Difference between revisions of "Lu Xun Complete Works/es/Ah Q"
| Line 63: | Line 63: | ||
Pero aunque fuera un gusano, le golpeaban la cabeza cinco o seis veces contra la pared y se marchaban satisfechos. Ah Q también se marchaba satisfecho y victorioso. Se consideraba el primer hombre capaz de "autodesprecio", y si se restaba el "auto", quedaba el "primero". ¿Acaso el zhuangyuan (状元) no era también "el primero"? | Pero aunque fuera un gusano, le golpeaban la cabeza cinco o seis veces contra la pared y se marchaban satisfechos. Ah Q también se marchaba satisfecho y victorioso. Se consideraba el primer hombre capaz de "autodesprecio", y si se restaba el "auto", quedaba el "primero". ¿Acaso el zhuangyuan (状元) no era también "el primero"? | ||
| + | |||
| + | Después de vencer a sus enemigos por tan admirables métodos, Ah Q solía correr alegremente a la taberna, beber unos cuantos cuencos, bromear y discutir con los demás, ganar otra victoria y regresar contento al templo Tuguci, donde apoyaba la cabeza y se quedaba dormido al instante. Si tenía dinero, se iba a jugar. Un grupo de hombres se acuclillaba en el suelo, y Ah Q se colaba entre ellos, el sudor corriéndole por la cara, su voz la más fuerte de todas: | ||
| + | |||
| + | "¡Dragón Azul, cuatrocientos!" | ||
| + | |||
| + | "Ahhh... ¡abran!" cantaba el banquero, igualmente empapado en sudor. "¡La Puerta del Cielo... la esquina de atrás! ¡El Paso del Hombre, vacío! ¡Cobres de Ah Q, vengan acá!" | ||
| + | |||
| + | "¡Paso, cien... ciento cincuenta!" | ||
| + | |||
| + | Con tales cantos, los cobres de Ah Q iban pasando a los fajas de otros individuos sudorosos. Al final tenía que escurrirse fuera del grupo, quedarse de pie detrás de los otros y angustiarse en su nombre hasta que la partida se deshacía, tras lo cual regresaba a desgana al templo Tuguci y al día siguiente se ponía a trabajar con los ojos hinchados. | ||
| + | |||
| + | Pero como dice el refrán: "Cuando al viejo de la frontera se le perdió el caballo, ¿quién iba a decir que no era una bendición?" Pues un día Ah Q tuvo la desgracia de ganar, y por poco acaba siendo su ruina. | ||
| + | |||
| + | Fue la noche de la fiesta del dios de la aldea en Weizhuang. Aquella noche hubo, como de costumbre, función de teatro, y cerca del escenario, también como de costumbre, muchas mesas de juego. Los tambores y gongs del teatro le sonaban a Ah Q como si estuvieran a diez li de distancia; solo oía la cantilena del banquero. Ganó una y otra vez: los cobres se convirtieron en monedas de diez centavos de plata, los de diez centavos en dólares de plata, y los dólares se amontonaron en una pila. Estaba eufórico: | ||
| + | |||
| + | "¡Puerta del Cielo, dos dólares!" | ||
| + | |||
| + | No sabía quién había empezado a pelearse con quién ni por qué. Maldiciones, golpes, pisadas... un tumulto confuso rugía alrededor de su cabeza aturdida, hasta que al fin logró ponerse en pie. Las mesas de juego habían desaparecido, la gente había desaparecido, y en varios puntos de su cuerpo algo parecía doler bastante, como si hubiera recibido unos cuantos puñetazos y patadas. Varias personas lo miraban con asombro. Regresó tambaleándose al templo Tuguci, como en un sueño, se serenó y descubrió que su pila de dólares de plata se había esfumado. Los jugadores de la fiesta solían venir de otras aldeas: ¿adónde ir a buscar a los culpables? | ||
| + | |||
| + | ¡Qué hermosa pila de dólares de plata, resplandecientes! Y habían sido suyos... y ya no estaban. Decirse que se los habían llevado sus propios hijos no era verdadero consuelo; declararse un gusano tampoco consolaba: esta vez sí que sentía la amargura de la derrota. | ||
| + | |||
| + | Pero casi al instante convirtió la derrota en victoria. Levantó la mano derecha y se propinó dos sonoros bofetones en la cara. Le escoció bastante. Después se calmó: era como si el que golpeaba y el que era golpeado fueran dos personas distintas; al poco rato casi sintió que había golpeado a otro, y pese a un ligero escozor residual, se acostó satisfecho y victorioso. | ||
| + | |||
| + | Se quedó dormido. | ||
---- | ---- | ||
| Line 68: | Line 92: | ||
'''Capítulo tercero: Continuación de las victorias de Ah Q''' | '''Capítulo tercero: Continuación de las victorias de Ah Q''' | ||
| − | + | Aunque Ah Q resultaba victorioso con frecuencia, no se hizo realmente célebre hasta después de recibir la bofetada del viejo señor Zhao. | |
| + | |||
| + | Tras pagarle al alguacil doscientos wen para vino, se acostó furioso. Después pensó: "El mundo de hoy va realmente de mal en peor... hijos pegando a padres..." Luego, de repente, pensó en la majestad del viejo señor Zhao, y puesto que el anciano era ahora su hijo, poco a poco se puso contento, se levantó y se fue cantando "La viudita joven visita la tumba" hacia la taberna. Para entonces ya sentía que, en efecto, el viejo señor Zhao estaba un escalón por encima de todos. | ||
| + | |||
| + | Cosa extraña: a partir de aquel día todo el mundo pareció tratarlo con algo más de respeto. A juicio de Ah Q, esto era, naturalmente, porque él era el padre del viejo señor Zhao; pero en realidad la explicación era otra. En Weizhuang regía una norma: si Ah Siete le pegaba a Ah Ocho, o Li Cuatro a Zhang Tres, nadie lo consideraba digno de mención. Solo cuando un asunto se convertía en la comidilla de la aldea adquiría fama el que pegaba, y también el que recibía, por asociación, por así decirlo. Que la culpa era de Ah Q no admitía discusión. Pero ¿por qué? Porque el viejo señor Zhao no podía estar equivocado. Y si Ah Q era culpable, ¿por qué todos le mostraban más respeto? Difícil de explicar. Quizá, si se permite una interpretación, fuera porque Ah Q había afirmado ser del mismo clan que el viejo señor Zhao, y aunque lo habían abofeteado, la gente todavía temía que hubiera algo de cierto y estimó prudente mostrarse un poco más respetuosa. De lo contrario, era como el buey del gran sacrificio en el templo de Confucio: aunque, como los cerdos y las ovejas, no dejaba de ser ganado, una vez que el Sabio le había puesto los palillos encima, los letrados de generaciones posteriores no se atrevieron a tocarlo. | ||
| + | |||
| + | Después de aquello, Ah Q pasó bastantes años con una existencia bastante satisfactoria. | ||
| + | |||
| + | Un día de primavera, caminaba algo ebrio por la calle cuando vio a Wang Hu (王胡) sentado con el torso desnudo al sol, contra una pared, buscándose piojos. A Ah Q de repente le picó todo el cuerpo. Este Wang Hu era sarnoso y barbudo, y todo el mundo lo llamaba "Wang el Sarnoso Barbudo", pero Ah Q suprimía la palabra "sarnoso" y lo despreciaba absolutamente. En opinión de Ah Q, la sarna no tenía nada de notable; solo aquella barba poblada era verdaderamente estrafalaria e indigna de consideración. Así que se sentó a su lado. Con cualquier otro ocioso, Ah Q no se habría atrevido a sentarse tan tranquilamente, pero al lado de Wang Hu, ¿qué había que temer? A decir verdad, el mero hecho de dignarse a sentarse a su lado ya era hacerle un favor. | ||
| + | |||
| + | Ah Q también se quitó su chaqueta raída y se puso a buscar un rato, pero fuera porque la chaqueta estaba recién lavada o porque era descuidado, tras largo esfuerzo solo encontró tres o cuatro. Wang Hu, entretanto, encontraba uno tras otro: dos, luego tres seguidos, y se los metía entre los labios con un crujido satisfactorio. | ||
| + | |||
| + | Al principio Ah Q sintió decepción; luego indignación. Hasta el despreciable Wang Hu tenía tantos, mientras que él tan pocos: ¡menuda vergüenza! Buscó desesperadamente uno o dos grandes, pero no encontró ninguno; con gran dificultad atrapó uno mediano, se lo metió furiosamente entre sus gruesos labios y mordió con fuerza: crac. Pero no fue tan sonoro como los de Wang Hu. | ||
| + | |||
| + | Se le enrojecieron todas las cicatrices. Tiró la chaqueta al suelo, escupió y dijo: | ||
| + | |||
| + | "¡Oruga piojosa!" | ||
| + | |||
| + | "Perro sarnoso, ¿a quién estás insultando?" Wang Hu levantó la vista con desprecio. | ||
| + | |||
| + | Aunque Ah Q había ganado algo más de respeto últimamente y se había vuelto más orgulloso, seguía siendo tímido ante los pendencieros habituales. Pero esta vez estaba extraordinariamente valiente. ¿Cómo se atrevía a ser insolente una criatura tan peluda? | ||
| + | |||
| + | "Si te viene el sayo, póntelo," dijo Ah Q poniéndose en pie con las manos en las caderas. | ||
| + | |||
| + | "¿Te están picando los huesos?" Wang Hu también se levantó y se puso la chaqueta. | ||
| + | |||
| + | Ah Q, creyendo que intentaba huir, se abalanzó y le lanzó un puñetazo. Pero antes de que el golpe aterrizara, Wang Hu lo había agarrado por el puño. Un tirón, y Ah Q tropezó hacia adelante; al instante siguiente, Wang Hu lo tenía agarrado de la coleta y estaba a punto de estamparle la cabeza contra la pared según la costumbre establecida. | ||
| + | |||
| + | "'Un caballero pelea con palabras, no con puños'," dijo Ah Q con la cabeza ladeada. | ||
| + | |||
| + | Wang Hu, por lo visto, no era un caballero. No le hizo el menor caso y le golpeó la cabeza contra la pared cinco veces seguidas; después lo empujó con tal fuerza que Ah Q voló más de seis pies. Solo entonces Wang Hu se marchó satisfecho. | ||
| + | |||
| + | En la memoria de Ah Q, aquella fue probablemente la primera gran humillación de su vida, porque Wang Hu, con su repugnante barba, siempre había sido el blanco de las burlas de Ah Q: era el otro quien recibía las mofas, nunca él. ¡Por no hablar de ser golpeado! Y ahora aquel individuo lo había golpeado de verdad: algo absolutamente inaudito. ¿Serían ciertos los rumores que corrían por el mercado, de que el Emperador había abolido los exámenes, de que ya no hacían falta xiucai ni juren, y de que el prestigio de la familia Zhao había declinado en consecuencia, razón por la cual la gente se atrevía a menospreciarlo? | ||
| + | |||
| + | Ah Q se quedó allí plantado, completamente perdido. | ||
| + | |||
| + | Un hombre se acercaba desde lejos: otro de sus enemigos. Era la persona que Ah Q más detestaba: el hijo mayor del viejo señor Qian (钱). Este sujeto había ido antes a la ciudad a estudiar en una escuela de estilo extranjero; después, por alguna razón, se marchó al Japón, y regresó al cabo de medio año con las piernas rectas pero sin coleta. Su madre había llorado una docena de veces, y su esposa había intentado tirarse al pozo tres veces. Más tarde su madre le explicó a todo el mundo: "Unos canallas le cortaron la coleta después de emborracharlo. Podría haber llegado a alto funcionario; ahora no le queda más remedio que esperar a que le vuelva a crecer." Pero Ah Q se negaba a creerlo; se empeñaba en llamarlo el "Falso Diablo Extranjero" (假洋鬼子) y también "un hombre confabulado con los extranjeros", y cada vez que lo veía, lo maldecía en silencio. | ||
| + | |||
| + | Lo que Ah Q "detestaba con particular vehemencia" era la falsa coleta del hombre. Cuando una coleta era realmente falsa, uno había perdido el derecho a ser considerado humano; y si su mujer no se tiraba al pozo por cuarta vez, tampoco era una mujer decente. | ||
| + | |||
| + | El "Falso Diablo Extranjero" se acercaba. | ||
| + | |||
| + | "Pelón. Burro..." Ah Q siempre había mascullado tales insultos solo para sí, nunca en voz alta. Pero esta vez —porque estaba furioso y sediento de venganza— las palabras se le escaparon en un susurro. | ||
| + | |||
| + | Pero el pelón venía a grandes zancadas con un bastón amarillo en la mano, que Ah Q llamaba el "palo de luto". En aquel instante Ah Q supo que iba a ser golpeado. Apresuradamente tensó todos los músculos, encogió los hombros y esperó. Efectivamente: zas, pareció caer de lleno sobre su cabeza. | ||
| + | |||
| + | "¡Estaba hablando de él!" Ah Q señaló a un niño que estaba cerca. | ||
| + | |||
| + | ¡Zas! ¡Zas, zas! | ||
| + | |||
| + | En la memoria de Ah Q, aquella fue probablemente la segunda gran humillación de su vida. Pero cuando los bastonazos cesaron, algo pareció haberse resuelto, y de hecho se sintió bastante aliviado. Además, la preciada herencia del "olvido" hizo su efecto: siguió caminando despacio, y cuando estaba a punto de llegar a la puerta de la taberna, ya estaba de buen humor. | ||
| + | |||
| + | Pero venía hacia él la pequeña monja del Convento del Cultivo Silencioso (静修庵). Incluso en tiempos normales, Ah Q le habría escupido y la habría insultado nada más verla; ¡cuánto más después de una humillación! Recuerdo y hostilidad brotaron juntos. | ||
| + | |||
| + | "Con razón he tenido tan mala suerte hoy: ¡todo porque me crucé contigo!" pensó. | ||
| + | |||
| + | Se le acercó y escupió ruidosamente: | ||
| + | |||
| + | "¡Bah! ¡Puaj!" | ||
| + | |||
| + | La pequeña monja no le hizo el menor caso y siguió caminando con la cabeza gacha. Ah Q se le puso al lado, alargó de repente la mano y le frotó la cabeza recién rapada, sonriendo estúpidamente, y dijo: | ||
| + | |||
| + | "¡Pelona! Vuelve rápido, que el monje te está esperando..." | ||
| + | |||
| + | "¿Cómo te atreves a tocarme...?" La monja enrojeció como la grana y se apresuró a alejarse. | ||
| + | |||
| + | Los hombres de la taberna estallaron en carcajadas. Al ver que su hazaña había sido apreciada, Ah Q se animó aún más: | ||
| + | |||
| + | "Si el monje la puede tocar, ¿por qué yo no?" Le pellizcó la mejilla. | ||
| + | |||
| + | Los hombres de la taberna rieron a carcajadas de nuevo. Ah Q, cada vez más encantado, le dio otro pellizco fuerte en la mejilla —para deleite de los entendidos— y solo entonces la soltó. | ||
| + | |||
| + | Después de aquella batalla, había olvidado por completo a Wang Hu y al Falso Diablo Extranjero; era como si hubiera vengado toda la "mala suerte" de aquel día. Y, cosa extraña, todo su cuerpo se sentía más ligero que después de los bastonazos: estaba positivamente flotando, como si fuera a alzar el vuelo. | ||
| + | |||
| + | "¡Maldito sin descendencia, Ah Q!" Oyó a lo lejos la voz medio llorosa de la pequeña monja. | ||
| + | |||
| + | "¡Ja, ja, ja!" Ah Q se rio con la mayor satisfacción. | ||
| + | |||
| + | "¡Ja, ja, ja!" Los hombres de la taberna se rieron con nueve décimas partes de satisfacción. | ||
---- | ---- | ||
| Line 74: | Line 176: | ||
'''Capítulo cuarto: La tragedia del amor''' | '''Capítulo cuarto: La tragedia del amor''' | ||
| − | + | Se dice que algunos vencedores desean que sus enemigos sean como tigres o águilas: solo así sienten la euforia del triunfo. Si sus adversarios fueran ovejas o polluelos, la victoria les parecería insulsa. Y otros vencedores, después de conquistarlo todo, cuando los muertos están muertos y los vencidos se han sometido gritando "¡Vuestro servidor tiembla de espanto y merece la muerte, merece la muerte!", se encuentran de pronto sin enemigos, sin rivales, sin amigos, solos en la cúspide, solitarios, desolados, abatidos, y sienten en cambio la melancolía de la victoria. Pero nuestro Ah Q estaba libre de tales dolencias: era perpetuamente dichoso, lo cual constituye quizá una prueba más de que la civilización espiritual de China supera a la del mundo entero. | |
| + | |||
| + | ¡Mirad! ¡Iba flotando como si fuera a alzar el vuelo! | ||
| + | |||
| + | Pero esta victoria en particular le dejó una sensación extraña. Flotó durante medio día, flotó hasta el templo Tuguci, y en buena lógica debería haberse acostado y puesto a roncar. Pero aquella noche apenas podía cerrar los ojos: el pulgar y el índice le parecían de algún modo extraños, como más suaves de lo habitual. ¿Se le había pegado algo suave de la cara de la pequeña monja a los dedos, o eran sus dedos los que se habían frotado hasta quedar suaves en la mejilla de la pequeña monja...? | ||
| + | |||
| + | "¡Maldito sin descendencia, Ah Q!" | ||
| + | |||
| + | Estas palabras seguían resonando en los oídos de Ah Q. Pensó: tiene razón, debería tener una mujer. Sin descendencia no hay nadie que ofrezca siquiera un cuenco de arroz... Sí, debería tener una mujer. Pues "de las tres formas de conducta no filial, la más grave es no tener descendencia", y si "los fantasmas del clan de los Ruoao pasan hambre", eso también es un gran pesar de la vida humana. Sus pensamientos, hay que decirlo, estaban perfectamente en consonancia con las sagradas escrituras y las sabias tradiciones; solo que, por desgracia, más tarde se descontrolaron un poco. | ||
| + | |||
| + | "Mujeres, mujeres...," pensaba. | ||
| + | |||
| + | "...Si el monje puede... mujeres, mujeres... ¡mujeres!" volvía a pensar. | ||
| + | |||
| + | No podemos saber a qué hora empezó a roncar Ah Q aquella noche. Pero a partir de entonces, las yemas de sus dedos probablemente siempre se sentían un poco suaves, y así flotaba constantemente. "Mujer..." pensaba. | ||
| + | |||
| + | De esto solo se puede deducir que las mujeres son criaturas perniciosas. | ||
| + | |||
| + | La mayoría de los hombres en China habrían podido originalmente convertirse en sabios y hombres virtuosos, de no haber sido arruinados por las mujeres. La dinastía Shang fue destruida por Daji (妲己); la dinastía Zhou, por Baosi (褒姒); la Qin... aunque la historia guarda silencio al respecto, podemos suponer con seguridad que fue igualmente por una mujer, probablemente sin equivocarnos mucho; y Dong Zhuo (董卓) fue sin duda conducido a la perdición por Diaochan (貂蝉). | ||
| + | |||
| + | También Ah Q fue en su origen un hombre recto. Aunque no sabemos qué eminente maestro le instruyó, siempre había sido riguroso acerca de la "gran barrera entre los sexos" y poseía abundante indignación virtuosa contra la heterodoxia: contra las pequeñas monjas, los Falsos Diablos Extranjeros y criaturas semejantes. Su teoría era la siguiente: toda monja tiene seguramente una aventura con un monje; cuando una mujer camina por fuera, seguramente pretende seducir a hombres desconocidos; cuando un hombre y una mujer están hablando en algún rincón, seguramente están tramando algo ilícito. Para castigar a estos infractores, los fulminaba con la mirada, les gritaba unas cuantas observaciones "penetrantes" o, cuando se encontraba en un lugar apartado, les arrojaba una piedrecita por detrás. | ||
| + | |||
| + | ¿Quién hubiera imaginado que al aproximarse a su "año treinta", una pequeña monja lo haría flotar? Este flotar era inadmisible según los ritos, prueba adicional de lo abominables que son las mujeres. Si la cara de la pequeña monja no hubiera sido tan suave, Ah Q no habría caído hechizado; y si la pequeña monja se hubiera cubierto el rostro con un paño, tampoco habría caído hechizado. Cinco o seis años antes le había pellizcado el muslo a una mujer entre la multitud debajo del escenario, pero entre ellos había una capa de tela de pantalón, así que no había flotado después en absoluto. La pequeña monja era muy distinta, lo cual demostraba una vez más la perversidad de la heterodoxia. | ||
| + | |||
| + | "Mujer..." pensaba Ah Q. | ||
| + | |||
| + | Vigilaba atentamente a las mujeres que a su juicio "seguramente pretendían seducir a hombres desconocidos", pero ninguna le sonrió. Escuchaba atentamente a las mujeres que le hablaban, pero ninguna mencionó nada que sugiriera "asuntos ilícitos". Ah, eso era también uno de los rasgos abominables de las mujeres: todas se hacían las "mojigatas". | ||
| + | |||
| + | Un día, Ah Q había estado machacando arroz todo el día en casa del viejo señor Zhao. Después de cenar se quedó sentado en la cocina fumando su pipa. En otras casas habría podido marcharse después de la cena, pero la casa de los Zhao cenaba temprano. Aunque la norma era no encender lámparas después de cenar e irse todos directamente a dormir, había excepciones ocasionales: primera, antes de que el joven señor Zhao obtuviera el título de xiucai, se le permitía leer sus ensayos a la luz de la lámpara; segunda, cuando Ah Q venía como jornalero, se le permitía machacar arroz a la luz de la lámpara. A causa de esta excepción, Ah Q se quedó sentado en la cocina fumando su pipa antes de empezar el trabajo. | ||
| + | |||
| + | Wu Ma (吴妈), la única criada de la casa del viejo señor Zhao, había terminado de fregar los platos y también se sentó en el banco largo, charlando con Ah Q: | ||
| + | |||
| + | "La señora lleva dos días sin comer... es porque el señor quiere tomar una concubina..." | ||
| + | |||
| + | "Mujer... Wu Ma... esta viudita..." pensaba Ah Q. | ||
| + | |||
| + | "Nuestra señorita joven va a tener un niño en el octavo mes..." | ||
| + | |||
| + | "Mujer..." pensaba Ah Q. | ||
| + | |||
| + | Ah Q dejó la pipa y se puso de pie. | ||
| + | |||
| + | "Nuestra señorita joven..." Wu Ma seguía parloteando. | ||
| + | |||
| + | "¡Quiero dormir contigo! ¡Quiero dormir contigo!" Ah Q se precipitó de repente hacia adelante y cayó de rodillas ante ella. | ||
| + | |||
| + | Hubo un instante de silencio absoluto. | ||
| + | |||
| + | "¡Ay, Dios mío!" Wu Ma se quedó paralizada un segundo, luego empezó a temblar de pies a cabeza, soltó un gran alarido y salió corriendo, llorando y gimiendo. | ||
| + | |||
| + | Ah Q se quedó de rodillas frente a la pared, también estupefacto. Después, apoyándose en el banco vacío, se fue levantando lentamente, con la vaga sensación de que algo había salido mal. Estaba verdaderamente asustado. A toda prisa metió la pipa en su faja, con la intención de ponerse a machacar arroz. ¡Pum! Un golpe tremendo le dio en la cabeza. Se giró: el xiucai estaba plantado frente a él con un grueso palo de bambú. | ||
| + | |||
| + | "¡Rebelde, tú..." | ||
| + | |||
| + | El palo de bambú cayó de nuevo sobre él. Ah Q levantó las dos manos para protegerse la cabeza: zas, justo en los nudillos, y eso sí que dolió. Se lanzó a través de la puerta de la cocina; en la espalda pareció recibir otro golpe más. | ||
| + | |||
| + | "¡Huevo de tortuga!" lo maldijo el xiucai en mandarín. | ||
| + | |||
| + | Ah Q huyó al cobertizo del mortero y se quedó allí solo, todavía sintiendo el dolor en los dedos y todavía recordando "huevo de tortuga": pues aquella era una expresión que los campesinos de Weizhuang jamás usaban; estaba reservada a personas de rango que habían estado en presencia de funcionarios, y era por tanto especialmente aterradora y especialmente memorable. Pero a estas alturas sus pensamientos de "mujeres..." se habían desvanecido. Después de la paliza, el asunto pareció zanjado, y de hecho se sintió bastante aliviado, así que se puso a machacar arroz. Al cabo de un rato entró en calor y se quitó la camisa. | ||
| + | |||
| + | Justo cuando se la quitaba, oyó un gran alboroto fuera. Ah Q siempre había sentido devoción por los espectáculos, así que siguió el ruido. Se abrió paso hasta el patio interior de la casa de los Zhao. Aunque estaba oscureciendo, pudo distinguir a muchas personas: toda la familia Zhao, incluida la señora que llevaba dos días sin comer, más la vecina señora Zou Siete (邹七嫂), el verdadero pariente clanista Zhao Ojos Blancos (赵白眼) y Zhao Sichen (赵司晨). | ||
| + | |||
| + | La señorita joven estaba sacando a rastras a Wu Ma de las dependencias de la servidumbre, diciendo: | ||
| + | |||
| + | "Sal afuera... no te encierres en tu cuarto a darle vueltas..." | ||
| + | |||
| + | "Todo el mundo sabe que eres una mujer decente... no debes pensar en hacer ninguna locura," añadió la señora Zou Siete en tono tranquilizador. | ||
| + | |||
| + | Wu Ma no hacía más que llorar, intercalando unas pocas palabras apenas audibles. | ||
| + | |||
| + | Ah Q pensó: "Vaya, esto es divertido: ¿qué clase de escena estará montando la viudita?" Se fue acercando a Zhao Sichen para escuchar mejor. En ese momento vio al joven señor Zhao cargando hacia él con el grueso palo de bambú en la mano. Al verlo, comprendió de repente que él mismo había sido golpeado y que todo aquel alboroto tenía que ver con eso. Dio media vuelta e intentó huir al cobertizo del mortero, pero el palo de bambú le bloqueaba el camino. Así que giró de nuevo y, con toda naturalidad, se escabulló por la puerta trasera; en un instante estaba de vuelta en el templo Tuguci. | ||
| + | |||
| + | Ah Q se sentó un rato y le entró la piel de gallina; tenía frío, porque aunque era primavera, las noches eran aún bastante frescas, y desde luego no era el tiempo indicado para andar con el torso desnudo. También recordó que su camisa seguía en casa de los Zhao, pero si iba a buscarla tendría que enfrentarse al palo de bambú del xiucai. Entonces llegó el alguacil de la aldea. | ||
| + | |||
| + | "Ah Q, ¡maldito seas! Hasta te atreves a molestar a las criadas de los Zhao... ¡eso es pura rebelión! Por tu culpa no puedo dormir esta noche, ¡maldito seas!..." | ||
| + | |||
| + | Después de un largo sermón de ese tipo, Ah Q naturalmente no tuvo nada que decir. Al final, como era de noche, el alguacil exigió el doble de propina: cuatrocientos wen. Ah Q no tenía dinero en efectivo, así que dejó en prenda un sombrero de fieltro y aceptó cinco condiciones: | ||
| + | |||
| + | Primera: al día siguiente debía llevar a la casa de los Zhao un par de cirios rojos —cada uno de una libra de peso— y un manojo de incienso para presentar sus disculpas. | ||
| + | |||
| + | Segunda: la familia Zhao contratará a un sacerdote taoísta para exorcizar al fantasma de un ahorcado; los costes correrán a cargo de Ah Q. | ||
| + | |||
| + | Tercera: Ah Q tiene prohibido cruzar en adelante el umbral de la casa de los Zhao. | ||
| + | |||
| + | Cuarta: en caso de que Wu Ma sufra daño alguno en el futuro, Ah Q será el único responsable. | ||
| + | |||
| + | Quinta: Ah Q renuncia a reclamar su salario pendiente y su camisa. | ||
| + | |||
| + | Ah Q, naturalmente, aceptó todo, pero no tenía dinero. Afortunadamente ya era primavera y podía prescindir de la colcha; la empeñó por dos mil cobres y cumplió los términos del acuerdo. Después de postrarse con el torso desnudo, le quedaron unas pocas monedas, pero en vez de rescatar su sombrero de fieltro, se las bebió todas. Los Zhao, por su parte, tampoco quemaron el incienso ni encendieron los cirios, ya que la señora podía usarlos cuando rezara a Buda, y los guardaron. La camisa raída fue convertida en su mayor parte en forro de pañales para el niño que la señorita joven esperaba en el octavo mes; y los retazos restantes, Wu Ma los aprovechó para suelas de zapatos. | ||
---- | ---- | ||
| Line 80: | Line 270: | ||
'''Capítulo quinto: El problema del sustento''' | '''Capítulo quinto: El problema del sustento''' | ||
| − | + | Después de completar su penitencia, Ah Q regresó como de costumbre al templo Tuguci. El sol se puso y poco a poco el mundo empezó a parecerle un poco extraño. Pensó mucho y al fin comprendió la razón: tenía el torso desnudo. Recordó que aún le quedaba su chaqueta raída, se la echó encima y se acostó. Cuando abrió los ojos, el sol ya brillaba sobre la pared del poniente. Se sentó y masculló: "Maldición..." | |
| + | |||
| + | Después de levantarse, salió a pasear por las calles como de costumbre. Aunque no era tan malo como el frío de ir con el torso desnudo, el mundo aún le parecía cada vez más peculiar. Como si desde aquel día todas las mujeres de Weizhuang se hubieran obsesionado de repente con la modestia: en cuanto veían acercarse a Ah Q, desaparecían tras sus puertas. Incluso la señora Zou Siete, que frisaba los cincuenta, se escabullía con las demás y arrastraba consigo a su hija de once años. Ah Q encontraba aquello sumamente extraño y pensó: "Estas mujeres se han vuelto todas unas señoritas finas de repente. Las muy descaradas..." | ||
| + | |||
| + | Pero el mundo se volvió aún más extraño muchos días después. En primer lugar, la taberna dejó de fiarle. En segundo lugar, el viejo que cuidaba el templo Tuguci empezó a soltar comentarios fastidiosos, como si quisiera que se marchara. En tercer lugar —no recordaba exactamente cuántos días habían pasado, pero seguro que eran muchos— ni una sola persona vino a contratarlo para trabajos eventuales. Podía soportar que la taberna le negara el crédito; podía acallar las quejas del viejo con un torrente de palabras. Pero que nadie viniera a buscarlo para trabajar... eso le dejaba el estómago vacío, y eso sí que era una situación verdaderamente "maldita". | ||
| + | |||
| + | Ah Q no aguantó más y fue a preguntar a sus antiguos empleadores: solo el umbral de los Zhao estaba vedado. Pero en todas partes la situación era extraña: invariablemente salía un hombre con expresión de extremado fastidio y lo despachaba con un gesto, como a un mendigo: | ||
| + | |||
| + | "¡Nada, nada! ¡Fuera!" | ||
| + | |||
| + | Ah Q encontraba aquello cada vez más desconcertante. Pensó: estas familias siempre necesitaban ayuda; era imposible que de repente no tuvieran nada que hacer. Algo se ocultaba detrás de todo esto. Hizo indagaciones cuidadosas y descubrió que ahora todos contrataban al Pequeño D (小D). Este Pequeño D era un pobre diablo, todavía más delgado y endeble, y a ojos de Ah Q estaba incluso por debajo de Wang Hu. ¿Quién habría imaginado que semejante individuo le robaría el sustento? La rabia de Ah Q esta vez era de otra naturaleza. Mientras caminaba furioso por las calles, levantó de repente la mano y cantó: | ||
| + | |||
| + | "¡Con mi maza de acero te derribaré!..." | ||
| + | |||
| + | Pocos días después se topó efectivamente con el Pequeño D frente al muro-pantalla de la residencia de los Qian. "Cuando se encuentran los enemigos, se les afilan los ojos": Ah Q avanzó sobre él, y el Pequeño D se quedó quieto. | ||
| + | |||
| + | "¡Bestia!" dijo Ah Q, fulminándolo con la mirada, la saliva salpicando de las comisuras de su boca. | ||
| + | |||
| + | "Soy un gusano, ¿vale?..." dijo el Pequeño D. | ||
| + | |||
| + | Tanta humildad solo enfureció más a Ah Q. Como no tenía una maza de acero a mano, se abalanzó sobre el Pequeño D e intentó agarrarlo de la coleta. El Pequeño D se protegió la raíz de la coleta con una mano y con la otra agarró la de Ah Q; Ah Q igualmente se protegió la raíz con la mano libre. Desde el punto de vista del antiguo Ah Q, el Pequeño D apenas merecía su atención, pero ahora que Ah Q había pasado hambre y estaba tan delgado y endeble como el Pequeño D, el combate se convirtió en un empate. Cuatro manos tiraban de dos cabezas, ambos doblados por la cintura, proyectando un arco azulado sobre la pared blanca de la casa de los Qian, durante un buen cuarto de hora. | ||
| + | |||
| + | "¡Basta, basta!" dijeron los espectadores, probablemente intentando mediar. | ||
| + | |||
| + | "¡Bien, bien!" dijeron los espectadores, sin que pudiera saberse si mediaban, elogiaban o los azuzaban. | ||
| + | |||
| + | Pero ninguno de los dos escuchó. Ah Q avanzaba tres pasos y el Pequeño D retrocedía tres pasos; luego ambos se detenían. El Pequeño D avanzaba tres pasos y Ah Q retrocedía tres pasos; y ambos se detenían de nuevo. Al cabo de otro cuarto de hora aproximadamente —Weizhuang rara vez tenía un reloj con campanadas, así que era difícil de precisar; quizá fueran veinte minutos—, de sus cabellos empezó a salir humo y de sus frentes, gotas de sudor. Las manos de Ah Q aflojaron; en el mismo instante las manos del Pequeño D también aflojaron. Se enderezaron simultáneamente, retrocedieron simultáneamente y se abrieron paso entre la multitud. | ||
| + | |||
| + | "Acuérdate de esto, maldito seas..." dijo Ah Q volviendo la cabeza. | ||
| + | |||
| + | "Maldito seas, acuérdate de esto..." dijo el Pequeño D, también volviendo la cabeza. | ||
| + | |||
| + | Esta "batalla del dragón y el tigre" pareció no haber producido ni vencedor ni vencido. Si los espectadores quedaron satisfechos, nadie lo supo; en todo caso, nadie expresó opinión alguna. Y seguía sin venir nadie a contratar a Ah Q. | ||
| + | |||
| + | Un día muy templado, cuando soplaba una brisa suave que casi insinuaba el verano, Ah Q sin embargo sentía frío. Eso todavía era soportable; lo peor era el hambre. La colcha, el sombrero de fieltro, la camisa: todo hacía tiempo que había desaparecido; luego vendió el chaquetón acolchado. Ahora le quedaban los pantalones, pero esos no se podía quitar bajo ningún concepto; y su chaqueta raída, salvo como regalo para hacer suelas de zapatos, era ciertamente invendible. Había esperado encontrar algún dinero por el camino, pero hasta ahora no había aparecido ninguno; había esperado descubrir de pronto dinero en su chabola, y miró por todas partes frenéticamente, pero la chabola estaba vacía y pelada. Así que decidió salir a "buscar provisiones". | ||
| + | |||
| + | Caminó por el camino "buscando provisiones": allí estaba la conocida taberna, allí estaban los familiares bollos al vapor. Pero pasó de largo sin detenerse, sin desear nada de aquello. Lo que buscaba no era eso; qué era exactamente lo que buscaba, ni él mismo lo sabía. | ||
| + | |||
| + | Weizhuang no era una aldea grande; no tardó en atravesarla entera. Fuera de la aldea había sobre todo arrozales, el verde fresco de las plántulas jóvenes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, con unos cuantos puntos negros redondos moviéndose aquí y allá: campesinos arando. Ah Q no tenía ojo para aquel idilio pastoral; simplemente seguía caminando, pues sabía instintivamente que nada de aquello tenía relación con su "camino de buscar provisiones". Pero al cabo llegó al muro del Convento del Cultivo Silencioso. | ||
| + | |||
| + | Alrededor del convento también había arrozales; el muro blanco sobresalía del verde fresco, y detrás del bajo muro de tierra había un huerto. Ah Q vaciló un momento, miró en todas direcciones —no había nadie a la vista— y trepó por el muro bajo, agarrándose a las enredaderas de la planta de he-shou-wu. Pero la tierra no paraba de desmoronarse y los pies de Ah Q no paraban de temblar. Finalmente se agarró a una rama de morera y saltó al interior. Dentro había una vegetación exuberante, pero no parecía haber ni vino de arroz, ni bollos al vapor, ni nada comestible. Junto a la pared del poniente había bambúes con muchos brotes, pero por desgracia estaban todos crudos. La colza ya había granado, la mostaza estaba a punto de florecer, y las coles chinas se habían pasado de maduras. | ||
| + | |||
| + | Ah Q se sintió tan agraviado como un candidato suspenso en los exámenes. Caminó lentamente hacia la puerta del huerto y de pronto dio un respingo de alegría: inconfundiblemente, un bancal de rábanos viejos. Se agachó y empezó a arrancarlos. De repente una cabeza muy redonda asomó por el quicio de la puerta... y se retiró al instante. Era, evidentemente, la pequeña monja. A las monjas y criaturas semejantes Ah Q solía tratarlas como pura hierba. Pero en este caso había que "dar un paso atrás", así que a toda prisa arrancó cuatro rábanos, les retorció las hojas y se los metió en la delantera de la chaqueta. Pero para entonces la monja vieja ya había salido. | ||
| + | |||
| + | "¡Amitabha! Ah Q, ¿cómo te atreves a trepar al huerto y robar rábanos!... ¡Ay, qué pecado, ay, Amitabha!..." | ||
| + | |||
| + | "¿Cuándo he trepado yo a vuestro huerto y os he robado rábanos?" dijo Ah Q, caminando y mirando a su alrededor mientras hablaba. | ||
| + | |||
| + | "Ahora mismo... ¿no son esos?" La vieja monja señaló la delantera de su chaqueta. | ||
| + | |||
| + | "¿Son vuestros? ¿Vendrán cuando los llaméis? Vosotras..." | ||
| + | |||
| + | Antes de que Ah Q pudiera terminar, echó a correr. Un perro negro enorme y gordo lo perseguía: había estado originalmente en la puerta delantera y de algún modo se había colado en el huerto trasero. El perro negro gruñó y se lanzó tras él, a punto de morderle la pierna, cuando por suerte un rábano cayó de la chaqueta; el perro se asustó y se detuvo un instante, y Ah Q ya había trepado a la morera, saltado por encima del muro de tierra y caído al otro lado, con rábanos y todo. Solo el perro negro se quedó ladrando al pie de la morera, mientras la vieja monja seguía rezando. | ||
| + | |||
| + | Temiendo que la monja soltara al perro negro, Ah Q recogió sus rábanos y salió corriendo, recogiendo unas cuantas piedras por el camino. Pero el perro negro no reapareció. Ah Q tiró las piedras, siguió caminando, comió mientras andaba y pensó: aquí tampoco hay nada que encontrar; mejor ir a la ciudad... | ||
| + | |||
| + | Cuando terminó los tres rábanos, su decisión estaba firmemente tomada: iría a la ciudad. | ||
---- | ---- | ||
| Line 86: | Line 332: | ||
'''Capítulo sexto: Del renacimiento a la ruina''' | '''Capítulo sexto: Del renacimiento a la ruina''' | ||
| − | + | La siguiente vez que Ah Q apareció en Weizhuang fue poco después del Festival del Medio Otoño de aquel año. Todos se asombraron y dijeron: "Ah Q ha vuelto." Luego se pusieron a pensar: ¿dónde había estado realmente? En sus viajes anteriores a la ciudad, Ah Q siempre les había contado a todos sus aventuras con gran emoción, pero esta vez no lo había hecho, y por tanto nadie se había fijado. Quizá se lo había dicho al viejo guardián del templo, pero en Weizhuang la norma era: solo cuando el viejo señor Zhao, el viejo señor Qian o el xiucai iban a la ciudad se consideraba un acontecimiento. El Falso Diablo Extranjero ya no contaba, para no hablar de Ah Q. De modo que el viejo no difundió la noticia, y la sociedad de Weizhuang quedó en la ignorancia. | |
| + | |||
| + | Pero el regreso de Ah Q esta vez era fundamentalmente distinto de los anteriores y verdaderamente asombroso. Al caer la tarde, apareció frente a la taberna con ojos soñolientos, se acercó al mostrador, sacó del fajín un puñado de monedas de plata y de cobre, las arrojó tintineando sobre el mostrador y dijo: "¡Contante! ¡Trae vino!" Llevaba puesta una chaqueta nueva, y de su cintura colgaba lo que parecía un gran monedero, tan pesado que le hundía el fajín en una curva pronunciada. En Weizhuang la norma era: al ver a un personaje un tanto notable, más valía pecar de respetuoso. Aunque podían ver claramente que era Ah Q, tenía un aspecto algo diferente del Ah Q con la chaqueta raída. Como decían los antiguos: "Cuando no has visto a un letrado durante tres días, debes mirarlo con nuevos ojos." Y así el mozo de la taberna, el tabernero, los parroquianos y los transeúntes adoptaron naturalmente una expresión de deferencia y atención. El tabernero empezó con un saludo, luego con conversación: | ||
| + | |||
| + | "Vaya, Ah Q, has vuelto." | ||
| + | |||
| + | "He vuelto." | ||
| + | |||
| + | "Has hecho fortuna, has hecho fortuna. Estuviste... en..." | ||
| + | |||
| + | "¡En la ciudad!" | ||
| + | |||
| + | La noticia se extendió por todo Weizhuang al día siguiente. Todos querían conocer los detalles del renacimiento de Ah Q: el dinero y la chaqueta nueva. Y así, en la taberna, la tetería y bajo los aleros del templo, los pormenores fueron saliendo a la luz. El resultado fue que Ah Q adquirió una nueva clase de respeto. | ||
| + | |||
| + | Según Ah Q, había estado trabajando en la casa del señor Juren (举人). Al oírlo, los oyentes se llenaron de reverencia. Aquel señor Juren llevaba el verdadero apellido Bai (白), pero como era el único juren en toda la ciudad, no necesitaba apellido: cuando se decía "el señor Juren", era él. Esto no solo valía en Weizhuang, sino en un radio de cien li, y mucha gente prácticamente consideraba "Señor Juren" como su nombre de pila. Trabajar en semejante casa era naturalmente respetable. Pero según Ah Q, había acabado disgustado, porque el señor Juren era realmente demasiado "maldito". Al oír esto, los oyentes suspiraron con una mezcla de pesar y satisfacción, pues Ah Q en realidad no estaba cualificado para trabajar en casa del señor Juren, y su partida era una lástima. | ||
| + | |||
| + | Según Ah Q, su regreso también tenía que ver con su descontento con los habitantes de la ciudad: concretamente, porque llamaban al banco largo "banco de tiras" y ponían cebolleta en tiras para freír el pescado; además, sus últimas observaciones habían revelado otros defectos: el modo de caminar de las mujeres de la ciudad no era especialmente atractivo. Había, sin embargo, algunas cosas dignas de admiración: mientras que los campesinos de Weizhuang solo jugaban con treinta y dos fichas de bambú, y solo el Falso Diablo Extranjero sabía jugar al mahjong, en la ciudad hasta los niños jugaban con consumada maestría. Bastaba con poner al Falso Diablo Extranjero en manos de uno de esos pilluelos de diez años, y sería "el diablillo ante el Rey de los Infiernos". Al oír esto, los oyentes se sintieron avergonzados. | ||
| + | |||
| + | "¿Habéis visto alguna vez una ejecución?" decía Ah Q. "¡Ah, menudo espectáculo! Ejecutando a revolucionarios. ¡Caramba, qué grandioso!..." Sacudía la cabeza y escupía la saliva directamente a la cara de Zhao Sichen, que estaba frente a él. Los oyentes se estremecieron. Ah Q miró alrededor, levantó de repente la mano derecha y la dejó caer con un golpe seco en la nuca de Wang Hu, que se había inclinado hacia adelante escuchando absorto: | ||
| + | |||
| + | "¡Chop!" | ||
| + | |||
| + | Wang Hu pegó un brinco de susto; al mismo tiempo, rápido como un relámpago, encogió la cabeza. Los oyentes se estremecieron y al mismo tiempo se regocijaron. A partir de aquel día, Wang Hu anduvo aturdido durante muchos días y no se atrevió a acercarse a Ah Q; los demás hicieron lo mismo. | ||
| + | |||
| + | La posición de Ah Q a los ojos de los habitantes de Weizhuang ahora —aunque uno no se atrevería a decir que superaba la del viejo señor Zhao— podía describirse como casi igual a la suya sin riesgo de error. | ||
| + | |||
| + | Pero no pasó mucho tiempo antes de que la fama de Ah Q llegara incluso a los aposentos femeninos de Weizhuang. Aunque la aldea solo tenía las dos grandes casas de los Qian y los Zhao, y nueve de cada diez viviendas eran meras "humildes moradas", moradas eran al fin y al cabo, y por tanto esto contaba como algo extraordinario. Cuando las mujeres se encontraban, comentaban sin falta: la señora Zou Siete le había comprado una falda de seda azul a Ah Q —vieja, sí, pero por solo nueve jiao—. Y la madre de Zhao Ojos Blancos —algunos decían que era la madre de Zhao Sichen, lo cual queda por verificar— también había comprado una chaqueta roja oscura de tela extranjera, siete décimas partes nueva, por solo trescientos cobres a noventa y dos por cien. Y así todas miraban con avidez, deseando ver a Ah Q; las que necesitaban faldas de seda querían pedírselas, las que querían chaquetas de tela extranjera querían comprárselas. No solo dejaron de huir al verlo, sino que a veces, incluso después de que Ah Q hubiera pasado de largo, corrían tras él llamando: | ||
| + | |||
| + | "Ah Q, ¿te quedan faldas de seda? No, ¿una chaqueta de tela extranjera servirá? ¿Tienes?" | ||
| + | |||
| + | Con el tiempo la noticia pasó de las humildes moradas a los aposentos interiores. Pues la señora Zou Siete, orgullosa de su compra, había llevado la falda azul a la señora Zhao para que la inspeccionara; la señora Zhao se lo contó al viejo señor Zhao y la elogió calurosamente. Aquella noche, a la hora de la cena, el viejo señor Zhao discutió el asunto con el xiucai: Ah Q era realmente bastante raro; habría que vigilar más de cerca las puertas y ventanas. Pero quizá aún le quedaran cosas que mereciera la pena comprar; además, la señora Zhao justamente estaba buscando un chaleco de piel barato. El consejo de familia decidió entonces enviar a la señora Zou Siete a buscar a Ah Q sin demora, y a tal fin se creó una tercera excepción especial: aquella noche se permitiría encender lámparas de aceite. | ||
| + | |||
| + | El aceite ya había bajado considerablemente, pero Ah Q aún no había venido. Toda la familia Zhao se impacientó: bostezaban, culpaban a Ah Q de ser poco fiable o reprochaban a la señora Zou Siete no haber insistido bastante. La señora Zhao incluso temía que no se atreviera a venir por las condiciones impuestas en primavera. Pero el viejo señor Zhao opinaba que eso era improbable: al fin y al cabo, era él quien lo había mandado llamar. Y en efecto, la previsión del viejo señor Zhao resultó acertada: al fin Ah Q entró con la señora Zou Siete. | ||
| + | |||
| + | "No hacía más que decir que no le quedaba nada. Le dije que viniera a decirlo él mismo, pero seguía intentando..." dijo jadeando la señora Zou Siete mientras caminaba. | ||
| + | |||
| + | "¡Señor!" dijo Ah Q con media sonrisa, y se quedó de pie bajo el alero. | ||
| + | |||
| + | "Ah Q, he oído que estás haciendo dinero por ahí fuera," dijo el viejo señor Zhao paseándose de un lado a otro y examinándolo de arriba abajo. "Muy bien, muy bien. Pues bien... he oído que aún tienes algunas cosas viejas... podrías traérnoslas todas para que las viéramos... no es por nada en especial, solo quiero..." | ||
| + | |||
| + | "Ya se lo dije a la señora Zou. Se acabó todo." | ||
| + | |||
| + | "¿Se acabó?" El viejo señor Zhao no pudo reprimir una exclamación. "¿Cómo puede haberse acabado tan rápido?" | ||
| + | |||
| + | "Era de unos amigos; no había mucho para empezar. Compraron algo..." | ||
| + | |||
| + | "Algo tiene que quedar todavía." | ||
| + | |||
| + | "Ahora solo queda una cortina de puerta." | ||
| + | |||
| + | "Bueno, trae la cortina para echarle un vistazo entonces," dijo apresuradamente la señora Zhao. | ||
| + | |||
| + | "De acuerdo, tráela mañana entonces," dijo el viejo señor Zhao, ya menos entusiasmado. "Ah Q, siempre que tengas algo en el futuro, tráenoslo a nosotros primero..." | ||
| + | |||
| + | "¡El precio no será inferior al que te ofrecen otros!" dijo el xiucai. La esposa del xiucai miró rápidamente la cara de Ah Q para ver si se conmovía. | ||
| + | |||
| + | "Quiero un chaleco de piel," dijo la señora Zhao. | ||
| + | |||
| + | Aunque Ah Q asintió, salió arrastrando los pies con desgana, y no quedó claro si se lo había tomado en serio. El viejo señor Zhao quedó muy decepcionado, contrariado e inquieto, y hasta dejó de bostezar. El xiucai tampoco estaba satisfecho con la actitud de Ah Q y dijo que aquel bribón merecía vigilancia; quizá habría que ordenar al alguacil que no lo dejara vivir en Weizhuang. Pero el viejo señor Zhao no estuvo de acuerdo: eso podría crear enemistades; además, la gente de ese oficio generalmente seguía la regla de que "el halcón no caza cerca de su nido": no había nada que temer del pueblo natal; bastaba con estar más alerta por las noches. El xiucai, al oír aquella "instrucción paterna", estuvo completamente de acuerdo y retiró inmediatamente su propuesta de expulsar a Ah Q; también instó a la señora Zou Siete a no soltar palabra de aquella conversación. | ||
| + | |||
| + | Pero al día siguiente la señora Zou Siete llevó su falda azul a teñir de negro y al mismo tiempo difundió la noticia de las actividades sospechosas de Ah Q, aunque, para ser justos, no mencionó la parte sobre la propuesta del xiucai de expulsarlo. Solo eso ya fue muy perjudicial para Ah Q. Primero, el alguacil vino y le confiscó la cortina; Ah Q protestó diciendo que la señora Zhao quería verla, pero el alguacil no se la devolvió y además quiso negociar una cuota mensual de protección. Segundo, la actitud de los aldeanos hacia él cambió: aunque todavía no se atrevían a ser descorteses, claramente guardaban las distancias, y aquella distancia era distinta del miedo anterior a su "¡Chop!"; estaba claramente teñida de un elemento de "cautelosa evitación". | ||
| + | |||
| + | Solo un puñado de ociosos seguía queriendo llegar al fondo de la historia de Ah Q. Ah Q no intentó ocultarla y contó sus experiencias con evidente orgullo. Solo entonces se supo que no había sido más que un actor secundario: ni siquiera sabía trepar muros, y mucho menos pasar por agujeros, sino que se limitaba a quedarse fuera del agujero recibiendo las mercancías. Una noche, justo cuando había recibido un fardo y estaba metiendo la mano de nuevo, de pronto oyó un gran alboroto dentro. Echó a correr y huyó toda la noche, por encima de la muralla de la ciudad y de vuelta a Weizhuang, sin atreverse a volver jamás. Pero esta historia resultó aún más perjudicial: los aldeanos habían "guardado respetuosamente las distancias" por miedo a crearse un enemigo, pero ahora resultaba que no era más que un ladrón que ya no se atrevía a robar. Verdaderamente, "tampoco él era ya de temer". | ||
---- | ---- | ||
| Line 92: | Line 400: | ||
'''Capítulo séptimo: La revolución''' | '''Capítulo séptimo: La revolución''' | ||
| − | + | El día catorce del noveno mes del tercer año de Xuantong (宣统) —es decir, el mismo día en que Ah Q vendió su monedero a Zhao Ojos Blancos—, hacia las tres de la madrugada, una gran embarcación de toldo negro atracó en el embarcadero de los Zhao. La barca se deslizó desde la oscuridad más cerrada; los aldeanos dormían profundamente y nadie se dio cuenta. Cuando partió al amanecer, sin embargo, bastantes personas la vieron. Las indagaciones revelaron que se trataba nada menos que de la barca del señor Juren. | |
| + | |||
| + | Aquella barca trajo una gran inquietud a Weizhuang. Antes del mediodía, toda la aldea estaba revuelta. Se suponía que la misión de la barca era un secreto estricto de la casa de los Zhao, pero en las teterías y tabernas la gente decía: los revolucionarios están a punto de entrar en la ciudad, y el señor Juren huye al campo para refugiarse. Solo la señora Zou Siete discrepaba, diciendo que no eran más que unos viejos baúles que el señor Juren había querido dejar en depósito, pero que el viejo señor Zhao los había devuelto. De hecho, el señor Juren y el xiucai Zhao nunca se habían llevado bien, y en teoría no podían compartir ninguna "adversidad común"; además, la señora Zou Siete, como vecina de los Zhao, tenía un conocimiento más cercano: así que probablemente tenía razón. | ||
| + | |||
| + | Pero los rumores florecían: el señor Juren, aunque no había podido dejar sus baúles, había dejado no obstante una carta que establecía su parentesco con los Zhao a través de alguna "conexión indirecta". El viejo señor Zhao lo meditó y decidió que no podía perjudicarle, así que conservó los baúles, que fueron metidos debajo de la cama de la señora. En cuanto a los revolucionarios, se decía que habían entrado en la ciudad aquella misma noche, todos con yelmos blancos y armaduras blancas: iban de luto por el emperador Chongzhen (崇祯). | ||
| + | |||
| + | Los oídos de Ah Q llevaban tiempo oyendo la expresión "revolucionarios", y aquel año incluso había visto ejecutar a unos cuantos con sus propios ojos. Pero mantenía una convicción cuyo origen ni él mismo sabía identificar: que revolución significaba rebelión, y rebelión significaba problemas para él; de ahí que siempre los hubiera "detestado y aborrecido con todas las fibras de su ser". Pero ¿quién iba a imaginar que incluso el señor Juren, famoso en cien li a la redonda, les tuviera tanto miedo? Ah Q no podía dejar de sentir cierta "fascinación", y además, las expresiones de pánico de los hombres y mujeres de Weizhuang le causaban un gran placer. | ||
| + | |||
| + | "¡Revolución? Quizá no esté tan mal," pensó Ah Q. "¡Rebelarse contra toda esta maldita cuadrilla! ¡Muy bien! ¡Absolutamente abominables! ¡Francamente odiosos!... Sí, debería pasarme yo también al bando de los revolucionarios." | ||
| + | |||
| + | Ah Q últimamente andaba escaso de dinero y probablemente algo descontento; además, al mediodía se había bebido dos cuencos de vino con el estómago vacío y se había emborrachado más rápido. Mientras pensaba y caminaba, empezó a flotar de nuevo. De repente le pareció que él mismo era un revolucionario y que todos los habitantes de Weizhuang eran sus prisioneros. En su exaltación gritó: | ||
| + | |||
| + | "¡Rebelión! ¡Rebelión!" | ||
| + | |||
| + | Los habitantes de Weizhuang lo miraron todos con ojos asustados. Unas miradas tan lastimeras Ah Q no las había visto nunca; a primera vista se sintió tan a gusto como si bebiera agua de nieve en junio. Se entusiasmó aún más y gritó mientras caminaba: | ||
| + | |||
| + | "¡Bien!... Lo que yo quiera es mío; a quien yo elija, me la quedo. | ||
| + | |||
| + | ¡Dong-dong, clang-clang! | ||
| + | |||
| + | ¡Si tan solo no hubiera matado al Hermano Zheng en mi borrachera! | ||
| + | |||
| + | ¡Si tan solo no hubiera, ah, ah, ah...! | ||
| + | |||
| + | ¡Dong-dong, clang-clang, dong, clang-lin-clang! | ||
| + | |||
| + | ¡Con mi maza de acero te derribaré!..." | ||
| + | |||
| + | Los dos señores Zhao y dos verdaderos parientes del clan estaban junto a la puerta principal discutiendo la revolución. Ah Q no los vio; con la cabeza bien alta, cantó pasando de largo. | ||
| + | |||
| + | "Dong-dong..." | ||
| + | |||
| + | "Viejo Q," dijo el viejo señor Zhao tímidamente y en voz baja, saliendo a su encuentro. | ||
| + | |||
| + | "Clang-clang." Ah Q no esperaba que su nombre fuera unido a la palabra "Viejo"; lo tomó por alguna otra expresión que nada tenía que ver con él, y siguió cantando. "Dong, clang, clang-lin-clang, ¡clang!" | ||
| + | |||
| + | "Viejo Q." | ||
| + | |||
| + | "Si tan solo no hubiera..." | ||
| + | |||
| + | "¡Ah Q!" El xiucai no tuvo más remedio que llamarlo por su nombre. | ||
| + | |||
| + | Solo entonces se detuvo Ah Q, ladeó la cabeza y preguntó: "¿Qué?" | ||
| + | |||
| + | "Viejo Q... ahora mismo..." Pero el viejo señor Zhao se había quedado sin palabras. "Ahora mismo... ¿estás haciendo dinero?" | ||
| + | |||
| + | "¿Haciendo dinero? Naturalmente. Lo que yo quiera es mío..." | ||
| + | |||
| + | "Ah... Hermano Q, amigos pobres como nosotros no tenemos que preocuparnos, ¿verdad?..." dijo Zhao Ojos Blancos con aprensión, como tanteando las intenciones de los revolucionarios. | ||
| + | |||
| + | "¿Amigos pobres? Vosotros siempre habéis tenido más que yo." Y diciendo esto, Ah Q se alejó. | ||
| + | |||
| + | Todos se quedaron abatidos y sin habla. El viejo señor Zhao y su hijo discutieron el asunto hasta la hora de las lámparas. Zhao Ojos Blancos fue a casa y se quitó el monedero del cinturón; su mujer tuvo que esconderlo en el fondo del arcón. | ||
| + | |||
| + | Ah Q flotó un rato más y regresó al templo Tuguci; a estas alturas la borrachera se le había pasado por completo. Aquella noche el viejo guardián del templo fue también inesperadamente amable y le ofreció té; Ah Q le pidió dos tortitas, se las comió, y luego le pidió una vela de cuatro liang medio usada y un candelero de madera, encendió la vela y se acostó solo en su pequeño cuarto. Se sentía indescriptiblemente fresco y feliz; la luz de la vela bailaba como en la noche de los Faroles, y sus pensamientos también saltaban: | ||
| + | |||
| + | "¡Rebelión? ¡Qué interesante!... Aquí viene una tropa de revolucionarios con yelmos blancos y armaduras blancas, todos con sables, mazas de acero, bombas, fusiles, espadas tridentinas de doble filo y lanzas de gancho. Pasan por el templo Tuguci y llaman: '¡Ah Q! ¡Ven con nosotros, ven con nosotros!' Y entonces nos vamos todos juntos... | ||
| + | |||
| + | "Entonces la cuadrilla de cobardes de Weizhuang se verán bien apurados, arrodillados y suplicando: '¡Ah Q, perdónanos!' ¿Y a mí qué me importan? El primero en caer es el Pequeño D, luego el viejo señor Zhao, y el xiucai, y el Falso Diablo Extranjero... ¿Perdonar a alguno? A Wang Hu se le podría perdonar, supongo, pero no... a él tampoco... | ||
| + | |||
| + | "Cosas... entrar directamente y abrir los baúles: lingotes de oro, dólares de plata, camisas de tela extranjera... La cama de Ningbo de la esposa del xiucai va primero al templo Tuguci; luego los muebles de los Qian... o quizá simplemente use los de los Zhao. No tendré que mover un dedo: haré que el Pequeño D cargue con todo. Y más le vale darse prisa, o le arreo una bofetada... | ||
| + | |||
| + | "La hermana de Zhao Sichen es realmente fea. La hija de la señora Zou Siete... ya veremos dentro de unos años. La esposa del Falso Diablo Extranjero se acuesta con un hombre que no tiene coleta: puaj, no vale nada. La esposa del xiucai tiene una cicatriz en el párpado... Wu Ma... hace tiempo que no la veo, quién sabe dónde estará... lástima lo de sus pies grandes." | ||
| + | |||
| + | Antes de que Ah Q terminara del todo su plan, ya estaba roncando. La vela de cuatro liang apenas se había consumido media pulgada, y su luz roja parpadeante iluminaba su boca abierta. | ||
| + | |||
| + | "¡Jo, jo!" Ah Q gritó de repente, levantó la cabeza y miró alrededor alarmado; al ver la vela de cuatro liang, volvió a apoyar la cabeza y se durmió de nuevo. | ||
| + | |||
| + | A la mañana siguiente se levantó muy tarde; cuando salió a la calle, todo era igual que antes. Seguía teniendo hambre. Pensó mucho, pero no se le ocurrió nada. Entonces pareció dar de repente con una idea: echó a andar lentamente, con un propósito vago, hacia el Convento del Cultivo Silencioso. | ||
| + | |||
| + | El convento estaba tan silencioso como en primavera: muros blancos y portón negro. Meditó un momento, se acercó y llamó. Un perro ladró dentro. Rápidamente cogió unos trozos de ladrillo roto, volvió a acercarse y llamó con más fuerza. El portón negro quedó cubierto de marcas de sus golpes antes de que alguien viniera a abrir. | ||
| + | |||
| + | Ah Q preparó apresuradamente sus ladrillos, separó las piernas en posición de combate y se dispuso a batallar con el perro negro. Pero el portón del convento solo se abrió una rendija; ningún perro negro salió cargando: al espiar dentro, vio solamente a la monja vieja. | ||
| + | |||
| + | "¿Qué quieres esta vez?" dijo ella alarmada. | ||
| + | |||
| + | "¡Revolución!... ¿No lo sabías?..." dijo Ah Q algo inarticuladamente. | ||
| + | |||
| + | "Revolución, revolución, otra revolución... ¿Cuánto más vais a revolucionarnos?" dijo la vieja monja con los ojos enrojecidos. | ||
| + | |||
| + | "¿Cómo?..." Ah Q se quedó desconcertado. | ||
| + | |||
| + | "¿No lo sabéis? ¡Ya han venido a revolucionarnos!" | ||
| + | |||
| + | "¿Quién?..." Ah Q estaba aún más desconcertado. | ||
| + | |||
| + | "¡El xiucai y el Diablo Extranjero!" | ||
| + | |||
| + | Esto Ah Q no se lo esperaba; involuntariamente se sobresaltó. Al ver que su espíritu combativo vacilaba, la vieja monja cerró de un portazo a la velocidad del rayo; Ah Q empujó, pero no se movió; volvió a llamar, pero nadie respondió. | ||
| + | |||
| + | Había sido aquella misma mañana temprano. El xiucai Zhao, que tenía buen olfato para las noticias, no bien supo que los revolucionarios habían entrado en la ciudad durante la noche, se enrolló la coleta en la coronilla y fue a primera hora a visitar a Qian, el Diablo Extranjero, con quien nunca se había llevado bien. Era el momento en que "todos debían compartir la renovación", así que congeniaron magníficamente y se convirtieron al instante en camaradas del mismo parecer, resueltos a revolucionar juntos. Pensaron y pensaron y al fin se les ocurrió que en el Convento del Cultivo Silencioso había una tablilla de madera con la inscripción "Larga vida al Emperador, larga, larga vida": aquello debía ser revolucionado de inmediato. Así que fueron juntos al convento a revolucionar. Cuando la vieja monja intentó impedirlo y dijo tres frases, la trataron como representante del gobierno manchú y le dieron unos cuantos golpes con palos y nudillos en la cabeza. Cuando se marcharon, la monja se rehízo, hizo inventario y descubrió que la tablilla del dragón yacía hecha pedazos en el suelo, y además, el incensario de la era Xuande (宣德) que estaba frente a la estatua de Guanyin (观音) había desaparecido. | ||
| + | |||
| + | De todo esto Ah Q no se enteró sino después. Lamentó profundamente haberse quedado dormido, y también guardó un profundo rencor porque no habían venido a buscarlo. Dio un paso más atrás en su reflexión y pensó: | ||
| + | |||
| + | "¿Será que todavía no saben que me he pasado al bando de los revolucionarios?" | ||
---- | ---- | ||
| Line 98: | Line 500: | ||
'''Capítulo octavo: Excluido de la revolución''' | '''Capítulo octavo: Excluido de la revolución''' | ||
| − | + | Los corazones de Weizhuang se fueron calmando día a día. Según las noticias que llegaban, aunque los revolucionarios habían entrado en la ciudad, no había cambiado gran cosa. El magistrado del distrito seguía en su puesto, solo que le habían cambiado el título, y el señor Juren también ocupaba ahora algún cargo: la gente de Weizhuang no acababa de entender aquellos títulos. Y el comandante militar seguía siendo el mismo viejo batong (把总). Solo hubo un hecho alarmante: unos cuantos revolucionarios de mala catadura se habían inmiscuido y empezaron a armar jaleo; al segundo día ya andaban cortando coletas. Se decía que Qi Jin (七斤), el barquero de la aldea vecina, había sido víctima suya y tenía ahora un aspecto absolutamente inhumano. Pero esto todavía no era motivo de gran alarma, pues los habitantes de Weizhuang rara vez iban a la ciudad, y los que hubieran querido ir cambiaron inmediatamente de planes para evitar el peligro. Ah Q, que originalmente tenía intención de ir a la ciudad a ver a sus viejos amigos, al enterarse de la noticia también abandonó la idea. | |
| + | |||
| + | Pero ni siquiera en Weizhuang podía decirse que no hubiera habido reforma alguna. Varios días después, cada vez más gente empezó a enrollarse la coleta en la coronilla. Como ya se ha dicho, el señor Maocai (茂才) fue el primero, seguido de Zhao Sichen y Zhao Ojos Blancos, y luego Ah Q. En verano no habría tenido nada de raro enrollarse la coleta en la cabeza o hacerse un nudo; pero ahora estaban en pleno otoño, y por tanto aquello de "practicar costumbres veraniegas en otoño" representaba, para los que se enrollaban la coleta, un acto de extraordinario valor, y para Weizhuang no podía decirse que fuera ajeno a la reforma. | ||
| + | |||
| + | Cuando Zhao Sichen pasó caminando con la parte de atrás de la cabeza al descubierto, la gente que lo veía exclamaba: | ||
| + | |||
| + | "¡Mira, un revolucionario!" | ||
| + | |||
| + | Ah Q lo oyó y sintió mucha envidia. Aunque hacía tiempo que conocía la gran noticia de que el xiucai se había enrollado la coleta, nunca se le había ocurrido que él pudiera hacer lo mismo. Solo al ver a Zhao Sichen se le ocurrió la idea de imitarlo, y resolvió llevarla a la práctica. Con un palillo de bambú se enrolló la coleta en la coronilla, vaciló largo rato y solo entonces se aventuró a salir. | ||
| + | |||
| + | Caminó por la calle; la gente lo miraba pero no decía nada. Al principio Ah Q estaba descontento, luego indignado. Últimamente se había vuelto muy irascible. En realidad su vida no era peor que antes de la rebelión, la gente lo trataba con cortesía y las tiendas no le exigían pago en efectivo. Pero Ah Q sentía que lo estaban ignorando injustamente: ya que había habido una revolución, las cosas no debían seguir simplemente como antes. Además, un día vio al Pequeño D, y aquello lo enfureció aún más. | ||
| + | |||
| + | El Pequeño D también se había enrollado la coleta en la coronilla, y con un palillo de bambú además. Ah Q nunca habría imaginado que tuviera la osadía, y eso era absolutamente intolerable. ¿Quién se creía que era el Pequeño D? No deseaba otra cosa que agarrarlo por la cabeza, partirle el palillo, bajarle la coleta y darle unos cuantos bofetones: un castigo menor por olvidar su lugar y atreverse a jugar al revolucionario. Pero al final lo dejó ir y se limitó a escupir furiosamente tras él: "¡Puaj!" | ||
| + | |||
| + | Durante aquellos días solo una persona fue a la ciudad: el Falso Diablo Extranjero. El xiucai Zhao había querido visitar personalmente al señor Juren invocando los baúles guardados, pero desistió por miedo a que le cortaran la coleta. Escribió una carta en el cortés formato del "Parasol Amarillo" y se la dio al Falso Diablo Extranjero para que la llevara a la ciudad; al mismo tiempo le pidió que le consiguiera una presentación ante el Partido de la Libertad. Cuando el Falso Diablo Extranjero regresó, le cobró cuatro dólares de plata al xiucai; a cambio, el xiucai lucía ahora un melocotón de plata en la solapa. Todo Weizhuang quedó impresionado y admirado: aquello era la insignia del "Partido del Aceite de Sésamo", equivalente al rango de Hanlin (翰林). El prestigio del viejo señor Zhao se disparó en consecuencia, superando con mucho lo que había sido cuando su hijo aprobó por primera vez el examen de xiucai. Por tanto miraba todo desde arriba, y cuando veía a Ah Q, lo contemplaba con considerable desdén. | ||
| + | |||
| + | Ah Q ya estaba descontento y se sentía perpetuamente menospreciado. Cuando se enteró del melocotón de plata, comprendió al instante por qué lo menospreciaban: para hacer la revolución no bastaba con anunciar la propia adhesión; enrollarse la coleta tampoco era suficiente. El primer paso era establecer contacto con los revolucionarios. Los únicos revolucionarios que había conocido en su vida eran dos: el de la ciudad hacía tiempo que había sido "ejecutado"; ahora solo quedaba el Falso Diablo Extranjero. No le quedaba más remedio que apresurarse a consultar al Falso Diablo Extranjero. | ||
| + | |||
| + | La puerta de la residencia de los Qian estaba abierta de par en par, y Ah Q se coló tímidamente. Una vez dentro recibió un gran susto: el Falso Diablo Extranjero estaba de pie en medio del patio, vestido enteramente de negro —al parecer ropa extranjera—, con un melocotón de plata prendido en el pecho y un bastón en la mano que Ah Q conocía demasiado bien. La coleta, de más de un pie de largo, había sido destrenzada y le colgaba suelta sobre los hombros; con aquella melena salvaje parecía el inmortal Liu Hai (刘海). Frente a él, en firmes, estaban Zhao Ojos Blancos y tres ociosos, escuchando con la máxima deferencia. | ||
| + | |||
| + | Ah Q se acercó furtivamente y se colocó detrás de Zhao Ojos Blancos. Quería saludarlo pero no sabía qué decir: "Falso Diablo Extranjero" estaba obviamente descartado; "Extranjero" tampoco era apropiado; "Revolucionario" tampoco. Quizá debería decir "Señor Extranjero". | ||
| + | |||
| + | Pero el Señor Extranjero todavía no lo había visto, pues peroraba con los ojos alzados y pleno entusiasmo: | ||
| + | |||
| + | "Soy un hombre impaciente, así que siempre que nos encontramos le digo: ¡Hermano Hong! ¡Pongámonos a trabajar! Pero él siempre dice: Noo! —eso es una palabra inglesa que vosotros no entenderíais—. Si no, habríamos triunfado hace tiempo. Pero esto precisamente demuestra lo prudente que es. Me ha invitado tres y cuatro veces a ir a Hubei (湖北), pero todavía no he aceptado. ¿Quién quiere trabajar en esta pequeña capital de condado...?" | ||
| + | |||
| + | "Eh... bueno..." Ah Q esperó una breve pausa y al fin reunió valor para hablar; pero por alguna razón no lo llamó "Señor Extranjero" después de todo. | ||
| + | |||
| + | Los cuatro oyentes se volvieron alarmados. El Señor Extranjero también lo vio por primera vez: | ||
| + | |||
| + | "¿Qué?" | ||
| + | |||
| + | "Yo..." | ||
| + | |||
| + | "¡Fuera!" | ||
| + | |||
| + | "Quiero unirme a..." | ||
| + | |||
| + | "¡Fuera!" El Señor Extranjero levantó el palo de luto. | ||
| + | |||
| + | Zhao Ojos Blancos y los ociosos gritaron: "¡El señor dice que te vayas! ¿No oyes?" | ||
| + | |||
| + | Ah Q se cubrió la cabeza con el brazo y huyó involuntariamente por la puerta; el Señor Extranjero no lo persiguió. Corrió unos sesenta pasos buenos antes de aminorar. Pero entonces la tristeza le invadió: el Señor Extranjero no le permitía hacer la revolución; no le quedaba otro camino. A partir de ahora no podía ya esperar que hombres con yelmos blancos y armaduras blancas vinieran a llamarlo. Todas sus ambiciones, aspiraciones, esperanzas y perspectivas de futuro quedaron borradas de un solo golpe. Que los ociosos difundirían la noticia y darían al Pequeño D y a Wang Hu y al resto motivo de burla era, en comparación, un asunto menor. | ||
| + | |||
| + | Le pareció que nunca había experimentado un vacío semejante. Hasta su coleta enrollada le parecía absurda y despreciable; por despecho quiso desenrollarla en el acto, pero en realidad no lo hizo. Vagó hasta el anochecer; en una taberna consiguió que le fiaran dos cuencos de vino, se los bebió y fue recobrando gradualmente el ánimo; solo entonces volvieron a aparecer fragmentos de yelmos blancos y armaduras blancas en sus pensamientos. | ||
| + | |||
| + | Un día, como de costumbre, ya era muy tarde y la taberna estaba a punto de cerrar cuando regresó paseando hacia el templo Tuguci. | ||
| + | |||
| + | ¡Pum, pa-pa-pa! | ||
| + | |||
| + | De repente oyó un ruido extraño: no eran petardos. Ah Q siempre había sido aficionado a los espectáculos y siempre estaba dispuesto a meter las narices en los asuntos ajenos; siguió el ruido en la oscuridad. Delante parecía haber pasos. Justo cuando aguzaba el oído, alguien venía corriendo desde la dirección contraria. Ah Q lo vio y al instante echó a correr en la misma dirección. El hombre dobló una esquina; Ah Q dobló la esquina. El hombre se detuvo; Ah Q se detuvo. Miró detrás: nada. Miró al hombre: era el Pequeño D. | ||
| + | |||
| + | "¿Qué pasa?" Ah Q se molestó. | ||
| + | |||
| + | "Los Zhao... ¡la casa de los Zhao ha sido robada!" dijo el Pequeño D jadeando. | ||
| + | |||
| + | El corazón de Ah Q empezó a latir con fuerza. El Pequeño D dijo lo que tenía que decir y desapareció. Ah Q huyó, se detuvo, dio media vuelta: dos, tres veces. Pero como él mismo había estado una vez "en ese negocio", tenía más coraje que otros. Así que se aventuró a doblar la esquina de la calle y escuchó: parecían oírse gritos. Miró con más atención: parecían muchos hombres con yelmos blancos y armaduras blancas, en fila, acarreando baúles, muebles, la cama de Ningbo de la esposa del xiucai... pero no se veía con claridad. Quiso acercarse, pero los pies no le obedecían. | ||
| + | |||
| + | No había luna aquella noche; Weizhuang yacía en profunda oscuridad, quieta como en los tiempos del emperador primordial Fuxi (伏羲). Ah Q se quedó mirando hasta que él mismo se puso inquieto. Todo parecía igual que antes: sacaban cosas y metían otras: baúles fuera, muebles fuera, la cama de Ningbo de la esposa del xiucai fuera... tanto que apenas podía creerlo. Pero decidió no acercarse más y regresó a su templo. | ||
| + | |||
| + | El templo Tuguci estaba más negro todavía. Cerró el portón y a tientas encontró su cuarto. Después de estar acostado un buen rato, al fin logró ordenar sus pensamientos y empezó a reflexionar sobre sí mismo: los hombres de yelmos blancos y armaduras blancas habían estado claramente allí, y sin embargo no habían venido a saludarlo; habían acarreado muchas cosas buenas, y ninguna era para él. Todo era culpa del Falso Diablo Extranjero, que le había vedado la revolución. Cuanto más pensaba Ah Q, más furioso se ponía, hasta que al fin ya no podía contener la amargura. Asintió con la cabeza violentamente y dijo: | ||
| + | |||
| + | "¡Me prohíbe la revolución y después se rebela él! ¡Maldito Falso Diablo Extranjero! ¡Muy bien, tú rebélate! Rebelión es delito capital... ¡te denunciaré, y te arrastrarán a la capital del condado y te cortarán la cabeza! ¡Exterminarán a todo tu clan! ¡Zas! ¡Zas!" | ||
---- | ---- | ||
| Line 160: | Line 624: | ||
La segunda vez tras los barrotes no estaba especialmente afligido. Sentía que siendo un hombre entre el cielo y la tierra, probablemente tenía que ser arrastrado de aquí para allá a veces, y a veces tenía que dibujar círculos en papel. Solo que su círculo no fuera redondo: eso lo consideraba una mancha en su "historial". Pero al poco rato se tranquilizó: ¡Solo un novato dibuja un círculo perfectamente redondo! Y así se quedó dormido. | La segunda vez tras los barrotes no estaba especialmente afligido. Sentía que siendo un hombre entre el cielo y la tierra, probablemente tenía que ser arrastrado de aquí para allá a veces, y a veces tenía que dibujar círculos en papel. Solo que su círculo no fuera redondo: eso lo consideraba una mancha en su "historial". Pero al poco rato se tranquilizó: ¡Solo un novato dibuja un círculo perfectamente redondo! Y así se quedó dormido. | ||
| − | + | Pero aquella noche fue el señor Juren quien no pudo dormir: se había peleado con el batong. El señor Juren insistía en que la prioridad era recuperar los objetos robados; el batong insistía en que la prioridad era hacer un escarmiento público. El batong últimamente había dejado de mostrar mucho respeto al señor Juren y golpeó la mesa: "¡Castigar a uno para escarmentar a cien! ¡Mire usted: llevo revolucionario menos de veinte días y ya ha habido más de una docena de robos, ninguno resuelto! ¿Dónde queda mi reputación? Cuando se resuelve un caso, viene usted a regatear. ¡Eso no puede ser! ¡Este es asunto mío!" El señor Juren se vio acorralado, pero se mantuvo firme: si no se recuperaban los objetos robados, dimitiría inmediatamente de su cargo de administrador civil auxiliar. El batong dijo: "¡Como quiera!" Y así el señor Juren no durmió en toda la noche; afortunadamente, al día siguiente tampoco dimitió. | |
La tercera vez que sacaron a Ah Q por la puerta enrejada fue a la mañana siguiente de la noche de insomnio del señor Juren. Lo llevaron al salón principal; el familiar anciano de cabeza rapada seguía sentado al fondo, y Ah Q volvió a arrodillarse como de costumbre. | La tercera vez que sacaron a Ah Q por la puerta enrejada fue a la mañana siguiente de la noche de insomnio del señor Juren. Lo llevaron al salón principal; el familiar anciano de cabeza rapada seguía sentado al fondo, y Ah Q volvió a arrodillarse como de costumbre. | ||
Latest revision as of 12:11, 9 April 2026
La verdadera historia de Ah Q (阿Q正传)
Lu Xun (鲁迅, Lǔ Xùn, 1881–1936)
Traducción del chino al español.
Publicada originalmente por entregas en el suplemento del Chenbao (晨报副刊, Morning Post) de Pekín, del 4 de diciembre de 1921 al 12 de febrero de 1922, y recogida posteriormente en Grito de guerra (呐喊, Nàhǎn, 1923).
La verdadera historia de Ah Q
Capítulo primero: Prefacio
Desde hace ya un año o dos vengo queriendo escribir la verdadera historia de Ah Q. Sin embargo, por un lado quería escribirla y por otro seguía vacilando, lo que demuestra sobradamente que no soy de esa clase de personas que "establecen palabras imperecederas". Pues desde tiempos inmemoriales, una pluma inmortal requiere un tema inmortal: el hombre se inmortaliza por sus escritos y los escritos por el hombre. Pero quién inmortaliza exactamente a quién se vuelve cada vez más confuso, hasta que uno acaba volviendo a Ah Q, como si un fantasma rondara los pensamientos.
Sin embargo, al poner la pluma sobre el papel para este artículo perecedero, surgen diez mil dificultades desde el primer trazo. La primera atañe al título. Confucio (孔子) dijo: "Si los nombres no son correctos, las palabras no fluirán." Es algo que exige la máxima atención. Hay muchos tipos de biografía: biografías colectivas, autobiografías, biografías esotéricas, biografías no oficiales, biografías complementarias, biografías familiares, biografías breves... y desgraciadamente ninguna encaja. ¿"Biografía colectiva"? Esta obra no figura junto a eminentes personalidades en una historia oficial. ¿"Autobiografía"? Yo ciertamente no soy Ah Q. ¿"Biografía no oficial"? ¿Dónde está la "oficial"? En suma, esta obra es en realidad una "biografía auténtica", pero dado mi estilo inferior --la lengua de "tiradores de carreta y vendedores de sopa"--, no me atrevo a darle ese nombre. Así que de la fórmula de esos novelistas que ni siquiera figuran entre las Tres Enseñanzas y las Nueve Escuelas --"Basta de palabras ociosas; volvamos a la verdadera historia"-- he extraído los dos caracteres que significan "verdadera historia" y los he usado como título.
En segundo lugar, por convención, toda biografía debe empezar: "El señor Fulano, de nombre artístico Zutano, natural de Cual." Pero yo ni siquiera conozco el apellido de Ah Q. En una ocasión pareció llamarse Zhao (赵), pero al día siguiente ya era incierto. Sucedió cuando el hijo del viejo señor Zhao aprobó el examen de xiucai (秀才) y los alegres tañidos de gong recorrieron la aldea. Ah Q, después de beber dos cuencos de vino de arroz, empezó a bailar de alegría, proclamando que aquello era un honor también para él, pues él y el viejo señor Zhao eran del mismo clan, y si se contaban las generaciones, resultaba que él era tres generaciones mayor que el xiucai. Algunos presentes lo miraron con cierto respeto. Pero quién iba a imaginar que al día siguiente el alguacil de la aldea llamaría a Ah Q a casa del viejo señor Zhao. El viejo, nada más verlo, se puso morado de rabia y bramó:
"¡Ah Q, inútil! ¿Has dicho que eres pariente mío?"
Ah Q no respondió.
El viejo señor Zhao se enfureció aún más, dio unos pasos adelante y dijo: "¿Cómo te atreves a decir semejante disparate? ¿Cómo iba yo a tener un pariente como tú? ¿Acaso te apellidas Zhao?"
Ah Q siguió callado e intentó retirarse, pero el viejo señor Zhao se adelantó de un salto y le dio un bofetón.
"¿Cómo vas a apellidarte Zhao? ¡No eres digno de llevar ese apellido!"
Ah Q no intentó protestar. Se limitó a frotarse la mejilla izquierda y se retiró con el alguacil, que luego lo regañó otra vez y le sacó doscientos wen para vino. Desde entonces nadie volvió a mencionar su apellido, y yo nunca he podido averiguar el verdadero.
En tercer lugar, tampoco sé cómo se escribe el nombre de pila de Ah Q. En vida, todos lo llamaban Ah Quei (阿桂/阿贵); después de muerto, nadie volvió a pronunciar ese nombre. Mi último recurso fue emplear "letras extranjeras" y escribirlo según la ortografía vigente en Inglaterra, abreviado como "Ah Q". Esto es casi una imitación servil de la Nueva Juventud (新青年), y yo mismo me disculpo por ello.
En cuarto lugar, queda la cuestión de su lugar de origen. Aunque vivía principalmente en Weizhuang (未庄), a menudo se alojaba en otros sitios y no se le puede llamar simplemente "natural de Weizhuang".
Lo único que me consuela es que la palabra "Ah" es perfectamente correcta, libre de interpretaciones forzadas, y puede someterse con confianza al juicio de los eruditos. En cuanto al resto, queda fuera del alcance de un estudioso superficial. Solo espero que en el futuro los discípulos del señor Hu Shizhi (胡适之) desenterren nuevas pistas. Pero para entonces, esta verdadera historia de Ah Q seguramente habrá perecido hace mucho.
Lo anterior sirva como prefacio.
Capítulo segundo: Breve recuento de las victorias de Ah Q
No solo eran algo oscuros el apellido y el lugar de origen de Ah Q, sino que incluso su anterior carrera estaba envuelta en misterio. La gente de Weizhuang solo quería que hiciera trabajos eventuales y se burlaba de él; nadie se había fijado jamás en su "carrera". Ah Q tampoco hablaba de ella, excepto cuando discutía, y entonces abría mucho los ojos y decía: "¡Nosotros fuimos en otro tiempo mucho más grandes que vosotros! ¡Vosotros qué sois!"
Ah Q no tenía familia y vivía en el templo Tuguci (土谷祠) de Weizhuang; tampoco tenía ocupación fija, sino que se alquilaba como jornalero. Cuando había trigo que segar, segaba trigo; cuando había arroz que descascarillar, descascarillaba arroz; cuando había un barco que gobernar, gobernaba el barco.
Ah Q era además sumamente orgulloso. Todos los habitantes de Weizhuang estaban por debajo de él, e incluso miraba a los dos "aprendices de letrado" con expresión desdeñosa. Además, como había estado en la ciudad varias veces, se volvió aún más engreído.
Ah Q tenía sin embargo unos cuantos defectos físicos. El más enojoso eran varias cicatrices de tiña en el cuero cabelludo. Evitaba la palabra "tiña" y todas las que sonaran parecido. Cada vez que alguien pronunciaba una de estas palabras tabú, Ah Q se ponía colorado de furia. Pero de algún modo solía salir peor parado. Así que poco a poco cambió de táctica y se contentaba con fulminar con la mirada.
Cuando los ociosos de Weizhuang lo provocaban y lo atrapaban por la coleta y le golpeaban la cabeza contra la pared cuatro o cinco veces, se marchaban satisfechos y victoriosos. Ah Q se quedaba quieto un momento y pensaba: "Bueno, me han pegado mis hijos; el mundo de hoy va realmente de mal en peor..." Y se iba también, satisfecho y victorioso.
Este método de "victoria espiritual" se hizo famoso. A partir de entonces, cada vez que lo tenían agarrado de la coleta, le decían: "Ah Q, esto no es un hijo pegando a su padre, es un hombre pegando a un animal. Dilo tú mismo: un hombre pega a un animal."
Ah Q, sujetando la raíz de su coleta con ambas manos, la cabeza ladeada, decía: "¿Pegando a un gusano? Soy un gusano... ¿me sueltas ya?"
Pero aunque fuera un gusano, le golpeaban la cabeza cinco o seis veces contra la pared y se marchaban satisfechos. Ah Q también se marchaba satisfecho y victorioso. Se consideraba el primer hombre capaz de "autodesprecio", y si se restaba el "auto", quedaba el "primero". ¿Acaso el zhuangyuan (状元) no era también "el primero"?
Después de vencer a sus enemigos por tan admirables métodos, Ah Q solía correr alegremente a la taberna, beber unos cuantos cuencos, bromear y discutir con los demás, ganar otra victoria y regresar contento al templo Tuguci, donde apoyaba la cabeza y se quedaba dormido al instante. Si tenía dinero, se iba a jugar. Un grupo de hombres se acuclillaba en el suelo, y Ah Q se colaba entre ellos, el sudor corriéndole por la cara, su voz la más fuerte de todas:
"¡Dragón Azul, cuatrocientos!"
"Ahhh... ¡abran!" cantaba el banquero, igualmente empapado en sudor. "¡La Puerta del Cielo... la esquina de atrás! ¡El Paso del Hombre, vacío! ¡Cobres de Ah Q, vengan acá!"
"¡Paso, cien... ciento cincuenta!"
Con tales cantos, los cobres de Ah Q iban pasando a los fajas de otros individuos sudorosos. Al final tenía que escurrirse fuera del grupo, quedarse de pie detrás de los otros y angustiarse en su nombre hasta que la partida se deshacía, tras lo cual regresaba a desgana al templo Tuguci y al día siguiente se ponía a trabajar con los ojos hinchados.
Pero como dice el refrán: "Cuando al viejo de la frontera se le perdió el caballo, ¿quién iba a decir que no era una bendición?" Pues un día Ah Q tuvo la desgracia de ganar, y por poco acaba siendo su ruina.
Fue la noche de la fiesta del dios de la aldea en Weizhuang. Aquella noche hubo, como de costumbre, función de teatro, y cerca del escenario, también como de costumbre, muchas mesas de juego. Los tambores y gongs del teatro le sonaban a Ah Q como si estuvieran a diez li de distancia; solo oía la cantilena del banquero. Ganó una y otra vez: los cobres se convirtieron en monedas de diez centavos de plata, los de diez centavos en dólares de plata, y los dólares se amontonaron en una pila. Estaba eufórico:
"¡Puerta del Cielo, dos dólares!"
No sabía quién había empezado a pelearse con quién ni por qué. Maldiciones, golpes, pisadas... un tumulto confuso rugía alrededor de su cabeza aturdida, hasta que al fin logró ponerse en pie. Las mesas de juego habían desaparecido, la gente había desaparecido, y en varios puntos de su cuerpo algo parecía doler bastante, como si hubiera recibido unos cuantos puñetazos y patadas. Varias personas lo miraban con asombro. Regresó tambaleándose al templo Tuguci, como en un sueño, se serenó y descubrió que su pila de dólares de plata se había esfumado. Los jugadores de la fiesta solían venir de otras aldeas: ¿adónde ir a buscar a los culpables?
¡Qué hermosa pila de dólares de plata, resplandecientes! Y habían sido suyos... y ya no estaban. Decirse que se los habían llevado sus propios hijos no era verdadero consuelo; declararse un gusano tampoco consolaba: esta vez sí que sentía la amargura de la derrota.
Pero casi al instante convirtió la derrota en victoria. Levantó la mano derecha y se propinó dos sonoros bofetones en la cara. Le escoció bastante. Después se calmó: era como si el que golpeaba y el que era golpeado fueran dos personas distintas; al poco rato casi sintió que había golpeado a otro, y pese a un ligero escozor residual, se acostó satisfecho y victorioso.
Se quedó dormido.
Capítulo tercero: Continuación de las victorias de Ah Q
Aunque Ah Q resultaba victorioso con frecuencia, no se hizo realmente célebre hasta después de recibir la bofetada del viejo señor Zhao.
Tras pagarle al alguacil doscientos wen para vino, se acostó furioso. Después pensó: "El mundo de hoy va realmente de mal en peor... hijos pegando a padres..." Luego, de repente, pensó en la majestad del viejo señor Zhao, y puesto que el anciano era ahora su hijo, poco a poco se puso contento, se levantó y se fue cantando "La viudita joven visita la tumba" hacia la taberna. Para entonces ya sentía que, en efecto, el viejo señor Zhao estaba un escalón por encima de todos.
Cosa extraña: a partir de aquel día todo el mundo pareció tratarlo con algo más de respeto. A juicio de Ah Q, esto era, naturalmente, porque él era el padre del viejo señor Zhao; pero en realidad la explicación era otra. En Weizhuang regía una norma: si Ah Siete le pegaba a Ah Ocho, o Li Cuatro a Zhang Tres, nadie lo consideraba digno de mención. Solo cuando un asunto se convertía en la comidilla de la aldea adquiría fama el que pegaba, y también el que recibía, por asociación, por así decirlo. Que la culpa era de Ah Q no admitía discusión. Pero ¿por qué? Porque el viejo señor Zhao no podía estar equivocado. Y si Ah Q era culpable, ¿por qué todos le mostraban más respeto? Difícil de explicar. Quizá, si se permite una interpretación, fuera porque Ah Q había afirmado ser del mismo clan que el viejo señor Zhao, y aunque lo habían abofeteado, la gente todavía temía que hubiera algo de cierto y estimó prudente mostrarse un poco más respetuosa. De lo contrario, era como el buey del gran sacrificio en el templo de Confucio: aunque, como los cerdos y las ovejas, no dejaba de ser ganado, una vez que el Sabio le había puesto los palillos encima, los letrados de generaciones posteriores no se atrevieron a tocarlo.
Después de aquello, Ah Q pasó bastantes años con una existencia bastante satisfactoria.
Un día de primavera, caminaba algo ebrio por la calle cuando vio a Wang Hu (王胡) sentado con el torso desnudo al sol, contra una pared, buscándose piojos. A Ah Q de repente le picó todo el cuerpo. Este Wang Hu era sarnoso y barbudo, y todo el mundo lo llamaba "Wang el Sarnoso Barbudo", pero Ah Q suprimía la palabra "sarnoso" y lo despreciaba absolutamente. En opinión de Ah Q, la sarna no tenía nada de notable; solo aquella barba poblada era verdaderamente estrafalaria e indigna de consideración. Así que se sentó a su lado. Con cualquier otro ocioso, Ah Q no se habría atrevido a sentarse tan tranquilamente, pero al lado de Wang Hu, ¿qué había que temer? A decir verdad, el mero hecho de dignarse a sentarse a su lado ya era hacerle un favor.
Ah Q también se quitó su chaqueta raída y se puso a buscar un rato, pero fuera porque la chaqueta estaba recién lavada o porque era descuidado, tras largo esfuerzo solo encontró tres o cuatro. Wang Hu, entretanto, encontraba uno tras otro: dos, luego tres seguidos, y se los metía entre los labios con un crujido satisfactorio.
Al principio Ah Q sintió decepción; luego indignación. Hasta el despreciable Wang Hu tenía tantos, mientras que él tan pocos: ¡menuda vergüenza! Buscó desesperadamente uno o dos grandes, pero no encontró ninguno; con gran dificultad atrapó uno mediano, se lo metió furiosamente entre sus gruesos labios y mordió con fuerza: crac. Pero no fue tan sonoro como los de Wang Hu.
Se le enrojecieron todas las cicatrices. Tiró la chaqueta al suelo, escupió y dijo:
"¡Oruga piojosa!"
"Perro sarnoso, ¿a quién estás insultando?" Wang Hu levantó la vista con desprecio.
Aunque Ah Q había ganado algo más de respeto últimamente y se había vuelto más orgulloso, seguía siendo tímido ante los pendencieros habituales. Pero esta vez estaba extraordinariamente valiente. ¿Cómo se atrevía a ser insolente una criatura tan peluda?
"Si te viene el sayo, póntelo," dijo Ah Q poniéndose en pie con las manos en las caderas.
"¿Te están picando los huesos?" Wang Hu también se levantó y se puso la chaqueta.
Ah Q, creyendo que intentaba huir, se abalanzó y le lanzó un puñetazo. Pero antes de que el golpe aterrizara, Wang Hu lo había agarrado por el puño. Un tirón, y Ah Q tropezó hacia adelante; al instante siguiente, Wang Hu lo tenía agarrado de la coleta y estaba a punto de estamparle la cabeza contra la pared según la costumbre establecida.
"'Un caballero pelea con palabras, no con puños'," dijo Ah Q con la cabeza ladeada.
Wang Hu, por lo visto, no era un caballero. No le hizo el menor caso y le golpeó la cabeza contra la pared cinco veces seguidas; después lo empujó con tal fuerza que Ah Q voló más de seis pies. Solo entonces Wang Hu se marchó satisfecho.
En la memoria de Ah Q, aquella fue probablemente la primera gran humillación de su vida, porque Wang Hu, con su repugnante barba, siempre había sido el blanco de las burlas de Ah Q: era el otro quien recibía las mofas, nunca él. ¡Por no hablar de ser golpeado! Y ahora aquel individuo lo había golpeado de verdad: algo absolutamente inaudito. ¿Serían ciertos los rumores que corrían por el mercado, de que el Emperador había abolido los exámenes, de que ya no hacían falta xiucai ni juren, y de que el prestigio de la familia Zhao había declinado en consecuencia, razón por la cual la gente se atrevía a menospreciarlo?
Ah Q se quedó allí plantado, completamente perdido.
Un hombre se acercaba desde lejos: otro de sus enemigos. Era la persona que Ah Q más detestaba: el hijo mayor del viejo señor Qian (钱). Este sujeto había ido antes a la ciudad a estudiar en una escuela de estilo extranjero; después, por alguna razón, se marchó al Japón, y regresó al cabo de medio año con las piernas rectas pero sin coleta. Su madre había llorado una docena de veces, y su esposa había intentado tirarse al pozo tres veces. Más tarde su madre le explicó a todo el mundo: "Unos canallas le cortaron la coleta después de emborracharlo. Podría haber llegado a alto funcionario; ahora no le queda más remedio que esperar a que le vuelva a crecer." Pero Ah Q se negaba a creerlo; se empeñaba en llamarlo el "Falso Diablo Extranjero" (假洋鬼子) y también "un hombre confabulado con los extranjeros", y cada vez que lo veía, lo maldecía en silencio.
Lo que Ah Q "detestaba con particular vehemencia" era la falsa coleta del hombre. Cuando una coleta era realmente falsa, uno había perdido el derecho a ser considerado humano; y si su mujer no se tiraba al pozo por cuarta vez, tampoco era una mujer decente.
El "Falso Diablo Extranjero" se acercaba.
"Pelón. Burro..." Ah Q siempre había mascullado tales insultos solo para sí, nunca en voz alta. Pero esta vez —porque estaba furioso y sediento de venganza— las palabras se le escaparon en un susurro.
Pero el pelón venía a grandes zancadas con un bastón amarillo en la mano, que Ah Q llamaba el "palo de luto". En aquel instante Ah Q supo que iba a ser golpeado. Apresuradamente tensó todos los músculos, encogió los hombros y esperó. Efectivamente: zas, pareció caer de lleno sobre su cabeza.
"¡Estaba hablando de él!" Ah Q señaló a un niño que estaba cerca.
¡Zas! ¡Zas, zas!
En la memoria de Ah Q, aquella fue probablemente la segunda gran humillación de su vida. Pero cuando los bastonazos cesaron, algo pareció haberse resuelto, y de hecho se sintió bastante aliviado. Además, la preciada herencia del "olvido" hizo su efecto: siguió caminando despacio, y cuando estaba a punto de llegar a la puerta de la taberna, ya estaba de buen humor.
Pero venía hacia él la pequeña monja del Convento del Cultivo Silencioso (静修庵). Incluso en tiempos normales, Ah Q le habría escupido y la habría insultado nada más verla; ¡cuánto más después de una humillación! Recuerdo y hostilidad brotaron juntos.
"Con razón he tenido tan mala suerte hoy: ¡todo porque me crucé contigo!" pensó.
Se le acercó y escupió ruidosamente:
"¡Bah! ¡Puaj!"
La pequeña monja no le hizo el menor caso y siguió caminando con la cabeza gacha. Ah Q se le puso al lado, alargó de repente la mano y le frotó la cabeza recién rapada, sonriendo estúpidamente, y dijo:
"¡Pelona! Vuelve rápido, que el monje te está esperando..."
"¿Cómo te atreves a tocarme...?" La monja enrojeció como la grana y se apresuró a alejarse.
Los hombres de la taberna estallaron en carcajadas. Al ver que su hazaña había sido apreciada, Ah Q se animó aún más:
"Si el monje la puede tocar, ¿por qué yo no?" Le pellizcó la mejilla.
Los hombres de la taberna rieron a carcajadas de nuevo. Ah Q, cada vez más encantado, le dio otro pellizco fuerte en la mejilla —para deleite de los entendidos— y solo entonces la soltó.
Después de aquella batalla, había olvidado por completo a Wang Hu y al Falso Diablo Extranjero; era como si hubiera vengado toda la "mala suerte" de aquel día. Y, cosa extraña, todo su cuerpo se sentía más ligero que después de los bastonazos: estaba positivamente flotando, como si fuera a alzar el vuelo.
"¡Maldito sin descendencia, Ah Q!" Oyó a lo lejos la voz medio llorosa de la pequeña monja.
"¡Ja, ja, ja!" Ah Q se rio con la mayor satisfacción.
"¡Ja, ja, ja!" Los hombres de la taberna se rieron con nueve décimas partes de satisfacción.
Capítulo cuarto: La tragedia del amor
Se dice que algunos vencedores desean que sus enemigos sean como tigres o águilas: solo así sienten la euforia del triunfo. Si sus adversarios fueran ovejas o polluelos, la victoria les parecería insulsa. Y otros vencedores, después de conquistarlo todo, cuando los muertos están muertos y los vencidos se han sometido gritando "¡Vuestro servidor tiembla de espanto y merece la muerte, merece la muerte!", se encuentran de pronto sin enemigos, sin rivales, sin amigos, solos en la cúspide, solitarios, desolados, abatidos, y sienten en cambio la melancolía de la victoria. Pero nuestro Ah Q estaba libre de tales dolencias: era perpetuamente dichoso, lo cual constituye quizá una prueba más de que la civilización espiritual de China supera a la del mundo entero.
¡Mirad! ¡Iba flotando como si fuera a alzar el vuelo!
Pero esta victoria en particular le dejó una sensación extraña. Flotó durante medio día, flotó hasta el templo Tuguci, y en buena lógica debería haberse acostado y puesto a roncar. Pero aquella noche apenas podía cerrar los ojos: el pulgar y el índice le parecían de algún modo extraños, como más suaves de lo habitual. ¿Se le había pegado algo suave de la cara de la pequeña monja a los dedos, o eran sus dedos los que se habían frotado hasta quedar suaves en la mejilla de la pequeña monja...?
"¡Maldito sin descendencia, Ah Q!"
Estas palabras seguían resonando en los oídos de Ah Q. Pensó: tiene razón, debería tener una mujer. Sin descendencia no hay nadie que ofrezca siquiera un cuenco de arroz... Sí, debería tener una mujer. Pues "de las tres formas de conducta no filial, la más grave es no tener descendencia", y si "los fantasmas del clan de los Ruoao pasan hambre", eso también es un gran pesar de la vida humana. Sus pensamientos, hay que decirlo, estaban perfectamente en consonancia con las sagradas escrituras y las sabias tradiciones; solo que, por desgracia, más tarde se descontrolaron un poco.
"Mujeres, mujeres...," pensaba.
"...Si el monje puede... mujeres, mujeres... ¡mujeres!" volvía a pensar.
No podemos saber a qué hora empezó a roncar Ah Q aquella noche. Pero a partir de entonces, las yemas de sus dedos probablemente siempre se sentían un poco suaves, y así flotaba constantemente. "Mujer..." pensaba.
De esto solo se puede deducir que las mujeres son criaturas perniciosas.
La mayoría de los hombres en China habrían podido originalmente convertirse en sabios y hombres virtuosos, de no haber sido arruinados por las mujeres. La dinastía Shang fue destruida por Daji (妲己); la dinastía Zhou, por Baosi (褒姒); la Qin... aunque la historia guarda silencio al respecto, podemos suponer con seguridad que fue igualmente por una mujer, probablemente sin equivocarnos mucho; y Dong Zhuo (董卓) fue sin duda conducido a la perdición por Diaochan (貂蝉).
También Ah Q fue en su origen un hombre recto. Aunque no sabemos qué eminente maestro le instruyó, siempre había sido riguroso acerca de la "gran barrera entre los sexos" y poseía abundante indignación virtuosa contra la heterodoxia: contra las pequeñas monjas, los Falsos Diablos Extranjeros y criaturas semejantes. Su teoría era la siguiente: toda monja tiene seguramente una aventura con un monje; cuando una mujer camina por fuera, seguramente pretende seducir a hombres desconocidos; cuando un hombre y una mujer están hablando en algún rincón, seguramente están tramando algo ilícito. Para castigar a estos infractores, los fulminaba con la mirada, les gritaba unas cuantas observaciones "penetrantes" o, cuando se encontraba en un lugar apartado, les arrojaba una piedrecita por detrás.
¿Quién hubiera imaginado que al aproximarse a su "año treinta", una pequeña monja lo haría flotar? Este flotar era inadmisible según los ritos, prueba adicional de lo abominables que son las mujeres. Si la cara de la pequeña monja no hubiera sido tan suave, Ah Q no habría caído hechizado; y si la pequeña monja se hubiera cubierto el rostro con un paño, tampoco habría caído hechizado. Cinco o seis años antes le había pellizcado el muslo a una mujer entre la multitud debajo del escenario, pero entre ellos había una capa de tela de pantalón, así que no había flotado después en absoluto. La pequeña monja era muy distinta, lo cual demostraba una vez más la perversidad de la heterodoxia.
"Mujer..." pensaba Ah Q.
Vigilaba atentamente a las mujeres que a su juicio "seguramente pretendían seducir a hombres desconocidos", pero ninguna le sonrió. Escuchaba atentamente a las mujeres que le hablaban, pero ninguna mencionó nada que sugiriera "asuntos ilícitos". Ah, eso era también uno de los rasgos abominables de las mujeres: todas se hacían las "mojigatas".
Un día, Ah Q había estado machacando arroz todo el día en casa del viejo señor Zhao. Después de cenar se quedó sentado en la cocina fumando su pipa. En otras casas habría podido marcharse después de la cena, pero la casa de los Zhao cenaba temprano. Aunque la norma era no encender lámparas después de cenar e irse todos directamente a dormir, había excepciones ocasionales: primera, antes de que el joven señor Zhao obtuviera el título de xiucai, se le permitía leer sus ensayos a la luz de la lámpara; segunda, cuando Ah Q venía como jornalero, se le permitía machacar arroz a la luz de la lámpara. A causa de esta excepción, Ah Q se quedó sentado en la cocina fumando su pipa antes de empezar el trabajo.
Wu Ma (吴妈), la única criada de la casa del viejo señor Zhao, había terminado de fregar los platos y también se sentó en el banco largo, charlando con Ah Q:
"La señora lleva dos días sin comer... es porque el señor quiere tomar una concubina..."
"Mujer... Wu Ma... esta viudita..." pensaba Ah Q.
"Nuestra señorita joven va a tener un niño en el octavo mes..."
"Mujer..." pensaba Ah Q.
Ah Q dejó la pipa y se puso de pie.
"Nuestra señorita joven..." Wu Ma seguía parloteando.
"¡Quiero dormir contigo! ¡Quiero dormir contigo!" Ah Q se precipitó de repente hacia adelante y cayó de rodillas ante ella.
Hubo un instante de silencio absoluto.
"¡Ay, Dios mío!" Wu Ma se quedó paralizada un segundo, luego empezó a temblar de pies a cabeza, soltó un gran alarido y salió corriendo, llorando y gimiendo.
Ah Q se quedó de rodillas frente a la pared, también estupefacto. Después, apoyándose en el banco vacío, se fue levantando lentamente, con la vaga sensación de que algo había salido mal. Estaba verdaderamente asustado. A toda prisa metió la pipa en su faja, con la intención de ponerse a machacar arroz. ¡Pum! Un golpe tremendo le dio en la cabeza. Se giró: el xiucai estaba plantado frente a él con un grueso palo de bambú.
"¡Rebelde, tú..."
El palo de bambú cayó de nuevo sobre él. Ah Q levantó las dos manos para protegerse la cabeza: zas, justo en los nudillos, y eso sí que dolió. Se lanzó a través de la puerta de la cocina; en la espalda pareció recibir otro golpe más.
"¡Huevo de tortuga!" lo maldijo el xiucai en mandarín.
Ah Q huyó al cobertizo del mortero y se quedó allí solo, todavía sintiendo el dolor en los dedos y todavía recordando "huevo de tortuga": pues aquella era una expresión que los campesinos de Weizhuang jamás usaban; estaba reservada a personas de rango que habían estado en presencia de funcionarios, y era por tanto especialmente aterradora y especialmente memorable. Pero a estas alturas sus pensamientos de "mujeres..." se habían desvanecido. Después de la paliza, el asunto pareció zanjado, y de hecho se sintió bastante aliviado, así que se puso a machacar arroz. Al cabo de un rato entró en calor y se quitó la camisa.
Justo cuando se la quitaba, oyó un gran alboroto fuera. Ah Q siempre había sentido devoción por los espectáculos, así que siguió el ruido. Se abrió paso hasta el patio interior de la casa de los Zhao. Aunque estaba oscureciendo, pudo distinguir a muchas personas: toda la familia Zhao, incluida la señora que llevaba dos días sin comer, más la vecina señora Zou Siete (邹七嫂), el verdadero pariente clanista Zhao Ojos Blancos (赵白眼) y Zhao Sichen (赵司晨).
La señorita joven estaba sacando a rastras a Wu Ma de las dependencias de la servidumbre, diciendo:
"Sal afuera... no te encierres en tu cuarto a darle vueltas..."
"Todo el mundo sabe que eres una mujer decente... no debes pensar en hacer ninguna locura," añadió la señora Zou Siete en tono tranquilizador.
Wu Ma no hacía más que llorar, intercalando unas pocas palabras apenas audibles.
Ah Q pensó: "Vaya, esto es divertido: ¿qué clase de escena estará montando la viudita?" Se fue acercando a Zhao Sichen para escuchar mejor. En ese momento vio al joven señor Zhao cargando hacia él con el grueso palo de bambú en la mano. Al verlo, comprendió de repente que él mismo había sido golpeado y que todo aquel alboroto tenía que ver con eso. Dio media vuelta e intentó huir al cobertizo del mortero, pero el palo de bambú le bloqueaba el camino. Así que giró de nuevo y, con toda naturalidad, se escabulló por la puerta trasera; en un instante estaba de vuelta en el templo Tuguci.
Ah Q se sentó un rato y le entró la piel de gallina; tenía frío, porque aunque era primavera, las noches eran aún bastante frescas, y desde luego no era el tiempo indicado para andar con el torso desnudo. También recordó que su camisa seguía en casa de los Zhao, pero si iba a buscarla tendría que enfrentarse al palo de bambú del xiucai. Entonces llegó el alguacil de la aldea.
"Ah Q, ¡maldito seas! Hasta te atreves a molestar a las criadas de los Zhao... ¡eso es pura rebelión! Por tu culpa no puedo dormir esta noche, ¡maldito seas!..."
Después de un largo sermón de ese tipo, Ah Q naturalmente no tuvo nada que decir. Al final, como era de noche, el alguacil exigió el doble de propina: cuatrocientos wen. Ah Q no tenía dinero en efectivo, así que dejó en prenda un sombrero de fieltro y aceptó cinco condiciones:
Primera: al día siguiente debía llevar a la casa de los Zhao un par de cirios rojos —cada uno de una libra de peso— y un manojo de incienso para presentar sus disculpas.
Segunda: la familia Zhao contratará a un sacerdote taoísta para exorcizar al fantasma de un ahorcado; los costes correrán a cargo de Ah Q.
Tercera: Ah Q tiene prohibido cruzar en adelante el umbral de la casa de los Zhao.
Cuarta: en caso de que Wu Ma sufra daño alguno en el futuro, Ah Q será el único responsable.
Quinta: Ah Q renuncia a reclamar su salario pendiente y su camisa.
Ah Q, naturalmente, aceptó todo, pero no tenía dinero. Afortunadamente ya era primavera y podía prescindir de la colcha; la empeñó por dos mil cobres y cumplió los términos del acuerdo. Después de postrarse con el torso desnudo, le quedaron unas pocas monedas, pero en vez de rescatar su sombrero de fieltro, se las bebió todas. Los Zhao, por su parte, tampoco quemaron el incienso ni encendieron los cirios, ya que la señora podía usarlos cuando rezara a Buda, y los guardaron. La camisa raída fue convertida en su mayor parte en forro de pañales para el niño que la señorita joven esperaba en el octavo mes; y los retazos restantes, Wu Ma los aprovechó para suelas de zapatos.
Capítulo quinto: El problema del sustento
Después de completar su penitencia, Ah Q regresó como de costumbre al templo Tuguci. El sol se puso y poco a poco el mundo empezó a parecerle un poco extraño. Pensó mucho y al fin comprendió la razón: tenía el torso desnudo. Recordó que aún le quedaba su chaqueta raída, se la echó encima y se acostó. Cuando abrió los ojos, el sol ya brillaba sobre la pared del poniente. Se sentó y masculló: "Maldición..."
Después de levantarse, salió a pasear por las calles como de costumbre. Aunque no era tan malo como el frío de ir con el torso desnudo, el mundo aún le parecía cada vez más peculiar. Como si desde aquel día todas las mujeres de Weizhuang se hubieran obsesionado de repente con la modestia: en cuanto veían acercarse a Ah Q, desaparecían tras sus puertas. Incluso la señora Zou Siete, que frisaba los cincuenta, se escabullía con las demás y arrastraba consigo a su hija de once años. Ah Q encontraba aquello sumamente extraño y pensó: "Estas mujeres se han vuelto todas unas señoritas finas de repente. Las muy descaradas..."
Pero el mundo se volvió aún más extraño muchos días después. En primer lugar, la taberna dejó de fiarle. En segundo lugar, el viejo que cuidaba el templo Tuguci empezó a soltar comentarios fastidiosos, como si quisiera que se marchara. En tercer lugar —no recordaba exactamente cuántos días habían pasado, pero seguro que eran muchos— ni una sola persona vino a contratarlo para trabajos eventuales. Podía soportar que la taberna le negara el crédito; podía acallar las quejas del viejo con un torrente de palabras. Pero que nadie viniera a buscarlo para trabajar... eso le dejaba el estómago vacío, y eso sí que era una situación verdaderamente "maldita".
Ah Q no aguantó más y fue a preguntar a sus antiguos empleadores: solo el umbral de los Zhao estaba vedado. Pero en todas partes la situación era extraña: invariablemente salía un hombre con expresión de extremado fastidio y lo despachaba con un gesto, como a un mendigo:
"¡Nada, nada! ¡Fuera!"
Ah Q encontraba aquello cada vez más desconcertante. Pensó: estas familias siempre necesitaban ayuda; era imposible que de repente no tuvieran nada que hacer. Algo se ocultaba detrás de todo esto. Hizo indagaciones cuidadosas y descubrió que ahora todos contrataban al Pequeño D (小D). Este Pequeño D era un pobre diablo, todavía más delgado y endeble, y a ojos de Ah Q estaba incluso por debajo de Wang Hu. ¿Quién habría imaginado que semejante individuo le robaría el sustento? La rabia de Ah Q esta vez era de otra naturaleza. Mientras caminaba furioso por las calles, levantó de repente la mano y cantó:
"¡Con mi maza de acero te derribaré!..."
Pocos días después se topó efectivamente con el Pequeño D frente al muro-pantalla de la residencia de los Qian. "Cuando se encuentran los enemigos, se les afilan los ojos": Ah Q avanzó sobre él, y el Pequeño D se quedó quieto.
"¡Bestia!" dijo Ah Q, fulminándolo con la mirada, la saliva salpicando de las comisuras de su boca.
"Soy un gusano, ¿vale?..." dijo el Pequeño D.
Tanta humildad solo enfureció más a Ah Q. Como no tenía una maza de acero a mano, se abalanzó sobre el Pequeño D e intentó agarrarlo de la coleta. El Pequeño D se protegió la raíz de la coleta con una mano y con la otra agarró la de Ah Q; Ah Q igualmente se protegió la raíz con la mano libre. Desde el punto de vista del antiguo Ah Q, el Pequeño D apenas merecía su atención, pero ahora que Ah Q había pasado hambre y estaba tan delgado y endeble como el Pequeño D, el combate se convirtió en un empate. Cuatro manos tiraban de dos cabezas, ambos doblados por la cintura, proyectando un arco azulado sobre la pared blanca de la casa de los Qian, durante un buen cuarto de hora.
"¡Basta, basta!" dijeron los espectadores, probablemente intentando mediar.
"¡Bien, bien!" dijeron los espectadores, sin que pudiera saberse si mediaban, elogiaban o los azuzaban.
Pero ninguno de los dos escuchó. Ah Q avanzaba tres pasos y el Pequeño D retrocedía tres pasos; luego ambos se detenían. El Pequeño D avanzaba tres pasos y Ah Q retrocedía tres pasos; y ambos se detenían de nuevo. Al cabo de otro cuarto de hora aproximadamente —Weizhuang rara vez tenía un reloj con campanadas, así que era difícil de precisar; quizá fueran veinte minutos—, de sus cabellos empezó a salir humo y de sus frentes, gotas de sudor. Las manos de Ah Q aflojaron; en el mismo instante las manos del Pequeño D también aflojaron. Se enderezaron simultáneamente, retrocedieron simultáneamente y se abrieron paso entre la multitud.
"Acuérdate de esto, maldito seas..." dijo Ah Q volviendo la cabeza.
"Maldito seas, acuérdate de esto..." dijo el Pequeño D, también volviendo la cabeza.
Esta "batalla del dragón y el tigre" pareció no haber producido ni vencedor ni vencido. Si los espectadores quedaron satisfechos, nadie lo supo; en todo caso, nadie expresó opinión alguna. Y seguía sin venir nadie a contratar a Ah Q.
Un día muy templado, cuando soplaba una brisa suave que casi insinuaba el verano, Ah Q sin embargo sentía frío. Eso todavía era soportable; lo peor era el hambre. La colcha, el sombrero de fieltro, la camisa: todo hacía tiempo que había desaparecido; luego vendió el chaquetón acolchado. Ahora le quedaban los pantalones, pero esos no se podía quitar bajo ningún concepto; y su chaqueta raída, salvo como regalo para hacer suelas de zapatos, era ciertamente invendible. Había esperado encontrar algún dinero por el camino, pero hasta ahora no había aparecido ninguno; había esperado descubrir de pronto dinero en su chabola, y miró por todas partes frenéticamente, pero la chabola estaba vacía y pelada. Así que decidió salir a "buscar provisiones".
Caminó por el camino "buscando provisiones": allí estaba la conocida taberna, allí estaban los familiares bollos al vapor. Pero pasó de largo sin detenerse, sin desear nada de aquello. Lo que buscaba no era eso; qué era exactamente lo que buscaba, ni él mismo lo sabía.
Weizhuang no era una aldea grande; no tardó en atravesarla entera. Fuera de la aldea había sobre todo arrozales, el verde fresco de las plántulas jóvenes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, con unos cuantos puntos negros redondos moviéndose aquí y allá: campesinos arando. Ah Q no tenía ojo para aquel idilio pastoral; simplemente seguía caminando, pues sabía instintivamente que nada de aquello tenía relación con su "camino de buscar provisiones". Pero al cabo llegó al muro del Convento del Cultivo Silencioso.
Alrededor del convento también había arrozales; el muro blanco sobresalía del verde fresco, y detrás del bajo muro de tierra había un huerto. Ah Q vaciló un momento, miró en todas direcciones —no había nadie a la vista— y trepó por el muro bajo, agarrándose a las enredaderas de la planta de he-shou-wu. Pero la tierra no paraba de desmoronarse y los pies de Ah Q no paraban de temblar. Finalmente se agarró a una rama de morera y saltó al interior. Dentro había una vegetación exuberante, pero no parecía haber ni vino de arroz, ni bollos al vapor, ni nada comestible. Junto a la pared del poniente había bambúes con muchos brotes, pero por desgracia estaban todos crudos. La colza ya había granado, la mostaza estaba a punto de florecer, y las coles chinas se habían pasado de maduras.
Ah Q se sintió tan agraviado como un candidato suspenso en los exámenes. Caminó lentamente hacia la puerta del huerto y de pronto dio un respingo de alegría: inconfundiblemente, un bancal de rábanos viejos. Se agachó y empezó a arrancarlos. De repente una cabeza muy redonda asomó por el quicio de la puerta... y se retiró al instante. Era, evidentemente, la pequeña monja. A las monjas y criaturas semejantes Ah Q solía tratarlas como pura hierba. Pero en este caso había que "dar un paso atrás", así que a toda prisa arrancó cuatro rábanos, les retorció las hojas y se los metió en la delantera de la chaqueta. Pero para entonces la monja vieja ya había salido.
"¡Amitabha! Ah Q, ¿cómo te atreves a trepar al huerto y robar rábanos!... ¡Ay, qué pecado, ay, Amitabha!..."
"¿Cuándo he trepado yo a vuestro huerto y os he robado rábanos?" dijo Ah Q, caminando y mirando a su alrededor mientras hablaba.
"Ahora mismo... ¿no son esos?" La vieja monja señaló la delantera de su chaqueta.
"¿Son vuestros? ¿Vendrán cuando los llaméis? Vosotras..."
Antes de que Ah Q pudiera terminar, echó a correr. Un perro negro enorme y gordo lo perseguía: había estado originalmente en la puerta delantera y de algún modo se había colado en el huerto trasero. El perro negro gruñó y se lanzó tras él, a punto de morderle la pierna, cuando por suerte un rábano cayó de la chaqueta; el perro se asustó y se detuvo un instante, y Ah Q ya había trepado a la morera, saltado por encima del muro de tierra y caído al otro lado, con rábanos y todo. Solo el perro negro se quedó ladrando al pie de la morera, mientras la vieja monja seguía rezando.
Temiendo que la monja soltara al perro negro, Ah Q recogió sus rábanos y salió corriendo, recogiendo unas cuantas piedras por el camino. Pero el perro negro no reapareció. Ah Q tiró las piedras, siguió caminando, comió mientras andaba y pensó: aquí tampoco hay nada que encontrar; mejor ir a la ciudad...
Cuando terminó los tres rábanos, su decisión estaba firmemente tomada: iría a la ciudad.
Capítulo sexto: Del renacimiento a la ruina
La siguiente vez que Ah Q apareció en Weizhuang fue poco después del Festival del Medio Otoño de aquel año. Todos se asombraron y dijeron: "Ah Q ha vuelto." Luego se pusieron a pensar: ¿dónde había estado realmente? En sus viajes anteriores a la ciudad, Ah Q siempre les había contado a todos sus aventuras con gran emoción, pero esta vez no lo había hecho, y por tanto nadie se había fijado. Quizá se lo había dicho al viejo guardián del templo, pero en Weizhuang la norma era: solo cuando el viejo señor Zhao, el viejo señor Qian o el xiucai iban a la ciudad se consideraba un acontecimiento. El Falso Diablo Extranjero ya no contaba, para no hablar de Ah Q. De modo que el viejo no difundió la noticia, y la sociedad de Weizhuang quedó en la ignorancia.
Pero el regreso de Ah Q esta vez era fundamentalmente distinto de los anteriores y verdaderamente asombroso. Al caer la tarde, apareció frente a la taberna con ojos soñolientos, se acercó al mostrador, sacó del fajín un puñado de monedas de plata y de cobre, las arrojó tintineando sobre el mostrador y dijo: "¡Contante! ¡Trae vino!" Llevaba puesta una chaqueta nueva, y de su cintura colgaba lo que parecía un gran monedero, tan pesado que le hundía el fajín en una curva pronunciada. En Weizhuang la norma era: al ver a un personaje un tanto notable, más valía pecar de respetuoso. Aunque podían ver claramente que era Ah Q, tenía un aspecto algo diferente del Ah Q con la chaqueta raída. Como decían los antiguos: "Cuando no has visto a un letrado durante tres días, debes mirarlo con nuevos ojos." Y así el mozo de la taberna, el tabernero, los parroquianos y los transeúntes adoptaron naturalmente una expresión de deferencia y atención. El tabernero empezó con un saludo, luego con conversación:
"Vaya, Ah Q, has vuelto."
"He vuelto."
"Has hecho fortuna, has hecho fortuna. Estuviste... en..."
"¡En la ciudad!"
La noticia se extendió por todo Weizhuang al día siguiente. Todos querían conocer los detalles del renacimiento de Ah Q: el dinero y la chaqueta nueva. Y así, en la taberna, la tetería y bajo los aleros del templo, los pormenores fueron saliendo a la luz. El resultado fue que Ah Q adquirió una nueva clase de respeto.
Según Ah Q, había estado trabajando en la casa del señor Juren (举人). Al oírlo, los oyentes se llenaron de reverencia. Aquel señor Juren llevaba el verdadero apellido Bai (白), pero como era el único juren en toda la ciudad, no necesitaba apellido: cuando se decía "el señor Juren", era él. Esto no solo valía en Weizhuang, sino en un radio de cien li, y mucha gente prácticamente consideraba "Señor Juren" como su nombre de pila. Trabajar en semejante casa era naturalmente respetable. Pero según Ah Q, había acabado disgustado, porque el señor Juren era realmente demasiado "maldito". Al oír esto, los oyentes suspiraron con una mezcla de pesar y satisfacción, pues Ah Q en realidad no estaba cualificado para trabajar en casa del señor Juren, y su partida era una lástima.
Según Ah Q, su regreso también tenía que ver con su descontento con los habitantes de la ciudad: concretamente, porque llamaban al banco largo "banco de tiras" y ponían cebolleta en tiras para freír el pescado; además, sus últimas observaciones habían revelado otros defectos: el modo de caminar de las mujeres de la ciudad no era especialmente atractivo. Había, sin embargo, algunas cosas dignas de admiración: mientras que los campesinos de Weizhuang solo jugaban con treinta y dos fichas de bambú, y solo el Falso Diablo Extranjero sabía jugar al mahjong, en la ciudad hasta los niños jugaban con consumada maestría. Bastaba con poner al Falso Diablo Extranjero en manos de uno de esos pilluelos de diez años, y sería "el diablillo ante el Rey de los Infiernos". Al oír esto, los oyentes se sintieron avergonzados.
"¿Habéis visto alguna vez una ejecución?" decía Ah Q. "¡Ah, menudo espectáculo! Ejecutando a revolucionarios. ¡Caramba, qué grandioso!..." Sacudía la cabeza y escupía la saliva directamente a la cara de Zhao Sichen, que estaba frente a él. Los oyentes se estremecieron. Ah Q miró alrededor, levantó de repente la mano derecha y la dejó caer con un golpe seco en la nuca de Wang Hu, que se había inclinado hacia adelante escuchando absorto:
"¡Chop!"
Wang Hu pegó un brinco de susto; al mismo tiempo, rápido como un relámpago, encogió la cabeza. Los oyentes se estremecieron y al mismo tiempo se regocijaron. A partir de aquel día, Wang Hu anduvo aturdido durante muchos días y no se atrevió a acercarse a Ah Q; los demás hicieron lo mismo.
La posición de Ah Q a los ojos de los habitantes de Weizhuang ahora —aunque uno no se atrevería a decir que superaba la del viejo señor Zhao— podía describirse como casi igual a la suya sin riesgo de error.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que la fama de Ah Q llegara incluso a los aposentos femeninos de Weizhuang. Aunque la aldea solo tenía las dos grandes casas de los Qian y los Zhao, y nueve de cada diez viviendas eran meras "humildes moradas", moradas eran al fin y al cabo, y por tanto esto contaba como algo extraordinario. Cuando las mujeres se encontraban, comentaban sin falta: la señora Zou Siete le había comprado una falda de seda azul a Ah Q —vieja, sí, pero por solo nueve jiao—. Y la madre de Zhao Ojos Blancos —algunos decían que era la madre de Zhao Sichen, lo cual queda por verificar— también había comprado una chaqueta roja oscura de tela extranjera, siete décimas partes nueva, por solo trescientos cobres a noventa y dos por cien. Y así todas miraban con avidez, deseando ver a Ah Q; las que necesitaban faldas de seda querían pedírselas, las que querían chaquetas de tela extranjera querían comprárselas. No solo dejaron de huir al verlo, sino que a veces, incluso después de que Ah Q hubiera pasado de largo, corrían tras él llamando:
"Ah Q, ¿te quedan faldas de seda? No, ¿una chaqueta de tela extranjera servirá? ¿Tienes?"
Con el tiempo la noticia pasó de las humildes moradas a los aposentos interiores. Pues la señora Zou Siete, orgullosa de su compra, había llevado la falda azul a la señora Zhao para que la inspeccionara; la señora Zhao se lo contó al viejo señor Zhao y la elogió calurosamente. Aquella noche, a la hora de la cena, el viejo señor Zhao discutió el asunto con el xiucai: Ah Q era realmente bastante raro; habría que vigilar más de cerca las puertas y ventanas. Pero quizá aún le quedaran cosas que mereciera la pena comprar; además, la señora Zhao justamente estaba buscando un chaleco de piel barato. El consejo de familia decidió entonces enviar a la señora Zou Siete a buscar a Ah Q sin demora, y a tal fin se creó una tercera excepción especial: aquella noche se permitiría encender lámparas de aceite.
El aceite ya había bajado considerablemente, pero Ah Q aún no había venido. Toda la familia Zhao se impacientó: bostezaban, culpaban a Ah Q de ser poco fiable o reprochaban a la señora Zou Siete no haber insistido bastante. La señora Zhao incluso temía que no se atreviera a venir por las condiciones impuestas en primavera. Pero el viejo señor Zhao opinaba que eso era improbable: al fin y al cabo, era él quien lo había mandado llamar. Y en efecto, la previsión del viejo señor Zhao resultó acertada: al fin Ah Q entró con la señora Zou Siete.
"No hacía más que decir que no le quedaba nada. Le dije que viniera a decirlo él mismo, pero seguía intentando..." dijo jadeando la señora Zou Siete mientras caminaba.
"¡Señor!" dijo Ah Q con media sonrisa, y se quedó de pie bajo el alero.
"Ah Q, he oído que estás haciendo dinero por ahí fuera," dijo el viejo señor Zhao paseándose de un lado a otro y examinándolo de arriba abajo. "Muy bien, muy bien. Pues bien... he oído que aún tienes algunas cosas viejas... podrías traérnoslas todas para que las viéramos... no es por nada en especial, solo quiero..."
"Ya se lo dije a la señora Zou. Se acabó todo."
"¿Se acabó?" El viejo señor Zhao no pudo reprimir una exclamación. "¿Cómo puede haberse acabado tan rápido?"
"Era de unos amigos; no había mucho para empezar. Compraron algo..."
"Algo tiene que quedar todavía."
"Ahora solo queda una cortina de puerta."
"Bueno, trae la cortina para echarle un vistazo entonces," dijo apresuradamente la señora Zhao.
"De acuerdo, tráela mañana entonces," dijo el viejo señor Zhao, ya menos entusiasmado. "Ah Q, siempre que tengas algo en el futuro, tráenoslo a nosotros primero..."
"¡El precio no será inferior al que te ofrecen otros!" dijo el xiucai. La esposa del xiucai miró rápidamente la cara de Ah Q para ver si se conmovía.
"Quiero un chaleco de piel," dijo la señora Zhao.
Aunque Ah Q asintió, salió arrastrando los pies con desgana, y no quedó claro si se lo había tomado en serio. El viejo señor Zhao quedó muy decepcionado, contrariado e inquieto, y hasta dejó de bostezar. El xiucai tampoco estaba satisfecho con la actitud de Ah Q y dijo que aquel bribón merecía vigilancia; quizá habría que ordenar al alguacil que no lo dejara vivir en Weizhuang. Pero el viejo señor Zhao no estuvo de acuerdo: eso podría crear enemistades; además, la gente de ese oficio generalmente seguía la regla de que "el halcón no caza cerca de su nido": no había nada que temer del pueblo natal; bastaba con estar más alerta por las noches. El xiucai, al oír aquella "instrucción paterna", estuvo completamente de acuerdo y retiró inmediatamente su propuesta de expulsar a Ah Q; también instó a la señora Zou Siete a no soltar palabra de aquella conversación.
Pero al día siguiente la señora Zou Siete llevó su falda azul a teñir de negro y al mismo tiempo difundió la noticia de las actividades sospechosas de Ah Q, aunque, para ser justos, no mencionó la parte sobre la propuesta del xiucai de expulsarlo. Solo eso ya fue muy perjudicial para Ah Q. Primero, el alguacil vino y le confiscó la cortina; Ah Q protestó diciendo que la señora Zhao quería verla, pero el alguacil no se la devolvió y además quiso negociar una cuota mensual de protección. Segundo, la actitud de los aldeanos hacia él cambió: aunque todavía no se atrevían a ser descorteses, claramente guardaban las distancias, y aquella distancia era distinta del miedo anterior a su "¡Chop!"; estaba claramente teñida de un elemento de "cautelosa evitación".
Solo un puñado de ociosos seguía queriendo llegar al fondo de la historia de Ah Q. Ah Q no intentó ocultarla y contó sus experiencias con evidente orgullo. Solo entonces se supo que no había sido más que un actor secundario: ni siquiera sabía trepar muros, y mucho menos pasar por agujeros, sino que se limitaba a quedarse fuera del agujero recibiendo las mercancías. Una noche, justo cuando había recibido un fardo y estaba metiendo la mano de nuevo, de pronto oyó un gran alboroto dentro. Echó a correr y huyó toda la noche, por encima de la muralla de la ciudad y de vuelta a Weizhuang, sin atreverse a volver jamás. Pero esta historia resultó aún más perjudicial: los aldeanos habían "guardado respetuosamente las distancias" por miedo a crearse un enemigo, pero ahora resultaba que no era más que un ladrón que ya no se atrevía a robar. Verdaderamente, "tampoco él era ya de temer".
Capítulo séptimo: La revolución
El día catorce del noveno mes del tercer año de Xuantong (宣统) —es decir, el mismo día en que Ah Q vendió su monedero a Zhao Ojos Blancos—, hacia las tres de la madrugada, una gran embarcación de toldo negro atracó en el embarcadero de los Zhao. La barca se deslizó desde la oscuridad más cerrada; los aldeanos dormían profundamente y nadie se dio cuenta. Cuando partió al amanecer, sin embargo, bastantes personas la vieron. Las indagaciones revelaron que se trataba nada menos que de la barca del señor Juren.
Aquella barca trajo una gran inquietud a Weizhuang. Antes del mediodía, toda la aldea estaba revuelta. Se suponía que la misión de la barca era un secreto estricto de la casa de los Zhao, pero en las teterías y tabernas la gente decía: los revolucionarios están a punto de entrar en la ciudad, y el señor Juren huye al campo para refugiarse. Solo la señora Zou Siete discrepaba, diciendo que no eran más que unos viejos baúles que el señor Juren había querido dejar en depósito, pero que el viejo señor Zhao los había devuelto. De hecho, el señor Juren y el xiucai Zhao nunca se habían llevado bien, y en teoría no podían compartir ninguna "adversidad común"; además, la señora Zou Siete, como vecina de los Zhao, tenía un conocimiento más cercano: así que probablemente tenía razón.
Pero los rumores florecían: el señor Juren, aunque no había podido dejar sus baúles, había dejado no obstante una carta que establecía su parentesco con los Zhao a través de alguna "conexión indirecta". El viejo señor Zhao lo meditó y decidió que no podía perjudicarle, así que conservó los baúles, que fueron metidos debajo de la cama de la señora. En cuanto a los revolucionarios, se decía que habían entrado en la ciudad aquella misma noche, todos con yelmos blancos y armaduras blancas: iban de luto por el emperador Chongzhen (崇祯).
Los oídos de Ah Q llevaban tiempo oyendo la expresión "revolucionarios", y aquel año incluso había visto ejecutar a unos cuantos con sus propios ojos. Pero mantenía una convicción cuyo origen ni él mismo sabía identificar: que revolución significaba rebelión, y rebelión significaba problemas para él; de ahí que siempre los hubiera "detestado y aborrecido con todas las fibras de su ser". Pero ¿quién iba a imaginar que incluso el señor Juren, famoso en cien li a la redonda, les tuviera tanto miedo? Ah Q no podía dejar de sentir cierta "fascinación", y además, las expresiones de pánico de los hombres y mujeres de Weizhuang le causaban un gran placer.
"¡Revolución? Quizá no esté tan mal," pensó Ah Q. "¡Rebelarse contra toda esta maldita cuadrilla! ¡Muy bien! ¡Absolutamente abominables! ¡Francamente odiosos!... Sí, debería pasarme yo también al bando de los revolucionarios."
Ah Q últimamente andaba escaso de dinero y probablemente algo descontento; además, al mediodía se había bebido dos cuencos de vino con el estómago vacío y se había emborrachado más rápido. Mientras pensaba y caminaba, empezó a flotar de nuevo. De repente le pareció que él mismo era un revolucionario y que todos los habitantes de Weizhuang eran sus prisioneros. En su exaltación gritó:
"¡Rebelión! ¡Rebelión!"
Los habitantes de Weizhuang lo miraron todos con ojos asustados. Unas miradas tan lastimeras Ah Q no las había visto nunca; a primera vista se sintió tan a gusto como si bebiera agua de nieve en junio. Se entusiasmó aún más y gritó mientras caminaba:
"¡Bien!... Lo que yo quiera es mío; a quien yo elija, me la quedo.
¡Dong-dong, clang-clang!
¡Si tan solo no hubiera matado al Hermano Zheng en mi borrachera!
¡Si tan solo no hubiera, ah, ah, ah...!
¡Dong-dong, clang-clang, dong, clang-lin-clang!
¡Con mi maza de acero te derribaré!..."
Los dos señores Zhao y dos verdaderos parientes del clan estaban junto a la puerta principal discutiendo la revolución. Ah Q no los vio; con la cabeza bien alta, cantó pasando de largo.
"Dong-dong..."
"Viejo Q," dijo el viejo señor Zhao tímidamente y en voz baja, saliendo a su encuentro.
"Clang-clang." Ah Q no esperaba que su nombre fuera unido a la palabra "Viejo"; lo tomó por alguna otra expresión que nada tenía que ver con él, y siguió cantando. "Dong, clang, clang-lin-clang, ¡clang!"
"Viejo Q."
"Si tan solo no hubiera..."
"¡Ah Q!" El xiucai no tuvo más remedio que llamarlo por su nombre.
Solo entonces se detuvo Ah Q, ladeó la cabeza y preguntó: "¿Qué?"
"Viejo Q... ahora mismo..." Pero el viejo señor Zhao se había quedado sin palabras. "Ahora mismo... ¿estás haciendo dinero?"
"¿Haciendo dinero? Naturalmente. Lo que yo quiera es mío..."
"Ah... Hermano Q, amigos pobres como nosotros no tenemos que preocuparnos, ¿verdad?..." dijo Zhao Ojos Blancos con aprensión, como tanteando las intenciones de los revolucionarios.
"¿Amigos pobres? Vosotros siempre habéis tenido más que yo." Y diciendo esto, Ah Q se alejó.
Todos se quedaron abatidos y sin habla. El viejo señor Zhao y su hijo discutieron el asunto hasta la hora de las lámparas. Zhao Ojos Blancos fue a casa y se quitó el monedero del cinturón; su mujer tuvo que esconderlo en el fondo del arcón.
Ah Q flotó un rato más y regresó al templo Tuguci; a estas alturas la borrachera se le había pasado por completo. Aquella noche el viejo guardián del templo fue también inesperadamente amable y le ofreció té; Ah Q le pidió dos tortitas, se las comió, y luego le pidió una vela de cuatro liang medio usada y un candelero de madera, encendió la vela y se acostó solo en su pequeño cuarto. Se sentía indescriptiblemente fresco y feliz; la luz de la vela bailaba como en la noche de los Faroles, y sus pensamientos también saltaban:
"¡Rebelión? ¡Qué interesante!... Aquí viene una tropa de revolucionarios con yelmos blancos y armaduras blancas, todos con sables, mazas de acero, bombas, fusiles, espadas tridentinas de doble filo y lanzas de gancho. Pasan por el templo Tuguci y llaman: '¡Ah Q! ¡Ven con nosotros, ven con nosotros!' Y entonces nos vamos todos juntos...
"Entonces la cuadrilla de cobardes de Weizhuang se verán bien apurados, arrodillados y suplicando: '¡Ah Q, perdónanos!' ¿Y a mí qué me importan? El primero en caer es el Pequeño D, luego el viejo señor Zhao, y el xiucai, y el Falso Diablo Extranjero... ¿Perdonar a alguno? A Wang Hu se le podría perdonar, supongo, pero no... a él tampoco...
"Cosas... entrar directamente y abrir los baúles: lingotes de oro, dólares de plata, camisas de tela extranjera... La cama de Ningbo de la esposa del xiucai va primero al templo Tuguci; luego los muebles de los Qian... o quizá simplemente use los de los Zhao. No tendré que mover un dedo: haré que el Pequeño D cargue con todo. Y más le vale darse prisa, o le arreo una bofetada...
"La hermana de Zhao Sichen es realmente fea. La hija de la señora Zou Siete... ya veremos dentro de unos años. La esposa del Falso Diablo Extranjero se acuesta con un hombre que no tiene coleta: puaj, no vale nada. La esposa del xiucai tiene una cicatriz en el párpado... Wu Ma... hace tiempo que no la veo, quién sabe dónde estará... lástima lo de sus pies grandes."
Antes de que Ah Q terminara del todo su plan, ya estaba roncando. La vela de cuatro liang apenas se había consumido media pulgada, y su luz roja parpadeante iluminaba su boca abierta.
"¡Jo, jo!" Ah Q gritó de repente, levantó la cabeza y miró alrededor alarmado; al ver la vela de cuatro liang, volvió a apoyar la cabeza y se durmió de nuevo.
A la mañana siguiente se levantó muy tarde; cuando salió a la calle, todo era igual que antes. Seguía teniendo hambre. Pensó mucho, pero no se le ocurrió nada. Entonces pareció dar de repente con una idea: echó a andar lentamente, con un propósito vago, hacia el Convento del Cultivo Silencioso.
El convento estaba tan silencioso como en primavera: muros blancos y portón negro. Meditó un momento, se acercó y llamó. Un perro ladró dentro. Rápidamente cogió unos trozos de ladrillo roto, volvió a acercarse y llamó con más fuerza. El portón negro quedó cubierto de marcas de sus golpes antes de que alguien viniera a abrir.
Ah Q preparó apresuradamente sus ladrillos, separó las piernas en posición de combate y se dispuso a batallar con el perro negro. Pero el portón del convento solo se abrió una rendija; ningún perro negro salió cargando: al espiar dentro, vio solamente a la monja vieja.
"¿Qué quieres esta vez?" dijo ella alarmada.
"¡Revolución!... ¿No lo sabías?..." dijo Ah Q algo inarticuladamente.
"Revolución, revolución, otra revolución... ¿Cuánto más vais a revolucionarnos?" dijo la vieja monja con los ojos enrojecidos.
"¿Cómo?..." Ah Q se quedó desconcertado.
"¿No lo sabéis? ¡Ya han venido a revolucionarnos!"
"¿Quién?..." Ah Q estaba aún más desconcertado.
"¡El xiucai y el Diablo Extranjero!"
Esto Ah Q no se lo esperaba; involuntariamente se sobresaltó. Al ver que su espíritu combativo vacilaba, la vieja monja cerró de un portazo a la velocidad del rayo; Ah Q empujó, pero no se movió; volvió a llamar, pero nadie respondió.
Había sido aquella misma mañana temprano. El xiucai Zhao, que tenía buen olfato para las noticias, no bien supo que los revolucionarios habían entrado en la ciudad durante la noche, se enrolló la coleta en la coronilla y fue a primera hora a visitar a Qian, el Diablo Extranjero, con quien nunca se había llevado bien. Era el momento en que "todos debían compartir la renovación", así que congeniaron magníficamente y se convirtieron al instante en camaradas del mismo parecer, resueltos a revolucionar juntos. Pensaron y pensaron y al fin se les ocurrió que en el Convento del Cultivo Silencioso había una tablilla de madera con la inscripción "Larga vida al Emperador, larga, larga vida": aquello debía ser revolucionado de inmediato. Así que fueron juntos al convento a revolucionar. Cuando la vieja monja intentó impedirlo y dijo tres frases, la trataron como representante del gobierno manchú y le dieron unos cuantos golpes con palos y nudillos en la cabeza. Cuando se marcharon, la monja se rehízo, hizo inventario y descubrió que la tablilla del dragón yacía hecha pedazos en el suelo, y además, el incensario de la era Xuande (宣德) que estaba frente a la estatua de Guanyin (观音) había desaparecido.
De todo esto Ah Q no se enteró sino después. Lamentó profundamente haberse quedado dormido, y también guardó un profundo rencor porque no habían venido a buscarlo. Dio un paso más atrás en su reflexión y pensó:
"¿Será que todavía no saben que me he pasado al bando de los revolucionarios?"
Capítulo octavo: Excluido de la revolución
Los corazones de Weizhuang se fueron calmando día a día. Según las noticias que llegaban, aunque los revolucionarios habían entrado en la ciudad, no había cambiado gran cosa. El magistrado del distrito seguía en su puesto, solo que le habían cambiado el título, y el señor Juren también ocupaba ahora algún cargo: la gente de Weizhuang no acababa de entender aquellos títulos. Y el comandante militar seguía siendo el mismo viejo batong (把总). Solo hubo un hecho alarmante: unos cuantos revolucionarios de mala catadura se habían inmiscuido y empezaron a armar jaleo; al segundo día ya andaban cortando coletas. Se decía que Qi Jin (七斤), el barquero de la aldea vecina, había sido víctima suya y tenía ahora un aspecto absolutamente inhumano. Pero esto todavía no era motivo de gran alarma, pues los habitantes de Weizhuang rara vez iban a la ciudad, y los que hubieran querido ir cambiaron inmediatamente de planes para evitar el peligro. Ah Q, que originalmente tenía intención de ir a la ciudad a ver a sus viejos amigos, al enterarse de la noticia también abandonó la idea.
Pero ni siquiera en Weizhuang podía decirse que no hubiera habido reforma alguna. Varios días después, cada vez más gente empezó a enrollarse la coleta en la coronilla. Como ya se ha dicho, el señor Maocai (茂才) fue el primero, seguido de Zhao Sichen y Zhao Ojos Blancos, y luego Ah Q. En verano no habría tenido nada de raro enrollarse la coleta en la cabeza o hacerse un nudo; pero ahora estaban en pleno otoño, y por tanto aquello de "practicar costumbres veraniegas en otoño" representaba, para los que se enrollaban la coleta, un acto de extraordinario valor, y para Weizhuang no podía decirse que fuera ajeno a la reforma.
Cuando Zhao Sichen pasó caminando con la parte de atrás de la cabeza al descubierto, la gente que lo veía exclamaba:
"¡Mira, un revolucionario!"
Ah Q lo oyó y sintió mucha envidia. Aunque hacía tiempo que conocía la gran noticia de que el xiucai se había enrollado la coleta, nunca se le había ocurrido que él pudiera hacer lo mismo. Solo al ver a Zhao Sichen se le ocurrió la idea de imitarlo, y resolvió llevarla a la práctica. Con un palillo de bambú se enrolló la coleta en la coronilla, vaciló largo rato y solo entonces se aventuró a salir.
Caminó por la calle; la gente lo miraba pero no decía nada. Al principio Ah Q estaba descontento, luego indignado. Últimamente se había vuelto muy irascible. En realidad su vida no era peor que antes de la rebelión, la gente lo trataba con cortesía y las tiendas no le exigían pago en efectivo. Pero Ah Q sentía que lo estaban ignorando injustamente: ya que había habido una revolución, las cosas no debían seguir simplemente como antes. Además, un día vio al Pequeño D, y aquello lo enfureció aún más.
El Pequeño D también se había enrollado la coleta en la coronilla, y con un palillo de bambú además. Ah Q nunca habría imaginado que tuviera la osadía, y eso era absolutamente intolerable. ¿Quién se creía que era el Pequeño D? No deseaba otra cosa que agarrarlo por la cabeza, partirle el palillo, bajarle la coleta y darle unos cuantos bofetones: un castigo menor por olvidar su lugar y atreverse a jugar al revolucionario. Pero al final lo dejó ir y se limitó a escupir furiosamente tras él: "¡Puaj!"
Durante aquellos días solo una persona fue a la ciudad: el Falso Diablo Extranjero. El xiucai Zhao había querido visitar personalmente al señor Juren invocando los baúles guardados, pero desistió por miedo a que le cortaran la coleta. Escribió una carta en el cortés formato del "Parasol Amarillo" y se la dio al Falso Diablo Extranjero para que la llevara a la ciudad; al mismo tiempo le pidió que le consiguiera una presentación ante el Partido de la Libertad. Cuando el Falso Diablo Extranjero regresó, le cobró cuatro dólares de plata al xiucai; a cambio, el xiucai lucía ahora un melocotón de plata en la solapa. Todo Weizhuang quedó impresionado y admirado: aquello era la insignia del "Partido del Aceite de Sésamo", equivalente al rango de Hanlin (翰林). El prestigio del viejo señor Zhao se disparó en consecuencia, superando con mucho lo que había sido cuando su hijo aprobó por primera vez el examen de xiucai. Por tanto miraba todo desde arriba, y cuando veía a Ah Q, lo contemplaba con considerable desdén.
Ah Q ya estaba descontento y se sentía perpetuamente menospreciado. Cuando se enteró del melocotón de plata, comprendió al instante por qué lo menospreciaban: para hacer la revolución no bastaba con anunciar la propia adhesión; enrollarse la coleta tampoco era suficiente. El primer paso era establecer contacto con los revolucionarios. Los únicos revolucionarios que había conocido en su vida eran dos: el de la ciudad hacía tiempo que había sido "ejecutado"; ahora solo quedaba el Falso Diablo Extranjero. No le quedaba más remedio que apresurarse a consultar al Falso Diablo Extranjero.
La puerta de la residencia de los Qian estaba abierta de par en par, y Ah Q se coló tímidamente. Una vez dentro recibió un gran susto: el Falso Diablo Extranjero estaba de pie en medio del patio, vestido enteramente de negro —al parecer ropa extranjera—, con un melocotón de plata prendido en el pecho y un bastón en la mano que Ah Q conocía demasiado bien. La coleta, de más de un pie de largo, había sido destrenzada y le colgaba suelta sobre los hombros; con aquella melena salvaje parecía el inmortal Liu Hai (刘海). Frente a él, en firmes, estaban Zhao Ojos Blancos y tres ociosos, escuchando con la máxima deferencia.
Ah Q se acercó furtivamente y se colocó detrás de Zhao Ojos Blancos. Quería saludarlo pero no sabía qué decir: "Falso Diablo Extranjero" estaba obviamente descartado; "Extranjero" tampoco era apropiado; "Revolucionario" tampoco. Quizá debería decir "Señor Extranjero".
Pero el Señor Extranjero todavía no lo había visto, pues peroraba con los ojos alzados y pleno entusiasmo:
"Soy un hombre impaciente, así que siempre que nos encontramos le digo: ¡Hermano Hong! ¡Pongámonos a trabajar! Pero él siempre dice: Noo! —eso es una palabra inglesa que vosotros no entenderíais—. Si no, habríamos triunfado hace tiempo. Pero esto precisamente demuestra lo prudente que es. Me ha invitado tres y cuatro veces a ir a Hubei (湖北), pero todavía no he aceptado. ¿Quién quiere trabajar en esta pequeña capital de condado...?"
"Eh... bueno..." Ah Q esperó una breve pausa y al fin reunió valor para hablar; pero por alguna razón no lo llamó "Señor Extranjero" después de todo.
Los cuatro oyentes se volvieron alarmados. El Señor Extranjero también lo vio por primera vez:
"¿Qué?"
"Yo..."
"¡Fuera!"
"Quiero unirme a..."
"¡Fuera!" El Señor Extranjero levantó el palo de luto.
Zhao Ojos Blancos y los ociosos gritaron: "¡El señor dice que te vayas! ¿No oyes?"
Ah Q se cubrió la cabeza con el brazo y huyó involuntariamente por la puerta; el Señor Extranjero no lo persiguió. Corrió unos sesenta pasos buenos antes de aminorar. Pero entonces la tristeza le invadió: el Señor Extranjero no le permitía hacer la revolución; no le quedaba otro camino. A partir de ahora no podía ya esperar que hombres con yelmos blancos y armaduras blancas vinieran a llamarlo. Todas sus ambiciones, aspiraciones, esperanzas y perspectivas de futuro quedaron borradas de un solo golpe. Que los ociosos difundirían la noticia y darían al Pequeño D y a Wang Hu y al resto motivo de burla era, en comparación, un asunto menor.
Le pareció que nunca había experimentado un vacío semejante. Hasta su coleta enrollada le parecía absurda y despreciable; por despecho quiso desenrollarla en el acto, pero en realidad no lo hizo. Vagó hasta el anochecer; en una taberna consiguió que le fiaran dos cuencos de vino, se los bebió y fue recobrando gradualmente el ánimo; solo entonces volvieron a aparecer fragmentos de yelmos blancos y armaduras blancas en sus pensamientos.
Un día, como de costumbre, ya era muy tarde y la taberna estaba a punto de cerrar cuando regresó paseando hacia el templo Tuguci.
¡Pum, pa-pa-pa!
De repente oyó un ruido extraño: no eran petardos. Ah Q siempre había sido aficionado a los espectáculos y siempre estaba dispuesto a meter las narices en los asuntos ajenos; siguió el ruido en la oscuridad. Delante parecía haber pasos. Justo cuando aguzaba el oído, alguien venía corriendo desde la dirección contraria. Ah Q lo vio y al instante echó a correr en la misma dirección. El hombre dobló una esquina; Ah Q dobló la esquina. El hombre se detuvo; Ah Q se detuvo. Miró detrás: nada. Miró al hombre: era el Pequeño D.
"¿Qué pasa?" Ah Q se molestó.
"Los Zhao... ¡la casa de los Zhao ha sido robada!" dijo el Pequeño D jadeando.
El corazón de Ah Q empezó a latir con fuerza. El Pequeño D dijo lo que tenía que decir y desapareció. Ah Q huyó, se detuvo, dio media vuelta: dos, tres veces. Pero como él mismo había estado una vez "en ese negocio", tenía más coraje que otros. Así que se aventuró a doblar la esquina de la calle y escuchó: parecían oírse gritos. Miró con más atención: parecían muchos hombres con yelmos blancos y armaduras blancas, en fila, acarreando baúles, muebles, la cama de Ningbo de la esposa del xiucai... pero no se veía con claridad. Quiso acercarse, pero los pies no le obedecían.
No había luna aquella noche; Weizhuang yacía en profunda oscuridad, quieta como en los tiempos del emperador primordial Fuxi (伏羲). Ah Q se quedó mirando hasta que él mismo se puso inquieto. Todo parecía igual que antes: sacaban cosas y metían otras: baúles fuera, muebles fuera, la cama de Ningbo de la esposa del xiucai fuera... tanto que apenas podía creerlo. Pero decidió no acercarse más y regresó a su templo.
El templo Tuguci estaba más negro todavía. Cerró el portón y a tientas encontró su cuarto. Después de estar acostado un buen rato, al fin logró ordenar sus pensamientos y empezó a reflexionar sobre sí mismo: los hombres de yelmos blancos y armaduras blancas habían estado claramente allí, y sin embargo no habían venido a saludarlo; habían acarreado muchas cosas buenas, y ninguna era para él. Todo era culpa del Falso Diablo Extranjero, que le había vedado la revolución. Cuanto más pensaba Ah Q, más furioso se ponía, hasta que al fin ya no podía contener la amargura. Asintió con la cabeza violentamente y dijo:
"¡Me prohíbe la revolución y después se rebela él! ¡Maldito Falso Diablo Extranjero! ¡Muy bien, tú rebélate! Rebelión es delito capital... ¡te denunciaré, y te arrastrarán a la capital del condado y te cortarán la cabeza! ¡Exterminarán a todo tu clan! ¡Zas! ¡Zas!"
Capítulo noveno: El gran desenlace
Tras el robo de la casa de los Zhao, la mayor parte de los habitantes de Weizhuang se sintió a la vez satisfecha y alarmada; Ah Q también se sintió a la vez satisfecho y alarmado. Pero cuatro días después, en plena noche, fue apresado y llevado a la ciudad del condado. Era una noche oscura. Un escuadrón de soldados, un escuadrón de milicianos, un escuadrón de policías y cinco detectives se deslizaron sigilosamente hasta Weizhuang, rodearon el templo Tuguci en la oscuridad y colocaron una ametralladora apuntando directamente a la puerta. Pero Ah Q no salió. Al no pasar nada durante un buen rato, el batong (把总) ofreció una recompensa de veinte mil monedas de cobre; solo entonces dos milicianos se atrevieron a escalar la tapia. Atacando desde dentro y desde fuera, irrumpieron y sacaron a rastras a Ah Q. No empezó a volver en sí hasta que lo llevaron más allá de la ametralladora.
Cuando llegaron a la ciudad, ya era mediodía. Ah Q se vio conducido a un edificio gubernamental ruinoso; tras cinco o seis giros, lo empujaron a una pequeña celda. En cuanto tropezó, la puerta de madera maciza con barrotes se cerró de golpe a sus talones. Las otras tres paredes eran de ladrillo; al mirar con más atención, descubrió a otras dos personas en un rincón.
Aunque algo inquieto, Ah Q no estaba terriblemente afligido: al fin y al cabo, su dormitorio en el templo Tuguci no era mejor que aquella celda. Los otros dos parecían también campesinos, y poco a poco entablaron conversación. Uno dijo que el señor Juren quería cobrar el alquiler atrasado de su abuelo; el otro no sabía por qué estaba allí. Cuando preguntaron a Ah Q, respondió con franqueza: "Porque quería hacer la revolución."
Aquella tarde lo sacaron a rastras por la puerta enrejada y lo llevaron al salón principal. Al fondo estaba sentado un anciano con la cabeza rapada. Ah Q sospechó que era un monje; pero al ver una fila de soldados abajo y más de una docena de personas con túnicas largas a ambos lados --algunas con la cabeza rapada como el anciano, otras con un pie de pelo suelto sobre los hombros como el Falso Diablo Extranjero--, todas con expresiones feroces y ojos airados clavados en él, comprendió que aquel personaje debía de tener autoridad. Las rodillas se le doblaron solas y se arrodilló.
"¡Levántate y habla! ¡No te arrodilles!" gritaron los de las túnicas largas.
Ah Q parecía entender, pero de algún modo no se sostenía de pie; involuntariamente se acuclilló, y al final se quedó de rodillas.
"¡Mentalidad de esclavo!..." dijeron los de las túnicas largas con desprecio, pero no lo obligaron a levantarse.
"Di la verdad y te ahorrarás sufrimiento. Ya lo sé todo. Confiesa y te dejarán libre," dijo el anciano de cabeza rapada, mirando fijamente a Ah Q, con voz tranquila y clara.
"¡Confiesa!" gritaron también los de las túnicas largas.
"Yo originalmente quería... venir a unirme..." dijo Ah Q, pensando confusamente un instante.
"¿Y por qué no viniste?" preguntó amablemente el anciano.
"¡El Falso Diablo Extranjero no me dejó!"
"¡Tonterías! En cualquier caso, ya es tarde. ¿Dónde están tus cómplices?"
"¿Qué?..."
"La banda que robó la casa de los Zhao aquella noche."
"No vinieron a buscarme. Se lo llevaron todo ellos." Ah Q se indignó al recordarlo.
"¿Adónde fueron? Dilo y te dejarán libre." El anciano se volvió aún más amable.
"No lo sé... no vinieron a buscarme..."
Pero el anciano hizo una señal con los ojos y Ah Q fue empujado de vuelta tras la puerta enrejada. La segunda vez que lo sacaron fue a la mañana siguiente.
Todo en el salón principal era igual. El anciano de cabeza rapada seguía sentado al fondo, y Ah Q volvió a arrodillarse.
El anciano preguntó amablemente: "¿Tienes algo más que decir?"
Ah Q pensó. No. "No," respondió.
Entonces uno de los de túnica larga le trajo una hoja de papel y un pincel e intentó ponérselo en la mano. Ah Q se aterró hasta perder casi el sentido: su mano y un pincel, era la primera vez en su vida. El hombre le señaló un lugar en el papel y le dijo que hiciera su marca.
"Yo... no sé leer," dijo Ah Q, agarrando el pincel con terror y vergüenza.
"Está bien, ¡dibuja un círculo!"
Ah Q intentó dibujar un círculo, pero la mano que sostenía el pincel no hacía más que temblar. El hombre extendió el papel en el suelo; Ah Q se inclinó y reunió todas sus fuerzas para dibujar un círculo. Tenía miedo de que se rieran de él y estaba decidido a hacerlo redondo. Pero el maldito pincel no solo era pesado sino desobediente: justo cuando la línea estaba a punto de cerrarse, se torció y se abombó hacia fuera, resultando en la forma de una semilla de calabaza.
Ah Q se mortificó porque su círculo no era redondo, pero el hombre ya se había llevado el papel y el pincel, y varias personas lo empujaron de vuelta tras la puerta enrejada.
La segunda vez tras los barrotes no estaba especialmente afligido. Sentía que siendo un hombre entre el cielo y la tierra, probablemente tenía que ser arrastrado de aquí para allá a veces, y a veces tenía que dibujar círculos en papel. Solo que su círculo no fuera redondo: eso lo consideraba una mancha en su "historial". Pero al poco rato se tranquilizó: ¡Solo un novato dibuja un círculo perfectamente redondo! Y así se quedó dormido.
Pero aquella noche fue el señor Juren quien no pudo dormir: se había peleado con el batong. El señor Juren insistía en que la prioridad era recuperar los objetos robados; el batong insistía en que la prioridad era hacer un escarmiento público. El batong últimamente había dejado de mostrar mucho respeto al señor Juren y golpeó la mesa: "¡Castigar a uno para escarmentar a cien! ¡Mire usted: llevo revolucionario menos de veinte días y ya ha habido más de una docena de robos, ninguno resuelto! ¿Dónde queda mi reputación? Cuando se resuelve un caso, viene usted a regatear. ¡Eso no puede ser! ¡Este es asunto mío!" El señor Juren se vio acorralado, pero se mantuvo firme: si no se recuperaban los objetos robados, dimitiría inmediatamente de su cargo de administrador civil auxiliar. El batong dijo: "¡Como quiera!" Y así el señor Juren no durmió en toda la noche; afortunadamente, al día siguiente tampoco dimitió.
La tercera vez que sacaron a Ah Q por la puerta enrejada fue a la mañana siguiente de la noche de insomnio del señor Juren. Lo llevaron al salón principal; el familiar anciano de cabeza rapada seguía sentado al fondo, y Ah Q volvió a arrodillarse como de costumbre.
"¿Tienes algo más que decir?" preguntó amablemente el anciano.
Ah Q pensó. No. "No," respondió.
Entonces muchos hombres de túnicas largas y chaquetas cortas le pusieron de repente un chaleco blanco de algodón con caracteres negros escritos. Ah Q se disgustó profundamente, porque aquello parecía ropa de luto, y el luto significaba mala suerte. Al mismo tiempo le ataron las manos a la espalda y lo arrastraron fuera del edificio gubernamental.
Lo subieron a un carro abierto; varios hombres de chaqueta corta se subieron con él. El carro partió de inmediato. Delante marchaban soldados con fusiles y milicianos; a ambos lados se apiñaban multitudes de curiosos boquiabiertos; lo que había detrás, Ah Q no podía verlo. Pero de repente un pensamiento lo atravesó: ¿no era este el camino al paredón? El pánico lo invadió; los ojos se le oscurecieron, los oídos le zumbaron y sintió que iba a desmayarse. Pero no se desmayó del todo: aunque a veces angustiado, a veces estaba también tranquilo. Se le ocurrió vagamente que entre el cielo y la tierra, un hombre probablemente estaba destinado, a veces, a perder la cabeza.
Reconoció el camino, y esto lo sorprendió: ¿por qué no iban directamente al lugar de ejecución? No sabía que lo paseaban por las calles para exhibirlo en público. Pero aunque lo hubiera sabido, habría dado igual: habría concluido simplemente que entre el cielo y la tierra, un hombre probablemente estaba destinado, a veces, a ser exhibido por las calles.
Se dio cuenta: era la ruta larga hacia el paredón; aquello era sin duda el "¡zas!" y la decapitación. Miró distraídamente a izquierda y derecha: la gente lo seguía como hormigas, y entre la muchedumbre a lo largo del camino distinguió... a Wu Ma. Cuánto tiempo sin verla; ahora trabajaba en la ciudad. Ah Q sintió de repente vergüenza de no haber mostrado más temple: ¡ni siquiera había cantado unas líneas de ópera! Sus pensamientos giraban como un ciclón: "La viuda joven visita la tumba" era demasiado simple; "Si tan solo no hubiera..." del "Combate del Dragón y el Tigre" era demasiado flojo; pero "¡Con mi maza de acero te derribaré!" --¡eso sí! En el mismo instante intentó alzar la mano con un gesto grandioso, pero recordó que tenía las dos manos atadas. Así que tampoco cantó lo de "la maza de acero".
"Dentro de veinte años seré otro..." En medio de la conmoción, Ah Q articuló, "sin maestro ni mentor", la primera mitad de una frase que nunca antes había pronunciado.
"¡¡¡Bravo!!!" De la multitud se alzó un aullido como de chacales y lobos.
El carro siguió avanzando; Ah Q volvió los ojos entre los vítores para mirar a Wu Ma, pero ella parecía no haberlo visto en absoluto, y solo contemplaba fascinada los fusiles que llevaban los soldados a la espalda.
Ah Q volvió entonces la mirada hacia los espectadores que vitoreaban.
En aquella fracción de segundo, sus pensamientos giraron de nuevo como un ciclón. Cuatro años antes se había topado con un lobo hambriento al pie de una colina. El lobo lo había seguido a una distancia constante, ni más cerca ni más lejos, queriendo devorar su carne. Él casi murió de miedo, pero por suerte tenía en la mano un hacha de leñador, y con ella cobró ánimo para resistir hasta Weizhuang. Pero nunca había olvidado aquellos ojos de lobo: feroces y cobardes a la vez, brillando como dos fuegos fatuos, como si le perforaran la piel desde lejos. Y ahora veía ojos más terribles que cualquiera que hubiera visto antes: opacos pero afilados, ojos que no solo habían devorado sus palabras sino que buscaban devorar algo más allá de su piel y su carne, y que lo seguían a una distancia constante, ni más cerca ni más lejos.
Aquellos ojos parecieron fundirse en uno solo y ya estaban devorando su alma.
"¡Socorro!..."
Pero Ah Q nunca lo dijo. Sus ojos hacía rato que se habían oscurecido, sus oídos zumbaban, y sentía que todo su cuerpo se dispersaba como polvo.
En cuanto a las repercusiones de este suceso, la mayor recayó, paradójicamente, sobre el señor Juren, pues los objetos robados nunca fueron recuperados y toda su familia se lamentó. La segunda mayor recayó sobre la casa de los Zhao: no solo le habían cortado la coleta al xiucai unos revolucionarios desalmados cuando fue a la ciudad a presentar denuncia, sino que la familia había gastado veinte mil monedas de cobre en la recompensa; así que también lloraron a coro. A partir de entonces, todos fueron adoptando poco a poco el aire de leales al viejo régimen.
En cuanto a la opinión pública: en Weizhuang fue unánime; naturalmente Ah Q era malo, y el hecho de que lo fusilaran era prueba de su maldad: si no hubiera sido malo, ¿por qué lo habrían fusilado? La opinión pública en la ciudad, sin embargo, fue menos favorable: la mayoría estaba descontenta, opinando que un fusilamiento no era tan buen espectáculo como una decapitación; y además, qué ridículo condenado: ¡paseado por las calles tanto rato y no cantó ni una sola línea de ópera! Lo habían seguido para nada.
(Diciembre de 1921 – Febrero de 1922.)
Sobre el autor
Lu Xun (鲁迅, nacido Zhou Shuren 周树人, 1881–1936) es ampliamente considerado el fundador de la literatura china moderna. La verdadera historia de Ah Q es su obra más larga y célebre, una sátira incisiva de la sociedad china y el carácter nacional.