señalando con la barbilla hacia la pared medianera. Piel Azul Ah Wu dejó su cuenco de vino y le dio un manotazo con toda su fuerza en la espalda al viejo Gong, farfullando confusamente:




"Tú... tú tú estás otra vez pensando en eso..."




El hecho era que el pueblo de Lu era un lugar tranquilo donde aún se conservaban viejas costumbres: antes de la primera vela, todos cerraban la puerta y se iban a dormir. A altas horas de la noche solo velaban dos casas: una era la taberna Xianheng, donde unos cuantos compañeros de bebida se sentaban en torno al mostrador bebiendo y comiendo alegremente; la otra era la casa contigua de la cuarta cuñada Shan, que desde que enviudó hacía dos años tenía que hilar algodón con sus propias manos para mantenerse a sí misma y a su hijo de tres años, y por eso también se acostaba tarde.




Estos últimos días, en efecto, no se había oído el ruido de la rueca. Pero como solo dos casas estaban despiertas a esas horas, el viejo Gong y los suyos eran los únicos que oían si había ruido o silencio en casa de la cuñada Shan.




El viejo Gong había recibido el golpe y parecía complacido; tomó un gran trago de vino y se puso a tararear una cancioncilla.




En ese momento, la cuñada Shan estaba sentada en el borde de la cama sosteniendo a su Bao'er. La rueca se erguía en silencio sobre el suelo. A la luz mortecina del candil, el rostro de Bao'er era rojizo con un tinte azulado. La cuñada Shan calculaba mentalmente: ya había consultado el oráculo divino, ya había hecho un voto, ya había probado remedios caseros; si nada funcionaba, no le quedaba más que ir a ver al doctor He. Pero quizá Bao'er estaba más liviano de día y más grave de noche, y mañana, al salir el sol, bajaría la fiebre y se calmaría la respiración sibilante: eso era algo que les pasaba a menudo a los enfermos.




La cuñada Shan era una mujer ruda y torpe que no comprendía lo temible de la palabra "pero": muchas cosas malas se vuelven buenas gracias a ella, pero muchas buenas también se echan a perder por su culpa. Las noches de verano son cortas; poco después de que el viejo Gong y los suyos terminaran de tararear su canción, el este comenzó a clarear; pronto la luz plateada del alba se filtró por las rendijas de la ventana.




La cuñada Shan esperaba el amanecer, pero no le resultaba tan fácil como a los demás: le parecía extraordinariamente lento; cada respiración de Bao'er parecía durar más de un año. Ahora por fin había claridad; la luz del día dominó a la del candil: vio que las aletas de la nariz de Bao'er se abrían y cerraban como un abanico.




La cuñada Shan supo que las cosas no iban bien, exclamó "¡ay!" para sus adentros y se decidió: solo le quedaba un camino, ir a ver al doctor He. Aunque era una mujer ruda, sabía tomar decisiones. Se puso en pie, sacó del arcón de madera los trece pequeños dólares de plata y los ciento ochenta monedas de cobre que había ahorrado día a día, se los metió todos en el bolsillo, cerró con llave y salió corriendo con Bao'er en brazos hacia la casa del doctor He.




Aún era temprano, pero en casa de los He ya había cuatro pacientes esperando. Sacó cuatro monedas de diez centavos, compró su número, y le tocó el quinto turno. El doctor He le puso dos dedos en el pulso, con uñas de más de cuatro pulgadas de largo. La cuñada Shan se maravilló en secreto y calculó: Bao'er tendría que salvarse. Pero no podía evitar la ansiedad y, apurada, preguntó:




"Doctor... ¿qué enfermedad tiene mi Bao'er?"




"Tiene obstruido el jiao medio."




"¿No es grave? Él..."




"Primero tome dos recetas."




"No puede respirar, las aletas de la nariz se le mueven como abanicos."




"Eso es fuego que domina al metal..."




El doctor He pronunció media frase y cerró los ojos; la cuñada Shan ya no se atrevió a seguir preguntando. Un hombre de unos treinta y tantos años, sentado frente al doctor He, acabó de escribir una receta y señaló unos caracteres en una esquina del papel:




"El primer ingrediente, las píldoras Baoying de rescate vital, solo se consiguen en la farmacia antigua Jishi de la familia Jia."




La cuñada Shan tomó la receta y caminó pensando. Aunque era mujer ruda, sabía que la casa de los He, la farmacia Jishi y su propia casa formaban un triángulo; lo más práctico era comprar la medicina de camino a casa. Así que corrió directamente a la farmacia Jishi. El dependiente, también con largas uñas, examinó despacio la receta y envolvió despacio la medicina. La cuñada Shan esperaba con Bao'er en brazos; de pronto Bao'er levantó su manita y tiró con fuerza de un mechón de pelo suelto de ella. Era algo que jamás había hecho; la cuñada Shan se quedó paralizada de espanto.




El sol ya había salido hacía rato. La cuñada Shan iba con el niño en brazos y el paquete de medicina, y cuanto más caminaba más pesado le parecía todo; el niño no paraba de forcejear y el camino se hacía interminable. Sin poder más, se sentó en el umbral de una mansión al borde del camino a descansar un poco; la ropa se le fue enfriando sobre la piel, y solo entonces se dio cuenta de que estaba empapada en sudor. Bao'er parecía haberse dormido. Cuando se levantó y siguió caminando despacio, tampoco podía sostenerse, y de pronto oyó junto al oído:




"¡Cuñada Shan, deja que te lleve al niño!" Parecía la voz de Piel Azul Ah Wu.




Alzó la vista y, efectivamente, era Piel Azul Ah Wu, que la seguía con ojos soñolientos.




En ese momento, la cuñada Shan habría deseado que bajara del cielo un general celestial para echarle una mano, pero no habría querido que fuera Ah Wu. Sin embargo, Ah Wu tenía un poco de caballero andante en él y, por más que ella se negara, insistía en ayudar. Tras un tira y afloja, al fin obtuvo permiso. Extendió los brazos y los deslizó entre el pecho de la cuñada Shan y el niño, llevándose al pequeño. La cuñada Shan sintió una corriente caliente en el pecho que al instante le subió a la cara y a las orejas.




Los dos caminaron a dos pies y medio de distancia el uno del otro. Ah Wu dijo unas cosas, pero la cuñada Shan casi no contestó. Al poco rato, Ah Wu le devolvió al niño, diciendo que era la hora de una comida que había pactado con unos amigos el día anterior. La cuñada Shan tomó al niño. Por suerte ya no quedaba mucho; desde lejos vio a la tía Wang Nueve sentada en la calle frente a su casa, y esta le habló desde lejos:




"Cuñada Shan, ¿qué le pasa al niño? ¿Lo ha visto un doctor?"




"Sí, lo he llevado. Tía Wang Nueve, usted tiene experiencia y ha visto mucho. ¿Por qué no le echa un vistazo?"




"Mmm..."




"¿Y qué...?"




"Mmm..." La tía Wang Nueve lo examinó con atención, asintió dos veces y meneó la cabeza dos veces.




Bao'er tomó la medicina; ya era la tarde. La cuñada Shan lo observaba con atención: parecía haberse calmado bastante. Por la tarde, de pronto abrió los ojos y llamó "¡Mamá!", y volvió a cerrar los ojos como si se hubiera dormido. Durmió un rato; en la frente y en la punta de la nariz le brotaron gotitas de sudor, una a una. La cuñada Shan lo tocó suavemente: el sudor era pegajoso como cola; se palpó el pecho apresuradamente y no pudo contener los sollozos.




La respiración de Bao'er pasó de calmada a inexistente, y los sollozos de la cuñada Shan se convirtieron en alaridos. Para entonces se habían congregado varios grupos de personas: dentro de la puerta, la tía Wang Nueve, Piel Azul Ah Wu y los de su calaña; fuera, el dueño de la taberna Xianheng y el viejo Gong nariz roja. La tía Wang Nueve dio las órdenes: quemó una ristra de papel moneda y, empeñando dos bancos y cinco prendas de ropa, pidió prestados dos dólares de plata para la cuñada Shan, para dar de comer a los que ayudaban.




El primer problema fue el ataúd. A la cuñada Shan le quedaban unos pendientes de plata y una horquilla de plata bañada en oro; se los entregó al dueño de la taberna Xianheng para que sirviera de garante, y así comprar un ataúd, mitad al contado mitad al fiado. Piel Azul Ah Wu también alargó la mano, muy dispuesto a ofrecerse voluntario; pero la tía Wang Nueve no lo dejó, y solo le asignó la tarea de cargar el ataúd al día siguiente. Ah Wu maldijo "vieja bestia" y se quedó plantado con los labios fruncidos. El dueño de la taberna se marchó; por la noche regresó diciendo que el ataúd habría que hacerlo a medida y no estaría listo hasta pasada la medianoche.




Cuando el dueño volvió, los que ayudaban ya habían comido; como en el pueblo de Lu aún se conservaban viejas costumbres, antes de la primera vela todos se habían ido a dormir. Solo Ah Wu seguía apoyado en el mostrador de la taberna Xianheng, bebiendo, y el viejo Gong tarareando.




En ese momento, la cuñada Shan estaba sentada en el borde de la cama llorando; Bao'er yacía en la cama; la rueca se erguía silenciosa sobre el suelo. Después de mucho rato, las lágrimas de la cuñada Shan se agotaron; abrió mucho los ojos y miró alrededor: todo le parecía imposible. Calculó mentalmente: no es más que un sueño, todo esto es un sueño. Mañana, al despertarse, estaré bien acostada en la cama, y Bao'er dormirá tranquilo a mi lado. Él también despertará, dirá "mamá" y se irá a jugar lleno de vida.




La canción del viejo Gong se había silenciado hacía rato; la taberna Xianheng también había apagado las luces. La cuñada Shan tenía los ojos abiertos de par en par, sin poder creer lo que había ocurrido. Los gallos cantaron; en el este fue clareando poco a poco; la luz plateada del alba se filtró por las rendijas de la ventana.




La luz plateada del alba se fue tiñendo de rojo, y los rayos del sol iluminaron el caballete del tejado. La cuñada Shan, con los ojos abiertos, se quedó sentada como aturdida; al oír que llamaban a la puerta se sobresaltó y corrió a abrir. En la puerta había un desconocido con algo a la espalda; detrás estaba la tía Wang Nueve.




Ah, habían traído el ataúd.




Por la tarde, el ataúd fue por fin cerrado: la cuñada Shan lloraba un rato y miraba otro, resistiéndose a cerrarlo. Por suerte la tía Wang Nueve perdió la paciencia, se lanzó furiosa hacia adelante, la apartó de un tirón, y entre todos cerraron la tapa como pudieron.




Pero la cuñada Shan había atendido a su Bao'er con todo su corazón, sin omisión alguna. El día anterior había quemado una ristra de papel moneda; por la mañana quemó cuarenta y nueve rollos del Gran Sutra de la Compasión. Al amortajarlo, le puso su ropa más nueva; sus juguetes favoritos —un muñeco de barro, dos cuenquitos de madera, dos botellitas de cristal— los colocó todos junto a la almohada. La tía Wang Nueve, contando con los dedos y meditando con cuidado, tampoco pudo encontrar la menor omisión.




Aquel día, Piel Azul Ah Wu no apareció en todo el día; el dueño de la taberna Xianheng contrató para la cuñada Shan a dos porteadores, a doscientas diez monedas de cobre cada uno, para llevar el ataúd al cementerio público. La tía Wang Nueve también le ayudó a cocinar, y todos los que habían echado una mano o abierto la boca comieron. El sol fue tomando color de ponerse; los que habían comido también mostraron aspecto de querer irse a casa, y al final todos se fueron.




La cuñada Shan sintió algo de vértigo; descansó un rato y, sorprendentemente, se encontró un poco más tranquila. Pero enseguida se sintió muy rara: le había ocurrido algo que jamás le había pasado en la vida, algo que no parecía posible, y sin embargo había sucedido. Cuanto más pensaba más extraño le parecía, y percibió otra cosa rara: la casa estaba de pronto demasiado silenciosa.




Se puso en pie, encendió el candil; la casa parecía más silenciosa aún. Fue aturdida a cerrar la puerta, volvió y se sentó en el borde de la cama. La rueca seguía erguida en silencio en el suelo. Se serenó y miró a su alrededor: no solo la casa era demasiado silenciosa, sino también demasiado grande, y demasiado vacía. La casa demasiado grande la envolvía por los cuatro costados; la vacuidad demasiado grande la aplastaba por los cuatro costados, sin dejarla respirar.




Ahora sabía que su Bao'er estaba verdaderamente muerto. No quería ver la casa; apagó el candil y se acostó. Lloró y pensó: pensó en aquel tiempo en que ella hilaba algodón y Bao'er se sentaba a su lado comiendo habas de anís, mirándola con sus ojitos negros durante un rato, y luego decía: "Mamá... papá vendía wonton, cuando sea mayor yo también venderé wonton, venderé mucho mucho dinero... y te lo daré todo." En aquel tiempo, hasta el algodón que hilaba parecía tener sentido pulgada a pulgada, pulgada a pulgada estaba vivo. Pero, ¿y ahora? En cuanto al presente, la cuñada Shan no acertaba a pensar en nada. Ya lo dije antes: era una mujer ruda. ¿Qué podía pensar? Solo sentía que la casa era demasiado silenciosa, demasiado grande, demasiado vacía.




Pero aunque era ruda, la cuñada Shan sabía que los muertos no resucitan y que a su Bao'er no volvería a verlo. Suspiró y dijo para sí: "Bao'er, deberías seguir aquí. Ven a verme en sueños." Entonces cerró los ojos, queriendo dormirse cuanto antes para encontrarse con su Bao'er; su respiración penosa atravesaba el silencio, la vastedad y el vacío, y ella misma la oía con claridad.




La cuñada Shan acabó por hundirse en un sueño nebuloso; toda la casa quedó en silencio. Para entonces la cancioncilla del viejo Gong nariz roja ya se había acabado hacía rato; salió tambaleándose de la taberna Xianheng, y con voz aguda entonó:




"¡Ay, amor mío! Pobrecita de ti, tan sola y abandonada..."




Piel Azul Ah Wu le agarró del hombro y los dos se fueron riendo y empujándose, torcidos y trastabillando.




La cuñada Shan ya dormía hacía rato, el viejo Gong y los suyos se habían ido, y la taberna Xianheng también había cerrado sus puertas. El pueblo de Lu quedó sumido en un silencio total. Solo la noche oscura, tratando de convertirse en mañana, seguía corriendo a través de aquel silencio; y unos cuantos perros, ocultos en la oscuridad, aullaban quedamente.




(Junio de 1920.)




Mi amor perdido (我的失恋)

—— Poema satírico a la antigua usanza




Mi amada vive en la ladera del monte; quise ir a buscarla, pero el monte era demasiado alto, bajé la cabeza impotente y las lágrimas mojaron mi túnica.




Mi amada me regaló un pañuelo de cien mariposas; ¿qué le di yo a cambio? Un búho. Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso; no sé por qué, pero se me encoge el corazón.




Mi amada vive en el bullicio de la ciudad; quise ir a buscarla, pero la gente se apiñaba, alcé la cabeza impotente y las lágrimas me mojaron las orejas.




Mi amada me regaló un cuadro de dos golondrinas; ¿qué le di yo a cambio? Calabaza confitada. Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso; no sé por qué, pero me confundo.




Mi amada vive junto al río; quise ir a buscarla, pero el río era demasiado profundo, ladeé la cabeza impotente y las lágrimas mojaron mi solapa.




Mi amada me regaló una cadena de reloj de oro; ¿qué le di yo a cambio? Un sudorífico. Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso; no sé por qué, pero sufro una crisis de nervios.




Mi amada vive en una mansión; quise ir a buscarla, pero no tengo automóvil, meneé la cabeza impotente y las lágrimas caían como lino.




Mi amada me regaló una rosa; ¿qué le di yo a cambio? Una serpiente coral. Desde entonces me dio la espalda y no me hizo caso; no sé por qué... ¡que haga lo que quiera!




Venganza (segunda parte) (复仇·其二)

Puesto que todo era así, le clavaron las manos y los pies en la cruz y lo erigieron. Él no se resistió. No pudo resistir.




La cruz fue levantada. Él estaba suspendido en ella.




Entonces sintió dolor. El dolor del hierro clavado le atravesó la médula y le recorrió todo el cuerpo; sintió un placentero martirio.




En el dolor, suspiró:




"Elí, Elí, ¿lama sabactani?" (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)




Las voces se elevaron desde abajo: "Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz."




"¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!"




Espinas le coronaban la cabeza; su sangre goteaba al suelo; soldados dividían sus ropas. La multitud contemplaba el espectáculo. Dos ladrones colgados junto a él: uno lo insultó, el otro pidió memoria.




Cuando dio su último aliento, el cielo se oscureció. La tierra tembló. Las rocas se partieron. Y el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo.




La bendición (祝福)

El día de la víspera de Año Nuevo, según el calendario lunar, sonaban por todas partes las explosiones de los petardos de despedida del año viejo. Yo aproveché que las nubes del crepúsculo iban cubriendo todo el pueblo de Lu para volver a casa del cuarto tío. Aunque lo llamaba "tío", en realidad era de la generación anterior, y había que llamarle "cuarto tío"; era un neoclasicista que suspiraba por los tiempos pasados.




En ese momento no tenía mucho que hacer. Al día siguiente sería el día de la bendición, para la cual había que preparar la ceremonia. Debían comprarse incienso y velas, el cerdo debía sacrificarse, el pollo debía desplumarse, y la esposa del cuarto tío llevaba todo el día muy atareada.




Cuando oscureció, me quedé sentado solo. La lámpara de aceite arrojaba una débil luz, que hacía más densa aún la densa oscuridad del cuarto.




Fui al encuentro de ella cuando salía a buscar leña; su cara era cenicienta y demacrada, los ojos ya no tenían la viveza de antes. Los cabellos eran blancos, los labios secos, la expresión vacía. Era Xianglin Sao.




Ella me vio, no mostró señal alguna particular, solo movió los labios sin color: "Ah... usted ha venido también."




Le dije que sí. "Eso está bien", dijo. "Justamente quería preguntarle algo. Usted es persona instruida, ha viajado y ha visto mucho. Quería preguntarle una cosa..." Sus ojos mate se encendieron un poco.




No esperaba semejante pregunta de su parte y me quedé perplejo.




"Es que... después de que uno muere, ¿existe o no existe el alma?"




Me sobresalté. Sus ojos me miraban fijamente. Un escalofrío me recorrió la espalda. Su pregunta era mucho más inquietante que un examen imprevisto en la escuela. Me sentía extraordinariamente incómodo. En cuanto a la existencia o no del alma, yo mismo nunca lo había tenido claro. ¿Qué podía contestarle? En ese instante brevísimo pensé que en aquel pueblo la gente creía en fantasmas, y ella sin duda también, de modo que quizá era mejor decirle que sí existían, aunque eso podría avivar su miedo. Vacilé un rato y al fin dije:




"Quizá... creo que sí."




"Entonces, ¿también existe el infierno?"




"¡Ah! ¿El infierno?" Me quedé muy desconcertado; solo pude farfullar: "¿El infierno? Pues... según la lógica, también debería existir. Pero no necesariamente... ¿Quién se fija en eso?"




"Entonces, ¿los miembros de una familia se ven después de morir?"




"Ah, si se ven o no..." Comprendí que estaba completamente perdido; por mucho que hubiera leído, no sabía dar una respuesta clara. Al final balbuceé: "Eso... no lo tengo claro... La verdad, si existen o no, tampoco estoy seguro."




Aproveché que ya no me seguía preguntando, me escabullí a paso ligero y corrí de vuelta a la casa del cuarto tío, con un gran desasosiego en el corazón. Me dije: mi respuesta podría ser peligrosa para ella. Probablemente porque en la bendición de los demás, sentía su propia soledad. Pero ¿tendrían esas palabras otro sentido? ¿O acaso presentía algo? Si hubiera otro sentido, y a causa de ello ocurriera algo, entonces mi respuesta debería cargar con cierta responsabilidad... Pero después me reí de mí mismo, pensando que un encuentro casual no tiene profundidad alguna, que me empeñaba en leer demasiado entre líneas. No era de extrañar que los educadores dijeran que yo padecía de nervios. Además, bien claramente había dicho "no lo tengo claro", lo cual invalidaba toda mi respuesta. Aunque pasara algo, conmigo no tenía nada que ver.




En la taberna (在酒楼上)

Él también me preguntó qué había sido de mí; le di un resumen mientras llamaba al camarero para que trajera una taza y palillos, y le invité a que bebiera de mi vino mientras pedía dos jin más. Mientras tanto, pedimos platos: antes solíamos ser completamente desinhibidos, pero ahora nos poníamos corteses y ceremonias, y al final no quedaba claro quién había pedido qué, así que del menú oral del camarero escogimos cuatro platos: habas con anís, carne en gelatina, tofu frito y pescado seco.




"Cuando volví por primera vez al pueblo de Lu, ni yo mismo había pensado que fuera así", dijo él después de tomar cuatro o cinco tragos de vino. "Lo que quería realmente era llevarle flores a la tumba de mi hermano menor, Shuncheng. Ya sabes que Shuncheng era mi hermano menor, el que murió a los tres años. Yo no le conocí nunca la cara, pero al acordarme de él siempre sentía una pena insoportable, y ahora que estaba de vuelta quería visitarlo. Pero al llegar a casa descubrí que la tumba ya no estaba: había crecido trigo sobre ella. Ni rastro. Entonces estuve buscando y buscando, y al final la encontré, o más bien, donde la encontré ya no era la tumba, sino un pedacito de tierra cultivada. No había ni un montículo."




Mientras contaba esto, miraba por la ventana y bebía lentamente. Por la ventana veíamos una hilera de tejados cubiertos de nieve, y más allá, un cielo gris plomizo. El viento soplaba y ya no nevaba.




"En realidad, eso no importa demasiado; basta con que yo lo recuerde en mi corazón. Debo reconocer que mi venida a Lu ha sido un fracaso. Pero hice otra cosa: Ah Shun, la hija de la vecina, tenía una enfermedad mortal. Me pidieron que consiguiera unas flores rojas de terciopelo, diciendo que las necesitaba para un medicamento. Ahora bien, aquí no crecen esas flores; solo se encuentran en el sur. Como yo volvía del sur, me pidieron que les trajera unas cuantas. ¿Y qué quieres que haga? Se las conseguí, y con eso salvaron a la niña — o más bien, ella se salvó sola; las flores probablemente no tenían nada que ver."




Suspiró, sirvió más vino y siguió bebiendo.




Una familia feliz (幸福的家庭)

Su pluma se detuvo al instante; alzó la cabeza, con los ojos clavados en el techo, meditando sobre dónde ubicar a esta "familia feliz". Pensó: "¿Pekín? No, demasiado asfixiante, hasta el aire está muerto. Si uno construyera un muro alto alrededor de la familia, ¿acaso se cortaría también el aire? ¡Imposible! Jiangsu, Zhejiang, todos los días temen que estalle una guerra; de Fujian ni hablemos. ¿Sichuan, Cantón? Están en plena batalla. ¿Shandong, Henan? Ay, allí secuestran gente; si secuestraran a uno, la familia dejaría de ser feliz. Shanghai y Tianjin, las concesiones tienen alquileres carísimos... ¿En el extranjero? Ridículo. Yunnan y Guizhou, no sé cómo están, pero las comunicaciones son malísimas..." Pensó y pensó, no encontró buen lugar, y estuvo a punto de designarlo como A; pero reflexionó: "Hoy en día, no poca gente se opone a usar letras occidentales para sustituir nombres de personas y lugares, diciendo que disminuye el interés del lector. En mi envío de esta vez, más vale no usarlas, por seguridad. Entonces, ¿dónde? Hunan también está en guerra; Dalian sigue con alquileres caros; Chahar, Jilin, Heilongjiang, dicen que hay bandidos a caballo, ¡tampoco sirve!" Pensó y pensó de nuevo, sin encontrar buen lugar, y al final decidió que el lugar donde vivía esta "familia feliz" se llamaría A.




Un escritor se sienta ante su escritorio e intenta imaginar una familia feliz para su próximo relato. Necesita el dinero que le pagará la revista, así que la familia debe ser lo bastante feliz como para satisfacer a los lectores. Mientras tanto, su propia esposa entra y le reclama dinero para el carbón, para el arroz, para el aceite. Los niños lloran. La casera viene a cobrar el alquiler atrasado. El escritor intenta volver a su historia de la familia feliz, pero la realidad no deja de interrumpirlo. Al final, no escribe nada. La familia feliz permanece sin nacer, ahogada por la infelicidad real del escritor.




(16 de febrero de 1924.)




El jabón (肥皂)

Siming (四铭) volvió a casa con una pastilla de jabón fragante. Su esposa, la señora Siming, lo miró con sospecha. No era habitual que su marido comprara jabón, y menos aún jabón perfumado.




Siming empezó a contar, con aires de indignación moral, lo que había visto en la calle: una joven mendiga, sucia y harapienta, que acompañaba a su abuela ciega, pidiendo limosna y pregonando la piedad filial de la muchacha. Unos gamberros se habían burlado de ella: "Si le dieran un buen baño con jabón, estaría muy guapa."




Siming expresó su indignación ante la grosería de aquellos pilluelos. Pero su esposa le preguntó con mordacidad: "¿Y es por eso que has comprado el jabón?"




Siming se ruborizó y tartamudeó una justificación. El jabón, dijo, era para ella, para su esposa. Pero la señora Siming ya había comprendido: su marido, bajo el disfraz de la indignación moral, había sido perturbado por la misma idea lasciva que los gamberros. El jabón era la prueba de su culpa inconsciente.




"Estaba yo practicando el puño de los ocho trigramas..." Se volvió de inmediato hacia Siming, se plantó bien recto, lo miró, y con la mirada le preguntó qué quería.




Siming no se atrevió a hablar del asunto del jabón directamente. Pero empezó un largo discurso sobre la decadencia moral de los tiempos modernos, sobre cómo la piedad filial se estaba perdiendo, y sobre la necesidad de restaurar los valores confucianos. Todo el discurso, sin embargo, giraba en torno a la muchacha del jabón.




La hipocresía del moralista quedaba así al descubierto por una simple pastilla de jabón.




(18 de marzo de 1924.)




La lámpara eterna (长明灯)

En el templo de Jizhaoming (吉兆明), situado en la aldea del mismo nombre, ardía una lámpara que según la tradición no se había apagado en cientos de años. Un día, un hombre al que todos llamaban Loco (疯子) declaró que quería apagarla.




Los ancianos de la aldea quedaron aterrados. La lámpara era sagrada. Si se apagaba, decían, caerían terribles desgracias sobre la aldea. Intentaron razonar con el Loco, pero él insistía: la lámpara no era más que una lámpara, y mantenerla encendida era superstición pura.




Los aldeanos trataron de detenerlo por todos los medios: primero con argumentos, luego con sobornos, después con amenazas. Al final, lo encerraron. Pero el Loco, desde su encierro, seguía gritando: "¡Apagadla! ¡Apagad esa lámpara!"




Se sentía sin sitio donde estar, así que apagó la vela y salió al patio. Paseaba de un lado a otro; al descuidarse, la gallina y los pollitos se pusieron a piar, y él enseguida alivianó los pasos y se alejó. Pasó mucho rato; la lámpara del salón se trasladó al dormitorio. Vio el suelo bañado en luz de luna, como cubierto de gasa blanca sin costuras; la luna, como un disco de jade, aparecía entre nubes blancas, sin una sola falta visible.




"Todos los días espero que se ponga bien", dijo el cuarto señor después de un breve silencio solemne, hablando despacio. "Pero no se pone bien. No es que no se ponga bien: es que él no quiere ponerse bien. No hay nada que hacer; tal como dice este caballero, mejor encerrarlo, para que no haga daño, para que no deshonre a su padre; quizá así sería mejor, y se haría justicia a su padre..."




La lámpara seguía ardiendo. Los aldeanos seguían temiendo. Y el Loco seguía encerrado, insistiendo en la verdad que nadie quería oír.




(22 de marzo de 1924.)




Un espectáculo público (示众)

Era mediodía de un día de verano, un calor sofocante. En una calle de Pekín, un preso fue exhibido públicamente, atado a un poste en la parte trasera de un carro abierto, con un cartel colgado del cuello que indicaba su crimen. Un guardia armado se sentaba a su lado.




Y la gente se congregó para mirar. Llegaron de todas las direcciones: los ociosos, los curiosos, los que pasaban por allí. Cada uno miraba al preso, y al mismo tiempo miraba a los demás espectadores. Una mujer con un niño en brazos se empinaba para ver mejor. Un estudiante se detenía con gesto de superioridad. Un vendedor ambulante aprovechaba para pregonar sus mercancías.




Nadie sentía compasión. Nadie sentía indignación. Solo curiosidad, la curiosidad vacía de quien mira un espectáculo sin significado alguno. El preso era un objeto, no una persona. Su sufrimiento era entretenimiento.




Y cuando el carro se alejó, la multitud se dispersó, tan silenciosa y rápidamente como se había congregado. Cada uno volvió a lo suyo, como si nada hubiera ocurrido.




(1 de marzo de 1925.)




El maestro Gao (高老夫子)

Gao Erchu (高尔础), que se hacía llamar "Gao el Erudito" (高老夫子), era un hombre que se pavoneaba de su supuesta erudición clásica. Cuando le ofrecieron un puesto como profesor en una escuela femenina, aceptó con entusiasmo: no por vocación pedagógica, sino porque le resultaba halagador enseñar a jovencitas.




Sin embargo, cuando llegó el día de su primera clase, descubrió que las alumnas lo miraban con indiferencia o incluso con diversión. No entendían su pedantería. No se dejaban impresionar por sus citas de los clásicos. Algunas bostezaban abiertamente.




Gao, acostumbrado a la deferencia de los ignorantes, se sintió humillado. Abandonó la clase en medio de la lección, regresó a su estudio y se sentó a jugar al mahjong con sus amigotes de siempre, entre nubes de humo de opio. Allí se sentía seguro, allí nadie cuestionaba su falsa erudición.




La educación de las mujeres seguiría su camino sin el maestro Gao.




La directora de la Escuela Femenina de Virtudes Superiores, señora He Wan Shuzhen, saludó cortésmente con una invitación formal.




(18 de marzo de 1925.)




El solitario (孤独者)

Wei Lianshu (魏连殳) era un hombre extraño. En su juventud fue un idealista ardiente, un reformador que creía en la ciencia, en la democracia, en el progreso. Atacaba las convenciones sociales, desafiaba a los ancianos, escandalizaba a su aldea natal.




Cuando murió su abuela, la única persona que lo quería, Lianshu lloró como un animal herido. Los aldeanos, que lo despreciaban, acudieron al funeral esperando verlo humillado. Pero él los desafió incluso en el duelo: en lugar de seguir los ritos tradicionales, aulló como un lobo sobre la tumba.




El jefe del clan, los parientes cercanos, los familiares por parte de la madre de su abuela, los curiosos, se habían reunido todos en una sala, calculando que con la llegada de Lianshu ya debería ser hora de colocar el cuerpo en el ataúd. El ataúd y las ropas funerarias ya estaban preparados, así que no había nada que planificar. Su primer gran problema era cómo tratar a este "nieto portador del incienso", pues anticipaban que querría cambiar todos los ritos funerarios con nuevas ocurrencias. Tras deliberar, acordaron tres grandes condiciones que debía cumplir: primera, vestir de blanco; segunda, hacer las reverencias de rodillas; tercera, pedir a monjes budistas y taoístas que oficiaran los ritos. En resumen: todo exactamente como siempre.




Después del funeral, Lianshu se hundió gradualmente. Perdió su trabajo. Perdió sus amigos. Perdió su fe en los ideales. Empezó a buscar cualquier empleo para sobrevivir. Finalmente, aceptó un puesto como asesor de un militar, precisamente el tipo de persona que siempre había despreciado.




Cuando fui a visitarlo, lo encontré rodeado de lujo: buena comida, criados, ropa fina. Pero sus ojos estaban muertos. "Ya ves", me dijo con una sonrisa amarga, "me he convertido exactamente en lo que siempre desprecié."




"Ni siquiera quiere ya comer mis cosas", dijo él en voz baja, como burlándose.




Poco después murió. En su funeral, los que más lo habían rechazado acudieron a llorar hipócritamente. Y los niños de la aldea, los únicos que lo habían querido sinceramente porque les regalaba cacahuetes, jugaban alegremente ajenos al drama de los adultos.




(17 de octubre de 1925.)




Lamento por el pasado (伤逝)

—— Apuntes de Juansheng (涓生)




Si pudiera, quisiera escribir mi arrepentimiento y mi tristeza, por Zijun (子君) y por mí mismo.




La habitación ruinosa de la residencia gremial, olvidada en un rincón apartado, estaba así de silenciosa y vacía. El tiempo pasaba tan rápido; hacía ya un año entero que amaba a Zijun, y me había apoyado en ella para escapar de este silencio y este vacío. Y las cosas no pudieron ser más inoportunas: al regresar, la única habitación libre era precisamente esta. Las mismas ventanas rotas, el mismo árbol de sófora medio seco y la vieja glicinia al otro lado de la ventana, la misma mesa cuadrada frente a la ventana, las mismas paredes deterioradas, la misma cama de tablas contra la pared.




"¡Yo soy dueña de mí misma! ¡Nadie tiene derecho a interferir!" Estas fueron las palabras que Zijun pronunció con claridad, decisión y calma después de medio año de trato, cuando hablamos de su tío en Pekín y de su padre en su tierra natal. Esas palabras sacudieron mi alma. Entonces yo ya le había dicho todo sobre mis opiniones, mi pasado, mis defectos, con muy pocas reservas; y ella lo había comprendido todo. Estas frases resonaron en mis oídos durante muchos días, y con una alegría indecible supe que la mujer china no era tan irremediable como decían los pesimistas, y que pronto habría de verse una aurora espléndida.




Al despedirla en la puerta, como de costumbre nos separaban una docena de pasos; como de costumbre, la cara del viejo de bigotes de bagre se pegaba al cristal sucio de su ventana, hasta aplastarse la nariz en una pequeña superficie plana; al salir al patio exterior, como de costumbre estaba la cara del criadito en la ventana reluciente, con una capa más gruesa de crema facial. Ella caminó sin mirar a los lados, orgullosa, sin verlos; yo regresé orgulloso.




Nos mudamos a una casita en el callejón Jizhao, una vivienda humilde pero nuestra. Ella vendió su único anillo de oro y sus pendientes para amueblarla. Al principio la felicidad fue inmensa. Pero con el tiempo, la rutina devoró el amor. Ella se dedicaba enteramente a cocinar, a alimentar a los pollos y al perro Asui. Yo, atrapado en mi trabajo de copista, empecé a sentirme asfixiado.




Ya no recuerdo con claridad cómo le manifesté mi amor puro y apasionado. No solo ahora; incluso entonces, al rato de suceder, se había vuelto borroso; al rememorarlo por la noche, solo quedaban fragmentos. Un mes o dos después de vivir juntos, hasta esos fragmentos se disolvieron en sombras inaprensibles de sueño. Solo recuerdo que en las dos semanas anteriores había estudiado detenidamente la actitud para declararme, el orden de las frases, y las posibles consecuencias de un rechazo. Pero en el momento todo resultó inútil: presa de la turbación, involuntariamente usé un método que había visto en el cine. Al recordarlo después, me avergoncé mucho; pero en la memoria solo queda este momento para siempre, como una lámpara solitaria en un cuarto oscuro, iluminándome mientras, con lágrimas en los ojos, le tomaba la mano y me arrodillaba...




No solo lo mío; tampoco las palabras y gestos de Zijun los percibí con claridad en aquel momento. Solo sé que ella me aceptó. Pero me parece recordar vagamente que se le puso la cara lívida, y luego fue enrojeciendo poco a poco —un carmesí que no había visto antes ni volví a ver—; en sus ojos infantiles brillaba una mezcla de alegría y pena teñida de sorpresa y duda; aunque evitaba mi mirada, parecía querer escapar volando por la ventana. Pero yo sabía que me había aceptado.




Ella, en cambio, lo recordaba todo: mis palabras, las podía recitar como si las hubiera aprendido de memoria; mis gestos, como si tuviera ante sus ojos una película invisible, los describía con viveza y detalle, incluido naturalmente aquel fugaz e indigno gesto cinematográfico. En las noches, cuando todo era silencio, era hora de repasar juntos; a menudo me interrogaba, me ponía a prueba, me mandaba repetir las palabras de entonces; pero siempre era ella quien debía completar, quien debía corregir, como a un estudiante de última categoría.




Perdí mi empleo. La pobreza nos aplastó. Los pollos fueron vendidos, el perro Asui fue abandonado. Zijun, que había sacrificado todo por seguirme, se apagó como una vela en el viento. Al final, le dije la verdad más cruel: "Ya no te amo."




Ella regresó a la casa de su padre. Poco después me enteré de que había muerto. No supe de qué: quizá de frío, quizá de hambre, quizá de dolor.




Y ahora estoy de nuevo en esta habitación, solo con mi arrepentimiento. Quisiera poder decirle: "No era verdad lo que dije. Sí te amaba. Te amé siempre." Pero ya es tarde. Solo me queda caminar hacia adelante, cargando con el peso de mi remordimiento, abriéndome paso entre la oscuridad, mientras llevo conmigo la memoria de Zijun, su valentía, su amor, su sacrificio.




¡El vacío, el vacío! Aunque avance, aunque trabaje, aunque viva, nunca podré llenar este vacío.




La primavera tardía del año pasado fue la época más feliz y también la más atareada. Mi corazón se había apaciguado, pero otra parte de mí, junto con el cuerpo, se había puesto en movimiento. Por fin caminábamos juntos por la calle, habíamos ido unas cuantas veces al parque; lo que más hacíamos era buscar alojamiento. Sentía que en la calle encontraba a cada paso miradas inquisidoras, burlonas, obscenas y despectivas; al menor descuido, todo mi cuerpo se encogía, y tenía que apelar al instante a mi orgullo y mi rebeldía para sostenerme. Ella, en cambio, era intrépida; de todo esto no se preocupaba en absoluto, y avanzaba tranquila y lentamente, serena como si atravesara un lugar desierto.




Buscar alojamiento no era nada fácil: la mayoría de las veces nos rechazaban con pretextos, y en algunos pocos casos éramos nosotros quienes no lo encontrábamos adecuado. Al principio fuimos muy exigentes —o más que exigentes, porque los sitios no parecían apropiados para vivir—; después, lo único que pedíamos era que nos aceptaran. Vimos más de veinte sitios, y al fin encontramos uno que servía provisionalmente: dos habitaciones orientadas al sur en una casita del callejón Jizhao. El propietario era un funcionario menor, pero un hombre razonable, que vivía en la casa principal y las habitaciones laterales. Solo tenía esposa y una hija de menos de un año, y empleaba a una sirvienta del campo; mientras la niña no llorara, todo era extraordinariamente tranquilo y apacible.




Nuestros muebles eran sencillísimos, pero ya se habían llevado la mayor parte de los fondos que yo había reunido; Zijun vendió además su único anillo de oro y sus pendientes. Intenté disuadirla, pero ella insistió, y no insistí más; sabía que si no le dejaba aportar algo, no viviría a gusto.




Con su tío, ella ya se había peleado hacía tiempo, hasta el punto de que él, furioso, dejó de reconocerla como sobrina. Yo también, poco a poco, rompí con varios amigos que creían aconsejarme pero en realidad temían por mí, o quizá me envidiaban. Con todo, aquello resultó muy tranquilo. Cada día, al terminar el trabajo, aunque ya oscurecía y el cochero se obstinaba en ir despacio, al fin había un rato en que estábamos juntos. Primero nos mirábamos en silencio, luego hablábamos con libertad e intimidad, y después volvíamos al silencio. Ambos bajábamos la cabeza, pensativos, aunque en realidad no pensábamos en nada. Yo también, poco a poco, la fui leyendo entera —su cuerpo y su alma—; en tres semanas creí comprenderla mejor, descubriendo velos que antes creía comprender pero que ahora veía como verdadera distancia.




(Concluido el 17 de octubre de 1925.)