Difference between revisions of "Lu Xun Complete Works/es/Zhufu"

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(7 de febrero de 1924.)
 
(7 de febrero de 1924.)
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== Prólogo de Zaratustra ==
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Amo a aquel que no quiere demasiada moral: una moral es más que dos, porque ata más fuerte el nudo del que pende el destino.
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Amo a aquel que no agradece el derroche del espíritu ni lo retribuye: pues solo da y no quiere atesorar.
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Amo a aquel que se avergüenza cuando los dados caen a su favor; que entonces pregunta: "¿Acaso soy un jugador tramposo?" Pues quiere perecer.
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Amo a aquel que antes de sus actos arroja palabras de oro y cumple siempre más de lo que promete: pues quiere su propio hundimiento.
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Amo a aquel que justifica a los del futuro y redime a los del pasado: pues quiere perecer por los del presente.
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Amo a aquel que castiga a su Dios porque ama a su Dios: pues debe perecer por la ira de su Dios.
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Amo a aquel cuya alma es profunda aun en la herida, y que por una pequeña vivencia puede perecer: así cruza gustoso el puente.
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Amo a aquel cuya alma está tan colmada que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él: así todas las cosas se convierten en su hundimiento.
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Amo a aquel que es de espíritu libre y corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al hundimiento.
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== Prólogo de Zaratustra (continuación) ==
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Uno
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Cuando 察拉图斯忒拉 (Zaratustra) tenía treinta años, abandonó su patria y el lago de su patria y se fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y su soledad durante diez años sin cansarse. Pero al fin su corazón se transformó, y una mañana se levantó con el alba, se puso ante el sol y le habló así:
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"¡Oh gran astro! ¿Cuál sería tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes alumbras?
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Durante diez años has subido hasta mi caverna: te habrías hastiado de tu luz y de este camino sin mí, sin mi águila y mi serpiente.
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Pero nosotros te esperábamos cada mañana, recibíamos tu desbordamiento y te bendecíamos por ello.
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¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha recogido demasiada miel; necesito manos extendidas para recibirla.
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Quisiera regalar y repartir, hasta que los sabios entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura y los pobres de su riqueza.
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Para ello debo descender a las profundidades: como tú haces por las tardes, cuando te hundes tras el mar y aún llevas luz al inframundo, ¡oh astro rebosante de riquezas!
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Como tú, yo debo hundirme, según dicen los hombres a quienes deseo descender.
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¡Bendíceme, pues, ojo sereno que puede contemplar sin envidia una dicha desmesurada!
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¡Bendice esta copa que quiere desbordarse, para que el agua fluya dorada y lleve por doquier el reflejo de tu arrobo!
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¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a ser hombre."
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Así comenzó el hundimiento de Zaratustra.
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Amo a aquel cuya alma está tan colmada que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él: así todas las cosas se convierten en su hundimiento.
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Amo a aquel que es de espíritu libre y corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al hundimiento.
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Amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la nube oscura suspendida sobre la humanidad: anuncian que el rayo se acerca y perecen como heraldos.
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¡Mirad, yo soy un heraldo del rayo y una gota pesada de la nube: pero ese rayo se llama el Superhombre!
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Dos
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Cuando Zaratustra hubo pronunciado estas palabras, miró de nuevo al pueblo y calló. "Ahí están", dijo a su corazón, "ahí están y se ríen: no me comprenden, yo no soy la boca para estos oídos.
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¿Habrá que romperles primero los oídos para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que alborotar como timbales y predicadores callejeros? ¿O solo creen al tartamudo?
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Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los enorgullece? Lo llaman educación; con ella se sienten superiores a los cabreros.
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Por eso no les gusta oír la palabra 'desprecio' aplicada a sí mismos. Pues bien, hablaré a su orgullo.
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Les hablaré de lo más despreciable de todo: y eso es el último hombre."
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Y así habló Zaratustra al pueblo:
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"Ha llegado el momento de que el hombre se fije su propia meta. Ha llegado el momento de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.
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Su suelo es aún bastante fértil. Pero un día este suelo será pobre y manso, y de él ya no podrá crecer ningún árbol alto.
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¡Ay! Llegará el tiempo en que el hombre ya no lance la flecha de su anhelo más allá de sí mismo, y la cuerda de su arco haya olvidado vibrar.
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Os lo digo: es preciso tener aún caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzante. Os lo digo: aún tenéis caos dentro de vosotros.
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¡Ay! Llegará el tiempo en que el hombre ya no dé a luz estrella alguna. ¡Ay! Llegará el tiempo del hombre más despreciable, el que ya no puede despreciarse a sí mismo.
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¡Mirad! Os muestro al último hombre.
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'¿Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es el anhelo? ¿Qué es una estrella?' Así pregunta el último hombre, y parpadea."
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== 1925 ==
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== Los enemigos de la poesía ==
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Anteayer, anteayer, anteayer, me encontré por décima vez con el "niño de la poesía" y en la conversación surgió que yo podría contribuir con algo al ''Semanario Literario'', añadiendo él mismo: "Solo le ruego que no sea poesía, ja, ja, ja." En realidad nunca había tenido intención de presentar poesía. Sin embargo, ¿qué se puede decir ante eso?
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Cuando a alguien no le gusta un determinado género literario, no es ningún delito. Pero cuando la atmósfera general trata la poesía como "el enemigo", es un signo alarmante para el estado de la literatura en su conjunto. La poesía china ha tenido sus virtudes --piénsese en la poesía Tang, en la lírica Song--, y sin embargo, en la época actual parece ser para la mayoría una mera ocasión de burla.
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Hay quienes afirman que la prosa es la única forma "moderna". Otros dicen que los poemas no son más que un pasatiempo para eruditos ociosos. Y otros aún acusan a la poesía de ser demasiado personal, demasiado ensimismada, para tener justificación alguna en una época de agitación social.
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Todo esto son prejuicios. La gran poesía siempre ha poseído el poder de elevar lo individual a lo universal, de transformar lo personal en algo de validez general. Si abandonamos la poesía, perdemos uno de los instrumentos más poderosos del lenguaje: la condensación de la experiencia en sonido y ritmo, imagen y metáfora.
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Es cierto que el modo en que algunos poetas escriben hoy puede merecer la burla de los críticos. Pero eso habla en contra de esos poetas, no en contra de la poesía misma. Una mala novela no demuestra que la novela como género sea inútil; tampoco un mal poema demuestra la superfluidad de la poesía.
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Los verdaderos enemigos de la poesía no son quienes la rechazan abiertamente, sino quienes la tratan con indiferencia, quienes ni siquiera se molestan en leerla antes de emitir juicio. En literatura, la indiferencia es más mortífera que la enemistad.
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== Sobre «El símbolo del tormento» ==
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Carta al señor 王铸 (Wang Zhu).
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(Publicado en el suplemento del 京报 (Jingbao), 13 de enero de 1925.)
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== Posdata a «Pensamientos repentinos» ==
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Hay muchas cosas que vienen de repente a la mente, pero no todas merecen ser escritas. Últimamente me había dedicado a anotar "pensamientos repentinos" --breves reflexiones sobre esto y aquello--, y ello provocó diversas reacciones. Algunas merecen respuesta.
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Se me acusa de ser demasiado pesimista. Tal vez. Pero el pesimismo no es sinónimo de inacción, y el optimismo no es sinónimo de sabiduría. Quien ve las cosas con negrura puede verlas con más claridad que quien está cegado por esperanzas color de rosa. En todo caso, es preferible ver la verdad a oscuras que contemplar la falsedad a plena luz.
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También me dicen que no debería limitarme a criticar sino hacer propuestas. Sin embargo, la crítica ya es en sí misma una propuesta: a saber, la propuesta de cambiar el estado de cosas criticado. Quien señala una falta ya ha dado el primer paso hacia la mejora. Claro está que es más fácil exigir propuestas que aceptar las verdades incómodas de la crítica.
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La sociedad china padece muchos males, pero uno de los mayores es la disposición a tolerarlo todo. La gente soporta lo intolerable, calla cuando debería hablar, sonríe cuando debería indignarse. Esta tolerancia se elogia como virtud; yo la considero un vicio. Es la tolerancia del agotamiento, no la de la sabiduría.
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== Palabras mordaces (comentario) ==
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Aquel ensayo del señor 鲁迅 (Lu Xun), "Palabras mordaces", ya ha sido recibido con desaprobación por dos señores de apellido "钱" (Qian). Sospecho que entre los jóvenes tales opiniones son aún más comunes, lo cual demuestra que este ensayo no es en modo alguno un "lugar común trillado". Cuando tú puedes decirlo y yo también, cuando yo lo digo y tú asientes, cuando tú lo dices y él también piensa que es evidente: esos son lugares comunes trillados. Pero las dos tesis principales del señor Lu Xun aún no han encontrado aceptación general ni siquiera entre jóvenes aparentemente progresistas, lo cual demuestra que están lejos de ser anticuadas.
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El señor Lu Xun no escribe para la eternidad sino para el momento; y precisamente en eso reside su fuerza. Ataca los problemas que arden ahora, que deben resolverse ahora, no los que tal vez lleguen a ser importantes dentro de cien años. Esto no es un signo de cortedad de miras sino de valor. Siempre es más fácil filosofar sobre principios abstractos que escribir sobre abusos concretos; más fácil soñar con el futuro que criticar el presente.
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Quienes desdeñan las "palabras mordaces" del señor Lu Xun como algo mezquino no han comprendido la cuestión. No se trata de palabras aisladas sino de la actitud mental que el lenguaje revela. Quien es descuidado con el lenguaje también lo es en el pensamiento. Y quien piensa con descuido actúa con descuido. La precisión en la expresión es el principio de la precisión en todas las cosas.
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También hay quienes piensan que el señor Lu Xun no debería ocuparse de "nimiedades" sino mantener la vista en el "panorama general". Pero ¿qué es el "panorama general" sino la suma de "nimiedades"? Quien no ve los defectos individuales tampoco reconocerá el gran mal. La revolución no empieza con grandes declaraciones sino con la observación precisa de lo que está marchando mal.
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== Respuesta sobre los libros chinos ==
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¡Ja, ja! Ahora lo entiendo: el señor Lu Xun ha leído a Darwin y a Russell y otros libros extranjeros y se ha olvidado de los libros chinos de 梁启超 (Liang Qichao) y 胡适 (Hu Shi). Si no, ¿por qué afirmaría que los libros chinos son rígidos y muertos? Si los libros chinos fueran rígidos y muertos, ¿por qué las obras de 老子 (Laozi), 孔子 (Confucio), 孟子 (Mencio) y 荀子 (Xunzi) siguen existiendo hoy?
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¡Oiga, señor Lu Xun! ¿Por qué se entierra usted tan profundamente en los libros extranjeros y se olvida de su patria? Si de verdad ama a China, ¿por qué aconseja a la juventud no leer libros chinos? ¿Es eso patriotismo? ¿Quiere usted que la juventud china se occidentalice? ¡Eso no es más que el viejo truco de la subversión cultural!
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[Respuesta:] Esta objeción es tan vieja como el debate mismo. La cuestión no es si los clásicos existen --por supuesto que existen--. La cuestión es si leer exclusivamente los clásicos prepara a los jóvenes para el mundo moderno. 老子 y 孔子 son grandes pensadores, pero solo con sus obras no basta para resolver los problemas del siglo XX. También es necesario aprender lo que el mundo fuera de China ha pensado y logrado.
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Quien dice que yo desprecio los libros chinos me ha malinterpretado. Yo solo digo: no leáis exclusivamente libros chinos. Leed también otros. Comparad. Pensad. Y después decidid por vosotros mismos qué os sirve y qué no. Esto no es occidentalización: es ilustración.
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La afirmación de que leer libros extranjeros es antipatriótico es ella misma producto de esa estrechez de miras que durante tanto tiempo ha impedido el desarrollo de China. Japón estudió la ciencia occidental y se convirtió en una gran potencia. China se cerró y quedó rezagada. La lección es clara.
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== Sobre los libros chinos y extranjeros (réplica) ==
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Muy bien: el buen señor Lu puede enseñar a la juventud a no leer libros chinos, pero también les enseña a leer libros extranjeros. Los libros extranjeros que el señor Lu más estima deben servir naturalmente también como modelos de conducta humana. Quien ha leído libros extranjeros y luego actúa en consecuencia ciertamente no es un iletrado. Pero el señor Lu debe saber: cada país tiene sus propias circunstancias, cada país su propia historia. Si uno es chino y quiere hacer algo por China, debe conocer las circunstancias chinas. Sin conocer las circunstancias chinas, nada se puede hacer por China, aunque se hayan leído todos los libros extranjeros del mundo.
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Esta objeción suena razonable, pero es fundamentalmente errónea. Pues precisamente quien quiere cambiar las condiciones chinas debe mirar más allá de su propio horizonte. ¿Cómo va a reconocer que algo está mal sin base alguna de comparación? ¿Cómo va a saber qué es posible si solo conoce lo que ha sido? Los libros extranjeros --de ciencias naturales, ciencias sociales, filosofía-- no son modelos para la imitación ciega. Son espejos en los que podemos ver nuestro propio rostro con más claridad.
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Quien dice que primero hay que conocer las condiciones chinas, ¿acaso las conoce él mismo? ¿O solo conoce la superficie, la costumbre, la tradición heredada? La verdadera comprensión de las propias condiciones presupone la capacidad de tomar distancia, y la distancia solo se gana mediante la perspectiva exterior.
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La historia china nos enseña mucho, pero hay algo que no nos enseña: cómo construir una nación moderna. Para ello necesitamos conocimientos que vienen de otra parte. Esto no es una deshonra sino una necesidad. Los europeos también aprendieron unos de otros; los japoneses también aprendieron de los europeos. Solo quien es demasiado orgulloso para aprender permanece ignorante.
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En verdad, el señor Lu de ningún modo sostiene que no haya que leer libros chinos en absoluto: eso es una grosera distorsión de sus palabras. Dijo que no hay que leer exclusivamente libros chinos. Dijo que hay que leer también otros libros. Esa es una diferencia enorme que sus críticos deliberadamente difuminan.
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== Sobre el incidente de la Pagoda de Hierro ==
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"El informe publicado el día 20 en el 晨报 (Chenbao) sobre soldados en 开封 (Kaifeng) que supuestamente violaron a una estudiante junto a la Pagoda de Hierro puede, a mi juicio, demostrarse enteramente ficticio por los siguientes dos hechos.
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Primero: la Pagoda de Hierro está situada al norte de la ciudad, a menos de una milla de la Universidad 中州 (Zhongzhou) y de la capital provincial. Si las estudiantes la visitan, no puede tratarse de un lugar muy aislado. La violación de mujeres por soldados es ciertamente un asunto corriente en nuestro país --no hay necesidad de negarlo--, pero hacerlo en un lugar tan expuesto no tendría precedentes.
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Segundo..."
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Esta carta de defensa de un oficial intentaba desestimar como fabricaciones los informes de violaciones por soldados en 开封. Pero los hechos contaban otra historia. Era precisamente la manera desenfadada en que el autor admitía que "la violación de mujeres por soldados en nuestro país es un asunto corriente" lo que revelaba la verdadera dimensión del problema.
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En una sociedad donde la violencia militar contra los civiles se considera "corriente", no es necesario demostrar ni refutar incidentes individuales: la condición general es ya de por sí el verdadero crimen. Cuando un defensor del ejército admite tranquilamente que las violaciones por soldados son rutinarias, ha formulado, sin pretenderlo, la acusación más severa posible.
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¿De qué sirve negar un caso aislado cuando se confirma el estado general de las cosas? Es como si alguien dijera: "No, esta casa en particular no se ha incendiado, pero naturalmente las casas se incendian constantemente en nuestra ciudad, eso es bien sabido."
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El punto decisivo en este caso no era si este incidente concreto había ocurrido exactamente como se informó o no. El punto decisivo era que reinaba una atmósfera de violencia e impunidad en la que tales incidentes podían producirse en cualquier momento, y de hecho se producían.
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== Sobre los rumores ==
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Los rumores ya se han apaciguado y todos buscan su origen. Hay dos versiones: una sostiene que nacieron de la hostilidad hacia los militares. El profesor que me escribió la carta dice también:
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"En los últimos meses han aparecido en 开封 rumores infundados. Si se busca el hilo común, todos son desfavorables para los militares. Esto sugiere que fueron propagados por personas hostiles al ejército."
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La otra versión sostiene que los propios soldados pusieron los rumores en circulación, lo cual tampoco es inverosímil. En una atmósfera de ilegalidad y miedo, los rumores brotan como malas hierbas después de la lluvia. No se necesita un autor particular para explicarlos; son el producto natural de una sociedad en la que la verdad carece de valor.
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Pero hay una tercera posibilidad que nadie considera: que los rumores surjan porque la realidad es tal que podrían ser ciertos en cualquier momento. Si la gente cree de buena gana los rumores sobre atrocidades militares, no es porque sea maliciosa o crédula, sino porque su experiencia le dice que tales cosas realmente suceden.
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El verdadero problema, pues, no es el rumor sino la condición que lo hace posible. Quien quiera combatir los rumores debe combatir la condición. Quien defiende la condición y combate solo los rumores actúa como un médico que baja la fiebre sin curar la enfermedad.
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La pregunta sobre el origen de los rumores es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿por qué vive la gente en una condición en la que tales rumores parecen verosímiles? Y la respuesta es tan sencilla como vergonzosa: porque la realidad es a menudo peor que el rumor.
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== Carta de un joven ==
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Señor, no deseo contarle lo atribulado que soy como joven, lo solitario y sufriente, pues tales descripciones huecas no despiertan simpatía sino solo aversión. Lo que deseo decirle con urgencia es esto: ¡estoy buscando un mentor! Por mentor no me refiero a alguien que me lea libros a diario o me sermonee sobre la moral y cosas por el estilo, sino que busco a alguien que pueda darme una visión genuina de la vida.
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Desde mi juventud he estado rodeado de enseñanzas falsas. Me han dicho qué pensar, qué sentir, qué considerar bueno y malo. Pero nadie me enseñó a pensar por mí mismo, a sentir por mí mismo, a distinguir el bien del mal con mi propio juicio. He leído libros, muchos libros, chinos y extranjeros, y cada uno dice algo diferente. Al final, uno se queda desconcertado, sin saber a qué aferrarse.
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Lo que necesito no es un sistema, no es un dogma, no es una ideología. Lo que necesito es una persona que me muestre cómo vivir honestamente --no cómo satisfacer las expectativas ajenas--. Una persona que me dé el valor de pensar mis propios pensamientos, aunque sean incómodos. Una persona que no finja tener respuesta para todo, sino que me muestre cómo vivir con las preguntas.
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¿Existe tal persona? No lo sé. Pero sé que debo buscarla, pues sin ella me ahogaré en este mar de opiniones y prejuicios. Y por eso acudo a usted, señor 鲁迅 --no porque crea que usted tiene todas las respuestas, sino porque siento que usted hace las preguntas correctas.
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== Notas al Prólogo de Zaratustra ==
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Sección séptima: Zaratustra comprende que está demasiado alejado de las masas.
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Sección octava: Zaratustra es asustado por el bufón, burlado por el sepulturero e injuriado por el ermitaño. El sepulturero (Toten-Gräber) es aquel que solo entierra cadáveres; representa al bajo historiador que solo recoge cosas antiguas y no tiene visión del futuro. Envidia no solo a Zaratustra sino también al volatinero, pero solo sabe maldecir. El anciano es también un creyente, pero uno que ama solo a su Dios y no a la humanidad.
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Sección novena: Zaratustra alcanza una nueva verdad, busca hallar compañeros vivos y entierra el cadáver. Mi (de Zaratustra) felicidad significa: crear.
  
  

Revision as of 12:16, 9 April 2026

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El sacrificio del Año Nuevo
Autor Lu Xun (鲁迅)
Título El sacrificio del Año Nuevo
Título original 祝福
Colección Errante (彷徨)
Primera publicación 1924
Traducción Claude / Martin Woesler

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El final del año según el viejo calendario es, al fin y al cabo, lo que más se parece a un verdadero fin de año. No solo en las aldeas y los pueblos: hasta en el cielo se percibe la atmósfera del Año Nuevo que se aproxima. De entre las pesadas nubes vespertinas de un gris plomizo brotan de cuando en cuando destellos, seguidos de sordas detonaciones: son los petardos para despedir al Dios del Hogar. Los que se encienden más cerca resultan aún más estruendosos; el fragor ensordecedor no ha cesado todavía cuando el aire ya está impregnado del tenue aroma de la pólvora. Fue precisamente en esa noche cuando regresé a mi pueblo natal, la villa de 鲁镇 (Luzhen). Aunque la llamaba mi tierra, ya no tenía hogar allí, de modo que no me quedó más remedio que alojarme provisionalmente en la residencia del Cuarto Señor 鲁 (Lu). Era pariente de mi clan, una generación mayor que yo, y debía llamarle "Cuarto Tío": un viejo licenciado imperial consagrado a la filosofía neoconfuciana. No había cambiado mucho respecto a antes, solo había envejecido un poco, y seguía sin dejarse barba. Al encontrarnos intercambiamos las cortesías de rigor; tras las cortesías dijo que yo había "engordado"; y después de decir que había engordado se puso a despotricar furiosamente contra el Partido Reformista. Pero yo sabía que no iba dirigido a mí: seguía maldiciendo a 康有为 (Kang Youwei). En todo caso, la conversación nunca encontró terreno común, y al poco rato me quedé solo en el estudio.

Al día siguiente me levanté muy tarde y después de almorzar salí a visitar a algunos parientes y amigos; al tercer día hice lo mismo. Tampoco ellos habían cambiado gran cosa, solo envejecido un poco; pero en cada hogar reinaba el ajetreo, todos preparando la "Bendición". Era la gran ceremonia de fin de año en 鲁镇, un rito solemne y devoto para recibir a los dioses de la Fortuna y rogar por la buena suerte del año venidero. Se mataban pollos, se degollaban gansos, se compraba carne de cerdo y se lavaba con esmero; los brazos de las mujeres se enrojecían por el agua, y algunas aún llevaban brazaletes de plata trenzada. Una vez cocido todo, se clavaban palillos de aquí para allá, y el conjunto se llamaba "ofrendas de la Bendición". A la quinta vigilia se disponían los manjares, se encendían incienso y velas, y se invitaba respetuosamente a los dioses de la Fortuna a degustarlos; solo los hombres tenían derecho a postrarse en reverencia, y después, naturalmente, se volvían a encender petardos. Así cada año, en cada hogar —con tal de que pudieran costearse las ofrendas y los petardos—, y este año, por supuesto, también. El cielo se oscurecía cada vez más; por la tarde se puso a nevar, copos grandes como flores de ciruelo danzando por todo el firmamento, mezclados con el humo y el bullicio, convirtiendo 鲁镇 en un completo caos. Cuando volví al estudio del Cuarto Tío, las tejas estaban ya blancas de nieve, y la habitación parecía más luminosa; se distinguía con toda claridad en la pared el gran carácter "Longevidad" (寿) en rojo estampado, obra del patriarca 陈抟 (Chen Tuan). Uno de los versos del pareado colgante se había caído y yacía enrollado sobre la mesa larga; el otro aún pendía: "Quien comprende los principios de las cosas mantiene el ánimo sereno y apacible." Aburrido, fui al escritorio junto a la ventana y hojeé lo que había allí: un Diccionario 康熙 (Kangxi) aparentemente incompleto, un volumen de los Comentarios reunidos al 《近思录》 (Jinsilu) y un volumen del 《四书衬》 (Sishu Chen). Fuera como fuese, al día siguiente me marcharía sin falta.

Además, el recuerdo del encuentro con la Cuñada 祥林 (Xianglin) el día anterior no me dejaba en paz. Había sido por la tarde. Yo había visitado a un amigo en el extremo oriental del pueblo, y al salir la encontré junto al río; por la dirección de su mirada fija supe de inmediato que venía derecha hacia mí. De todas las personas que había visto en 鲁镇 esta vez, en ninguna era tan grande el cambio como en ella: el cabello que cinco años atrás estaba entrecano era ahora completamente blanco, impropio de alguien de unos cuarenta años; el rostro consumido hasta los huesos, de un amarillo tirando a negro, borrada toda huella de la antigua tristeza, como tallado en madera; solo el giro ocasional de sus pupilas indicaba que era un ser vivo. En una mano llevaba un cesto de bambú con un cuenco roto, vacío; con la otra se apoyaba en una caña de bambú más alta que ella, rajada en la base: era, de manera evidente, una mendiga.

Me detuve, esperando que me pidiera dinero.

—¿Has vuelto? —fue lo primero que dijo.

—Sí.

—Qué bien. Tú sabes leer y escribir, has viajado mucho y conoces el mundo. Quiero hacerte una pregunta. —Sus ojos apagados se iluminaron de pronto.

Yo no me esperaba en absoluto que dijera algo así; me quedé de pie, perplejo.

—Es esto... —Se acercó dos pasos, bajó la voz y susurró con el mayor secreto—: Después de que una persona muere, ¿existe realmente un alma, o no?

Me estremecí. Su mirada se clavaba en la mía, y sentí como si me clavaran espinas en la espalda: mucho más angustioso que un examen sorpresa en la escuela con el profesor justo a tu lado. Si el alma existía o no era algo que personalmente jamás me había importado; pero en aquel momento, ¿cómo debía responderle? En mi breve vacilación pensé: la gente de aquí cree en los espíritus como cosa natural; pero ella dudaba, o mejor dicho, esperaba: esperaba que existiera, y a la vez esperaba que no... ¿Por qué añadir sufrimientos a quien ya está al final del camino? Por su bien, mejor decirle que sí.

—Quizás exista... creo —dije titubeando.

—Entonces, ¿también hay un infierno?

—¡Ah! ¿El infierno? —Me sobresalté y solo pude balbucear—: ¿El infierno?... En principio, debería haberlo. Aunque tampoco necesariamente... ¿Quién se ocupa de esas cosas, al fin y al cabo...?

—Entonces, ¿todos los muertos de una familia pueden verse entre sí?

—¡Ah, verse o no verse!... —Para entonces ya sabía que yo era un completo idiota. Ninguna deliberación, ningún plan, podía resistir tres preguntas. Al instante me acobardé y quise retractarme de todo lo dicho—: Es decir... para ser sincero, no puedo decirlo con claridad... En realidad, si hay alma o no, de verdad que no lo sé.

Como ella no siguió insistiendo, di grandes zancadas y volví a toda prisa a casa del Cuarto Tío, sintiéndome muy inquieto. Pensé que mi respuesta podía haber sido peligrosa para ella. Probablemente se sentía sola mientras todos los demás celebraban la Bendición del Año Nuevo, pero ¿habría algún otro significado oculto? ¿O quizás algún presentimiento? Si había otro significado, y por ello ocurría algo, entonces mi respuesta cargaba verdaderamente con parte de la responsabilidad... Pero luego me reí de mí mismo, pensando que un encuentro casual no tenía mayor profundidad y que yo le estaba dando demasiadas vueltas —con razón decían los pedagogos que yo padecía de nervios. Además, había dicho claramente "no lo sé", lo cual anulaba toda mi respuesta anterior; aunque pasara algo, nada tenía que ver conmigo.

"No lo sé" es una frase extraordinariamente útil. Los jóvenes inexpertos y audaces se atreven a menudo a resolver las dudas ajenas y a elegir al médico; si el resultado es malo, suelen convertirse en blanco de reproches. Pero basta con terminar con un "no lo sé" para quedar libre y despreocupado en todas las cosas. En aquel momento sentí más que nunca la necesidad de esa frase: incluso al hablar con una mujer mendiga, no debía omitirse bajo ningún concepto.

Sin embargo, no podía sacudirme la inquietud. A lo largo de la noche el encuentro regresaba una y otra vez, como si albergase algún presentimiento siniestro. Bajo el cielo de nieve sombrío, en el tedioso estudio, la desazón se intensificaba cada vez más. Mejor marcharme: mañana iré a la ciudad. Las aletas de tiburón cocidas a fuego lento del Restaurante 福兴 (Fuxing), un yuan por un plato generoso, buenas y baratas... ¿habrá subido el precio? Los amigos con quienes viajaba antaño se habían dispersado ya a los cuatro vientos, pero las aletas de tiburón había que comerlas, aunque fuese yo solo... Pasase lo que pasase, al día siguiente me marcharía sin falta.

Porque a menudo había visto que lo que uno desea que no ocurra, lo que uno piensa que seguramente no ocurrirá, sucede exactamente como se temía, y por eso tenía miedo de que esta vez fuese igual. Y en efecto, los acontecimientos extraordinarios comenzaron. Al anochecer oí voces de personas reunidas en la habitación interior, como deliberando sobre algo; pero al poco rato las voces cesaron, y solo se oyó al Cuarto Tío, que caminaba y decía en voz alta:

—¡Ni antes ni después, tenía que ser justo ahora! ¡Eso demuestra que era una criatura maldita!

Primero me sorprendí, luego sentí una gran inquietud, como si aquellas palabras tuviesen algo que ver conmigo. Me asomé a la puerta, pero no había nadie. No fue hasta antes de la cena, cuando vino el jornalero a preparar el té, que tuve ocasión de hacer averiguaciones.

—¿Con quién se ha enfadado el Cuarto Señor hace un rato? —pregunté.

—¿Con quién va a ser sino con la Cuñada 祥林? —respondió el jornalero secamente.

—¿La Cuñada 祥林? ¿Qué ha pasado? —pregunté apresuradamente.

—Se acabó.

—¿Ha muerto? —El corazón se me encogió de golpe; casi salto de la silla y debí de cambiar de color. Pero él no levantó la vista en ningún momento, así que no lo advirtió. Me serenté y seguí preguntando:

—¿Cuándo murió?

—¿Cuándo?... Anoche, o quizás hoy. No sabría decirlo con certeza.

—¿De qué murió?

—¿De qué?... Murió de pobreza, ¿de qué otra cosa? —respondió con indiferencia, sin alzar la mirada, y salió.

Pero mi alarma fue solo momentánea. Enseguida sentí que lo que tenía que suceder ya había sucedido, y sin necesidad del consuelo de mi propio "no lo sé" ni de su "murió de pobreza", mi corazón fue aligerándose poco a poco, aunque de vez en cuando quedaba un resquicio de culpa. Se sirvió la cena, y el Cuarto Tío se sentó a la mesa con su solemnidad de siempre. Yo todavía quería saber más sobre la Cuñada 祥林, pero sabía que, aunque él había leído que "los espíritus y divinidades son la excelente manifestación de las dos fuerzas primordiales", sus tabúes seguían siendo muchos. En torno a la Bendición del Año Nuevo no se debía mencionar bajo ningún concepto la muerte ni la enfermedad; si era inevitable, había que usar circunloquios, que por desgracia yo desconocía. Así que varias veces quise preguntar y siempre me contuve. Por su expresión solemne, de pronto sospeché que tal vez él pensaba que yo también —ni antes ni después, sino justo en ese momento— había venido a importunarlo, y que era igualmente una criatura maldita. De modo que le comuniqué enseguida que al día siguiente partiría de 鲁镇 hacia la ciudad, para tranquilizarle. Tampoco insistió en que me quedara. Así cenamos una comida sombría en silencio.

En invierno los días son cortos, y con la nieve, la oscuridad había envuelto ya todo el pueblo. La gente se afanaba bajo las lámparas, pero fuera de la ventana reinaba el silencio. Los copos caían sobre la espesa capa de nieve acumulada y parecían susurrar quedamente, haciendo sentir la quietud aún más profunda. Me senté solo bajo la luz amarilla de la lámpara de aceite de colza y pensé en esta Cuñada 祥林 para la que ya no había razón de vivir: un juguete viejo y gastado, arrojado por la gente al montón de basura, una cosa que estaban hartos de mirar. Antes, al menos su cuerpo seguía expuesto en el polvo, y quienes llevaban vidas interesantes probablemente se preguntaban por qué seguía existiendo. Ahora, por fin, el Rey de los Muertos la había barrido hasta dejarla limpia. Si el alma existía o no, yo lo ignoraba; pero en este mundo, quienes no tienen razón de vivir ya no viven, y quienes están hartos de verlos dejan de verlos: tanto para los demás como para uno mismo, no era algo malo. Escuché los copos que parecían crepitar al otro lado de la ventana, y mientras pensaba fui serenándome poco a poco, hasta sentirme cómodo.

Sin embargo, los fragmentos dispersos de su vida que antes había visto y oído se reunieron entonces en un todo.

Ella no era de 鲁镇. Un invierno, cuando la casa del Cuarto Tío necesitaba una nueva criada, la mediadora, la vieja señora 卫 (Wei), la trajo: cinta blanca de luto en el pelo, falda negra, chaqueta azul, chaleco blanco pálido, de unos veintiséis o veintisiete años, tez amarillenta pero mejillas aún sonrosadas. La vieja señora 卫 la llamaba la Cuñada 祥林 y dijo que era vecina de su familia materna; su marido había muerto y por eso salía a trabajar. El Cuarto Tío frunció el ceño; la Cuarta Tía ya sabía lo que eso significaba: le desagradaba que fuese viuda. Pero su aspecto era decente, tenía manos y pies robustos, mantenía la mirada baja y no abría la boca —toda la apariencia de una persona laboriosa y dócil—. Así que la Cuarta Tía ignoró el ceño fruncido del Cuarto Tío y la dejó quedarse. Durante el período de prueba trabajó sin descanso todo el día, como si la ociosidad le resultase insoportable, y era fuerte —casi igualaba a un hombre—. Al tercer día quedó contratada: quinientos cash al mes.

Todos la llamaban la Cuñada 祥林; nadie le preguntó su apellido, pero como la mediadora era de la aldea de los 卫 y decía que era vecina, probablemente se apellidaba también 卫. No hablaba mucho; solo respondía cuando le preguntaban, y brevemente. Pasados unos diez días, la gente supo poco a poco lo siguiente: tenía una suegra severa; un cuñado menor de poco más de diez años que ya podía recoger leña; había perdido al marido en primavera; él también se ganaba la vida recogiendo leña y era diez años menor que ella. Eso era todo lo que se sabía.

Los días pasaron deprisa, y su trabajo no decaía un ápice: le daba igual lo que comiera, pero no escatimaba esfuerzos. Todos decían que la criada del Cuarto Señor 鲁 era más trabajadora que el hombre más diligente. Al llegar el fin de año, se encargó de todo ella sola: barrer el polvo, fregar los suelos, matar pollos y gansos, cocer las ofrendas de la Bendición toda la noche sin que se contratase una sola mano extra. Y sin embargo parecía contenta; un atisbo de sonrisa fue apareciendo en las comisuras de sus labios, y su rostro se volvió más claro y relleno.

Justo después del Año Nuevo, al volver de lavar arroz en el río, palideció de repente y dijo que acababa de ver a lo lejos a un hombre paseándose en la otra orilla, que se parecía mucho a un primo del marido, y temía que hubiese venido a buscarla. La Cuarta Tía se alarmó y quiso saber los detalles, pero ella se negó a decir más. El Cuarto Tío, al enterarse, frunció el ceño y dijo:

—Esto no es bueno. Me temo que ha huido de su casa.

Y así era. No mucho después, esta suposición se confirmó.

Unos diez días más tarde, cuando ya todos habían olvidado casi el asunto, la vieja señora 卫 se presentó de pronto con una mujer de treinta y tantos años, diciendo que era la suegra de la Cuñada 祥林. Aunque la mujer tenía aspecto montañés, se desenvolvía con soltura y hablaba con habilidad; tras los saludos de cortesía, pidió disculpas y explicó que había venido expresamente a llevarse a su nuera de vuelta, porque con la primavera había mucho trabajo y en casa solo quedaban viejos y niños, y no daban abasto.

—Si su suegra quiere que vuelva, ¿qué se puede objetar? —dijo el Cuarto Tío.

Así se liquidó la cuenta de su salario: un total de mil setecientos cincuenta cash, que ella había guardado íntegros en casa de los amos sin gastar uno solo, y todo se entregó a su suegra. La mujer recogió también la ropa, dio las gracias y se marchó. Ya era mediodía.

—¡Ay, ¿y el arroz? ¿No se fue la Cuñada 祥林 a lavar arroz?... —Pasó un buen rato antes de que la Cuarta Tía lanzara esta exclamación. Probablemente tenía algo de hambre y se acordó del almuerzo.

Entonces todos se dispersaron a buscar la cesta de lavar arroz. Ella buscó primero en la cocina, luego en el salón, después en el dormitorio: ni rastro de la cesta. El Cuarto Tío salió a la puerta y tampoco la vio; fue hasta el río, donde por fin la encontró apoyada firmemente en la orilla, con una verdura al lado.

Los testigos informaron de que esa mañana había atracado en el río una barca con toldo blanco, completamente cerrado, sin que nadie supiera quién iba dentro, y que nadie le había prestado atención. Cuando la Cuñada 祥林 salió a lavar el arroz y estaba a punto de arrodillarse, de la barca saltaron de pronto dos hombres, al parecer montañeses; uno la agarró, el otro ayudó, y la arrastraron dentro de la barca. La Cuñada 祥林 gritó varias veces, pero después no se oyó nada más: probablemente le habían tapado la boca con algo. Luego subieron dos mujeres: a una no la conocían, la otra era la vieja señora 卫. Al espiar dentro de la cabina, no se veía bien, pero parecía que la habían atado y yacía en el suelo de la barca.

—¡Infame! Aunque... —dijo el Cuarto Tío.

Aquel día la Cuarta Tía tuvo que cocinar ella misma; su hijo 阿牛 (Aniu) atizaba el fuego.

Después del almuerzo, la vieja señora 卫 volvió a aparecer.

—¡Infame! —dijo el Cuarto Tío.

—¡Cómo te atreves! ¡Y encima tienes el descaro de volver a presentarte ante nosotros! —La Cuarta Tía, que estaba fregando los platos, estalló en cuanto la vio—. Tú la recomendaste, y luego te confabulaste para secuestrarla, armando un escándalo tremendo. ¿Qué impresión da eso? ¿Te tomas nuestra casa a broma?

—¡Ay, ay, me han engañado a mí! He venido expresamente a aclarar las cosas. Ella me pidió que le buscara un sitio; ¿cómo iba yo a saber que era a espaldas de su suegra? Le pido perdón, Cuarto Señor, Cuarta Señora. Siempre he sido una vieja atolondrada y descuidada, les pido disculpas. Por suerte ustedes siempre han sido magnánimos y no se rebajan a reñir con los humildes. Esta vez les buscaré sin falta una buena sirvienta para compensar...

—Aunque... —dijo el Cuarto Tío.

Y así concluyó el asunto de la Cuñada 祥林, y pronto fue olvidado.

Solo la Cuarta Tía, porque las criadas contratadas después eran invariablemente perezosas o glotonas, o ambas cosas, e insatisfactorias en todo, seguía mencionando a la Cuñada 祥林. En esas ocasiones solía decir para sí: "¿Cómo le irá ahora?", queriendo decir que le gustaría que volviera. Pero al llegar el Año Nuevo del año siguiente, ya había perdido toda esperanza.

A finales del primer mes del Año Nuevo, la vieja señora 卫 vino a felicitar las fiestas, ya bastante achispada, y dijo que había vuelto a su pueblo natal en 卫家山 (Weijiashan) a pasar unos días con su familia, por lo que venía con retraso. En la conversación, naturalmente, salió a relucir la Cuñada 祥林.

—¿Ella? —dijo la vieja señora 卫 alegremente—. Ahora le ha sonreído la suerte. Cuando su suegra fue a buscarla, ya la tenía prometida con 贺老六 (He Laoliu) de 贺家墺 (Hejia'ao), así que pocos días después de llegar a casa la metieron en un palanquín de novia y se la llevaron.

—¡Ay, qué clase de suegra!... —exclamó la Cuarta Tía con asombro.

—¡Ay, mi señora! Usted habla como una dama de alta alcurnia. Nosotras, gente de montaña, familias humildes, ¿qué tiene eso de raro? Tiene un cuñado menor que también necesita esposa. Si no la casaban a ella, ¿de dónde iban a sacar el dinero para la dote? Su suegra es una mujer astuta y capaz, que sabe calcular bien, por eso la casó en lo profundo de las montañas. Si la hubiera dado a alguien del pueblo, la dote habría sido poca; como pocas mujeres están dispuestas a casarse en esas hondonadas remotas, consiguió ochenta mil cash. Ahora la esposa del segundo hijo también ha entrado en la familia, con una dote de solo cincuenta mil cash; descontando los gastos de la boda, quedan más de diez mil. Fíjese, ¡qué buen cálculo!...

—¿Y la Cuñada 祥林 consintió?...

—¡Consentir o no consentir! Siempre arman un poco de escándalo, eso es inevitable; basta con atarlas con una cuerda, meterlas en el palanquín, llevarlas a casa del novio, ponerles la corona de flores, hacer la ceremonia, cerrar la puerta del cuarto, y asunto terminado. Pero la Cuñada 祥林 fue de verdad excepcional. Dicen que armó un escándalo terrible; todos decían que seguramente era porque había servido en casa de gente letrada y por eso era distinta de las demás. Señora mía, nosotras hemos visto mucho: viudas que vuelven a casarse, unas lloran y gritan, otras dicen que se van a matar, algunas arman tal alboroto al llegar a casa del novio que no pueden celebrar la ceremonia, incluso las que rompen las velas nupciales. Pero la Cuñada 祥林 fue extraordinaria: dicen que a lo largo de todo el camino no hizo más que aullar y maldecir, y cuando llegaron a 贺家墺 ya tenía la voz completamente ronca. Cuando la sacaron del palanquín, dos hombres y su cuñado la sujetaron con todas sus fuerzas y aun así no podían obligarla a hacer la reverencia. En un descuido, cuando la soltaron un momento, ¡ay, Amitabha!, se dio de cabeza contra la esquina del altar de incienso, se abrió un gran boquete en la frente, la sangre brotaba a chorros, y ni con dos puñados de ceniza de incienso y dos pedazos de tela roja pudieron detener la hemorragia. Hasta que entre todos a duras penas la encerraron con el novio en la cámara nupcial, seguía maldiciendo. ¡Ay, eso sí que fue...! —Meneó la cabeza, bajó la mirada y calló.

—¿Y después? —preguntó aún la Cuarta Tía.

—Dicen que al día siguiente tampoco se levantó —dijo, alzando los ojos.

—¿Y luego?

—¿Luego? Se levantó. A fin de año ya había dado a luz un hijo, varón; en Año Nuevo cumplía ya dos años. Estos días que pasé en casa de mi familia, hubo quien fue a 贺家墺 y volvió diciendo que los había visto a madre e hijo: la madre gorda, el hijo gordo; arriba no hay suegra que la mande; el marido tiene buena fuerza y sabe trabajar; la casa es propia. ¡Ay, de verdad que le ha sonreído la suerte!

Desde entonces, la Cuarta Tía dejó de mencionar a la Cuñada 祥林.

Pero un otoño, unos dos años después de recibir la noticia de la buena fortuna de la Cuñada 祥林, apareció de nuevo ante la puerta de la casa del Cuarto Tío. Sobre la mesa había un cesto redondo con forma de castaña de agua; bajo el alero, un pequeño hatillo de ropa de cama. Seguía llevando la cinta blanca en el pelo, la falda negra, la chaqueta azul, el chaleco blanco pálido; el rostro amarillento, solo que las mejillas habían perdido ya todo rubor. Los ojos bajos, con rastros de lágrimas en las comisuras, y la mirada sin el brillo de antes. Y de nuevo venía de la mano de la vieja señora 卫, que con aire compasivo parloteaba ante la Cuarta Tía:

—...Es de verdad lo que llaman "en el cielo hay tormentas imprevistas". Su marido era un hombre fuerte y sano; ¿quién iba a pensar que tan joven se lo llevaría el tifus? Ya se estaba recuperando, pero comió un cuenco de arroz frío y recayó. Por suerte tenía el niño; y ella sabía trabajar, recoger leña, arrancar té, criar gusanos de seda: podía salir adelante. ¿Pero quién iba a pensar que al niño se lo llevaría un lobo? ¡Cuando la primavera estaba casi acabada, aparecieron lobos en la aldea! ¿Quién podía imaginarlo? Ahora se ha quedado completamente sola. El cuñado mayor vino a quedarse con la casa y la echó. Se ha quedado sin un lugar adonde ir y no le queda más remedio que recurrir a sus antiguos amos. Por suerte ya no tiene a nadie que la ate, y en casa de la señora justamente hace falta cambiar de criada, así que la he traído. Una persona que ya conoce la casa es mucho mejor que una desconocida...

—Qué tonta era yo, de verdad —dijo la Cuñada 祥林 levantando sus ojos sin brillo, y prosiguió—: Solo sabía que cuando nieva las fieras no encuentran comida en las montañas y bajan a las aldeas; no sabía que en primavera también ocurre. Una mañana temprano abrí la puerta, llené un cestito de habas y le dije a nuestro 阿毛 (Amao) que se sentara en el umbral a desgranarlas. Era un niño muy obediente, hacía todo lo que yo le decía; salió. Yo me puse detrás de la casa a partir leña y a lavar arroz; puse el arroz a cocer y fui a preparar las habas. Llamé a 阿毛: no contestó. Salí a mirar y solo vi las habas esparcidas por el suelo, pero a nuestro 阿毛 no. Él nunca iba a jugar a otras casas; fui preguntando a los vecinos: nadie lo había visto. Me desesperé y pedí a la gente que saliera a buscarlo. Hasta bien entrada la tarde, buscando por todas partes, llegaron a las hondonadas de la montaña y vieron colgado de unas ramas espinosas un zapatito suyo. Todos dijeron: se acabó, seguro que se lo ha llevado un lobo. Avanzaron más y allí estaba, tirado entre la hierba, con las entrañas devoradas, todavía agarrando con fuerza aquel cestito en la mano... —Rompió a sollozar y no pudo continuar hablando.

La Cuarta Tía al principio titubeó, pero al oír el relato completo se le enrojecieron los ojos. Reflexionó un momento y mandó que llevasen el cesto y el hatillo a las habitaciones de servicio. La vieja señora 卫 exhaló un suspiro como si le hubieran quitado un gran peso de encima; la Cuñada 祥林 parecía un poco más aliviada que cuando había llegado y, sin esperar indicaciones, instaló con familiaridad su ropa de cama. Desde entonces volvió a trabajar como criada en 鲁镇.

Todos seguían llamándola la Cuñada 祥林.

Pero esta vez su situación cambió radicalmente. A los dos o tres días de empezar, los amos notaron que sus manos ya no eran tan ágiles como antes, que su memoria había empeorado mucho, y que en su cara de difunta no aparecía ni un asomo de sonrisa en todo el día. La Cuarta Tía mostraba ya cierto descontento en su tono. Cuando llegó por primera vez, el Cuarto Tío había fruncido el ceño como de costumbre, pero dada la habitual dificultad de encontrar criadas, no se había opuesto abiertamente; solo había advertido a la Cuarta Tía en privado que esa clase de persona, aunque pareciera digna de lástima, corrompía las buenas costumbres: para el servicio cotidiano servía, pero para los sacrificios no debía tocar nada; toda la comida ritual debían prepararla ellos mismos; de otro modo, impura como estaba, los antepasados no la comerían.

El acontecimiento más importante en casa del Cuarto Tío eran los sacrificios, y antes la Cuñada 祥林 estaba más atareada que nunca precisamente durante los sacrificios; pero esta vez quedó ociosa. Cuando se colocó la mesa en el centro del salón y se cubrió con el mantel, ella fue por costumbre a disponer las copas y los palillos.

—¡Cuñada 祥林, déjalo! ¡Ya me encargo yo! —dijo la Cuarta Tía precipitadamente.

Ella retiró las manos avergonzada. Fue a buscar los candeleros.

—¡Cuñada 祥林, déjalo! ¡Ya los cojo yo! —dijo de nuevo la Cuarta Tía con premura.

Ella dio vueltas en círculos sin encontrar nada que hacer y al final se retiró desconcertada. Lo único que podía hacer ese día era sentarse junto al fogón a atizar el fuego.

La gente del pueblo seguía llamándola la Cuñada 祥林, pero el tono era muy diferente al de antes; también le hablaban, pero con una sonrisa fría. Ella no prestaba la menor atención a esas cosas; con la mirada perdida, contaba a todo el mundo la historia que no podía olvidar ni de día ni de noche:

—Qué tonta era yo, de verdad —decía—. Solo sabía que cuando nieva las fieras no encuentran comida en las montañas y bajan a las aldeas; no sabía que en primavera también ocurre. Una mañana temprano abrí la puerta, llené un cestito de habas y le dije a nuestro 阿毛 que se sentara en el umbral a desgranarlas. Era un niño muy obediente, hacía todo lo que yo le decía; salió. Yo me puse detrás de la casa a partir leña y a lavar arroz; puse el arroz a cocer y fui a preparar las habas. Llamé: "¡阿毛!" No contestó. Salí a mirar y solo vi las habas esparcidas por el suelo, pero a nuestro 阿毛 no. Fui preguntando a los vecinos: nada. Me desesperé y pedí a la gente que lo buscara. Hasta bien entrada la tarde, varios fueron a buscar a la hondonada y vieron colgado de unas ramas espinosas un zapatito suyo. Todos dijeron: se acabó, seguro que se lo ha llevado un lobo. Avanzaron más y allí estaba, tirado entre la hierba, con las entrañas devoradas, y el pobrecito aún agarraba con fuerza aquel cestito en la mano... —Y entonces las lágrimas brotaban y la voz se le quebraba en sollozos.

Esta historia resultaba bastante eficaz. Los hombres, al llegar a ese punto, solían recomponer el gesto y marcharse cabizbajos; las mujeres no solo parecían perdonarla, sino que al instante cambiaban la expresión de desdén por otra compasiva y derramaban abundantes lágrimas a su lado. Algunas ancianas que no la habían oído en la calle venían expresamente a buscarla para escuchar su triste historia. Cuando ella rompía a sollozar, ellas vertían al unísono las lágrimas que tenían contenidas en los rabillos de los ojos, suspiraban un rato y se marchaban satisfechas, comentando entre sí.

Ella repetía una y otra vez su triste historia, y con frecuencia reunía a tres o cinco personas que la escuchaban. Pero al poco tiempo todos la habían oído tantas veces que se la sabían de memoria, y hasta las viejecitas más compasivas, las que rezaban al Buda, ya no mostraban rastro de lágrimas. Finalmente, casi toda la villa podía recitar sus palabras, y en cuanto la oían empezar sentían un fastidio que les provocaba dolor de cabeza.

—Qué tonta era yo, de verdad —comenzaba.

—Ya, ya: solo sabías que cuando nieva las fieras no encuentran comida en la montaña y bajan a las aldeas —la interrumpían al instante, y se marchaban.

Ella se quedaba de pie con la boca abierta, mirándolos con ojos fijos; luego se iba también, como si ella misma sintiera lo inútil de sus palabras. Pero aún se empeñaba en buscar pretextos —un cestito, unas habas, los hijos de otros— para sacar a colación la historia de su 阿毛. Si veía a un niño de dos o tres años, decía:

—¡Ay, si nuestro 阿毛 viviera, sería así de grande!...

Los niños, al ver su mirada, se asustaban y tiraban de la ropa de sus madres para irse. Y ella volvía a quedarse sola y se marchaba también, abatida. Con el tiempo todos conocieron su manía, y bastaba que hubiera un niño delante para preguntarle con una sonrisa ambigua:

—Cuñada 祥林, si vuestro 阿毛 viviera, ¿no sería ya así de grande?

Ella quizás no sabía que su desgracia, rumiada y saboreada por todos durante días, se había convertido en desecho que solo merecía fastidio y desprecio; pero por las sonrisas de la gente intuía algo frío y punzante, y comprendía que ya no tenía necesidad de abrir la boca. Se limitaba a mirarlos de reojo sin decir palabra.

鲁镇 siempre celebraba el Año Nuevo: a partir del vigésimo día del duodécimo mes empezaba el ajetreo. La casa del Cuarto Tío esta vez tuvo que contratar jornaleros y, aun así, no daba abasto; llamaron además a la Tía 柳 (Liu) para que ayudase. Se mataban pollos y gansos; pero la Tía 柳 era una mujer devota, vegetariana, y no mataba seres vivos: solo aceptaba lavar los utensilios. La Cuñada 祥林, aparte de atizar el fuego, no tenía nada que hacer, y se quedaba sentada mirando a la Tía 柳 lavar los cacharros. Caían ligeros copos de nieve.

—¡Ay, qué tonta era yo! —La Cuñada 祥林 miró al cielo, suspiró y dijo como hablando consigo misma.

—Cuñada 祥林, ya estás otra vez —dijo la Tía 柳 mirándola con impaciencia—. Dime: esa cicatriz que tienes en la frente, ¿no te la hiciste entonces al golpearte?

—Mmm —respondió vagamente.

—Dime: ¿cómo es que al final cediste?

—¿Yo?...

—Tú. Yo pienso que al final debiste de consentir, porque si no...

—¡Ay, es que no sabes la fuerza que tenía él!

—No me lo creo. No me creo que con la fuerza que tú tienes no pudieras resistirte. Seguro que al final consentiste tú misma, y ahora echas la culpa a su fuerza.

—¡Ay, tú...! A ver si lo intentas tú —dijo, y se rio.

La cara arrugada de la Tía 柳 también se rio, encogiéndose como una nuez; sus ojillos secos miraron la cicatriz de la frente de la Cuñada 祥林 y luego se clavaron en sus ojos. La Cuñada 祥林 pareció muy incómoda, borró al instante la sonrisa, desvió la mirada y se puso a contemplar los copos de nieve.

—Cuñada 祥林, la verdad es que saliste perdiendo —dijo la Tía 柳 con aire misterioso—. Si hubieras resistido un poco más, o directamente te hubieras matado de un golpe, habría sido mejor. Ahora resulta que viviste menos de dos años con tu segundo marido y encima cargas con un gran pecado. Piénsalo: cuando vayas al otro mundo, esos dos maridos muertos se van a pelear por ti. ¿A cuál de los dos te entregas? El Rey 阎罗 (Yanluo) no tendrá más remedio que serrarte por la mitad y repartirte entre los dos. Yo pienso que eso sí que es...

El rostro de la Cuñada 祥林 se llenó de terror: algo que jamás había oído en su aldea de montaña.

—Yo creo que lo mejor sería que expiaras cuanto antes. Ve al templo del Dios de la Tierra y dona un umbral que haga las veces de tu sustituta: que lo pisen mil personas y lo crucen diez mil, para redimir los pecados de esta vida y ahorrarte el sufrimiento en la otra.

Ella no contestó en ese momento, pero debió quedar sumamente angustiada, porque a la mañana siguiente se levantó con grandes ojeras. Después del desayuno fue al templo del Dios de la Tierra en el extremo occidental del pueblo a solicitar donar un umbral. Al principio el guardián del templo se negó rotundamente; no fue hasta que ella rompió a llorar de desesperación que accedió a regañadientes. El precio: doce mil cash en moneda grande.

Hacía mucho que no hablaba con la gente, pues todos estaban hartos de la historia de 阿毛; pero desde la conversación con la Tía 柳, la noticia pareció propagarse, y muchos sintieron una curiosidad renovada y volvieron a provocarla. En cuanto al tema, naturalmente era uno nuevo: la cicatriz de la frente.

—Cuñada 祥林, dime: ¿cómo es que al final cediste? —decía uno.

—¡Ay, qué lástima, se golpeó en vano! —decía otro, mirando la cicatriz.

Ella, por las sonrisas y el tono, probablemente comprendía que se burlaban de ella, de modo que se limitaba a mirarlos con ojos fijos sin decir palabra, y al final ni siquiera volvía la cabeza. Mantenía los labios sellados todo el día, y con aquella marca en la frente que todos consideraban un estigma de vergüenza, iba en silencio por las calles, barría, lavaba las verduras, lavaba el arroz. Pasó casi un año antes de que cobrara de manos de la Cuarta Tía todo el salario acumulado, lo cambió por doce dólares de plata, pidió permiso y fue al extremo occidental del pueblo. Pero no había pasado ni el tiempo de una comida cuando regresó con aire radiante, los ojos excepcionalmente brillantes, y contó alegremente a la Cuarta Tía que ya había donado el umbral en el templo del Dios de la Tierra.

En la ceremonia de sacrificio a los antepasados del Solsticio de Invierno, ella trabajó con más ahínco que nunca. Vio a la Cuarta Tía preparar las ofrendas y a 阿牛 llevar la mesa al centro del salón, y entonces fue tranquilamente a coger las copas y los palillos.

—¡Déjalo, Cuñada 祥林! —gritó la Cuarta Tía precipitadamente.

Ella retiró las manos como si las hubiera posado sobre hierro al rojo; el color de su cara se tornó al instante gris oscuro. No intentó coger los candeleros; se quedó de pie, inmóvil, con la mirada perdida. Cuando el Cuarto Tío encendió el incienso y le indicó que se retirase, entonces se retiró. Esta vez el cambio fue enorme. Al día siguiente, no solo tenía los ojos hundidos, sino que su ánimo había decaído aún más. Y se volvió muy miedosa: no solo temía la oscuridad de la noche y las sombras, sino que incluso al ver a la gente, aunque fuera su propio amo, siempre se encogía temerosa, como un ratoncillo que sale de su madriguera a plena luz del día; o bien se quedaba sentada sin moverse, como un muñeco de madera. En menos de medio año su cabello se llenó de canas, la memoria empeoró más aún, hasta el punto de que a menudo se olvidaba de ir a lavar el arroz.

—¿Qué le pasa a la Cuñada 祥林? Mejor no haberla tomado de vuelta —decía a veces la Cuarta Tía delante de ella, como para advertirla.

Pero ella seguía igual, sin la menor esperanza de mejorar. Entonces decidieron despedirla y mandarla de vuelta donde la vieja señora 卫. Pero cuando yo aún estaba en 鲁镇, no era más que una intención; viendo la situación actual, evidentemente la habían ejecutado al final. ¿Pero se convirtió en mendiga al salir de casa del Cuarto Tío, o fue primero a casa de la vieja señora 卫 y después se convirtió en mendiga? Eso no lo sé.

Me despertaron los estallidos ensordecedores de los petardos encendidos muy cerca, y vi la llama de la lámpara amarilla, pequeña como un grano de soja; luego oí el crepitar de más petardos: era la casa del Cuarto Tío celebrando la "Bendición". Debía de ser cerca de la quinta vigilia. En mi somnolencia, percibía aún vagamente el retumbar lejano e ininterrumpido de los petardos, que parecía fundirse en una densa nube de sonido, entremezclada con los copos de nieve arremolinados, envolviendo toda la villa. En esa envoltura de estruendo yo también yacía indolente y cómodo; todas las dudas del día y la primera parte de la noche habían sido barridas por el aire de la Bendición. Solo sentía que el cielo, la tierra y la multitud de santos habían saboreado la carne sacrificial, el vino y el humo del incienso, y que ahora, todos achispados, se tambalaban por el firmamento, dispuestos a conceder una felicidad infinita a los habitantes de 鲁镇.

(7 de febrero de 1924.)

Prólogo de Zaratustra

Amo a aquel que no quiere demasiada moral: una moral es más que dos, porque ata más fuerte el nudo del que pende el destino.

Amo a aquel que no agradece el derroche del espíritu ni lo retribuye: pues solo da y no quiere atesorar.

Amo a aquel que se avergüenza cuando los dados caen a su favor; que entonces pregunta: "¿Acaso soy un jugador tramposo?" Pues quiere perecer.

Amo a aquel que antes de sus actos arroja palabras de oro y cumple siempre más de lo que promete: pues quiere su propio hundimiento.

Amo a aquel que justifica a los del futuro y redime a los del pasado: pues quiere perecer por los del presente.

Amo a aquel que castiga a su Dios porque ama a su Dios: pues debe perecer por la ira de su Dios.

Amo a aquel cuya alma es profunda aun en la herida, y que por una pequeña vivencia puede perecer: así cruza gustoso el puente.

Amo a aquel cuya alma está tan colmada que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él: así todas las cosas se convierten en su hundimiento.

Amo a aquel que es de espíritu libre y corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al hundimiento.

Prólogo de Zaratustra (continuación)

Uno

Cuando 察拉图斯忒拉 (Zaratustra) tenía treinta años, abandonó su patria y el lago de su patria y se fue a las montañas. Allí gozó de su espíritu y su soledad durante diez años sin cansarse. Pero al fin su corazón se transformó, y una mañana se levantó con el alba, se puso ante el sol y le habló así:

"¡Oh gran astro! ¿Cuál sería tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes alumbras?

Durante diez años has subido hasta mi caverna: te habrías hastiado de tu luz y de este camino sin mí, sin mi águila y mi serpiente.

Pero nosotros te esperábamos cada mañana, recibíamos tu desbordamiento y te bendecíamos por ello.

¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha recogido demasiada miel; necesito manos extendidas para recibirla.

Quisiera regalar y repartir, hasta que los sabios entre los hombres vuelvan a alegrarse de su locura y los pobres de su riqueza.

Para ello debo descender a las profundidades: como tú haces por las tardes, cuando te hundes tras el mar y aún llevas luz al inframundo, ¡oh astro rebosante de riquezas!

Como tú, yo debo hundirme, según dicen los hombres a quienes deseo descender.

¡Bendíceme, pues, ojo sereno que puede contemplar sin envidia una dicha desmesurada!

¡Bendice esta copa que quiere desbordarse, para que el agua fluya dorada y lleve por doquier el reflejo de tu arrobo!

¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a ser hombre."

Así comenzó el hundimiento de Zaratustra.

Amo a aquel cuya alma está tan colmada que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él: así todas las cosas se convierten en su hundimiento.

Amo a aquel que es de espíritu libre y corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al hundimiento.

Amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la nube oscura suspendida sobre la humanidad: anuncian que el rayo se acerca y perecen como heraldos.

¡Mirad, yo soy un heraldo del rayo y una gota pesada de la nube: pero ese rayo se llama el Superhombre!

Dos

Cuando Zaratustra hubo pronunciado estas palabras, miró de nuevo al pueblo y calló. "Ahí están", dijo a su corazón, "ahí están y se ríen: no me comprenden, yo no soy la boca para estos oídos.

¿Habrá que romperles primero los oídos para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que alborotar como timbales y predicadores callejeros? ¿O solo creen al tartamudo?

Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los enorgullece? Lo llaman educación; con ella se sienten superiores a los cabreros.

Por eso no les gusta oír la palabra 'desprecio' aplicada a sí mismos. Pues bien, hablaré a su orgullo.

Les hablaré de lo más despreciable de todo: y eso es el último hombre."

Y así habló Zaratustra al pueblo:

"Ha llegado el momento de que el hombre se fije su propia meta. Ha llegado el momento de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.

Su suelo es aún bastante fértil. Pero un día este suelo será pobre y manso, y de él ya no podrá crecer ningún árbol alto.

¡Ay! Llegará el tiempo en que el hombre ya no lance la flecha de su anhelo más allá de sí mismo, y la cuerda de su arco haya olvidado vibrar.

Os lo digo: es preciso tener aún caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzante. Os lo digo: aún tenéis caos dentro de vosotros.

¡Ay! Llegará el tiempo en que el hombre ya no dé a luz estrella alguna. ¡Ay! Llegará el tiempo del hombre más despreciable, el que ya no puede despreciarse a sí mismo.

¡Mirad! Os muestro al último hombre.

'¿Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es el anhelo? ¿Qué es una estrella?' Así pregunta el último hombre, y parpadea."

1925

Los enemigos de la poesía

Anteayer, anteayer, anteayer, me encontré por décima vez con el "niño de la poesía" y en la conversación surgió que yo podría contribuir con algo al Semanario Literario, añadiendo él mismo: "Solo le ruego que no sea poesía, ja, ja, ja." En realidad nunca había tenido intención de presentar poesía. Sin embargo, ¿qué se puede decir ante eso?

Cuando a alguien no le gusta un determinado género literario, no es ningún delito. Pero cuando la atmósfera general trata la poesía como "el enemigo", es un signo alarmante para el estado de la literatura en su conjunto. La poesía china ha tenido sus virtudes --piénsese en la poesía Tang, en la lírica Song--, y sin embargo, en la época actual parece ser para la mayoría una mera ocasión de burla.

Hay quienes afirman que la prosa es la única forma "moderna". Otros dicen que los poemas no son más que un pasatiempo para eruditos ociosos. Y otros aún acusan a la poesía de ser demasiado personal, demasiado ensimismada, para tener justificación alguna en una época de agitación social.

Todo esto son prejuicios. La gran poesía siempre ha poseído el poder de elevar lo individual a lo universal, de transformar lo personal en algo de validez general. Si abandonamos la poesía, perdemos uno de los instrumentos más poderosos del lenguaje: la condensación de la experiencia en sonido y ritmo, imagen y metáfora.

Es cierto que el modo en que algunos poetas escriben hoy puede merecer la burla de los críticos. Pero eso habla en contra de esos poetas, no en contra de la poesía misma. Una mala novela no demuestra que la novela como género sea inútil; tampoco un mal poema demuestra la superfluidad de la poesía.

Los verdaderos enemigos de la poesía no son quienes la rechazan abiertamente, sino quienes la tratan con indiferencia, quienes ni siquiera se molestan en leerla antes de emitir juicio. En literatura, la indiferencia es más mortífera que la enemistad.

Sobre «El símbolo del tormento»

Carta al señor 王铸 (Wang Zhu).

(Publicado en el suplemento del 京报 (Jingbao), 13 de enero de 1925.)

Posdata a «Pensamientos repentinos»

Hay muchas cosas que vienen de repente a la mente, pero no todas merecen ser escritas. Últimamente me había dedicado a anotar "pensamientos repentinos" --breves reflexiones sobre esto y aquello--, y ello provocó diversas reacciones. Algunas merecen respuesta.

Se me acusa de ser demasiado pesimista. Tal vez. Pero el pesimismo no es sinónimo de inacción, y el optimismo no es sinónimo de sabiduría. Quien ve las cosas con negrura puede verlas con más claridad que quien está cegado por esperanzas color de rosa. En todo caso, es preferible ver la verdad a oscuras que contemplar la falsedad a plena luz.

También me dicen que no debería limitarme a criticar sino hacer propuestas. Sin embargo, la crítica ya es en sí misma una propuesta: a saber, la propuesta de cambiar el estado de cosas criticado. Quien señala una falta ya ha dado el primer paso hacia la mejora. Claro está que es más fácil exigir propuestas que aceptar las verdades incómodas de la crítica.

La sociedad china padece muchos males, pero uno de los mayores es la disposición a tolerarlo todo. La gente soporta lo intolerable, calla cuando debería hablar, sonríe cuando debería indignarse. Esta tolerancia se elogia como virtud; yo la considero un vicio. Es la tolerancia del agotamiento, no la de la sabiduría.

Palabras mordaces (comentario)

Aquel ensayo del señor 鲁迅 (Lu Xun), "Palabras mordaces", ya ha sido recibido con desaprobación por dos señores de apellido "钱" (Qian). Sospecho que entre los jóvenes tales opiniones son aún más comunes, lo cual demuestra que este ensayo no es en modo alguno un "lugar común trillado". Cuando tú puedes decirlo y yo también, cuando yo lo digo y tú asientes, cuando tú lo dices y él también piensa que es evidente: esos son lugares comunes trillados. Pero las dos tesis principales del señor Lu Xun aún no han encontrado aceptación general ni siquiera entre jóvenes aparentemente progresistas, lo cual demuestra que están lejos de ser anticuadas.

El señor Lu Xun no escribe para la eternidad sino para el momento; y precisamente en eso reside su fuerza. Ataca los problemas que arden ahora, que deben resolverse ahora, no los que tal vez lleguen a ser importantes dentro de cien años. Esto no es un signo de cortedad de miras sino de valor. Siempre es más fácil filosofar sobre principios abstractos que escribir sobre abusos concretos; más fácil soñar con el futuro que criticar el presente.

Quienes desdeñan las "palabras mordaces" del señor Lu Xun como algo mezquino no han comprendido la cuestión. No se trata de palabras aisladas sino de la actitud mental que el lenguaje revela. Quien es descuidado con el lenguaje también lo es en el pensamiento. Y quien piensa con descuido actúa con descuido. La precisión en la expresión es el principio de la precisión en todas las cosas.

También hay quienes piensan que el señor Lu Xun no debería ocuparse de "nimiedades" sino mantener la vista en el "panorama general". Pero ¿qué es el "panorama general" sino la suma de "nimiedades"? Quien no ve los defectos individuales tampoco reconocerá el gran mal. La revolución no empieza con grandes declaraciones sino con la observación precisa de lo que está marchando mal.

Respuesta sobre los libros chinos

¡Ja, ja! Ahora lo entiendo: el señor Lu Xun ha leído a Darwin y a Russell y otros libros extranjeros y se ha olvidado de los libros chinos de 梁启超 (Liang Qichao) y 胡适 (Hu Shi). Si no, ¿por qué afirmaría que los libros chinos son rígidos y muertos? Si los libros chinos fueran rígidos y muertos, ¿por qué las obras de 老子 (Laozi), 孔子 (Confucio), 孟子 (Mencio) y 荀子 (Xunzi) siguen existiendo hoy?

¡Oiga, señor Lu Xun! ¿Por qué se entierra usted tan profundamente en los libros extranjeros y se olvida de su patria? Si de verdad ama a China, ¿por qué aconseja a la juventud no leer libros chinos? ¿Es eso patriotismo? ¿Quiere usted que la juventud china se occidentalice? ¡Eso no es más que el viejo truco de la subversión cultural!

[Respuesta:] Esta objeción es tan vieja como el debate mismo. La cuestión no es si los clásicos existen --por supuesto que existen--. La cuestión es si leer exclusivamente los clásicos prepara a los jóvenes para el mundo moderno. 老子 y 孔子 son grandes pensadores, pero solo con sus obras no basta para resolver los problemas del siglo XX. También es necesario aprender lo que el mundo fuera de China ha pensado y logrado.

Quien dice que yo desprecio los libros chinos me ha malinterpretado. Yo solo digo: no leáis exclusivamente libros chinos. Leed también otros. Comparad. Pensad. Y después decidid por vosotros mismos qué os sirve y qué no. Esto no es occidentalización: es ilustración.

La afirmación de que leer libros extranjeros es antipatriótico es ella misma producto de esa estrechez de miras que durante tanto tiempo ha impedido el desarrollo de China. Japón estudió la ciencia occidental y se convirtió en una gran potencia. China se cerró y quedó rezagada. La lección es clara.

Sobre los libros chinos y extranjeros (réplica)

Muy bien: el buen señor Lu puede enseñar a la juventud a no leer libros chinos, pero también les enseña a leer libros extranjeros. Los libros extranjeros que el señor Lu más estima deben servir naturalmente también como modelos de conducta humana. Quien ha leído libros extranjeros y luego actúa en consecuencia ciertamente no es un iletrado. Pero el señor Lu debe saber: cada país tiene sus propias circunstancias, cada país su propia historia. Si uno es chino y quiere hacer algo por China, debe conocer las circunstancias chinas. Sin conocer las circunstancias chinas, nada se puede hacer por China, aunque se hayan leído todos los libros extranjeros del mundo.

Esta objeción suena razonable, pero es fundamentalmente errónea. Pues precisamente quien quiere cambiar las condiciones chinas debe mirar más allá de su propio horizonte. ¿Cómo va a reconocer que algo está mal sin base alguna de comparación? ¿Cómo va a saber qué es posible si solo conoce lo que ha sido? Los libros extranjeros --de ciencias naturales, ciencias sociales, filosofía-- no son modelos para la imitación ciega. Son espejos en los que podemos ver nuestro propio rostro con más claridad.

Quien dice que primero hay que conocer las condiciones chinas, ¿acaso las conoce él mismo? ¿O solo conoce la superficie, la costumbre, la tradición heredada? La verdadera comprensión de las propias condiciones presupone la capacidad de tomar distancia, y la distancia solo se gana mediante la perspectiva exterior.

La historia china nos enseña mucho, pero hay algo que no nos enseña: cómo construir una nación moderna. Para ello necesitamos conocimientos que vienen de otra parte. Esto no es una deshonra sino una necesidad. Los europeos también aprendieron unos de otros; los japoneses también aprendieron de los europeos. Solo quien es demasiado orgulloso para aprender permanece ignorante.

En verdad, el señor Lu de ningún modo sostiene que no haya que leer libros chinos en absoluto: eso es una grosera distorsión de sus palabras. Dijo que no hay que leer exclusivamente libros chinos. Dijo que hay que leer también otros libros. Esa es una diferencia enorme que sus críticos deliberadamente difuminan.

Sobre el incidente de la Pagoda de Hierro

"El informe publicado el día 20 en el 晨报 (Chenbao) sobre soldados en 开封 (Kaifeng) que supuestamente violaron a una estudiante junto a la Pagoda de Hierro puede, a mi juicio, demostrarse enteramente ficticio por los siguientes dos hechos.

Primero: la Pagoda de Hierro está situada al norte de la ciudad, a menos de una milla de la Universidad 中州 (Zhongzhou) y de la capital provincial. Si las estudiantes la visitan, no puede tratarse de un lugar muy aislado. La violación de mujeres por soldados es ciertamente un asunto corriente en nuestro país --no hay necesidad de negarlo--, pero hacerlo en un lugar tan expuesto no tendría precedentes.

Segundo..."

Esta carta de defensa de un oficial intentaba desestimar como fabricaciones los informes de violaciones por soldados en 开封. Pero los hechos contaban otra historia. Era precisamente la manera desenfadada en que el autor admitía que "la violación de mujeres por soldados en nuestro país es un asunto corriente" lo que revelaba la verdadera dimensión del problema.

En una sociedad donde la violencia militar contra los civiles se considera "corriente", no es necesario demostrar ni refutar incidentes individuales: la condición general es ya de por sí el verdadero crimen. Cuando un defensor del ejército admite tranquilamente que las violaciones por soldados son rutinarias, ha formulado, sin pretenderlo, la acusación más severa posible.

¿De qué sirve negar un caso aislado cuando se confirma el estado general de las cosas? Es como si alguien dijera: "No, esta casa en particular no se ha incendiado, pero naturalmente las casas se incendian constantemente en nuestra ciudad, eso es bien sabido."

El punto decisivo en este caso no era si este incidente concreto había ocurrido exactamente como se informó o no. El punto decisivo era que reinaba una atmósfera de violencia e impunidad en la que tales incidentes podían producirse en cualquier momento, y de hecho se producían.

Sobre los rumores

Los rumores ya se han apaciguado y todos buscan su origen. Hay dos versiones: una sostiene que nacieron de la hostilidad hacia los militares. El profesor que me escribió la carta dice también:

"En los últimos meses han aparecido en 开封 rumores infundados. Si se busca el hilo común, todos son desfavorables para los militares. Esto sugiere que fueron propagados por personas hostiles al ejército."

La otra versión sostiene que los propios soldados pusieron los rumores en circulación, lo cual tampoco es inverosímil. En una atmósfera de ilegalidad y miedo, los rumores brotan como malas hierbas después de la lluvia. No se necesita un autor particular para explicarlos; son el producto natural de una sociedad en la que la verdad carece de valor.

Pero hay una tercera posibilidad que nadie considera: que los rumores surjan porque la realidad es tal que podrían ser ciertos en cualquier momento. Si la gente cree de buena gana los rumores sobre atrocidades militares, no es porque sea maliciosa o crédula, sino porque su experiencia le dice que tales cosas realmente suceden.

El verdadero problema, pues, no es el rumor sino la condición que lo hace posible. Quien quiera combatir los rumores debe combatir la condición. Quien defiende la condición y combate solo los rumores actúa como un médico que baja la fiebre sin curar la enfermedad.

La pregunta sobre el origen de los rumores es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿por qué vive la gente en una condición en la que tales rumores parecen verosímiles? Y la respuesta es tan sencilla como vergonzosa: porque la realidad es a menudo peor que el rumor.

Carta de un joven

Señor, no deseo contarle lo atribulado que soy como joven, lo solitario y sufriente, pues tales descripciones huecas no despiertan simpatía sino solo aversión. Lo que deseo decirle con urgencia es esto: ¡estoy buscando un mentor! Por mentor no me refiero a alguien que me lea libros a diario o me sermonee sobre la moral y cosas por el estilo, sino que busco a alguien que pueda darme una visión genuina de la vida.

Desde mi juventud he estado rodeado de enseñanzas falsas. Me han dicho qué pensar, qué sentir, qué considerar bueno y malo. Pero nadie me enseñó a pensar por mí mismo, a sentir por mí mismo, a distinguir el bien del mal con mi propio juicio. He leído libros, muchos libros, chinos y extranjeros, y cada uno dice algo diferente. Al final, uno se queda desconcertado, sin saber a qué aferrarse.

Lo que necesito no es un sistema, no es un dogma, no es una ideología. Lo que necesito es una persona que me muestre cómo vivir honestamente --no cómo satisfacer las expectativas ajenas--. Una persona que me dé el valor de pensar mis propios pensamientos, aunque sean incómodos. Una persona que no finja tener respuesta para todo, sino que me muestre cómo vivir con las preguntas.

¿Existe tal persona? No lo sé. Pero sé que debo buscarla, pues sin ella me ahogaré en este mar de opiniones y prejuicios. Y por eso acudo a usted, señor 鲁迅 --no porque crea que usted tiene todas las respuestas, sino porque siento que usted hace las preguntas correctas.

Notas al Prólogo de Zaratustra

Sección séptima: Zaratustra comprende que está demasiado alejado de las masas.

Sección octava: Zaratustra es asustado por el bufón, burlado por el sepulturero e injuriado por el ermitaño. El sepulturero (Toten-Gräber) es aquel que solo entierra cadáveres; representa al bajo historiador que solo recoge cosas antiguas y no tiene visión del futuro. Envidia no solo a Zaratustra sino también al volatinero, pero solo sabe maldecir. El anciano es también un creyente, pero uno que ama solo a su Dios y no a la humanidad.

Sección novena: Zaratustra alcanza una nueva verdad, busca hallar compañeros vivos y entierra el cadáver. Mi (de Zaratustra) felicidad significa: crear.